22 Archer
ARCHER
El karma es curioso, pienso mientras salimos del granero. Llevo a Carlotta abrazada y, mientras cruzamos el patio, sus hermanos nos explican lo que ha ocurrido por su parte mientras nosotros librábamos nuestra propia batalla en el granero.
Por lo visto, Gallo había eludido la captura durante el asalto y había conseguido escapar por una ventana trasera con un par de sus secuaces.
Mientras registraban la casa, ellos ya se dirigían al granero.
No estoy muy seguro de cómo se ha hecho el corte en la cara, pero el hombre estaba desquiciado y merecía su destino.
Sobre todo después de intentar matar a Carlotta.
Nadie se mete con mi chica y se sale con la suya. Joder, nadie.
—Tenemos que hablar de varias cosas —afirma Miceli, y el grupo reunido decide rápidamente que habrá una reunión de emergencia inmediata de las Cinco Familias.
Lo único que quiero es llevar a Carlotta a casa y cuidarla. Sé que debe de seguir conmocionada, pero Miceli insiste en que vayamos todos. Incluido yo.
Me detengo en seco. —¿Yo? —repito, sorprendido. No formo parte de las Cinco Familias y nunca he asistido a una reunión. ¿Y por qué iba a hacerlo? No me queda ni familia, y mucho menos tengo conexión alguna con estos poderosos clanes de la mafia.
—Así es. Eres parte de lo que acaba de pasar y, por lo que parece, te estás acostando con mi hermana pequeña.
—¡Miceli! —sisea Carlotta—. ¡Eso no es asunto tuyo!
—Si este hombre acaba casándose contigo, entonces sí es asunto mío. Porque pasaría a ser de la familia.
El matrimonio es algo que pensé que nunca entraría en mis planes. Sobre todo después de perder a Caitlin. La triste verdad es que nunca la amé de verdad. Pero ahora, no puedo dejar de pensar en casarme con Carlotta. De hecho, la idea ha echado raíces y estoy empezando a obsesionarme con ella.
Todo lo que ha pasado entre Lottie y yo ha sido tan rápido, tan repentino y, sin embargo, tan increíblemente bueno.
Así que, ¿por qué no seguir con esa tradición?
Decido que, en cuanto consiga el permiso de sus hermanos, voy a ponerle un anillo en el dedo.
Un anillo de diamantes muy grande y muy brillante.
Porque no voy a dejar escapar a esta mujer increíble. Jamás.
Se decide que la reunión tendrá lugar en el reservado de un restaurante italiano cuyo dueño conocen los Rossi y del que son buenos amigos. Volvemos a subir al Range Rover mientras Miceli hace la llamada y lo organiza todo.
Acerco a Carlotta hacia mí y ella apoya la cabeza en mi hombro.
Durante el trayecto, Miceli, Leo y yo hablamos de lo que ha pasado en la granja y Carlotta interviene para contarnos lo que Gallo ha dicho sobre su hijo y cómo se le había acercado, pero ella lo había rechazado.
También nos informa de que el fracaso del acuerdo con Holloway le costó su trabajo y, al final, su vida.
Eso ha sido un giro que nadie se esperaba.
Pero mi compasión por ese hombre tiene un límite.
Nadie le obligó a pedir todo ese dinero a prestamistas de mala reputación.
En algún momento, tenía que asumir la responsabilidad de sus propias malas decisiones.
Y si a Carlotta no le interesaba tener nada con Maximo, esa es su decisión, su derecho.
Una vez que llegamos al restaurante, nos hacen pasar a todos al reservado, donde ya están sirviendo vino en las copas.
Odio pensar que la muerte de un hombre sea motivo de celebración, pero Gallo era una espina clavada para todos y su osado intento de destruir la alianza, la mesa y a estas cinco poderosas familias de la mafia lo ha conducido a su propia perdición.
Mi compasión por ese hombre es limitada.
Técnicamente, no siento ninguna y no voy a llorar su muerte.
