7
Mientras vi caminar a Jairo con pasos vacilantes hacia la puerta de madera del baño hasta desaparecer tras ella, a pesar del gélido clima invernal de esa noche de tormenta, pude jurar que la habitación se sentía mucho más calurosa que en ocasiones anteriores.
El ambiente denso de la mazmorra parecía cargado de una electricidad estática asfixiante.
Con la urgencia de quitarme esa repentina sofocación de encima, usé los dedos para desajustar los primeros botones de mi camisa, lo que permitió que el aire circulara.
Caminé con lentitud hacia uno de los sillones de cuero oscuro ubicados a unos cuantos pasos.
Me detuve justo al lado de una cajonera de caoba, de donde extraje una lujosa caja de habanos importados.
Solo el característico sabor amargo con toques de chocolate de estos puros premium sería capaz de quitarme la tremenda tensión muscular antes de iniciar la escena de dominación.
Por más cliché o pretencioso que aquello pudiese sonarle a un novato, era mi ritual de concentración indispensable.
Al dar la primera calada profunda al habano, una corta risa irónica se escapó de mis labios en la penumbra.
Todo lo que vivía me resultaba tan surrealista que, de no ser por el calor del tabaco en mi garganta, pensaría que no era más que una idea extraña colada en el fondo de un sueño febril.
Resultaba impactante analizar que, un mes atrás, Jairo era un chico tímido, asustadizo e inocente que tomaba apuntes en la primera fila de mi clase universitaria.
Pero ahora, en un giro drástico del destino, se desnudaba detrás de esa puerta para mí, mientras yo esperaba en el sillón para tomar posesión de su joven cuerpo.
Sumido en el laberinto de mis pensamientos, no oí la puerta al abrirse.
Mi sorpresa fue real cuando enfoqué la vista y observé a Jairo de pie frente a mí.
Llevaba puesta la fina bata que le había entregado minutos antes.
Tenía los pies descalzos sobre la alfombra y en sus facciones se leía un evidente nerviosismo que intentaba disimular sin éxito.
Tragué saliva ante la visión de su estampa.
—¿No tienes nada de ropa debajo de esa bata, verdad, Jairo? —pregunté con voz profunda, aun a sabiendas de que él solo había acatado mi demanda.
—No, señor... no traigo nada debajo —respondió Jairo en un susurro trémulo.
Tras sus palabras, el chico realizó el movimiento reflejo de humedecerse los labios con la punta de la lengua. Verlos de ese modo, rojizos, carnosos y mojados por su propia saliva, provocó que me invadieran unos deseos brutales de empujar algo duro entre ellos para silenciarlo.
—Muy bien, muchacho —me acomodé en el asiento de cuero, al separar ambas piernas para cederle el espacio—. Ven aquí de inmediato.
—Muchas gracias, señor —respondió con docilidad, mientras daba los primeros pasos hacia mi posición.
Al observar su sumisión, alcancé la conclusión de que esta dinámica me gustaría mucho más de lo que originalmente había presupuestado en mis textos.
El chico se acercó hasta posicionarse en medio de mis piernas abiertas.
Decidí jugar mis cartas en esta iniciación; estiré los dedos de mi mano libre y comencé a acariciar la tela de seda que cubría su cuerpo.
El contraste de la tela sobre su tez pálida y uniforme resultaba, estéticamente, perfecto para mis altos estándares visuales.
Bajo el estímulo continuo de mi mano, pude notar cómo su manzana de Adán se balanceó debido a la tensión muscular de su garganta.
—¿Te encuentras demasiado nervioso en este momento, pequeño? —indagué, con una sutil sonrisa que esperaba que no se viese tan delatadora de mi propio morbo.
—Solo estoy un poco nervioso, señor —confesó Jairo con honestidad, al mantener los ojos fijos en mis facciones.
—Está bien que así sea —inhalé una gran cantidad de humo del habano y lo exhalé en el aire de la habitación—. Cuéntame algo, Jai... ¿alguna vez en tu vida has fumado tabaco?
—No, señor... jamás lo he hecho —respondió él, al tragar saliva de forma ruidosa ante mi cercanía.
—Eso es perfecto. No debes hacerlo bajo ninguna circunstancia, los niños buenos no deben fumar —me reí con ironía, en un intento por marcar la evidente brecha de madurez que existía entre ambos.
—Yo no soy ningún...
Jairo se frenó a mitad de su queja al notar cómo yo arqueaba una ceja, al mostrarme expectante y severo ante su insolencia. Recordó las reglas de la casa en el acto.
—Es cierto lo que dice, señor. Disculpe mi atrevimiento —continuó, al bajar la mirada en un gesto sumiso que me agradó.
—¿Quieres probar un poco de mi puro, Jairo? —pregunté, al observar cómo asentía con la cabeza al tiempo que volvía a mojar sus labios. Era evidente que aquello se trataba de un tic nervioso que florecía con su excitación.
El chico levantó su mano delgada con la intención de tomar el habano de mis dedos, pero alejé la pieza de su alcance con un movimiento rápido del brazo.
—Nada de eso —levanté mi dedo índice de la mano izquierda, al moverlo de un lado a otro de forma negativa para reprimir su iniciativa—. Aquí tú no tomas nada por tu propia cuenta. Acércate más a mi rostro.
