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Esa misma noche, en cuanto crucé el umbral de mi casa, necesité darme un largo baño de inmersión para intentar relajar los músculos.
Mis hombros y mi espalda estaban rígidos, producto directo del estrés acumulado que sobrecargaba mi sistema nervioso.
Jairo finalmente había conseguido lo que tanto quería de mí a base de insistencia y provocaciones.
Sin embargo, no estaba del todo seguro de si esta decisión no terminaría por dañar su inmadura mente estudiantil.
Temía con justa razón que el muchacho desarrollara un afecto que yo, por mi propia naturaleza, jamás sería capaz de corresponder.
Él mismo me había dejado claro en el baño del club que buscaba experimentar con exactitud lo que yo planteaba en mis libros.
La cruda verdad es que, cuando una persona lee un libro que le fascina —por lo general una historia empalagosa de algún escritor comercial sin nada mejor que hacer que vender el amor místico como una innovación indispensable—, experimenta el deseo ferviente de ser partícipe de ella.
A todos nos agrada lo utópico de un romance que sobrepasa cualquier obstáculo de la realidad.
Nos gusta esa fantasía donde los amantes se funden en lo armonioso y donde cualquier disputa conyugal se remedia de forma mágica con una sesión pasional de sexo salvaje.
Aunque, por desgracia, en la vida real las cosas no funcionen así.
Nosotros, los escritores de novelas digitales, solo vendemos lo que la masa está desesperada por comprar.
Nadie se ilusionaría con una historia de amor cruda donde los protagonistas nunca llegan a congeniar del todo, o donde se ven obligados a lidiar con los problemas cotidianos y económicos que acarrean en su rutina.
Es por esa razón de marketing que en mis obras, más allá de los intensos juegos de rol y sumisión, el componente más atractivo para el público era el trasfondo romántico: la idea de dos hombres que, sin tener demasiado en común,
encuentran la forma perfecta de funcionar juntos por el resto de sus vidas.
Para desdicha de Jairo, la gran paradoja de mi vida como escritor es que yo no creo en el amor como algo místico, sagrado o sustancial.
Para mí, ese sentimiento no es más que un mero mecanismo biológico evolutivo que motiva a las especies a aparearse para perpetuarse, con el único fin de buscar el placer individual.
Mi placer específico consiste en dominar.
Me fascina flagelar la piel, morder con fuerza, marcar los cuerpos y someter las voluntades ajenas en la intimidad.
No obstante, si tuviera una relación formal en el futuro, jamás la mezclaría con estas prácticas, solo para no desvirtuar el vínculo afectivo de la rutina.
Por eso Jairo, al aceptar entrar en este juego, renunciaba a cualquier otra clase de relación que pudiéramos tener en el plano real.
Sin embargo, mientras me encontraba sumergido en el agua caliente de la tina, un sentimiento muy parecido al gozo puro se coló en mi torrente sanguíneo.
Experimenté una profunda satisfacción al saber que tendría a esa criatura bajo mi completa autoridad.
Me pregunté con genuina curiosidad cuánto sabría él de aquello que tanto presumía querer en las redes sociales.
Me alegró el día saber que resolvería esa incógnita mañana por la noche.
El día siguiente se presentó extenuante bajo mi estricto criterio profesional.
Tenía demasiados trabajos académicos que corregir y, debido a la ausencia imprevista del profesor Smith por motivos de salud, tuve que ocuparme de dictar su materia de Semántica.
Aquella era la misma asignatura donde, para colmo de mi mala suerte, mi alumno predilecto se encontraba sentado en la primera fila del aula, desde donde me lanzaba miradas constantes de complicidad y provocación.
¿Siempre había tenido Jairo esa maldita manía de lamerse los labios en público, o aquello era una provocación diseñada de forma exclusiva para desestabilizarme?
Intenté con todas mis fuerzas no distraerme con las fantasías en las que me imaginaba forzando mi entrada en su boca.
Mientras explicaba los conceptos teóricos de la pizarra, acomodaba con disimulo mi media erección por dentro del pantalón de vestir para evitar sospechas entre los demás estudiantes del salón.
Ajusté la posición de mis gafas con la mano para concentrarme y volví la atención a mis papeles para ignorar su figura.
—Continuemos con el siguiente párrafo, por favor —solicité en voz alta, al levantar la vista de los apuntes.
Fue en ese microsegundo cuando choqué de frente con la mirada de Jairo. El chico se fijaba en mi entrepierna mientras volvía a mojarse los labios con la punta de la lengua de forma lenta.
«El maldito mocoso lo está haciendo adrede para ponerme a prueba», comprendí de inmediato, al sentir un calor denso recorrer mi espina dorsal.
Llegué a mi casa alrededor de las cinco de la tarde y me dediqué a ordenar un poco los espacios de la sala para que el lugar se viera más decente y sofisticado.
Justo en el momento en que guardaba unos libros, escuché el timbre de la entrada sonar dos veces consecutivas.
Mi corazón se detuvo por completo durante un par de milisegundos debido a la descarga de adrenalina. Estaba aquí. Había llegado la hora.
