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Si alguien se atreviera a preguntarme de forma directa, respondería sin el menor tabú.

A pesar de ser una persona criada bajo el dogma cristiano, y aunque todavía puedo considerarme un hombre devoto, me disgustan profundamente las fechas festivas.

Es un fastidio que desde mi infancia no he podido tolerar.

Me resulta insoportable contemplar esas dos semanas del año que el sistema separa, dosifica y planifica.

Todo está diseñado para que el ciudadano común, aquel al que un Estado indiferente explota durante todo el año, sienta que las vacaciones son un gran premio; una recompensa barata a una larga temporada de trabajo pesado y mal pagado.

Sin embargo, este año en particular, el peso del receso me cayó de una manera mucho más pesada que de costumbre. Me agobiaba la certeza de que pasaría dos semanas enteras sin ver a mi dulce alumno de mejillas rosadas. Él era el único motivo por el cual toleraba la rutina del campus universitario.

Durante las últimas semanas de clase, me había esforzado por acercarme un poco más a su entorno.

Mi constancia dio frutos hace apenas unos días, justo después de haberlo ayudado a resolver un informe complejo.

Jairo no tenía claras algunas de las consignas principales del trabajo y se veía agobiado en su pupitre.

Al notar su frustración, me senté a su lado y desglosé cada punto con una paciencia que no suelo tener con otros estudiantes.

Mi recompensa llegó de inmediato: me gané, por primera vez, una cálida y dulce sonrisa de su parte.

Fue un gesto genuino que iluminó sus ojos y que se quedó grabado a fuego en mi memoria.

A partir de ese instante, una gran duda se plantó en mi cabeza.

Por un lado, adoraba el hecho de que fuera un alumno tan brillante en mi materia.

Sus análisis escritos demostraban una sensibilidad superior a la del resto.

Por otro lado, detestaba que su propia excelencia no me dejara un margen mayor para ayudarlo de forma constante.

Si mi querido alumno mostrara más dificultades en la materia, eso me permitiría tener la excusa perfecta para retenerlo después de clases.

Podría entablar una charla casual con él.

Quizás, con un poco de suerte, la situación derivaría en una invitación a tomar un café fuera de la universidad.

En el fondo de mi alma, no buscaba nada turbio.

Solo deseaba conocerlo más allá de las paredes del aula.

La realidad era que me gustaba Jairo.

Me gustaba con una intensidad que rozaba la obsesión literaria y carnal.

Pero todo el panorama se volvía más complicado por dos factores inamovibles.

El primero era su evidente problema para comunicarse con los demás; el segundo era mi propio miedo a cruzar una línea que me hiciera quedar ante el cuerpo docente como un pervertido.

Aquella mañana, el destino decidió enredar el escenario un poco más.

Nos encontrábamos reunidos varios docentes en la sala de profesores principal.

Era una jornada aburrida de fin de ciclo.

Estábamos de rodillas ante la rutina, sentados alrededor de la mesa comunal mientras corregíamos algunos trabajos finales y diseñábamos el plan de estudios para el próximo semestre.

De pronto, la puerta se abrió de golpe. Apareció Edward, mi colega de cátedra y profesor de Semántica de segundo año.

Edward era un hombre que vivía de las apariencias y del chisme institucional.

Entró con una sonrisa burlona, decidido a soltar una bomba informativa.

La detonó justo frente a mi nariz, alterando mi falso estado de paz.

—¿De verdad no lo sabías, Axael? —habló Edward, al modular la voz como un muchacho chismoso de escuela secundaria.

Se inclinó sobre mi escritorio con los ojos abiertos por la emoción del secreto—.

El nieto de Lin está en tu clase de primer año.

Y lo peor es que ni tú ni yo lo habíamos notado hasta el día de hoy.

Para mi absoluta mala suerte, se refería a mi jefe directo: el mismísimo decano de la facultad de Humanidades.