No después de las cosas terribles que ha hecho.
Pero veo la factura que todo esto le ha pasado a Carlotta y creo que puede que incluso esté albergando algo de culpa por lo ocurrido.
Tendremos que hablar de ello esta noche; tiene que entender que todo lo que ha pasado ha sido por culpa de Carmine y Maximo Gallo.
La mesa es enorme y al final todos están presentes: los Rossi y sus esposas, los Bianchi, los DeLuca, los Caparelli y los Milano.
La sala, llena de la gente más poderosa de esta ciudad, resulta francamente intimidante, y recibo algunas miradas de reojo.
Noto que algunos se preguntan por qué estoy aquí y, diablos, yo también empiezo a preguntármelo.
Carlotta y yo nos sentamos uno al lado del otro, y busco su mano por debajo de la mesa.
Me mira y me aprieta la mano. Se me ocurre que soy la única persona aquí sin parentesco de sangre o matrimonio.
Técnicamente, Leo Amato tampoco lo tiene todavía, pero él y Gia DeLucca están prometidos y tienen fecha para darse el «sí, quiero» el mes que viene.
¿Pero yo? Yo no soy nadie.
—Quizá debería irme —susurro, inquieto.
—Ni se te ocurra —responde ella.
—Pero...
—Quédate —me implora, y cedo, asintiendo, dispuesto a hacer cualquier cosa por ella.
Una vez que todos se han acomodado, las familias van al grano.
Ya han llamado a un equipo de limpieza para que se ocupe del cuerpo de Carmine Gallo y de los guardias caídos.
Los que siguen vivos ya han sido despachados: se les ha advertido que desaparezcan o, lo que es más probable, se les ha amenazado con una muerte brutal.
Pase lo que pase, una cosa está clara: no habrá intervención policial. Las Cinco Familias imparten su propia justicia, y esta no incluye a las fuerzas del orden. Supongo que, de alguna manera, es posible porque su poder e influencia se extienden a todas las personas importantes de esta ciudad.
También se han encargado de cuidar de los negocios y barrios locales. No son solo un grupo de gente dispuesta a pelear, matar y ganar dinero a costa de los esforzados lugareños. Han creado organizaciones que ayudan a los pequeños empresarios, gracias a Gabriella y Enzo.
Por supuesto, Carlotta ya les ha informado a ambos sobre Maximo y la Holloway Corp. Noto que se sienten mal, pero ya no hay nada que se pueda hacer. Lo hecho, hecho está, y nada puede traer de vuelta a Maximo Gallo ni, ya puestos, a su padre vengativo. Y, en mi opinión, eso es bueno.
La reunión se alarga un rato y, durante ese tiempo, se comparte comida y vino.
Si no supiera lo que es, diría que es una fiesta.
Pero el ambiente no es festivo; es todo negocios.
Sé apreciar cómo este grupo ha aprendido a trabajar unido, porque por lo que sé, las cosas no siempre funcionaron tan bien.
Como en todo, había manzanas podridas y baches en el camino.
Sin embargo, en el último año más o menos, todos los problemas parecen haberse solucionado.
Lo que veo ahora es una máquina bien engrasada y un grupo de gente poderosa que trabaja unida como una piña por la mejora de la ciudad y sus residentes. Pero nunca subestimes su caridad, porque si alguien amenaza a sus familias, te aniquilarán sin piedad.
Que se lo pregunten a Carmine Gallo. O a Caleb Durant. O a Rocco, Tommaso y Romeo Bianche. Todos ellos fueron a por la familia Rossi o a por una mujer a la que amaban, y ni uno solo de ellos sigue respirando.
Sobra decir que me considero afortunado de caerle bien a Miceli Rossi, así como a los demás.
—Y ahora, nuestro último asunto —dice Miceli mirándome—.
Como la mayoría sabéis, Archer ha sido clave para ayudar a las Cinco Familias a resolver ciertos asuntos de vida o muerte con mi familia.