Llevaba un tiempo prolongado sin tener un sumiso oficial bajo mi tutela en el plano físico.
Por ende, era normal experimentar esa ligera sensación de nerviosismo, como si temiera no desempeñar el papel de amo de la forma perfecta en que solía hacerlo en el pasado.
Más aún si tenía en cuenta la actitud rebelde e insolente de este chico, quien requería una buena y rigurosa lección de disciplina para aprender a obedecer.
Abrí la puerta de madera hasta revelar su silueta bajo el marco.
—Hola, profesor... ¿o es que acaso ya debo empezar a llamarle mi maestro de forma oficial? —sugirió Jairo, con una sonrisa provocativa en los labios.
—Pasa de una vez y deja de hacer preguntas estúpidas en el pasillo —le corté en seco, al negarme a seguir su juego de seducción antes de tiempo.
Jairo llevaba puesto un abrigo de paño color negro riguroso. Era lo bastante largo como para cubrir la totalidad de sus rodillas, y las hebras de su cabello oscuro estaban húmedas debido a la fina nieve que caía en el exterior.
—Dame tu abrigo ahora mismo —le ordené, al estirar la mano derecha con firmeza.
Él obedeció, al sacarse la prenda pesada para dejar ver por fin su vestimenta elegida para la cita.
Llevaba una camisa blanca entallada por dentro de unos pantalones de gabardina negros.
La combinación dejaba en perfecta evidencia la hermosa y delgada figura anatómica que poseía, lo que me causó una picazón instantánea en las palmas de mis manos y un calentamiento súbito en todo el cuerpo.
Jairo entró a mi residencia al contemplar todo a su alrededor con ojos analíticos, como si realizara un examen exhaustivo de lo que constituía mi espacio privado.
Supongo que lo hacía para intentar leerme a través de mis pertenencias.
Me imagino que en su mente se figuraba que mi casa estaría decorada de forma cliché, repleta de trajes de látex negros colgados de las paredes y látigos a la vista de los invitados.
Aprovechando su distracción, me acerqué por detrás y alcancé a rodear su pequeño cuerpo con uno de mis brazos. Sentí de inmediato cómo su fisionomía se estremecía ante el mínimo contacto físico, al dejar caer toda su fachada de chico duro y desafiante frente a mí.
—¿Tienes algo de hambre... o prefieres beber algo para calentar el cuerpo, Jairo? —averigüé al oído, al mantener mi agarre firme alrededor de su cintura.
—No, estoy bien así... gracias —se aclaró la garganta con dificultad debido a la tensión del ambiente—. Dígame... ¿qué es exactamente lo que vamos a hacer con mi cuerpo esta noche, profesor?
—Justo ahora tengo planeado desnudarte por completo en medio de la sala, amarrarte a la silla y cubrirte la piel con chocolate caliente —dije con un tono de voz apacible y monótono, al soltarlo para continuar mi camino hacia la cocina con total naturalidad.
El chico se acercó a mí a paso apresurado y comenzó a reírse con lo que parecía ser un marcado nerviosismo involuntario. Entonces me giré de golpe en su dirección para observarlo con una ceja alzada en señal de severidad. Aquel simple gesto dio por terminada su demostración de gracia en el acto.
—¿De-de verdad me va a hacer eso, señor? —inquirió Jairo, al tragar saliva con pesadez mientras daba un paso hacia atrás—. Y-yo... bueno...
—¿De verdad estás seguro de que no deberías estar en este momento en la seguridad de tu casa, haciendo alguna tarea escolar o mirando una serie en la televisión, muchacho?
—me acerqué de nuevo a su espacio, al estirar los dedos para levantar su mentón esculpido y notar el leve fruncimiento asustado de sus labios.
—Usted no me asusta en lo absoluto, Axael... —desafió, al utilizar mi nombre de pila de forma descarada.
El simple hecho de escuchar mi nombre de pila brotar de sus labios presionó un resorte en mi psicología dominante para castigar su desfachatez. Sin embargo, logré mantenerme calmado por fuera, al limitarme a observar cómo su respiración se aceleraba ante mi cercanía física.
—¿Acaso no sabes todavía que llamar a tu amo por su primer nombre es un motivo de castigo riguroso en esta casa?
Para ti, a partir de este preciso instante, soy únicamente “profesor” o “señor” —lo corregí con una voz profunda, al aplicar una presión casi dolorosa sobre los huesos de su mandíbula con mis dedos—. Entiéndelo de una vez.
Me acerqué solo un poco más a su rostro y mordí la piel de su mejilla de forma suave pero firme, al saborear su calidez.
—Mmm... delicioso, Jairo. Tal vez el uso del chocolate sea un recurso innecesario con una piel tan dulce como la tuya.
Jairo dejó escapar un gemido ahogado en forma de sollozo reprimido, mientras se quedaba inmóvil e indefenso bajo mi sujeción.
Podría haberlo desnudado allí mismo, en medio de la entrada, para tomarlo de forma salvaje sobre el suelo de madera si yo fuera un hombre menos razonable y experimentado.