SUYO 6 #2
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Pero como una persona instruida desde hace años en el protocolo del BDSM real, sabía que había un orden y un marco psicológico que cumplir.

Más aún al tratarse de una criatura que se encontraba tan pura en la vida real.

—Acompáñame al fondo del pasillo, Jairo —ordené con tono autoritario, al darme la vuelta para guiar el camino.

Justo cuando estuvimos parados frente a la puerta de la habitación privada, me detuve de golpe para sacar el manojo de llaves del interior de mi bolsillo.

Al ser un simple aficionado teórico de internet, Jairo se sentía impresionado ante la seriedad de mi posición en esta actividad.

La cruda realidad del ambiente es que no se necesita ser un magnate para tener un cuarto de juegos acondicionado en el departamento.

Obviamente, yo no podría tener un potro para azotes o un montaje de sujeción directo en la pared de mi sala de estar sin que mis invitados comunes se cuestionaran lo que pasaba allí cada vez que venían a cenar.

Me tomaba esta disciplina muy en serio y no planeaba cambiar mis métodos por un novato.

Una vez que abrí la puerta y entramos al recinto, Jairo comenzó a observar el lugar con ojos curiosos y desorbitados, tal como lo había hecho momentos antes en la sala.

Se notaba hambriento de un conocimiento empírico que jamás pensó alimentar fuera de las pantallas de su computadora.

El espacio era lo bastante modesto y sobrio como para no hacer sentir cohibido a un principiante.

Salvo por algunos muebles especiales diseñados para la sujeción cómoda de los cuerpos, no había ornamentos innecesarios para detenerse a examinar.

La habitación era cálida, pintada de un sobrio color gris oscuro que contrastaba con detalles en rojo sangre.

El suelo estaba cubierto por una larga y afelpada alfombra del mismo tono rojizo.

—¿Estás sorprendido con lo que ves, Jairo? —pregunté, al cerrar la puerta a nuestras espaldas con doble llave.

—Para serle sincero, profesor... me imaginaba algo mucho más exagerado y comercial, como en las películas —confesó el muchacho con total honestidad, al soltar el aire de sus pulmones.

El chico dio un paso más hacia el centro de la habitación y no fui capaz de resistir el impulso de tomarlo de la cintura con ambas manos.

Me sobrepuse a la delicadeza de su cuerpo, al apoyar toda la longitud de mi masculinidad erecta contra la firmeza de su trasero.

Él reaccionó de inmediato al echar la cadera hacia atrás ante el contacto térmico, lo que provocó una oleada de pensamientos perversos en mi mente.

No obstante, al hacer gala de mi autocontrol, me separé de su cuerpo con parsimonia y continué hacia un escritorio ubicado en la esquina del cuarto, donde reposaban algunas hojas de papel de alto gramaje.

Con una sutil sonrisa en los labios, le ofrecí una pluma estilográfica negra al tiempo que le indicaba los documentos con la mirada.

—¿Qué es esto, señor? —preguntó curioso, al tomar los papeles entre sus manos delgadas para leer el encabezado.

—Eso que tienes en las manos es un consenso formal —le informé con seriedad, al recargar el peso de mi cuerpo contra el borde de la mesa—.

Es un acuerdo mutuo firmado donde establecemos con claridad los límites físicos y psicológicos de ambos.

Principalmente los tuyos, ya que tú eres quien asume el rol de sumiso en esta dinámica.

—¿Límites? —preguntó confundido, al arquear las cejas.

—Supongo que no estarás dispuesto a participar en todo lo que a mí se me ocurra en el terreno del dolor... Cuéntame algo, Jairo, ¿has estado con algún hombre o una mujer alguna vez en tu vida? —pregunté, al cruzar los brazos sobre el pecho—. Me refiero a estar con alguien de manera sexual.

—Yo... la verdad es que no, profesor. He realizado alguna felación de forma casual en el pasado, pero... —reveló el chico, al tornarse de un color rojo intenso que cubrió sus mejillas y sus orejas—. Nunca he llegado a experimentar la penetración.

Dejé salir una corta carcajada ante su adorable muestra de pudor juvenil.

Tal como me lo había imaginado desde un principio en el baño del club, el muchacho no era más que palabras osadas y teorías de internet.

Ni siquiera sabía si debía creerle del todo, pero elegí otorgarle el beneficio de la duda por el momento.

—Bueno, entonces queda claro que si yo te planteara ahora mismo una penetración anal extrema en la primera sesión, tú no estarías de acuerdo en participar en ello —dije con un tono divertido, al buscar provocarlo.

—¿Qué...? ¿Cómo dice? —repitió aturdido por el tecnicismo.

Entonces me acerqué a su oído para explicarle con detalles anatómicos y crudeza lingüística en qué consistía dicha práctica de dilatación.

—¡Oh, no! ¡Claro que no! ¡Ni de broma querría eso en mi cuerpo! —se acaloró el chico de inmediato, al dejar salir un pequeño grito de espanto que resonó en la habitación.

—Eres un muchacho mucho más tímido e inexperto de lo que intentabas aparentar en mis clases, Jairo...

