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El invierno no tenía piedad aquella noche; parecía haberse tomado como algo personal el deber de enterrar el valle entero bajo un manto espeso, oscuro y helado.
Desde la penumbra de mi habitación, escuchaba el aullido de la tormenta de nieve que golpeaba contra las paredes de la casa, un ruido violento en el exterior que amenazaba con congelar el mundo.
El frío era tan intenso que había comenzado a cubrir el vidrio de mis ventanas, dibujando en los bordes formas de escarcha que se extendían como garras de cristal y tapaban la luz apagada de las farolas de la calle.
Para cualquiera, aquel habría sido el escenario perfecto para meterse bajo las cobijas, encender el televisor y perder la noción del tiempo viendo alguna serie de misterio.
Sin embargo, en mi pecho sentía una punzada distinta, una mezcla incómoda de culpa y obsesión que me alejaba del descanso.
Sentía la obligación moral de atender a mi novela, de alimentar a ese monstruo hambriento que se nutre de palabras y que llevaba demasiado tiempo sin comer.
Con la idea de quitarme el cansancio que el clima pesado ponía en mi cuerpo, preparé una taza de té de jengibre.
El humo blanco y el aroma picante flotaban en el aire; lo bebía no por gusto, sino porque recordaba haber leído en una vieja revista que sus propiedades eran buenas para mejorar la circulación y ayudar a concentrar las mentes cansadas.
Con la taza calentando mis manos, me acerqué al escritorio de madera oscura, abrí mi computadora portátil y me quedé mirando cómo la pantalla iluminaba mi cara en la oscuridad mientras abría el archivo donde guardaba mis notas.
El reflejo azulado me devolvió la imagen de mi piel blanca y el contraste de mi cabello castaño oscuro, cortado un poco a los lados y abajo, pero manteniendo la parte de arriba ligeramente larga.
Estaba perfectamente peinado, tal como correspondía a mi posición.
Para el mundo exterior, para quienes hablaban conmigo en el departamento de la universidad, para mis amigos, mis colegas serios e incluso para la lista de ex parejas y enemigos que había acumulado con los años, yo era simplemente Axael James: un profesor de literatura limpio y tranquilo.
Alguien de carácter estricto que vestía de forma impecable, usando mayormente pantalones de vestir y camisas de tela blancas o de colores oscuros, siempre recogidas con cuidado hasta los codos.
Pero cuando el sistema operativo terminaba de cargarse y la luz azul inundaba mis ojos, Axael James desaparecía por completo.
Quien tomaba el control de mis dedos, de mis impulsos y de mi mente era J. Noctis.
Noctis era un autor de novelas explicitas de romance entre hombres, un nombre muy conocido en los rincones más profundos de la literatura en internet, alguien que escribía sobre dinámicas de poder, juegos de roles y el BDSM en su parte más psicológica y estricta.
J. Noctis era el dueño de un universo donde la sumisión y el dominio se mezclaban con los libros.
Y se suponía, según las fechas que yo mismo me había puesto, que ese otro yo debía estar escribiendo su próxima gran obra.
Pero la realidad era dura. Lo que llevaba escrito era muy malo.
Había pasado casi un año desde el día en que publiqué el capítulo final de mi libro digital “Ella o Yo”, una historia que se volvió muy exitosa en su género al contar la doble vida de Claus.
Este era un hombre atrapado en un matrimonio normal que, de pronto, terminó por rendirse ante una relación adictiva y peligrosa con Elías, su vecino de veintiséis años; un muchacho con un magnetismo peligroso al que le gustaban las prácticas más fuertes del BDSM.
Aquella historia había gustado mucho, y la gente en internet todavía hablaba en los foros, esperando con muchas ganas mis próximos trabajos, ansiosos por saber a qué nuevos peligros los llevaría mi escritura.
El único problema era que, detrás de la pantalla, J.
Noctis estaba vacío. No tenía nada. Mi mente parecía un desierto cubierto por la misma nieve que caía afuera.
Estaba en blanco. Cada vez que intentaba armar una frase, mis pensamientos me traicionaban; me llevaban una y otra vez a las mismas ideas, las mismas palabras repetidas y situaciones aburridas que ya había usado antes.
Era un círculo frustrante, un callejón sin salida que me provocaba una impotencia que nadie se imaginaba.
Me movía en la silla, desesperado por encontrar una musa, una chispa fuerte que encendiera de nuevo mi creatividad.
Y entonces, como si el destino se hubiera cansado de verme fracasar, apareció ese chico de dieciocho años en mi vida aburrida.
Era mi alumno de Literatura Contemporánea.
Un muchacho al que le llevaba exactamente dieciséis años de experiencia y de vida.
Pero ese chico tenía algo; un atractivo que no podía explicar, una cualidad extraña que no lograba sacar de mi cabeza.
Aquel joven tenía la capacidad de alterar mi mente de una manera tan caótica que me hacía sentir como un adolescente; uno de esos chicos llenos de hormonas que se encierran con llave en el baño de su casa, con las revistas pornográficas que le robaron a su padre,
en un intento desesperado por calmar la insoportable frustración sexual que los quema por dentro.
