4 #2
—Y usted es J. Noctis... —respondió Jairo en un susurro trémulo. Desvió de inmediato su mirada asustadiza, incapaz de sostener mis ojos durante más de dos segundos seguidos.
—¿Qué demonios estás haciendo en un lugar como este, Jairo?
—me acerqué aún más a su cuerpo, acortando la distancia hasta sentir su calor.
Estiré los dedos de mi mano libre y tomé con firmeza su mentón, obligándolo a levantar la cabeza para que me mirara de frente mientras se dignaba a hablarme—.
Después de todas las obscenidades que me escribiste en esa sala de chat... tú... ¿Acaso me estás siguiendo?
—Por supuesto que no lo estoy siguiendo, profesor.
Vine aquí esta noche con unos amigos de mi facultad —se aclaró la garganta con dificultad, en un intento por estabilizar el tono de su voz.
En ese instante, pude percibir a través del contacto de mis dedos que la piel de sus mejillas se tornaba caliente debido a un evidente rubor que tiñó su palidez—.
No soy ningún psicópata que lo persigue por la calle, profesor.
Aunque... la verdad es que todo lo que escribí en el chat es real.
Usted me gusta. Me gusta muchísimo, profesor James.
—No recuerdo que lo hayas expresado con esas palabras tan dóciles —me mofé, mientras entornaba los ojos con frialdad.
—Pensé... pensé que escribirle de esa forma tan directa le gustaría a un autor como usted —confesó Jairo con timidez; bajó la mirada hacia el suelo del baño, avergonzado por la audacia de sus propios actos—.
Al fin y al cabo, el dominio es lo que todos los hombres de su tipo quieren obtener de un sumiso en la intimidad.
—No te equivoques conmigo, muchacho —respondí con el tono más frío y cortante que fui capaz de modular.
Solté el agarre de su rostro con un ademán brusco y le di la espalda por un momento—.
Debes salir de este baño e ir a buscar chicos de tu propia edad para divertirte.
Yo... estoy metido en asuntos mucho más complejos de lo que imaginas.
—¿Acaso habla del ambiente del BDSM real, profesor? —interrumpió él con osadía.
Al darme la vuelta, lo vi ponerse más rojo que una manzana madura.
Al mismo tiempo que se pasaba la lengua por los labios resecos debido a los nervios de la confrontación, volvió a clavar su vista en la mía.
Con un paso lento pero decidido, acortó el reducido espacio que quedaba entre ambos cuerpos y me arrinconó contra el lavabo.
—En realidad, ese ambiente es lo que me gusta a mí también —musitó el chico.
Dio un paso más hacia adelante, a milímetros de mi rostro.
Se inclinó hasta que sus labios rozaron el lóbulo de mi oreja, para dejar escapar un susurro impregnado de una sensualidad oscura—: Deseo con todo mi ser convertirme en su sirviente personal, amo.
Aquel susurro cargado de sumisión explícita impactó de lleno en mi cerebro, lo que provocó que mi miembro se pusiera por completo erecto en un solo segundo.
La reacción física de mi cuerpo fue tan inmediata que Jairo la percibió a través de la tela de mi ropa.
Sin la menor duda, el muchacho deslizó su mano hacia abajo y la posó sobre la bragueta de mis pantalones.
—Déjeme que lo ayude ahora mismo con ese problema, profesor... —dijo suavemente, con un tono de voz arrastrado.
Con una destreza que me tomó por sorpresa, bajó el cierre metálico e introdujo su mano por el interior de mis pantalones y de mi ropa interior. Sus dedos delgados y calientes tomaron posesión de mi miembro en la penumbra del baño.
—Ugh... está tan duro por mi culpa... —gimió Jairo en voz baja, al apretar su agarre con una presión constante.
Cuando bajé la mirada para observar su rostro, noté que sus ojos almendrados estaban llenos de un deseo carnal innegable.
Curiosamente, a pesar de que sus gestos corporales intentaban proyectar una falsa inocencia de estudiante, la fijeza y el hambre reflejados en su mirada carecían de cualquier grado de pureza.
Tenía los labios mojados por su propia saliva; se abrían y cerraban de forma rítmica mientras respiraba agitado por la boca en busca de aire.
Toda la poca resistencia moral que había construido durante el día flaqueó al presenciar semejante espectáculo de sumisión voluntaria.
Me acerqué a su rostro con una mezcla de temor y excitación salvaje.
Comencé a besarlo en la mejilla de forma repetida, dos o tres veces, lo que dejó un rastro húmedo en su piel cálida.
Jairo no tardó en reaccionar ante el estímulo: presionó sus labios carnosos contra los míos y selló nuestra distancia en un beso.
Al principio, el contacto resultó un beso simple, rudo e inexperto por su parte; era evidente que el chico carecía de práctica en el terreno del romance.
Sin embargo, toda timidez desapareció en el momento exacto en que Jairo tomó la iniciativa de invadir mi boca, para entrelazar su lengua con la mía con una urgencia desesperada.
El beso se tornó caliente, denso y sensual.
Nuestras salivas comenzaron a mezclarse en un intercambio que me nubló el juicio.
Mientras nos devorábamos la boca, él continuaba acariciando la longitud de mi miembro de forma lenta, pero ejercía una presión implacable con la palma de su mano.
Pude notar cómo la punta de sus dedos comenzaba a mojarse con el líquido preseminal que mi cuerpo expulsaba debido a la excitación.
Sus toques eran adictivos para mi sistema nervioso.