SUYO 7 #2
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—Me tienes muy duro por tu culpa, Jai. ¿Qué piensas hacer al respecto para solucionar mi problema? —sonreí con malicia, al quitar mis manos de su piel para agarrar de nuevo el habano de la mesa, el cual ya se encontraba casi consumido por el fuego, y llevarlo a mis labios para dar otra calada.

—¿Qué es lo que quiere que haga por usted, señor? Estoy dispuesto a hacer todo lo que me pida con tal de complacerlo y aliviar su tensión —aseguró, al mostrar una entrega total.

—Arrodíllate de inmediato frente a mí. Coloca ambos brazos detrás de la espalda. Quiero que te sientes sobre tus propios gemelos y mantengas la postura erguida —ordené con un tono que no admitía réplicas.

Con movimientos lentos que imitaban a los de un animal sumiso, Jairo tomó la posición exacta que le ordené en la alfombra, al levantar un poco la cabeza para observarme desde abajo con ojos suplicantes.

Con las piernas separadas sobre el sillón, tomé otra calada profunda del habano, exhalé el humo sobre su cabeza y apagué la colilla en el cenicero de mi derecha.

—Bien... compláceme de una vez —ordené, al acomodarme en el respaldo.

Jairo se relamió los labios por enésima vez y comenzó a acercar su rostro hacia la notoria rigidez de mi erección, la cual presionaba la tela de mis pantalones.

—Nada de eso todavía —negué con la cabeza, al colocarle la palma de mi mano en la frente para empujarlo con suavidad hacia atrás, lo que lo obligó a retomar su anterior posición.

Al verse confundido por mi rechazo, Jairo frunció el ceño—.

Ponte de pie y da unos cinco pasos hacia atrás, aléjate del sillón.

—¿Qué es lo que quiere que haga ahora, señor?

—preguntó, al sonar más impaciente de lo que su rol le permitía, pero acató las órdenes al dar los pasos hacia atrás sobre la superficie.

Sonreí con satisfacción al observar su rostro confuso cuando me puse de pie cuán largo era frente a su pequeña silueta desnuda.

—Sería un recurso fácil e intrascendental que te limites a hacerlo aquí parado...

Eso resultaría aburrido para un escritor con mi imaginación —declaré, al acercarme para alzar un poco su mentón con el dedo índice—.

Vamos a jugar un juego de verdadera disciplina, cachorro.

Clava la vista en el suelo y espérame sin mover un solo músculo.

Di unos cuantos pasos firmes para alejarme de su posición y de su dulce expectación de novato.

Me dirigí hacia la vitrina de cristal iluminada que colgaba en la pared del fondo, el sitio exacto donde se exhibían de forma ordenada una serie de hermosos látigos, fustas y disciplinas de cuero que constituían mi colección privada más preciada.

Al abrir las puertas de vidrio con cuidado, divisé la gran variedad de texturas y grosores disponibles en el inventario, por lo que opté por la opción que me parecía más adecuada para un principiante.

Quería algo suave de cuero flexible para empezar la escena; tampoco deseaba espantarlo o causarle un trauma a la primera de cambio.

Tomé la fusta de cuero negro trenzado y una botella de loción tópica antiséptica para las heridas de la piel.

Me encaminé de vuelta hasta donde se encontraba Jairo parado, quien mantenía sus brazos detrás de la espalda y la cabeza agachada hacia la alfombra, al pensar quién sabe cuántas cosas contradictorias al mismo tiempo.

Una vez que estuve frente a él, posicioné el cuerpo frío de la fusta justo debajo de su mentón y ejercí una presión ascendente para alzar su mirada hacia mí.

—Mírame a los ojos, Jairo —él obedeció al instante—. ¿Recuerdas bien las palabras de seguridad que leíste hace un par de minutos?

Jairo asintió con la cabeza, al mantener el pulso firme.

—Dímelas en voz alta para verificar que las recuerdes.

—Rojo para detener, amarillo para bajar la intensidad, verde para continuar, señor —respondió, al tragar saliva con pesadez ante la visión del cuero.

—¿Cuántos azotes crees que tu cuerpo es capaz de tolerar esta noche, Jairo? —él me miró de vuelta con una mezcla de confusión y miedo latente en sus ojos—. Te estoy preguntando cuántos golpes quieres que le dé a tu piel para iniciar el juego.

—Diez azotes, señor —respondió sin vacilar un segundo, al mostrar una valentía que me sorprendió de forma grata.

—Muy bien... me parece una excelente cifra para comenzar —sonreí con una emoción sádica que recorrió mis venas.

Posicioné la botella de loción en la pequeña mesa lateral y dejé la fusta sobre el sillón.

Necesitaba quitarme la camisa que llevaba puesta de una vez; de lo contrario, resultaría incómodo e impráctico jugar una escena de castigo físico con la ropa puesta, la cual entorpecería mis movimientos.

Me desprendí la prenda y la descarté a un costado del cuarto.

Al hacerlo, pude notar el brillo perverso y hambriento en los ojos de Jairo, quien miraba mi torso desnudo con fijeza, quizás con el deseo de estirar las manos para tocar mis músculos.

—¿Te agrada lo que estás observando en este momento, cachorro? —preguntó mi voz, con un deje de orgullo maduro.