Jairo obedeció la orden al abrir la boca en un gesto de absoluta entrega.
Fue en ese preciso instante que inhalé una bocanada densa de humo sin llegar a exhalarla.
Dejé el habano a un lado, sobre el cenicero de cristal que reposaba a mi diestra.
Acto seguido, tomé su rostro cálido entre mis manos para acortar la distancia, y dejé salir todo el humo acumulado de manera directa en el interior de su boca.
Inmediatamente después, lo besé de forma corta pero ruda, dominante y áspera, al reclamar el territorio de sus labios. Saboreé la combinación del tabaco amargo con la dulzura de su saliva. Al separarme apenas unos milímetros, le ordené entre dientes:
—Exhala el humo ahora, pequeño cachorro.
Jairo se enderezó sobre sus rodillas y, al mantener los ojos cerrados debido a la intensidad de la experiencia sensorial, expulsó todo el humo gris de su sistema, al echar la cabeza hacia atrás en un gesto que estilizó la línea de su cuello.
—Gracias, señor... —respondió en un susurro trémulo, aún con los ojos cerrados, abandonado a la sumisión del momento.
—Tal como te lo acabo de decir... —comenté, al levantar ambas manos hasta alcanzar el cinturón anudado de su bata—.
Fumar es un vicio malo para la salud de un estudiante.
Solo tienes la autorización de hacerlo cuando yo me encuentre a tu lado para supervisarte... ¿Ha quedado entendido el mensaje, Jai?
Jairo no emitió respuesta verbal al principio. Se encontraba absorto y perdido en el laberinto de su propia mente sobrecargada de endorfinas.
—¿Te he preguntado si ha quedado entendido, Jairo? —insistí con severidad, al sujetar el cinturón con firmeza y elevar el volumen de mi voz para traerlo de vuelta a la realidad.
—Sí, señor... perfectamente entendido —respondió de inmediato, con un leve sobresalto ante mi tono autoritario.
—Excelente —me aclaré la garganta, al apartar las manos de su vestimenta por un segundo—. Ahora, desnúdate por completo frente a mí.
Sin necesidad de mayores preámbulos o titubeos, el chico se desprendió el cinturón con dedos temblorosos y dejó caer la tela negra al suelo.
El textil se deslizó por su piel hasta amontonarse en la alfombra, lo que reveló su desnudez total ante mis ojos hambrientos.
Era una pulcra y simétrica desnudez; una piel suave, uniforme, pálida y juvenil que carecía de cualquier imperfección estética.
En esta ocasión, fui yo el que se relamió los labios de forma descarada mientras me dedicaba a observar minuciosamente cada rincón de su cuerpo desprotegido. Fui pleno consciente, al bajar la mirada, de la marcada erección que el muchacho ya experimentaba debido a la tensión del castigo.
Aquello no me sorprendió. Después de todo, yo también me encontraba duro como una roca por dentro de mis pantalones de diseñador. Fijé la mirada en su vientre plano, terso y libre de vello, al experimentar un deseo primitivo de dejar marcas notables en todo ese territorio inexplorado.
—Acércate un paso más —ordené con un hilo de voz grave, sin prestar atención a otra cosa en el mundo que no fuera ese vientre tan perfecto que tenía enfrente.
Jairo dio ese paso crucial hacia adelante, lo que acortó la distancia física que nos separaba.
En ese momento, llevé mis manos hacia su trasero firme para masajear la redondez de sus glúteos con fuerza, al mismo tiempo que me inclinaba para dejar un beso largo, húmedo y profundo justo sobre el centro de su abdomen pálido.
—Me fascina la forma de tu ombligo, Jai —señalé con voz ronca, al pasar la punta de mi lengua por allí para lamer la concavidad de su piel—. Te juro que me encantaría acabar de correrme justo en este lugar.
Jairo se retorció sobre su eje ante el estímulo húmedo de mi lengua, lo que dejó escapar un gemido ahogado que resonó con eco en las paredes grises de la mazmorra.
—Me encantaría que lo hiciera de esa forma, señor... —respondió con una audacia que me tomó por sorpresa.
Dejé salir una corta carcajada ante su descaro al decirlo de una manera tan abierta. Adoraba esa dualidad tan particular que poseía: esa mitad de estudiante tímido mezclada con una perversa forma de buscar el sometimiento carnal.
—¿Ah, sí? —volví a repetir la acción húmeda sobre su abdomen, al dejar otro beso marcado en su piel antes de separarme—. Dime algo... ¿qué tanto deseas que te use esta noche, muchacho?
—Mucho, señor... de verdad que lo deseo mucho —gimió un poco más alto, al arquear la espalda ante la presión continua de mis manos en sus glúteos.
—Eres una auténtica putita caliente y necesitada de disciplina —declaré con frialdad, al deslizar mis dedos hacia abajo para tocar por primera vez su entrada desprotegida.
El pequeño anillo de carne se contrajo de forma espasmódica ante el contacto repentino de mi mano callosa—. Está muy apretado este sitio, Jai.
—Sí, señor... lo está —confirmó en un hilo de voz, al cerrar los ojos.