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A la mañana siguiente, el despertar fue una tortura física.

Me levanté de la cama con un dolor punzante y agudo en la espalda.

Era una molesta sensación de entumecimiento muscular que nacía en la base del cuello y se extendía de forma implacable hasta la zona lumbar.

Aquello era el resultado directo de ocho horas de supuesto descanso, un lapso miserable en el que no conseguí dormir más de tres horas seguidas.

Pasé la noche en vela, dando vueltas inútiles entre las sábanas y con un desgaste mental que aumentaba con cada giro.

Todo aquello era a causa de las palabras que retumbaban en mi cabeza, escritas por esa persona misteriosa del chat.

Intentaba convencerme de que el usuario del foro era un completo desconocido; un ocioso sin nada mejor que hacer con su tiempo que suplantar la identidad de mi alumno.

No obstante, esa barrera racional no evitó que mi mente fantaseara durante toda la noche con la crudeza de esos mensajes.

Pasé las horas de vigilia en un pensamiento obsesivo por Jairo.

Como consecuencia de ese delirio, al despertar, la erección mañanera se volvió dolorosa debido a la acumulación de tensión.

No tuve más alternativa que masturbarme de manera rápida entre las cobijas para aliviar la presión física de mi cuerpo.

Alcancé la conclusión de que no podía seguir de esa manera tan patética.

No era saludable para un hombre de mi edad pasar los días recluido en la soledad de la casa, a base de fantasías individuales.

Necesitaba una descarga sexual real; deseaba interactuar con una persona de carne y hueso que también disfrutara de la sumisión y de ser dominada por mí en la intimidad.

Aunque esa persona no cumpliera con la totalidad de mis altos estándares estéticos, serviría como un escape para descargarme hasta que el destino me permitiera encontrar a la pareja adecuada.

Con esa meta fija en la cabeza, decidí contactar a dos amigos muy queridos a los que consideraba de mi entera confianza.

No los veía desde hacía un buen tiempo a causa de nuestras ocupadas vidas profesionales.

Aproveché el receso invernal para organizar una salida nocturna.

Era la forma perfecta de matar dos pájaros de un tiro: me distraería del bache literario y obtendría el alivio carnal que mi cuerpo me exigía.

También me motivó el hecho de que solo con ellos dos podía acudir a ciertos lugares específicos de la ciudad; sitios clandestinos en los que podría conseguir lo que buscaba sin juicios de valor.

Adoraba a Jessie y a Zian. Ambos poseían una mente abierta para las nuevas actividades sexuales.

Y aunque no compartíamos el mismo gusto específico por los juegos de roles intrincados o el sadomasoquismo puro, ya habíamos compartido en el pasado alguna orgía anónima o un trío de manera casual.

Estábamos bien con esa dinámica libre y sin ataduras.

La oportunidad se presentó la noche posterior a los festejos de Navidad.

Me encontraba junto a Jessie a las afueras de WHO, uno de los clubes nocturnos más exclusivos y sórdidos de la zona céntrica.

La particularidad de este establecimiento radicaba en su división arquitectónica.

Por un lado, estaba la pista de entrada a nivel de calle; allí las personas comunes bailaban, bebían y socializaban como en cualquier otro club comercial.

Por otro lado, oculto a las miradas discretas, se encontraba el subsuelo.

Ese sótano era el santuario donde se llevaban a cabo fiestas privadas de carácter estrictamente sexual.

Ese era el destino exacto al que nos dirigíamos.

Para cruzar esa frontera debías pagar una suma de dinero extra en la taquilla, una tarifa alta que funcionaba como un filtro.

Además, no todos los interesados eran admitidos con facilidad debido a que las dimensiones del subsuelo eran reducidas.

A mí no me preocupaba el derecho de admisión, pues conocía a Jacob, el imponente guardia de la entrada principal, desde hacía diez años.

Esperamos en la fila del club. El tumulto de gente cubría casi todo el largo de la acera congelada.

Había jóvenes estilizados y mujeres hermosas junto a nosotros en la calle; la mayoría de ellos se quedaría en la parte superior de la discoteca.

Escudriñé el panorama en la lejanía para ver si lograba divisar la figura de Zian entre la multitud.

Mientras tanto, saqué un cigarrillo de mi cajetilla y lo prendí con mi encendedor para matar el tiempo de espera.

—Pensaba que ya habías abandonado por completo el vicio de fumar —dijo Jessie de repente, al clavar sus ojos en mis facciones—. Aunque claro, tienes razón en reclamar el olvido. No nos hemos visto en un buen tiempo por culpa de tus clases.

—Ya lo había dejado, de hecho —respondí, mientras recostaba mi espalda contra la fría pared de ladrillos del callejón.

Expulsé el humo gris de mis pulmones con lentitud y vi cómo se disipaba en el aire gélido—.

Es solo que hoy me siento más ansioso de lo normal.

No he tenido sexo en un largo tiempo y la abstinencia me pasa factura.

—Debo suponer entonces que el trabajo uni

—Quizás tengas razón en tu diagnóstico —me limité a responder. Hundí los hombros con un gesto de absoluta indiferencia ante su evaluación.