No era el tipo de hombre que se siente inseguro con respecto a su físico o su edad, aunque tampoco solía alardear de ello en los pasillos de la facultad; pero en aquel preciso instante de intimidad, al presenciar el brillo de deseo en su mirada, entré en una profunda confianza conmigo mismo.

—Me gusta mucho lo que veo, señor. Muchas gracias por dejarme verlo, señor —respondió con un hilo de voz dócil.

Ya sin la camisa que estorbara en mi anatomía, tomé de nuevo la fusta de cuero que descansaba en el sillón, sosteniéndola con una decisión y una firmeza brutales en mi mano derecha. Caminé con pasos lentos hasta posicionarme justo detrás de su espalda desnuda.

—Cuenta cada uno de los impactos conmigo en voz alta, mi pequeño cachorro —mandé con un tono oscuro, al preparar el brazo en el aire—. ¿Te encuentras listo para recibirlo?

—Sí, señor... soy capaz de tomarlo —dijo con voz baja, al tensar los músculos de la espalda en espera del dolor.

Alcé el brazo con fuerza y descargué la fusta de cuero de forma directa sobre la superficie de su espalda. El sonido del impacto restalló con fuerza en el silencio del cuarto.

—¡Uno! —Jairo contó en voz alta, al apretar los puños y aguantar el dolor inicial del cuero.

—Vamos, continúa —de nuevo elevé el brazo y descargué otro azote firme en diagonal.

—¡Dos! —pronunció con la voz entrecortada.

Así continuamos con el castigo hasta llegar al número ocho de la cuenta, punto en el cual la piel de su espalda ya se encontraba teñida de un color rosa intenso debido a la irrigación sanguínea provocada por los golpes de la fusta.

Un rosa perfecto que contrastaba de forma idílica con el resto de su piel extremadamente sensual.

—¡Ocho! —gimió mucho más alto en esta ocasión, al arquear la columna ante la quemadura del cuero.

—Sé que puedes hacerlo mejor que eso, cachorro. Termina la cuenta y dame los diez que me prometiste —alenté con voz profunda, al darle un latigazo cruzado en la zona lumbar.

—¡Nueve! —gritó con fuerza.

A pesar de que me encontraba posicionado a sus espaldas y no era capaz de ver la expresión de su rostro, podía sentir las lágrimas saladas y calientes que se deslizaban por sus mejillas debido a la intensidad del dolor físico.

—Solo uno más para terminar, Jai. Sopórtalo —sentencié.

Aquel último azote fue, por diseño, el más rudo y firme de toda la serie.

El cuero impactó de lleno en su piel, lo que provocó que todo su cuerpo se arqueara hacia adelante mientras dejaba escapar un grito tan alto y agudo que supe de inmediato que este golpe había dolido el doble que todos los anteriores combinados.

—¡Diez! —pronunció el muchacho. Al no resistir más la sobrecarga del castigo, se rompió a llorar de forma desconsolada en el suelo, lo que liberó todo el dolor y la adrenalina acumulados.

Aparté la fusta de su alcance y me moví para quedar frente a él en la alfombra.

Me agaché y lo tomé entre mis brazos protectores para contener su llanto.

Jairo reaccionó de forma instantánea: rodeó mi torso desnudo con sus brazos delgados y hundió su rostro húmedo en el hueco de mi cuello, donde lloró con la misma intensidad en busca del refugio de su amo.

Me acomodé en el sillón y lo coloqué sobre mi regazo, al arrullarlo con movimientos suaves para estabilizar sus latidos cardíacos.

—Shh... ya pasó, pequeño... lo hiciste de forma perfecta. Estoy orgulloso de tu resistencia esta noche —indiqué con suavidad, al depositar un beso tierno sobre su sien húmeda de sudor.

Tomé la botella de loción antiséptica de la mesa lateral con cuidado de no realizar movimientos bruscos que pudieran alertarlo.

Vertí una cantidad generosa del líquido sobre la palma de mi mano izquierda y froté ambas manos para calentar la sustancia antes de proceder a masajear la superficie de su espalda dañada.

En cuanto mis dedos hicieron contacto con la piel herida, Jairo emitió un gemido agudo de dolor e intentó apartarse.

—Tranquilo, está bien... quédate quieto, ya va a pasar —indiqué con voz baja y pausada, al esparcir la crema curativa con movimientos circulares hasta que noté que su cuerpo dejaba de quejarse y se relajaba bajo mi tacto.

Jairo sorbió por la nariz para limpiar las lágrimas de su rostro y levantó la cabeza para mirarme a los ojos.

Estiró sus labios carnosos en un gesto implícito para que lo besara de una vez.

Lo hice sin dudarlo, al disfrutar de poseer esos labios con los que alguna vez había fantaseado en la soledad de mi escritorio y que ahora se materializaban como una realidad tangible en mi mazmorra.

Introduje mi lengua en su cavidad bucal, donde encontré la suya tallándose con desesperación contra la mía en un intercambio denso. Dejé la botella de loción a un lado de la mesa para concentrarme en el beso.

—Muchas gracias por el castigo, señor... —agradeció Jairo en un susurro una vez que el beso se detuvo por falta de aire.

Entonces, con una postura mansa, se acurrucó de nuevo en el hueco de mi cuello, al dejar escapar una respiración superficial, cálida y errática de forma directa sobre mi piel.