Así me tenía él, atrapado en una tensión constante.
Jairo Spring llamó mi atención hacía apenas unas semanas, el mismo día en que entró al salón con el nuevo grupo de la carrera de Ciencias del Lenguaje.
Lo recordaba perfectamente. Entró con la cabeza baja, evitando la mirada de cualquiera que intentara mirarlo y caminando despacio, como si pidiera disculpas por estar ahí.
Llevaba puesto un suéter de lana color crema, una prenda varias tallas más grandes que su cuerpo y que tapaba por completo sus manos dentro de las mangas largas.
«La señal clara de una gran inseguridad», pensé en ese momento, al imaginar la voz de mi hermano mayor, el psicólogo de la familia, hablando desde su consultorio. Me aguanté una pequeña risa en silencio, divertido por la facilidad con la que analizaba al muchacho.
Pero la verdad era que no hacía falta ser psicólogo para darse cuenta de que Jairo era exageradamente tímido e introvertido.
Siempre que caminaba por los pasillos de la facultad, se movía como una sombra callada, un fantasma que solo respondía lo necesario cuando un profesor le preguntaba algo directamente.
E incluso en esos momentos, cuando todos lo miraban, daba la impresión de sentirse muy incómodo, como un animal atrapado por las luces de un auto.
A menudo, durante las horas libres en mi cubículo de profesor, me descubría preguntándome cómo haría un chico tan tímido para sobrevivir y relacionarse en la universidad.
Hablar y debatir eran la base de su carrera; quedarse solo era ir directo al fracaso.
Me preguntaba en silencio si el chico tendría al menos un amigo para almorzar, o si tal vez tenía alguna pareja que lo acompañara.
Aunque, si era honesto conmigo mismo, me costaba creer que estuviera solo. Alguien tan guapo como él debía tener, por lógica, una relación estable. Me imaginaba a un novio protector y celoso, dispuesto a pelearse a golpes con cualquiera que se atreviera a mirar lo que consideraba suyo.
Suyo.
Qué palabra tan hermosa, tan perfecta al pronunciarla y tan atractiva.
Era un término que no solo significaba que algo te pertenecía, sino que implicaba que una persona estaba bajo el control absoluto y el poder de otra.
Qué cómodo, qué delicioso y morboso sería poder decir que un muchacho como Jairo te pertenecía, aunque fuera solo en la imaginación y en la literatura.
La verdad era que yo no tenía la menor idea de sus gustos.
No sabía si le gustaban los hombres, las mujeres, o si el sexo era algo en lo que siquiera pensaba.
El chico era un misterio total, un secreto escondido en ropa grande.
Supongo que era ese hecho de ser inalcanzable lo que lo volvía mucho más atractivo para mí, pero no saber nada de él nunca fue un freno para que mi mente imaginara lo que quería en el lienzo en blanco de mis deseos.
Jairo Spring tenía solo dieciocho años y una actitud que buscaba pasar desapercibida.
En un grupo normal, pocos habrían notado su presencia, si no fuera porque el chico era físicamente muy llamativo.
Tenía una belleza extraña, casi de fantasía, que recordaba a los dibujos de las historias oscuras que solía ver en internet: serio y delicado.
Su cabello era de un negro muy profundo y lleno de ondas rebeldes que caían desordenadas sobre su frente.
Sus ojos eran alargados y de un color café tan oscuro que parecía negro; eran como dos pozos de agua en los que cualquiera podría perderse sin resistirse.
Su cuerpo era delgado, pequeño, de hombros estrechos que daban ganas de proteger o de dominar.
Pero lo mejor de todo, el rasgo que hacía que mi corazón se acelerara, era su piel.
Aquella piel limpia y ligeramente pálida como el mármol.
Era una superficie que, incluso sin haberla tocado, prometía ser suave y firme a la vez.
Y, sobre todo, era una piel que activaba de forma salvaje mi imaginación.
Al mirarlo en clase, mi mente no podía evitar dibujar sobre ese cuerpo limpio una serie de marcas, moretones oscuros y huellas rojas que resaltaran con su palidez.
—Cómo me gustaría dejar mis marcas en esa piel... —dije en voz baja, y dejé que el susurro se perdiera en el silencio de mi habitación fría.
De forma instintiva, mi mano derecha bajó por mi cuerpo hasta tocar la tela de mi pantalón de pijama gris oscuro.
No me sorprendió sentir el calor acumulado y la dureza de una erección que ya empujaba contra la ropa.
Necesitaba calmarme, deshacerme de la tensión, y qué mejor manera de hacerlo que usando el recuerdo del estudiante que me había puesto así en primer lugar.
Cerré los ojos y permití que la realidad se diluyera. Mi mente se nubló de inmediato, invadida por un torrente de pensamientos oscuros e inapropiados. En el teatro de mi imaginación, vi a Jairo.
Lo vi despojado de su enorme suéter crema; quedó expuesto y vulnerable.
Estaba de rodillas sobre la alfombra de mi despacho y adoptaba la postura sumisa de un perro sentado: con la espalda recta pero la cabeza inclinada.