SUYO 1 #2
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Se mantenía obediente, trémulo y expectante ante la próxima acción de mi mano, tal y como un cachorro que aguarda con el corazón desbocado que su dueño le extienda su golosina favorita.

Me vi a mí mismo inclinado sobre él, imponiendo mis ciento setenta y nueve centímetros de altura sobre su frágil figura.

Mi contextura fornida, resultado estricto de mis ejercicios constantes en casa y no de un gimnasio artificial, denotaba la fuerza real del día a día mientras lo acorralaba.

Estiré los dedos para acariciar con lentitud la textura de su suave cabello y enredé mis dedos en sus ondas azabaches con una falsa ternura.

Mientras tanto, con la otra mano, liberaba la dureza de mi miembro y lo exhibía ante su mirada fija a modo de recompensa divina; un premio exclusivo para él por haber sido el único responsable de lograr una erección tan soberbia en mi cuerpo.

En la fantasía, saqué mi masculinidad por completo a la vista del muchacho.

Pude ver el reflejo ficticio de sus ojos, que se abrían con una mezcla de temor y fascinación pura, mientras mis propios ojos café claro fijos en él sostenían la escena con frialdad, libres de cualquier marca o imperfección en mi rostro.

Observé cómo humedecía sus propios labios con esa dulce y roja lengua suya.

Esa lengua que, en mis delirios, se había transformado en mi dulce favorito.

Jairo pasaba la punta por sus labios y los dejaba brillantes y mojados, relucientes bajo la luz tenue de la habitación imaginaria.

Se acercó con lentitud, impulsado por un deseo hambriento y sumiso, con la intención de acortar la distancia entre su boca y mi anatomía, pero detuve su avance antes de que pudiera rozarme.

—No, papi no te ha dicho que podías. No hagas caso omiso a los modales que te he enseñado con tanto esmero, bebé —le dije en el plano mental, con una voz tan ronca, grave y cargada de autoridad que yo mismo me desconocí al escuchar el eco en mi cabeza.

En la visión, el Jairo de mi mente soltó un pequeño y lastimero lloriqueo, un gimoteo idéntico al de un perrito ante la reprensión de su amo; se encogió sobre su propio eje pero no apartó los ojos de mí.

Seguidamente, llevé mis dedos a masajear toda la extensión de mi miembro.

Contemplé con un placer sádico cómo la excitación de mi alumno crecía al ver el líquido preseminal escurrirse por toda la longitud, lo que provocaba un ruido húmedo, constante y obsceno que llenaba el silencio del despacho.

—Ven aquí, dale un beso —le ordené con un tono que no admitía réplicas.

Sin embargo, al ver que el muchacho se abalanzaba con una desesperación mal contenida, estiré un solo dedo y lo apoyé con firmeza en su frente; frené su ímpetu con un gesto de absoluto control.

—Sólo un beso, bebé. Controla tus ansias.

Y el Jairo de mi imaginación obedeció al instante. Se acercó con una lentitud tortuosa y contuvo el aliento hasta posar sus labios justo en la punta, el punto exacto donde la piel se encontraba más humedecida por el fluido previo.

El contacto de su boca tersa, cálida y carnosa contra mi carne provocó un escalofrío que estremeció mi cuerpo real en la silla.

Cuando se alejó, lo hizo con un sonido ahogado, un quejido de frustración sumisa, y pude deleitarme al ver que sus labios carnosos se habían manchado con el brillo de mi esencia.

—Límpiate —mandé de manera autoritaria, mientras entornaba los ojos con frialdad—. No voy a besarte con la boca sucia, Jairo.

Ante la orden, el chico pasó la punta de su lengua por el contorno de sus propios labios; barrió el área despacio y llevó la esencia de mi masculinidad hacia el interior de su boca para saborear su sumisión.

El espectáculo visual era tan excitante que sentí un espasmo recorrer mis muslos; estuve a punto de eyacular en ese mismo instante y perder el control, pero logré contenerme cuando apreté los dientes.