Me dio información pertinente y oportuna sobre mi mujer después de que la secuestraran, y le estaré eternamente agradecido.
Sin saber muy bien qué decir, inclino la cabeza. Una vez más, siento que Lottie me aprieta la mano y se la aprieto de vuelta.
—Esta noche le ha salvado la vida a mi hermana y es una deuda que nunca podré pagar del todo.
—No me debes nada, Miceli —le digo con sinceridad. Y lo digo de verdad—. No quiero una enorme suma de dinero depositada en mi cuenta por mi participación en el rescate de Carlotta. Además, no hay dinero en el mundo que pueda igualar lo que ella vale.
Miro a Carlotta y me dedica la sonrisa más bonita del mundo.
—Lo único que pido es que ustedes —los cuatro— me concedan permiso para casarme con su hermana pequeña. Porque no puedo imaginarme pasar un solo día sin ella.
Unos cuantos «oh» llenan el aire y, antes de que nadie pueda responder, echo la silla hacia atrás con un chirrido y me arrodillo. Luego, lanzo una mirada curiosa a sus hermanos.
—¿Puedo seguir? —pregunto, levantando una ceja inquisitiva.
Todos se ríen y asienten en señal de aprobación.
—¡Más te vale seguir! —exclama Carlotta, y esta vez toda la mesa estalla en risas y sonrisas de aprobación.
Nunca he tenido el corazón tan jodidamente lleno y centro toda mi atención en la mujer que lo capturó. Mi misteriosa Reina de Corazones, a la que ahora conozco tan bien y de la que estoy deseando descubrir aún más.
—Tienes mi corazón, Lottie —digo simplemente—. Y quiero compartirlo todo contigo.
—Oh, Damon —murmura ella con los ojos brillantes por las lágrimas de felicidad.
—¿Damon? —repite Angelo—. ¿Ese es su nombre de pila?
—Sí, ¿quién lo diría? —interviene Miceli con una sonrisa.
—Le pega —murmura Alessia, apoyándose en su marido.
—Sigue —dice Carlotta con entusiasmo, y más risas llenan mis oídos.
—Carlotta Rossi, mi Reina de Corazones, me has hecho darme cuenta de que soy capaz de todas las cosas que nunca creí ser, y te quiero. Te quiero muchísimo por ser tan increíble. Por demostrarme que sí tengo corazón, incluso cuando pensaba que no, y por llenarlo de amor.
—Yo también te quiero —susurra ella.
—Entonces cásate conmigo, cariño.
—¡Sí! ¡Sí, por supuesto que sí! —Tira de mí hacia delante, prácticamente sobre su regazo, y tengo que agarrarme a los reposabrazos de la silla para estabilizarme. Entonces, bajo la cabeza y nos besamos delante de las familias de la mafia más poderosas de la ciudad de Nueva York.
—Creo que hay una persona más a la que tienes que pedirle permiso —dice Aldo DeLucca.
—Sí, tienes que conocer a nuestro padre —afirma Miceli, levantando su móvil para mostrarme la pantalla, donde una imagen suya de más mayor me mira. Con el pelo plateado y un rostro fuerte, la reputación de Salvatore Rossi es legendaria.
Incluso más que la de Miceli o la de cualquiera de los hombres sentados en esta mesa.
Joder. Me paso una mano por el pelo, con los nervios a flor de piel. Estoy prácticamente encima de su hija, así que me enderezo rápidamente, me giro hacia el móvil y me limpio las palmas sudorosas en la parte delantera de mis sucios pantalones cargo.
—He oído que quiere casarse con mi hija —dice Salvatore con voz autoritaria. Su acento italiano es marcado, pero su inglés es impecable.
Trago saliva y asiento. —Sí, señor. —El cabeza del clan Rossi emana tal aura de autoridad que me siento transportado a mis días en el ejército. Si tiene tanta presencia en la pantalla de un móvil, no puedo ni imaginar cómo será conocerlo en persona. Reprimo el impulso de hacerle un saludo militar.
