SUYO 5 #2
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—Quiero algo que solo un hombre con sus características puede darme, profesor... —respondió, al cambiar el tono de su voz por uno mucho más grave y arrastrado.

Dio un paso decisivo hacia adelante y acercó su mano pálida hasta el costado de mi cuello. Acarició la piel con una lentitud tortuosa que me encendió la sangre.

—Puedo convertirme en lo que usted quiera que sea, profesor James. Déjeme ser su sumiso de forma oficial. Déjeme ponerme de rodillas ante usted.

—Tú no tienes la menor idea de qué es lo que me estás pidiendo con tanta ligereza, muchacho —le espeté, al sostener su mano con fuerza para detener su caricia—.

Incluso si resultara cierto que no eres la criatura tierna que muestras ante el decano...

ten por seguro que no podrías resistir mi disciplina en la realidad.

Yo no soy un hombre blando, ni flexible, ni compasivo cuando asumo el rol de amo.

—¿A qué se refiere exactamente con eso, señor? —esbozó Jairo, con una sonrisa incrédula y desafiante que terminó por colmar mi paciencia.

—Me refiero a que jamás me adaptaré a tus caprichos de estudiante; tú serás quien se adapte de forma absoluta a mis necesidades —le informé de manera fría, al observar con agrado cómo la fingida sonrisa se desvanecía de sus labios carnosos—.

Te daré todo el castigo que quiera darte, incluso si tu cuerpo no es capaz de soportarlo de golpe.

Y si un día tengo la soberana gana de joderte en seco para marcar mi territorio, ten por seguro que lo haré sin dudarlo un segundo.

Exageraba mis palabras en ese instante del debate.

Porque incluso aunque me gustara ejercer un dominio áspero en la cama, sabía respetar los límites tanto físicos como psicológicos de mi sumiso a través de las palabras de seguridad.

No obstante, necesitaba con urgencia que Jairo entendiera la verdadera dimensión y el peligro de su solicitud.

Quería que comprendiera que esto no era un simple juego cibernético de atar las manos a la cabecera de la cama o vendar los ojos con un pañuelo de tela de terciopelo, sino un acto de entrega total a mis más sádicos deseos dominantes.

—Escuchar eso solo me excita mucho más, profesor —dijo él, al agachar el cuerpo hasta ponerse a la altura de mi rostro—. Oh, por favor... jódame de una vez, mi maestro... —se burló con ironía en un susurro desafiante.

No fui consciente de la velocidad de mis propios reflejos hasta que lo vi abrir los ojos por la sorpresa.

Para cuando Jairo quiso reaccionar, yo ya tenía una de mis manos en su cuello.

Aquel cuello suave, pálido y caliente se veía ridículamente diminuto e indefenso bajo el imperio absoluto de mi palma de hombre.

Un escaso hilo de aire lograba entrar a sus pulmones a duras penas mientras yo continuaba aprisionando su cuerpo contra la pared del aula, al ejercer una presión ascendente que casi despegaba la punta de sus pies del suelo de madera.

—¡¿Esto es lo que de verdad quieres de mi parte?! —gruñí con severidad, al mostrar los dientes en un gesto animal—. ¡¿Quieres que presione tu garganta con todas mis fuerzas hasta que ya no quede un gramo de aire en tu cuerpo?! ¡¿Eh?! ¡Responde, Jairo!

Él no fue capaz de emitir una respuesta coherente; el silencio fue absoluto debido a la falta de oxígeno en su sistema.

Cerró ambos ojos con fuerza y dejó caer el peso de sus brazos a los costados, abandonado a la asfixia sin intentar oponer resistencia física o pedir auxilio.

No obstante, la expresión de sus facciones no me pareció placentera en ese punto del castigo.

Se notaba en su rostro un gesto de resistencia pura, un esfuerzo sobrehumano por contenerse y no rogar que lo soltara.

El chico prefería desmayarse antes que romper su orgullo sumiso.

Hice un esfuerzo y tomé posesión de la poca cordura que aún restaba en mi cerebro.

Solté su garganta de golpe, al apartar mi mano como si me hubiera quemado con fuego.

Su cuello pálido quedó libre al instante, con las marcas rojizas y la silueta de mis dedos grabada en su piel.

Jairo se dobló sobre sí mismo de inmediato; se sostuvo la garganta con ambas manos mientras se inclinaba hacia el suelo para tomar bocanadas desesperadas de aire entre tosidos violentos.

Contemplé el desastre y negué con la cabeza. No, él no era el sumiso indicado para este tipo de dinámicas extremas, por más ínfulas de grandeza que quisiera darse en los chats de internet. El chico era pura teoría y nada de resistencia real.

