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Necesité mucho más que sentarme a ver la serie completa de Lost en el televisor para intentar mantener la cordura.
Me obligué a corregir una montaña de informes acumulados de mis alumnos, textos académicos que terminaron manchados con el trazo de dos plumas estilográficas rojas que gasté en anotaciones marginales.
Incluso intenté, con un esfuerzo supremo, empezar las primeras líneas de mi nueva novela.
Todo aquello lo hacía con el único propósito de mantener alejados los pensamientos equívocos, densos y obsesivos que querían entrometerse a la fuerza en mi mente.
Llegué a experimentar la viva sensación de tener un pequeño demonio posado justo encima de mi hombro izquierdo.
La criatura se burlaba de mí en el silencio de la habitación, se reía de mi falsa moralidad e incitaba mi deseo de seguir aquel perverso juego de seducción que Jairo me acercaba con cada una de sus acciones.
Con un falso sentimiento de tranquilidad, traté de recordarme un dato crucial: al menos ya no tendría la obligación de tratar de forma directa con Jairo en mi aula a partir del lunes próximo.
El muchacho ya había aprobado mi materia con una calificación satisfactoria, como era de esperarse en alguien de su intelecto.
Difícilmente coincidiríamos en los pasillos de la facultad mientras él cursara las asignaturas correlativas a la mía.
Sin embargo, aquella certeza me convirtió en un doloroso vaivén de emociones encontradas.
Mis estados de ánimo iban desde sentirme tan sosegado como un bebé dormido, hasta experimentar el impulso destructivo de querer cortarme la yugular con el borde afilado de mi juego de naipes favorito.
Cómo fui capaz de resistir semejante tentación carnal en el baño del club era algo que aún pertenecía a la lista de mis misterios más grandes.
La realidad demostró que, desde ese lunes en que retomé la rutina diaria, los días transcurrieron con total normalidad.
Todo volvió a ser monótono, casi como si nunca hubiese sido acosado por mi alumno preferido, o como si mi mente jamás hubiese albergado fantasías explícitas sobre su sumisión.
Y aunque algunas veces me encontraba a Jairo de frente en los corredores principales, quien no perdía la oportunidad para coquetear con la mirada, logré mantenerme tan calmado y distante como de costumbre.
Hasta que una mañana el destino decidió romper la tregua. Me dirigía a paso firme hacia mi aula predilecta para dictar la cátedra correspondiente cuando una silueta imponente detuvo mi marcha a mitad del pasillo principal.
—Axael, qué bueno encontrarte —pronunció una voz inconfundible a mis espaldas. Era Peyton Lin, mi jefe directo, el decano y, por encima de todo, el abuelo de Jairo—. ¿Tienes un momento para que hablemos en privado en mi oficina, por favor?
—¿Tiene que ser justo ahora, señor Lin? —respondí, en un intento por ocultar mi desgana—. Mis alumnos me esperan y tengo que dar una clase en menos de dos minutos.
—No te preocupes por el tiempo, no le quitará más de cinco minutos a tu agenda —dijo Peyton, con una fingida sonrisa de cortesía corporativa—. Ya me encargué de mandar un aviso a tus estudiantes para justificarte por el retraso de hoy.
—De acuerdo, señor decano. Vamos —asentí sin opciones.
No me sentí cómodo cuando observé de su parte aquella actitud de falsa tranquilidad institucional.
Conocía a Peyton el tiempo suficiente como para saber que él nunca citaba a los profesores a su oficina por un asunto trivial.
Como solía repetir en las juntas, no le gustaba perder el tiempo con imprevistos; jamás convocaba a charlas amistosas a su cuerpo docente sin un motivo de peso detrás.
Seguramente tenía algo de suma importancia que comunicarme.
Al temer lo peor para mi carrera, caminé junto a él en silencio hasta su despacho.
Al cruzar el umbral, noté que la oficina se sentía mucho más fría y sombría que de costumbre.
Quizás era el temor abstracto que me invadía por dentro lo que me hacía percibir el ambiente de tal modo.
De hecho, al analizar el panorama, resultaría irónico perder mi empleo universitario por culpa de un joven al que ni siquiera había disfrutado físicamente como quería, todo por el miedo latente a perder mi puesto de trabajo.
—Toma asiento, Axael —indicó Peyton, al cortar el hilo de mis pensamientos mientras se acomodaba detrás de su imponente escritorio de caoba.
—¿Qué es lo que precisa de mí con tanta urgencia, señor Lin? —pregunté, con una postura erguida en la silla.
—Es un asunto estrictamente familiar... se trata sobre Jairo Spring —soltó el decano, al reclinarse en su lujoso asiento de cuero—. Estoy al tanto de que en la sala de profesores ya se enteraron de que el muchacho es mi nieto biológico.
—Sí, señor decano. Las noticias vuelan con rapidez cuando hay tan poco territorio académico que abarcar en este edificio —respondí con una sonrisa de cortesía.
—No me preocupa ese chisme, sino lo que viene detrás de él. Jairo es mi único nieto varón en la familia y también es mi consentido —confesó el hombre, con un pesado suspiro de frustración.