—¿De quién estás hablando exactamente? —pregunté, y sentí un vuelco doloroso en el estómago. Intenté mantener la voz firme, pero estaba temeroso de la respuesta que ya intuía.

—De Jairo Spring, según me dijeron esta mañana en la oficina de admisiones —soltó Edward, al cruzarse de brazos con suficiencia.

—¡Carajo! —exclamé sin poder contenerme.

El insulto escapó de mis labios como un latigazo.

Solo me di cuenta de que había gritado cuando noté que media sala de profesores se había volteado a mirarme con reproche.

Entonces, tragué saliva con dificultad. Me acomodé de inmediato en mi asiento e intenté adoptar una postura mucho más discreta esta vez.

—¿Estás seguro de lo que estás hablando, Edward? No juegues con eso... —susurré, mientras entornaba los ojos.

—Totalmente seguro, mi amigo —asintió él, al bajar el tono de la voz—.

El decano Lin quería que el asunto no se supiera de forma pública por un tema de favoritismo.

Pero esta mañana revisaron a fondo sus documentos de identidad para las actas finales.

Allí saltó que Jairo es el hijo biológico de su única hija, Claire Lin.

—Ustedes son peor que el FBI cuando se lo proponen —dije en tono de broma, forzando una sonrisa ensayada.

Hice el comentario con el único fin de ocultar la profunda decepción que latía en mi pecho. Si Jairo me parecía un objetivo difícil antes, ahora la situación se tornaba imposible.

Yo era un hombre práctico. No iba a poner en riesgo mi empleo, mi carrera y mi reputación por un desliz con él, por más hermoso que fuera su rostro de dibujo.

Siempre hay alguien más en el mundo. Pensé en eso último con amargura, en un intento por hacerme creer aquella mentira para amortiguar el golpe.

Por lo menos, me consolé al pensar que ahora podría tomar ventaja de nuestro distanciamiento temporal durante el receso.

La distancia física enfriaría mis pensamientos inapropiados.

O eso era lo que mi mente racional quería creer.

Un par de horas después, caminaba a paso rápido por uno de los pasillos laterales de la universidad. El ambiente estaba desierto debido a la cercanía del cierre. De repente, un estímulo imprevisto detuvo mi andar por completo. Más precisamente, fue la irrupción de alguien a mis espaldas.

—Profesor... —escuché una dulce y trémula voz que me llamaba desde la penumbra del corredor.

Al mismo tiempo, sentí una presión ligera y cálida en mi brazo.

Era su mano, que rodeaba mi antebrazo con un agarre tímido pero firme.

Preso de la sorpresa, me di media vuelta con rapidez para observarlo de frente.

Jairo estaba allí; jadeaba un poco mientras intentaba recuperar el aire.

Era evidente que había corrido por el pasillo central solo para alcanzarme antes de que cruzara la salida.

Mis ojos bajaron de forma instintiva hacia su rostro.

Observé cómo su lengua humedecía con lentitud sus labios rojos, los cuales quedaron relucientes en medio de la luz apagada del pasillo.

Fue un estímulo demasiado potente para mi autocontrol.

Tuve que apartar la vista con brusquedad hacia los ventanales para no delatarme.

—Profesor... por favor, espere —insistió, al dar un paso hacia adelante.

—¿Qué es lo que sucede, Spring? —intenté sonar distante, frío y profesional.

Utilicé mi tono de docente estricto, pero en mi fuero interno no logré entender si era obvio que todo aquello era fingido. Luego, volví a clavar mis ojos en su rostro. La tristeza y la desilusión lo asaltaban por completo ante mi frialdad.

—Usted... usted nunca llama a sus alumnos por su apellido en las asesorías particulares —dijo en un susurro apenas audible.

Lo vi bajar la mirada hacia sus propios zapatos.

Comenzó a jugar con sus manos inquietas dentro de las mangas del enorme suéter crema; actuaba como un niño pequeño que acaba de ser reprendido en público—.

