SUYO 5 #3
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Y lo azoté.

Dejé caer el primer golpe con la palma abierta, lo que provocó un sonido seco y estruendoso que resonó en el aula vacía.

Lo azoté una y otra vez de forma consecutiva e implacable, al regular mi fuerza como si realizara un trabajo quirúrgico.

Castigué la superficie de sus glúteos con una severidad que no admitía quejas, mientras escuchaba cómo sus insultos iniciales se transformaban en un lloriqueo agudo que brotaba de su garganta.

De no haber sido porque la universidad se encontraba desierta a esas horas de la tarde, quizás me hubiese preocupado el eco de sus lamentos.

Quizás, porque al ser honesto conmigo mismo en este punto, yo estaba tan inmerso en mi propio gozo sádico que no hubiese sido capaz de percatarme de otra cosa en el mundo que no fuera el intenso y encendido color rojo en el que se transformaba el pálido trasero de Jairo bajo el impacto de mis

golpes repetidos.

—¡¿Vas a seguir desafiando mi autoridad en esta aula, Jairo?! ¡¿Vas a volver a llamarme cobarde?! —exclamé con la respiración entrecortada, sin detener el ritmo de mis azotes ni un solo segundo.

—¡No... ah... no, por favor... lo siento... ya no más, mi amo! —sollozó el muchacho, al hundir el rostro en la tela de mis pantalones mientras sus manos se aferraban con fuerza a mis muslos.

Fustigué sus nalgas enrojecidas unas cuantas veces más con golpes firmes, hasta que, de repente, el cuerpo del muchacho se sacudió de una manera extraña bajo el peso de aquella penitencia corporal.

Se puso rígido sobre mi regazo y emitió un gemido ahogado que difirió por completo de sus lloriqueos previos.

Lo entendí todo al cabo de unos breves segundos de observación.

Jairo se había venido sobre la tela de mi ropa sin siquiera haberse tocado el sexo con las manos; la intensidad del dolor físico combinada con la estimulación de la sumisión lo habían hecho eyacular de forma espontánea.

Acto seguido, su cuerpo quedó desinflado sobre mis piernas, al mostrarse tan pequeño, vulnerable y sumiso como un cachorro herido. Y sin embargo, era un ser manipulador.

Aquel desenlace involuntario fue lo que terminó por corromper el último gramo de resistencia moral que quedaba en mi interior. El lobo ya había probado la sangre.

—Ya puedes levantarte de mis piernas —dije con una voz helada, en un intento por sonar inmutable, como si no tuviera la tela de mis pantalones de marca manchada con el rastro cálido de su semen.

El chico se incorporó con torpeza y se subió los pantalones con los dedos temblorosos.

Pude ver la intensa rojez que cubría la totalidad de su rostro.

En esta ocasión, el muchacho estaba apenado y abrumado por lo que acababa de ocurrir en el escritorio, a pesar de que se mantuvo con los labios sellados sin pronunciar palabra.

—Perdóneme la insolencia, señor James... Yo... yo de verdad no quería provocar este desastre sobre usted... —dijo Jairo, al agachar la cabeza de forma sumisa. Por primera vez en toda la jornada, sentí que sus palabras eran sinceras y desprovistas de cualquier máscara.

—Mírame fijamente a los ojos, Jairo —ordené con un tono de voz gélido que no admitía réplicas. El muchacho obedeció al instante, al clavar sus ojos oscuros en los míos—. Espero que este correctivo te haya servido para entender en la clase de abismo en el que te estás metiendo por tu propia voluntad.

—¿Qué... qué quiere decir con eso, señor? —preguntó con un hilo de voz.

—No me interrumpas —lo corté con severidad.

Tomé otro pedazo de papel en blanco de mi escritorio y anoté con caligrafía rápida una dirección residencial de la zona norte—.

Mañana a primera hora de la noche, te quiero ver puntual en mi casa, justo después de que termines tus obligaciones en la universidad.

Te encargarás de decirle a tus padres o a tu abuelo que asistirás a hacer una tarea de investigación con algún compañero de tu año...

Y por lo que más quieras en este mundo, Jairo, sé discreto con este asunto. No quiero ver a nadie más enterado.

—Muchas gracias, señor... no le fallaré —respondió el chico. De forma imprevista, se hincó de rodillas frente a mi asiento en una postura de sumisión absoluta, lo que provocó que la sangre corriera con más fuerza y calor por mis venas de hombre maduro.

—Ahora sal de mi vista y vete de una vez a tu casa. Tengo que limpiarme el desastre que dejaste en mi ropa —sentencié, al apartar la mirada.

Jairo se puso de pie con parsimonia y se marchó del aula vacía con una amplia sonrisa en los labios carnosos.

Caminaba con un aire de triunfo descarado, tal como si fuera un niño que finalmente había conseguido que sus padres le compraran su dulce favorito en la tienda.

Se retiró sin ser consciente de la realidad subyacente; sin saber en su mente inmadura que sus provocaciones habían despertado por completo al lobo sediento de sangre que habitaba en el fondo de mi alma de escritor.

Demasiado tonto o demasiado listo en sus estrategias de sumisión; solo el propio Jairo podría llegar a saberlo con certeza más adelante en el desarrollo de nuestra historia...