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Entonces, el chico rompió el beso de golpe y quedó jadeando contra mis labios.
—Quiero ayudarlo a correrse con mi boca ahora mismo, profesor... —habló Jairo, al modular un tono de voz que imitaba la súplica de un cachorro desvalido. Clavó sus ojos oscuros en los míos—. Por favor, mi amo... déjeme arrodillarme ante usted.
Ni siquiera tuve el tiempo necesario para formular una respuesta coherente en mi cabeza.
En un movimiento rápido, Jairo quitó su mano del interior de mis calzoncillos y bajó su cuerpo hacia el suelo del baño, de rodillas justo donde se encontraba la rigidez de mi erección expuesta.
Utilizó sus manos delgadas para apartar los bordes de la tela con la intención de liberar mi miembro por completo e introducirlo en su boca.
—¡Detente ahí mismo, Jairo! —ordené con una firmeza y una decisión brutales que resonaron en las paredes de azulejos.
Como si se hubiera tratado de un latigazo psicológico o de una orden de represión de su amo, el muchacho se detuvo en seco en el suelo; quedó paralizado con las manos suspendidas en el aire.
Hice un esfuerzo sobrehumano para recuperar el dominio de mis impulsos, subí el cierre de un tirón y oculté mi masculinidad. Tomé a Jairo de los hombros con brusquedad y lo puse de pie de un movimiento, obligándolo a encararme con la ropa desordenada.
—Tú no eres una persona así en la realidad, Jairo. ¿Qué te está sucediendo para que te comportes de esta forma tan vulgar? —indagué con severidad, mientras fruncía el ceño con una mezcla de confusión y enojo—. ¿Por qué estás actuando de esta manera en un baño público?
—¡Porque quiero con todas mis fuerzas que usted sea mi amo! —contestó el chico al levantar la voz, en una especie de berrinche infantil mientras cruzaba los brazos sobre el pecho con terquedad.
—Tú no quieres eso de verdad, Jairo. Te estás dejando llevar por fantasías que leíste en mis libros —le espeté, en un intento por inyectar algo de cordura en su mente desbocada—.
La ficción de internet es muy diferente y distante de lo que implica la realidad de una dinámica de poder.
No te confundas de esa manera tan peligrosa, Jai.
—¡Yo sé perfectamente lo que quiero para mi cuerpo, no soy ningún niño indefenso! —pataleó el muchacho contra el suelo del baño, mostrando una clara frustración ante mi rechazo.
—Cuando dejes de actuar y de quejarte como un niño caprichoso, entonces empezaré a creer tus discursos de madurez —sentencié con frialdad, dándole un último vistazo a su vestimenta desordenada—.
Ahora, hazme el favor de arreglarte la camisa, sal de este baño y ve a bailar a la pista superior con personas de tu edad.
Sin darle el menor margen para que formulara una réplica, me di la vuelta con brusquedad y salí del baño a paso rápido. Me dirigí hacia las escaleras que conducían a la parte más baja del subsuelo del club, para perderme entre el tumulto de la fiesta privada.
Seguramente mis amigos, Jessie y Zian, ya se habían adelantado entre la multitud y se encontraban en esos momentos divirtiéndose por su cuenta con desconocidos, o incluso participando en alguna de las orgías que solían organizarse en las salas del fondo.
Eso era justo lo que mi cuerpo necesitaba en ese instante para bajar la terrible erección que el atrevimiento de Jairo me había dejado como secuela.
A decir verdad, en cuanto puse un pie en la pista del sótano y la música fuerte volvió a sonar en mis oídos, experimenté un profundo sentimiento de autodesprecio.
Me odié con una intensidad salvaje. Pensé en la oscuridad que tal vez yo era un completo idiota por haber dejado escapar semejante oportunidad.
Había rechazado la sumisión voluntaria y la boca de mi alumno preferido por mero orgullo moralista.
Al fin y al cabo, un encuentro así no se le niega a nadie en un club nocturno, menos en un estado de excitación tan elevado y siendo él, el muchacho que tanto me gustaba.
Aunque, al analizar el panorama con la mente más fría, sabía que había tomado la decisión correcta para resguardar mi cordura.
La verdad innegable era que Jairo seguía siendo solo un joven inmaduro ante mis ojos.
Por la forma tan torpe, simple e inexperta en que me había besado los labios minutos atrás, era evidente que el chico ni siquiera había sido tocado por alguien en el pasado; su historial sexual estaba en blanco.
Él debía estar en un entorno seguro, conviviendo con jóvenes de su edad y experimentando un sexo convencional, libre de preocupaciones complejas o ideas de dominación extrema.
Yo no podía convertirme en el monstruo que destrozara su inocencia y lastimara su mente, aunque él mismo me lo pidiera de rodillas en un baño público.
Por más que el muchacho hubiera leído sobre el BDSM en la red, aún no alcanzaba a comprender la enorme responsabilidad y el peso que implicaba someterse y ser el sirviente de un hombre como yo.
Jairo solo buscaba experimentar una fantasía prohibida para salir de su rutina de la universidad.
Y yo sabía muy bien que si cruzaba esa línea, si yo probaba el cuerpo de Jairo por una sola vez...
entonces ya no habría una vuelta atrás para ninguno de los dos.