¿Hice algo mal en el informe anterior, señor?

Bastante retorcido fue pensar todo lo que pasó por mi mente en ese microsegundo.

Mi mente voló en mil direcciones prohibidas al oír ese “señor” brotar directamente de sus labios carnosos.

Ese chico me corrompía el juicio de una manera casi escalofriante.

Jamás en mi vida adulta imaginé que una persona tan joven pondría en jaque mi autocontrol de la forma en que Jairo lo hacía cada vez que lo tenía a menos de un metro de distancia.

En ese pasillo solitario, me sentía como un lobo hambriento frente a un delicioso, blanco y manso cordero. Un cordero incauto que, sin saberlo, entregaba su yugular con gusto ante el depredador, a la expectativa de lo que este podría hacerle en la oscuridad.

—Sólo te estoy llamando como dictan las normas de la institución y como debería hacerlo siempre...

—suspiré, mientras apartaba la mano con suavidad.

Me sentí entristecido por mi propia acción.

No, me repetí mentalmente, ni de lejos su tierno acercamiento cambiaría la realidad.

Él ahora formaba parte de la familia del decano; pasaba a ser algo prohibido—.

¿Necesitas algo más de mi parte? El receso invernal comenzará en exactamente cinco minutos.

—Sólo... sólo le he traído mi tarea para que la corrija durante las vacaciones, si no es mucha molestia —dijo, al extender unas hojas de papel que estaban protegidas dentro de un protector de plástico transparente.

Arqueé una ceja con extrañeza. No recordaba haber asignado ninguna tarea de última hora que requiriera entrega en mano el día de hoy.

Me extrañó sobremanera aquella actitud inusual en él.

Mientras sostenía el documento, lo observé con minuciosidad.

Jairo miraba de reojo a su alrededor y movía los ojos de izquierda a derecha como si temiera que alguien lo descubriera en el pasillo.

—Tómela, por favor, se lo ruego —insistió con voz baja, sin mirarme a los ojos.

Cuando al fin sujeté las hojas en mis manos, el chico dio un paso hacia atrás.

Se retiró con rapidez y se despidió con un corto y seco “adiós” antes de perderse al doblar la esquina del corredor.

No bien me quedé solo, le di un vistazo rápido a las primeras dos hojas del documento.

Noté de inmediato un detalle que me desconcertó.

Era un informe que él ya me había entregado de forma oficial tres semanas atrás.

Incluso recordaba con exactitud la calificación que le había puesto a Jairo en mis actas: un rotundo sobresaliente, como en cada trabajo entregado bajo su nombre.

Sin embargo, este texto en particular no parecía la misma copia limpia que yo había archivado; más bien parecía un borrador anterior, una versión vieja y sin corregir.

Sin darle más vueltas al asunto en ese espacio público, doblé el folio con cuidado y lo guardé en mi portafolio de cuero junto a los otros informes pendientes. Lo analizaría con atención una vez que estuviera en la tranquilidad y el aislamiento de mi hogar.

Caminé hacia mi auto con prisa por el estacionamiento desierto.

Noté que la tormenta de nieve comenzaba con una fuerza renovada.

Mi abrigo largo de paño negro se cubría de blanco debido a los pesados cristales que caían del cielo gris.

Una vez en casa, tomé la firme decisión de no tocar un solo trabajo de mis alumnos por lo menos hasta después de Navidad; quería desconectar mi mente.

Pero el último suceso con Jairo en el pasillo me mantuvo con dudas durante horas.

Eso rompió mis propios intentos de no ser un hombre tan dependiente de los estímulos de mi alumno.

Me repetía que no debía cambiar mis planes de descanso solo porque el chico se comportaba de una forma extraña.

En definitiva, Jairo era todo menos un muchacho común; su timidez ya era extrema de por sí, pero jamás me había tenido tan inquieto como en esta ocasión.