—Sigo sin entender a dónde quiere llegar con este comentario, señor Lin —le dije, confundido ante su actitud inusual—. ¿Acaso el chico ha dicho algo inapropiado sobre mi persona o mis clases?
—No, en absoluto —Peyton soltó una carcajada de plena confianza—.
Quédate tranquilo en ese aspecto. Según me ha dicho el propio muchacho en casa, tú eres su profesor favorito de toda la carrera.
El verdadero problema radica en que ahora está cursando la materia correlativa con el profesor Smith.
Y la verdad es que su rendimiento académico deja mucho que desear en estas últimas semanas.
Sus notas han bajado de forma peligrosa en los registros oficiales.
—Lo siento mucho por él, de verdad. Jairo es un chico brillante cuando se lo propone. No alcanzo a ver cuál pueda ser su dificultad actual con Semántica. Todos en la facultad sabemos que mi materia es bastante más exigente y rigurosa que la del profesor Smith.
—Es por esa razón que necesito que lo ayudes de forma externa —sentenció Peyton, al clavar su mirada severa en la mía—. Tú sabes a qué me refiero con ayudarlo. Diseña un plan de estudios personalizado, dale tutorías privadas o habla con él para enderezar su camino.
Sentí cada una de sus palabras más como una orden dictatorial que como un favor mutuo entre compañeros de trabajo.
Su expresión apacible de hace unos minutos había sido reemplazada por la misma fijeza severa que tanto caracterizaba su liderazgo.
Ni siquiera sabía si existía una forma legal de librarme de este compromiso, aunque no lograba ver en qué forma pedagógica podría ayudar a mi exalumno sin cruzar fronteras peligrosas.
—¿Me está pidiendo de forma oficial que le otorgue un trato especial a un estudiante solo por el hecho de ser su nieto, señor decano? —pregunté, con la audacia de entornar los ojos.
—Axael... —Peyton soltó una fuerte carcajada mientras se ponía de pie con parsimonia.
Caminó alrededor del escritorio hasta acercarse a mi posición—.
Es exactamente lo que te estoy pidiendo que hagas —sentenció, al tiempo que apretaba su mano pesada sobre mi hombro con una fuerza cargada de advertencia.
—Tendré que pensarlo con cuidado, señor Lin —respondí, al ponerme de pie para retirarme.
Cuando el horario de clases de la tarde llegó a su término, me senté detrás de mi escritorio en el aula vacía para corregir algunos informes recientes.
Me llegó el pensamiento intrusivo de que debía entregarle mi respuesta final a Peyton lo más pronto posible, tal como me lo había indicado antes de dejarme marchar.
Era consciente de que necesitaría algo más que una simple fuerza de voluntad —la cual no poseía— si iba a tomar la responsabilidad de ser el tutor privado de Jairo en Literatura.
Sobre todo porque no dejaba de rondar en mi cabeza la idea de que el chico había provocado la baja de sus notas con el único fin de propiciar este escenario.
De lo contrario, no se entendería por qué un alumno tan brillante tendría problemas de comprensión de la noche a la mañana.
—Profesor James... —escuché de pronto aquella familiar y melodiosa voz que brotaba desde el umbral de la puerta del salón.
—El horario oficial de clases finalizó hace diez minutos, Jairo —interrumpí de golpe, con la vista clavada en los papeles sin levantar la cabeza.
Escuché el sonido seco de la puerta de madera al cerrarse con pestillo.
Seguidamente, el eco de sus pasos lentos cruzó el aula hasta detenerse al costado del escritorio donde me encontraba sentado.
A pesar de que me rehusaba a mirarlo a la cara para no romper mi compostura, ni bien lo tuve a mi lado, al jugar de forma nerviosa con sus manos entrelazadas, no pude evitar levantar la vista hacia su cuerpo.
La forma inocente en que su mirada me observaba en ese instante me hizo sentir por un segundo como el villano más cruel de una historia al intentar apartarlo de mi lado.
Sin embargo, yo conocía la verdad detrás de esa fachada.
Sabía que detrás de esos ojos dóciles no había más que una máscara, un disfraz que ocultaba al lobo hambriento que se escondía tras la tersa y pálida lana del cordero.
—Míreme a los ojos, profesor... ¿Es que acaso ya no me quiere cerca suyo? —musitó Jairo con una tristeza que rozaba lo teatral.
—¿Por qué demonios sigues haciendo esto, Jairo? —respondí, al dejar salir mi fastidio ante su conducta repetitiva.
—¿Hacer qué cosa, señor? No entiendo a qué se refiere —dijo, con un leve ladeo de cabeza.
—Deja de actuar de esa forma, por favor. Deja de presentarte como un chico tímido e inocente cuando es evidente que no lo eres en la intimidad... ¿O qué pasa contigo? ¿Acaso padeces algún trastorno que te hace cambiar de rol cada cinco minutos?
—¿Actuar? —repitió Jairo, al abrir los ojos de par en par con un desentendido absoluto que lo hacía ver ingenuo ante cualquiera—. De verdad que no logro entender sus palabras, señor.
—Basta ya de ridiculeces —lo corté en seco, al sentir cómo la irritación escalaba por mi sistema ante su falsedad—. Dime de una vez qué es lo que quieres conseguir de mí.