Le ordené que se acercara de nuevo, pues exigía el beso que me correspondía.

Sujeté su garganta con una de mis manos; cerré los dedos alrededor de su cuello pálido con la fuerza justa y necesaria para asegurarme de que solo el aire indispensable entrara en su sistema, al tiempo que sentía el latido desbocado de su carótida contra mi palma.

Con la mano libre, comencé a masturbarme a un ritmo frenético e implacable, mientras invadía el interior de su boca con mi propia lengua y reclamaba su espacio húmedo en un beso profundo, posesivo y dominante.

—Amo... quiero más —suplicó él entrecortadamente cuando nos separamos apenas unos milímetros, con la mirada empañada en lágrimas ficticias y una actitud enteramente sumisa.

—¿Qué es lo que quieres más, bebé? —pregunté, y disfruté enormemente al ver la gran frustración reflejada en sus facciones perfectas—. ¿Eh? Dilo.

—Leche... quiero su leche, amo —respondió Jairo. Sus mejillas se tiñeron de un rojo imaginario y se apenó de forma profunda por su propia solicitud mientras dirigía la mirada hacia el suelo, incapaz de sostener la firmeza de mis ojos.

—¿Eso es lo que quieres, bebé? ¿Quieres mi leche? —me mofé con una sonrisa ladeada, una mueca demandante que curvó mis labios medio gruesos con total suficiencia—. Entonces vas a tener que trabajar muy duro para conseguirla. Ve y consíguela.

Y sin darle tiempo a procesar mis palabras, lo sujeté con fuerza del cabello, enredé mis dedos en sus ondas y lo empujé hacia abajo; lo obligué a rodear con su boca la totalidad de mi erección.

En la fantasía, el chico se ahogó en un principio debido a la brusquedad del impacto y a la profundidad de la invasión, pero su instinto de obediencia fue mayor; comenzó a succionar con una avidez desesperada y se movía de forma rítmica como lo que era ante mis ojos en ese instante:

un bebé hambriento.

Subía y bajaba de rodillas; su cabeza mantenía un ritmo constante, frenético y mecánico que lograba arrancarme gruñidos de profunda satisfacción desde el fondo del pecho.

La intensidad del placer ficticio era tal que mis ojos reales se fueron hacia atrás en sus órbitas, mientras con mi propia lengua humedecía mis labios secos y respiraba el aire frío de la habitación.

Gemí sonoramente en la soledad de la noche al sentir cómo mis conductos se contraían; se llenaban de un espeso y caliente esperma que presionaba con violencia debido a la urgencia de ser expulsado.

—Muy bien, bebé... aquí tienes la recompensa a tu arduo trabajo —gemí con la voz rota. Tiré de su cabello una última vez para hundirlo lo más profundo posible en mi erección, al tiempo que mi propia cabeza se iba hacia atrás y golpeaba el respaldo de la silla.

En mi mente, sentí cómo Jairo se ahogaba bajo el peso de la descarga, pero sabía que tragaría cada gota de forma tan obediente, pulcra y deseosa como siempre lo hacía en mis fantasías.

—Buen chico... —gemí, y cerré los ojos con fuerza por la oleada de la sensación posterior al orgasmo que adormecía mis sentidos—. Buen chico...

El silencio de la tormenta regresó de golpe y aplastó la ilusión.

Para cuando abrí los ojos y la realidad me golpeó con la frialdad de un bofetón, me descubrí sentado frente a la pantalla encendida de mi computadora portátil, con la taza de té ya tibia a un costado.

Tenía la mano derecha por completo cubierta de un semen espeso y cálido, mientras mis dedos aún rodeaban la flacidez de mi miembro.

Respiré hondo el aire gélido de la habitación al contemplar el desastre en mi mano. Con una mezcla de frustración literaria y deseo contenido, solo pude desear con todas mis fuerzas que algún día, no muy lejano, aquella oscura fantasía se volviera realidad.