—Vete de mi aula ahora mismo, Jairo. Tengo una gran cantidad de trabajo pendiente que atender en mi escritorio —ordené con frialdad, al darle la espalda para sentarme de nuevo en mi silla—. Asegúrate de cerrar bien la puerta cuando salgas.

—¿Por qué se detuvo, profesor? —me recriminó el muchacho con rabia en la voz, al recuperar el aliento—. Yo en ningún momento le pedí que me soltara el cuello. No pronuncié ninguna palabra de seguridad.

—Estabas poniéndote de un color peligroso en mis manos, idiota —sentencié sin levantar la vista de los informes—. Parte fundamental de este ambiente consiste en conocer y respetar tus propios límites físicos. No te llevará a ningún sitio seguro tu petulancia de estudiante. Vete.

Lo vi tragar saliva a través del reflejo de los ventanales.

Se quedó parado en silencio junto a mi escritorio durante un par de minutos largos.

Tal vez en ese instante de introspección forzada el chico había recapacitado sobre la debilidad de su posición y el peligro del lugar donde pedía entrar de rodillas.

—¿Qué estás esperando para marcharte? —lo apresuré, al clavar en sus facciones una mirada fulminante que denotaba mi impaciencia.

—Mi abuelo... el decano Lin, dijo esta mañana en la cocina que usted me iba a ayudar con la materia difícil del profesor Smith —musitó con la voz aún ronca por la asfixia.

—Yo jamás he dicho tal cosa ante el decano, pero si lo que de verdad quieres es ayuda académica...

—tomé un pedazo de papel en blanco de mi agenda y escribí el nombre de un conocido tutor universitario de mi total confianza; esto lo ayudaría a subir sus notas y me ayudaría a mí a mantener la distancia—.

Toma esto. Es el número privado del profesor Jhoon.

Él es un experto en Semántica y sabrá guiarte mejor de lo que yo podría hacerlo en mis horas libres.

Jairo estiró la mano, tomó el trozo de papel con los dedos temblorosos y lo miró de forma calculadora durante unos segundos.

De repente, apretó el papel con el puño hasta volverlo una bola arrugada y lo tiró con desprecio directamente hacia mi rostro.

Luego, como si semejante insolencia no fuera suficiente para colmar mi paciencia, estiró su brazo con violencia y barrió de un solo manotazo con todos los informes, plumas y documentos ordenados sobre mi mesa de trabajo, los cuales cayeron al piso del aula en un desorden absoluto.

—¡Váyase a la mierda, profesor James! —exclamó con vehemencia, al mostrar una mirada inyectada en sangre que denotaba una furia salvaje.

—Jairo... mide tus malditas palabras —hablé entre dientes, en un intento por calmar los latidos de mi corazón para no cometer una locura de la que pudiera arrepentirme.

—¡No me voy a callar nada! ¡Iré a buscar ahora mismo a otro hombre real en los clubes que sí pueda conmigo y con mis exigencias!

No tengo por qué perder el tiempo con una persona patética como usted; alguien que se presenta en internet como el maestro perfecto y dominante, pero que en la realidad no es más que un cobarde temeroso de perder su empleo... Yo...

Aquel insulto final y su insolencia desbocada fueron demasiado lejos para mi sistema; perdí el control absoluto de mi raciocinio.

En un movimiento rápido, lo tomé con brusquedad del brazo izquierdo, lo atraje hacia mi cuerpo y lo obligué a recostarse boca abajo sobre mi regazo.

Lo acomodé a la fuerza en aquella posición clásica de castigo donde yo tenía el dominio anatómico total de su cuerpo y de su trasero.

El chico comenzó a patalear con desesperación contra mis piernas, al tiempo que me insultaba con improperios de alto calibre y me exigía a gritos que lo soltara, bajo la amenaza de que me arrepentiría en la dirección de la facultad.

Pero yo estaba tan cabreado y cegado por la ira que no pensé en las consecuencias.

En ese microsegundo, solo importaba el castigo.

Cuando deslicé mis manos para bajar la tela de sus pantalones de jean de un tirón, me topé con un detalle que me congeló la sangre en las venas: Jairo no traía puesta ninguna prenda de ropa interior debajo del pantalón; su piel pálida estaba expuesta a mi vista.

El maldito chico había asistido a mi cubículo con ese escenario planeado desde el principio.

Me repetí mentalmente que lo azotaría con una severidad brutal por esta imprudencia planeada; sabía que el muchacho necesitaría alguna crema medicinal para aliviar el dolor de mi fuerza cuando acabara con su penitencia.

Y así, antes de comenzar con el castigo físico, deslicé la palma de mi mano derecha sobre su curva con un hambre carnal innegable, al sentir aquella suave y pálida sedosidad contrastar con la aspereza de mis manos de hombre maduro.