Pero está bien que así sea; de hecho, esa pureza lo hace más interesante.

Aquí en estas líneas en blanco tienes la obligación de escribir aquellas prácticas, fetiches o palabras que bajo ninguna circunstancia estés dispuesto a tolerar —le aclaré con paciencia, al tomar su mano temblorosa que sostenía el bolígrafo para guiarla sobre el papel—.

Lo que no recuerdes anotar en este momento, lo iremos solucionando sobre la marcha.

Él se tomó su tiempo para escribir un par de cosas en el papel que a mí ni por asomo se me ocurriría realizar con un novato, lo que me sacó alguna carcajada irónica durante el proceso y lo hizo enojar por mi falta de seriedad.

Jairo se imaginaba, por pura ignorancia literaria, que yo lo marcaría de por vida con un hierro caliente al fuego o que bebería su sangre.

La verdad innegable es que ese no es mi estilo.

Por mi parte, me centro en el placer carnal y en la estimulación psicológica, así que por ese lado el chico no debería preocuparse por su integridad física.

Acto seguido, le señalé con el dedo la importancia de las palabras de seguridad que regirían el juego de rol de ahora en adelante.

Le expliqué el código del semáforo con claridad:

Rojo: Significa detener la sesión de forma inmediata y absoluta, sin importar lo que estemos haciendo.

Amarillo: Significa bajar la intensidad del dolor o cambiar la postura porque se está llegando al límite.

Verde: Significa que todo está en orden y que tengo la autorización de seguir adelante con el castigo.

Asimismo, le señalé la importancia de la separación de los papeles en la casa.

Ninguno de los dos utilizaría su nombre verdadero una vez cruzado el umbral de la habitación para evitar confusiones con la vida universitaria.

Estaba prohibido llamarnos por nuestros nombres reales una vez iniciado el juego.

Al final del documento, puse una última condición de mi autoría que el chico se sorprendió al escuchar: este acuerdo se limitaría al campo sexual.

Jamás se extendería más allá de estas paredes para evitar inconvenientes legales o laborales.

No me gustan los celos, no tolero las muestras públicas de afecto y, sobre todo, no me convertiría en su salvador para resolver sus problemas familiares.

También dejé en claro que fuera de estas sesiones no existiría ninguna exclusividad sexual obligatoria por su parte.

Sé que a muchos amos les fascina ser los únicos dueños del cuerpo de su sumiso en todo momento, pero yo prefería dejar la dominación guardada bajo llave en esta habitación.

Si en algún momento él deseaba tener una pareja de su edad o terminar el acuerdo, estaba en su derecho de marcharse sin recibir reclamos de mi parte.

Una vez que ambos firmamos el consenso con nuestras respectivas rúbricas, caminé hacia un cajón especial y saqué un hermoso collar de cuero negro con un sutil herraje de acero plateado.

Se lo coloqué alrededor de su cuello pálido como una muestra física y simbólica de que ahora él me pertenecía en este espacio.

Lo tomé de los hombros y lo llevé hasta un gran espejo cercano para mostrarle lo hermoso que se veía con la pieza puesta.

—Bienvenido a mi mundo, Jai —pronunció mi voz, al utilizar el nombre de sumiso que había elegido para su papel—. Cada vez que lleves este collar de cuero ceñido a tu garganta, deberás recordar a qué hombre le perteneces en esta casa.

—Sí... —respondió Jairo con la mirada perdida, fascinado ante su propio reflejo en el espejo.

—La respuesta correcta y obligatoria a partir de ahora es: “Sí, señor” —le indiqué con severidad, al tomar su mentón con firmeza para girar su rostro hacia mí.

Al arrancarle un beso impetuoso, rudo y carente de dulzura romántica, mordí sus labios de tal modo que podía sentirlos calientes e hinchados en el interior de mi boca en un segundo.

Cómo había extrañado el sabor de esa boca; aquello había sido una auténtica tortura de abstinencia para mi sistema.

Jairo se quejó por el dolor del mordisco, mientras yo lo tomaba con fuerza por las nalgas para acercarlo un poco más a mi cuerpo.

Hice que nuestras masculinidades se rozaran a través de la tela de los pantalones, lo que generó una fricción tan intensa que me nubló el juicio.

Quería tomarlo contra el escritorio allí mismo, pero debía ser profesional.

—Espera un momento —lo detuve y me separé para observar sus mejillas encendidas en un tono rosa y sus labios hinchados por la intensidad del beso.

Caminé hacia uno de los muebles de madera del lugar y saqué una fina bata de seda color negro riguroso.

—Toma esto y ve al baño a cambiarte de ropa de inmediato. Póntelo.

—Sí, señor —respondió Jai con la voz trémula, al tomar la prenda sedosa y emprender el camino hacia la puerta, pero lo detuve al sujetarlo del antebrazo antes de que pudiera dar un paso más.

—Quiero que te pongas la bata, Jairo. Solo eso. Sin nada de ropa debajo —aclaré con una mirada fija que denotaba mi absoluta autoridad.

Jairo asintió en silencio con la mirada baja y tragó saliva antes de encerrarse en el baño. Esta sería una hermosa iniciación en el mundo de las sombras.