Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 23 Carlotta
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23 Carlotta

CARLOTTA

Cuando Miceli cuelga con nuestros padres y todo el mundo nos felicita por nuestro compromiso, volvemos a sentarnos en nuestros sitios.

Toca volver al trabajo, pero después de lo que acaba de pasar, no puedo concentrarme.

Tengo la cabeza en las nubes, ya planeando nuestra boda, nuestra vida, nuestro futuro.

No podría estar más emocionada.

No tengo ni idea de cómo he pasado de creer que había perdido a Damon a estar a punto de morir y perderlo todo, a estar ahora felizmente prometida con el hombre al que amo.

A veces, las cosas tienen una extraña y maravillosa forma de arreglarse.

Estamos todos vivos y a salvo, así que no tengo nada de lo que quejarme.

Solo me queda esperar un futuro hermoso y brillante, y estoy impaciente.

Seguimos comiendo y bebiendo en un ambiente festivo, y en un momento dado la conversación cambia de rumbo, y Miceli dice que le gustaría conocer la opinión del grupo sobre una idea. Como de costumbre, mi hermano mayor domina la sala con facilidad y capta la atención de todos.

—Las cosas han cambiado mucho en nuestra alianza durante el último año —dice, y todos asienten con la cabeza—, y creo que esta es la mesa más estable que hemos tenido nunca.

Hemos eliminado los problemas y los puntos débiles, y hemos logrado establecer un respeto mutuo y la paz.

Creo que por fin nos encontramos en una posición en la que podemos trabajar juntos de verdad para mejorar no solo nosotros, sino también nuestros amigos y vecinos.

La confianza es algo que se gana y, después de todo lo que hemos afrontado y superado, confío en todos vosotros y espero que sintáis lo mismo.

—Hubo momentos difíciles, desde luego —dice DeLuca, mirando a su hija. Alessia posa una mano sobre la de Miceli—. Pero creo que tiene razón. Es hora de forjar nuestra fuerza en la confianza y avanzar, juntos como uno.

—Juntos como uno —repite Gabriella, buscando la mano de Enzo.

El resto de los Bianche asienten en señal de aprobación.

Desde que los primos de Gabriella secuestraron e intentaron matar a Enzo, ella ha hecho todo lo posible por salvar la relación de mi familia con la suya.

Por supuesto, su boda y el nacimiento de la pequeña Luna han arreglado las cosas de una forma que nada más podría haberlo hecho, y todo ha ido muy bien con todos.

El cabeza de la familia Caparelli y el de la familia Milano también expresan su acuerdo.

Aunque para mí asistir a las reuniones de las Cinco Familias es algo relativamente nuevo, nunca había visto la mesa tan en paz, tan dispuesta a colaborar.

Y cuando pienso en la raíz de este cambio milagroso, solo puedo atribuirlo al amor y a los bebés.

Bueno, y a eliminar unas cuantas manzanas podridas, como había dicho Miceli.

El amor obra verdaderos milagros, y justo cuando creo que mi corazón no puede estar más lleno, Miceli hace su siguiente anuncio.

—Ya que nuestro Archer está a punto de casarse con mi hermana, me gustaría aprovechar el momento para invitarle formalmente a unirse a la mesa como miembro oficial de las Cinco Familias.

Puede que sea Carlotta la que se cambie el apellido, pero ahora tú también formas parte de la familia Rossi —dice.

—Te guste o no —añade Angelo, y todos se ríen.

—¿Lo sometemos a votación? —dice Miceli, y todos asienten—. ¿Todos a favor?

Un coro de rotundos «síes» llena el aire, mi voz la más fuerte, y miro a Damon y sonrío.

—Gracias —murmura Damon, apretando mi mano—. Es un honor inesperado.

Su voz está tan llena de gratitud que le miro y no puedo evitar contener las lágrimas. Se nota que está sorprendido y conmovido. Nuestras miradas se encuentran cuando dice: —Juntos como uno —haciendo que mi estómago dé un vuelco por el doble sentido.

El resto de la mesa repite las palabras y creo que puede que tengamos una nueva frase estrella. El codiciado asiento que Gallo intentó robar ahora pertenece a mi futuro marido. ¡Toma karma!

Y entonces caigo en la cuenta. ¡Dios mío, estoy prometida! ¡Tengo un prometido! La semana pasada, tenía tanto miedo de no encontrar nunca un hombre que me quisiera, un hombre bueno, amable y maravilloso que me amara con todo su ser.

Y ahora está aquí, cogiéndome de la mano y mirándome con tantísimo amor en sus ojos.

Estoy más que lista para terminar con esto y llevarme a Damon a casa. Por suerte, no pasa mucho tiempo antes de que Miceli dé por terminada la reunión y yo ya estoy tirando de Damon para levantarlo, lista para salir pitando. Él se ríe, me acerca a él y me susurra al oído:

—¿Tienes prisa, cariño?

—¡Sí! —declaro, y él se ríe entre dientes.

Después de abrazar a mis hermanos y decirle a cada uno que es mi hermano favorito, una broma que tenemos entre nosotros, veo a Damon estrechar la mano de cada uno de ellos.

Sabe ser muy respetuoso, y tengo la sensación de que se debe en parte a su pasado militar.

Cuando llamó a mi padre «señor» por teléfono, supe que había sido una buena jugada por su parte y que a mi padre le había gustado.