Esa misma noche, mientras estaba sentado a la mesa del comedor ante un plato caliente de arroz mixto coreano que yo mismo había ordenado, la obsesión volvió a ganar terreno.

Solo podía preguntarme una y otra vez qué significaba el extraño acercamiento de mi alumno hacia mí.

¿Qué intentaba conseguir al darme un informe viejo?

Cansado de escuchar esa molesta voz represiva y moralista en mi cabeza, me levanté de la mesa de golpe.

Me dirigí a paso firme hacia mi portafolio para buscar aquel informe misterioso, con la esperanza de encontrar una respuesta lógica.

Lo tomé en mis manos bajo la luz de la lámpara y saqué las hojas del protector plástico.

Confirmé en las primeras páginas que se trataba de una tarea antigua; sin embargo, al llegar a la cuarta hoja, mi corazón dio un vuelco salvaje.

La caligrafía en el margen inferior era distinta a la letra pulcra de los ensayos: era una letra cursiva, apresurada y pequeña.

Alcancé a leer la siguiente línea: «Esta noche entre a AHYA; 20:15 hs. Sea puntual, por favor».

Reconocía ese sitio de foros antiguos porque, en los inicios de la red, era considerado el Facebook de los usuarios anónimos.

Allí podías conectarte y ocultar tu dirección IP real a través de distintos servidores, para entrar de ese modo a las salas de chat privadas que ofrecía la página.

Yo había sido parte activa de esa comunidad subterránea desde mi juventud, desde la época en que supe que el internet servía para asuntos más complejos que mirar pornografía básica o hacer preguntas comunes sobre misterios.

Pensaba en aquello con el informe entre mis manos temblorosas cuando una duda lógica me asaltó: ¿por qué Jairo buscaba contactarme por ese medio, si era un sitio web obsoleto y olvidado por el público masivo? ¿Por qué no buscarme en Instagram o en Twitter como hacían todos los jóvenes de su edad?

Con un movimiento acelerado por la adrenalina, me dirigí a mi escritorio.

Allí se encontraba mi computadora portátil encendida, que reflejaba su luz azul en las paredes oscuras.

Faltaban dos minutos para la hora pactada en la nota.

Pasé ese tiempo en el intento de ingresar al viejo servidor del sitio web, el cual a esa hora de tormenta se volvía lento.

De repente, la pantalla parpadeó. Una ventana emergente de color gris saltó en el centro de la interfaz y rompió el silencio con un sonido agudo:

SweetBoy18 quiere iniciar una conversación privada con usted.

Al ver la opción en la pantalla, acepté la conversación sin dudarlo.

SweetBoy18: Es muy puntual, profesor. :)

Axa34:

¿Jairo? ¿Eres tú realmente?

SweetBoy18:

Sí, soy yo. Y usted es J. Noctis... Tal como sospechaba desde hace tiempo.

Axa34:

No tengo la menor idea de qué estás hablando con ese nombre. Te equivocaste de usuario.

SweetBoy18:

Por favor, no me mienta. Amé con locura “Encuentros Carnales” y “El Infierno de Abel”. Fueron las novelas digitales con las que me corrí más rápido en mi habitación, mientras me masturbaba al pensar en todas las cosas perversas que usted podría hacerme si me tuviera en su poder.

Axa34:

Jairo, detén esto de inmediato. Esto que estás haciendo está mal. Eres mi alumno de la universidad y yo no quisiera bajo ningún concepto que las cosas se tornaran confusas entre nosotros. Soy un hombre adulto, un profesional... Y tú eres solo un niño.

SweetBoy18:

No soy un niño y usted lo sabe perfectamente, profesor.

Y si el problema que lo detiene es lo que puedan saber los demás en el campus, quédese tranquilo.

Nadie dijo que yo estuviera buscando una relación formal o un romance de película.

A mí tampoco me favorecería en nada que nos descubrieran, profesor.

Axa34:

Es que... simplemente esto no está bien, Jairo. Rompe cualquier código ético.