—Siento mucho la demora, chicos —interrumpió una voz familiar a nuestras espaldas. Zian se acercó con paso rápido para saludarnos con un abrazo corto—. El tráfico es un desastre en la intersección de la sexta y la novena avenida. Fue imposible avanzar.

—¿Te trajo hasta aquí tu aburrida esposa en su auto familiar? —provocó Jessie de inmediato, con una sonrisa maliciosa.

—No, para tu conocimiento, me trajo tu novio en su motocicleta justo después de pasar a recoger unas cosas por su departamento —replicó Zian sin inmutarse. Dejó escapar una sonrisa de satisfacción que denotaba complicidad.

Sería una situación incómoda para cualquiera si ellos dos nunca hubieran compartido parejas en el pasado. Pero en nuestro círculo, las fronteras de la monogamia eran inexistentes; ellos siempre bromeaban sobre esos intercambios de carne.

—A mi novio no le gustan los chicos rubios como tú —comentó Jessie con ironía, al comenzar a caminar a medida que la fila avanzaba—. Pero en todo caso, solo me molesta el asunto porque trajo gratis tu cuerpo hasta aquí, mientras que a mí me hizo pagar un costoso taxi de mi bolsillo.

—Bueno, pero debes admitir que...

—¿Identificaciones en la mano, por favor? —una voz grave, áspera y autoritaria interrumpió la charla de golpe.

Habíamos alcanzado la puerta principal del club.

Estábamos parados frente al guardia de seguridad que custodiaba el umbral; el hombre esperaba nuestros documentos con la mano extendida.

Llevaba puesto un traje oscuro de corte impecable que hacía ver sus hombros y su espalda el doble de anchos en la penumbra.

Una inyección de emoción pura se propagó por mi cuerpo en cuanto pusimos un pie adentro del recinto.

Dejamos atrás el frío de la calle y nos dirigimos hacia la entrada de la parte VIP.

Bajamos las escaleras hacia el subsuelo, con dificultad entre la masa de gente que ya ocupaba los pasillos.

Al observar el entorno, noté un detalle inusual: había una gran cantidad de jóvenes en el lugar.

Aquello me pareció extraño, debido a que el subsuelo de WHO no solía ser un espacio que los muchachos prefirieran antes que otros clubes comerciales.

Quizá por esa misma afluencia el club parecía más lleno que de costumbre.

La aglomeración nos impedía caminar con fluidez por los pasillos estrechos.

Jessie y Zian caminaban pegados detrás de mí para no perder al grupo.

En el momento exacto en que me volteé para verificar que siguieran mis pasos, alguien se cruzó de golpe en mi trayectoria.

El impacto provocó que un líquido helado se vertiera sobre el frente de mi ropa.

—¡Pedazo de mierda! —exclamé con rabia, al perder los estribos de inmediato. Palpé la tela de mi camisa de diseñador, la cual ahora se encontraba empapada por un líquido pegajoso que olía a alcohol barato—. ¡Maldita sea!

Cuando levanté la cabeza con los puños cerrados, decidido a enfrentar al causante de mi disgusto, todos mis sentidos se nublaron. El impacto de la realidad me congeló el pulso: el responsable directo de que mi abdomen estuviera húmedo era mi alumno favorito de la universidad.

Jairo Spring estaba parado frente a mí en un centro de perdición sexual.

Jamás en mi vida habría imaginado encontrar a un chico tan tímido en un sitio de estas características.

Sus ojos almendrados se encontraban delineados por un trazo de maquillaje color café oscuro, lo que resaltaba su mirada.

Llevaba puesta una camisa de seda verde claro, la cual tenía desabrochado el primer botón del cuello de forma sugerente.

El espectáculo visual me dejó como una estatua de mármol en medio del pasillo.

—Amigo, ¿te encuentras bien? ¿Qué pasó con tu ropa? —se acercó Jessie a mi lado, al hablarme al oído para hacerse escuchar por encima de la música—. Este club está lleno de niños esta noche. Qué fastidio.

Mantuve la vista fija en el muchacho. Observé a Jairo mirarme con una expresión que parecía oscilar entre el terror puro y la sumisión absoluta ante mi figura.

En ese preciso instante, al ver la mezcla de culpa y deseo en sus facciones, confirmé la peor de mis sospechas: el usuario del chat era él. No cabía ninguna duda lógica.

Sin pensarlo dos veces, lo tomé del antebrazo con un agarre firme.

Me di la vuelta hacia mis amigos y me despedí de Jessie y Zian con un gesto rápido de la cabeza, para indicarles que los vería más tarde.

Necesitaba llevar a Jairo a un lugar apartado de inmediato para que me diera explicaciones sobre su comportamiento.

Nos metimos a paso rápido en el baño más cercano del pasillo lateral. El ambiente allí dentro era denso y húmedo. A través de los paneles de madera de los cubículos cerrados, se escuchaba con claridad una serie de gemidos ahogados de personas que se entregaban al placer en los apartados privados.

—¿Eres tú el del chat, verdad? Respóndeme de una vez —lo acorralé contra la pared de azulejos, al invadir su espacio personal por completo para intimidarlo.