Con un saludo a mis cuñadas, saco a Damon fuera y entonces frunzo el ceño, al darme cuenta de que tenemos que ir con Miceli. Joder, ojalá tuviera mi coche.

—¿Volvemos a tu casa? —pregunta con voz ronca, atrayéndome a sus brazos y acariciándome la oreja con la nariz.

—Pues sí —digo—. ¡Miceli, vámonos!

Quiero irme de aquí ya, no quedarme esperando mientras Miceli hace política durante la próxima hora.

Mi hermano levanta la vista de su conversación con uno de los Caparelli y yo le chasqueo los dedos.

—Perdonad, creo que mi hermana tiene prisa —dice con una risita.

—¡Sí, la tengo!

—Vale, vale. Ya voy —responde él con calma.

Damon me mordisquea el lóbulo de la oreja y casi me derrito en sus brazos cuando dice:

—Y tú también te vas a correr muy pronto, mi amor.

Uf. Me muero de ganas de meter a este hombre en mi cama.

Después de todo por lo que acabamos de pasar, estoy lista para celebrar la vida y empezar la nuestra juntos.

Tenemos mucho de qué hablar y que planear, pero eso puede esperar.

Lo primero es lo primero, y eso significa desnudarnos entre las sábanas. O donde sea...

Tenemos todo un apartamento que estrenar.

El pensamiento picante hace que un hormigueo recorra todo mi cuerpo y explote en mi centro.

Un momento después, Miceli y Alessia suben al Range Rover y él me mira por el espejo retrovisor con una sonrisa socarrona. —¿A qué vienen tantas prisas? —pregunta con descaro.

Lo fulmino con la mirada y Alessia mira a su marido y niega con la cabeza. —Deja de ser un hermano mayor malo y de tomarle el pelo a tu hermana pequeña —declara—. Recuerdas perfectamente cómo era justo después de casarnos.

—Cómo sigue siendo —gruñe él, y entrelazan los dedos.

—Te juro por Dios, Miceli, que como no arranques nos bajamos de este coche y nos subimos al primer medio de transporte que vea. ¡Un autobús, un Uber, el metro, una puñetera bicicleta!

Todos se ríen y Damon me acerca a él, acurrucándome bajo su brazo. —Paciencia, cariño —susurra, dándome un beso en la sien—. Estaremos en casa antes de que te des cuenta. Y entonces cerraremos la puerta con llave y no contestaremos al teléfono en los próximos días.

—Me parece bien —digo, acomodándome contra su cálido costado.

El trayecto hasta mi casa parece durar más de lo normal, pero solo es porque me muero de ganas por arrancarle la ropa a Damon y hacer con él lo que me plazca. Ha pasado demasiado tiempo y mi necesidad de él se ha convertido en un dolor físico.

Finalmente, mi edificio aparece a la vista y, mientras Miceli se acerca a la acera, yo ya estoy abriendo la puerta.

—Joder, Lottie, deja que al menos pare el coche antes de que saltes —gruñe Miceli.

—Eres demasiado lento —me quejo, con los pies ya en el asfalto—. ¡Vale, adiós!

Cierro la puerta de un portazo y oigo las risas ahogadas de mi hermano y Alessia desde dentro. Damon se reúne conmigo en la acera y, tras un rápido saludo con la mano, tiro de él hacia la puerta.

—Parece que tienes mucha prisa, señorita Rossi —bromea.

Abro la puerta de golpe y le lanzo una mirada que deja claras mis intenciones. —Entra, sube y quítate la ropa, señor Archer.

A él se le escapa una carcajada y luego me dedica un saludo militar. Mientras pasa a mi lado para entrar en el vestíbulo, le doy una palmada en el culo.

—Dios mío, mujer, me da la sensación de que vas a abusar de mí.

Golpeo con la mano el botón del ascensor.

—Así es —susurro, volviéndome para mirarlo—. Y espero que me devuelvas el favor.

—Oh, ya sabes que lo haré —murmura, atrayéndome hacia él. Nuestras bocas chocan en un beso memorable. Caliente, húmedo y lleno de tórridas promesas.

La puerta del ascensor se abre y estamos demasiado ocupados besándonos para entrar. Cuando empieza a cerrarse de nuevo, Damon la detiene con el pie calzado con una bota. Sin dejar de besarme, me arrastra dentro y pulsa a ciegas el botón de mi planta.

No nos cansamos el uno del otro y, para cuando llegamos a mi planta, soy un desastre jadeante y necesitado.

Al salir, las rodillas me tiemblan ligeramente, como si fueran de gelatina.

Damon me coge en brazos y me lleva por el pasillo mientras yo levanto las llaves, lista para abrir esa maldita puerta a toda velocidad y entrar para que podamos pasar al siguiente nivel.

Damon me quita las llaves de la mano, la mete en la cerradura, la gira y la puerta se abre. Dios, qué bien sienta estar en casa, a salvo y con el hombre que amo. Cierra la puerta de una patada, echa el cerrojo y nuestras bocas vuelven a unirse mientras me lleva al dormitorio.

Una vez en mi habitación, me lanza sobre la cama y me mira con una expresión salvaje en sus ojos oscuros. —Por mucho que quiera ir despacio, también quiero hacerlo duro y rápido.

—Ahora mismo no tengo paciencia para ir despacio, Damon —le advierto—. Te necesito dentro de mí ya.

—Pues eso tendrás —promete con voz ronca.