Mierda. No creo haber estado tan nervioso en mi vida, y Carlotta debe de saberlo, porque se levanta, se pone a mi lado y entrelaza sus dedos con los míos.
—Hola, papá —dice, saludándolo con una sonrisa radiante.
—Hola, cariño. —Su rostro se suaviza—. ¿De verdad quieres casarte con este tipo?
Alguien se ríe por lo bajo —creo que Angelo, ese cabrón— y Carlotta asiente con fervor.
—Sí, con toda mi alma.
—He oído que ha venido a rescatarte.
—Dos veces —salto yo—. Quiero decir, dos veces, señor.
Salvatore me mira y luego vuelve a mirar a su hija. —¿Es eso cierto, Lottie? —pregunta.
—Sí, papá.
_Y lo quieres?
—Muchísimo —dice ella con entusiasmo. Se pone de puntillas, me da un beso en la mandíbula sin afeitar y siento que se me calienta la cara. Ninguna mujer ha tenido jamás el poder de hacerme sonrojar.
—¿Y usted? —pregunta, volviendo a centrar su atención en mí—. ¿Qué siente por mi única hija?
—La quiero —respondo simplemente—. La quiero más de lo que jamás creí posible. Tanto que me niego a vivir sin ella.
Durante un largo momento, Salvatore no dice nada y tengo el terrible presentimiento de que podría rechazarme.
No quiero que su padre me odie. Que no nos dé su bendición.
Porque, independientemente de lo que diga, voy a casarme con su hija.
Pero preferiría con creces tener al hombre más poderoso de Sicilia de nuestro lado.
De lo contrario, sabe Dios, probablemente acabaría desapareciendo uno de estos días, mi cuerpo no sería encontrado y, lo más seguro, acabaría durmiendo con los peces en el fondo de la bahía.
—Preferiblemente, me gustaría conocerle antes de que se convierta en mi yerno —dice Salvatore con cuidado—. Pero sé lo imprudentes que pueden ser los jóvenes enamorados… y la prisa que tienen a veces cuando se trata del para siempre.
Bajo la mirada hacia Carlotta y luego de nuevo hacia su padre. De repente, otra cara llena la pantalla y veo por primera vez a la madre de Lottie, Carmela.
—¿Dónde está mi futuro yerno? —declara—. Oh, bien hecho, Lottie, bien hecho.
No puedo evitar reírme. —Ya veo de dónde saca Carlotta su belleza —digo, devolviéndole el cumplido, y la mujer mayor sonríe.
—Un seductor, además, por lo que veo —murmura ella con una sonrisa asomando en sus labios—. Igual que tu padre lo era conmigo.
Salvatore gruñe y ella le besa la mejilla, lo que hace que su severo rostro se suavice con calidez.
—Bueno, si has terminado de intentar asustar a este joven —dice Carmela—, tengo una sugerencia.
Somos todo oídos y esperamos a que Carmela comparta su idea.
—Lottie, ¿qué te parecería una boda aquí en Sicilia, en el viñedo? —pregunta.
—Me encantaría. —Carlotta me mira—. ¿A ti qué te parece?
—Lo que te haga más feliz —respondo. Y es la verdad. Quiero cualquier cosa que ponga una sonrisa en la cara de Carlotta.
—Buena respuesta —dice Carmela—. Entonces, está decidido. Lottie y yo hablaremos de los detalles y, cuando estéis listos, todo el mundo está invitado a nuestra casa para celebrar vuestra boda.
Un vítor se eleva a nuestro alrededor y entonces Carlotta chilla y salta a mis brazos. La rodeo con ellos, con cuidado de no tocarle el culo delante de todo el mundo, y volvemos a besarnos. De fondo, oigo a Salvatore darnos su bendición con voz ronca.
Por fin, tengo todo lo que creía que nunca necesitaría. Y no podría ser más feliz.