21 Carlotta
CARLOTTA
En el momento en que Gallo levanta la pistola y me apunta, me quedo paralizada. Es como si tuviera los pies pegados al suelo, completamente inmóvil. Un disparo restalla en el aire, pero, antes de que pueda alcanzarme, me estampan contra el suelo, dejándome sin aliento.
Durante un instante de aturdimiento, no tengo ni idea de lo que ha pasado.
No creo que me hayan disparado porque no siento un ardor punzante, solo el dolor de haber caído con mucha fuerza en el suelo del establo.
Entonces oigo el rugido furioso de Gallo, pero no me importa.
Me alegro de estar viva y de no estar desangrándome.
Tardo un momento en darme cuenta de que Damon me ha tirado al suelo para salvarme de la bala.
Su gran cuerpo me cubre, protegiéndome, y se me hincha el corazón.
Mi protector, siempre asegurándose de que estoy a salvo y segura.
Dios, amo a este hombre. Pero entonces los dos matones me lo arrancan de encima y un pensamiento horrible me asalta.
¿Le habrán disparado?
Dándome la vuelta y sentándome, le inspecciono el cuerpo rápidamente, pero parece que está bien. Gracias a Dios, Gallo tiene una puntería pésima.
Sin embargo, está que echa humo. Un momento después, Gallo avanza hacia mí y yo ruedo hacia un lado mientras vuelve a disparar.
Por suerte para mí, el cabrón vuelve a fallar.
Poniéndome en pie de un salto, veo que Damon se libera del agarre de los matones y lanza una patada que manda a uno de ellos por los aires.
Mientras él lanza un puñetazo y se enzarza en una pelea con el otro, me doy cuenta de que me toca a mí encargarme de Gallo.
Veo una pala apoyada en la pared junto a un box vacío y corro hacia ella como una loca, zigzagueando.
Pero Gallo ya no dispara, lo que me sorprende.
Llego hasta mi arma improvisada, cojo el mango y me doy la vuelta justo a tiempo para ver a Gallo, con la cara roja de ira, maldecir su pistola y luego tirarla a un lado.
Debe de haberse atascado o quizá se ha quedado sin balas.
Sea como sea, doy gracias en silencio a quienquiera que me esté protegiendo.
Ahora, sin su pistola, no parece muy amenazador y aprovecho la situación de inmediato.
Avanzando hacia él, levanto la pala y la blando contra su cuerpo como si fuera un bate de béisbol.
Intenta esquivarla, saltando a un lado, pero consigo golpearle con fuerza en la cadera.
Con un aullido, clava en mí sus ojos negros y llenos de rabia.
—Va a morir —me amenaza, con una mano apretada en el lugar donde le he golpeado.
—¡Hoy no, capullo! —Vuelvo a blandir la pala, pero esta vez consigue agarrarla. Oh, mierda. Intento quitársela, pero él tira con fuerza, arrancándomela de las manos. Ahora está volviendo la pala contra mí y no pienso quedarme a ver cómo acaba esto.
Mientras Damon está ocupado peleando con el otro matón, me doy la vuelta y me alejo de Gallo a la carrera.
Como la salida está detrás de mí, mi única opción es adentrarme más en el establo.
Me llama por mi nombre, persiguiéndome, pero no aflojo el paso ni me atrevo a mirar por encima del hombro.
En lugar de eso, corro para salvar mi vida... de vuelta al maldito pajar.
Sin otra opción, salto hacia la escalera de mano y subo los peldaños tan rápido como puedo.
Gallo es un hombre corpulento y pesado, así que no podrá alcanzarme, sobre todo cargando con esa pala.
Quizá cuando llegue arriba, podré recuperar la ventaja al estar por encima de él.
Si consigo darle una patada o un golpe o empujarlo para que caiga por la escalera, podré mantenerlo a raya hasta que Damon llegue para ayudarme.
En cuanto llego al nivel superior, inspecciono la zona rápidamente, desesperada por encontrar algo que usar contra el loco que me pisa los talones.
Mi mirada se posa en la soga que tenía alrededor del cuello pero, aparte de eso, no veo nada con lo que defenderme.
Y, sinceramente, ni siquiera estoy segura de lo que puedo hacer con ella, aparte de quizá usarla como un látigo.
Y eso es mucho decir. Pero es mejor que nada, pienso, y la recojo del suelo.
Me doy la vuelta justo a tiempo para ver a Gallo superar con dificultad el borde de la plataforma. Al menos puedo consolarme con el hecho de que no tiene pistola o esta confrontación se habría acabado jodidamente rápido.
Una vez que está de pie, con la pala en la mano, se toma un momento para recuperar el aliento. Mis dedos aprietan la soga y ajusto mi agarre, preparándome para entrar en acción y, con suerte, poder darle la vuelta a la tortilla. Porque esta vez, no me va a poner una soga al cuello.
Si todo sale como yo quiero, esta soga acabará alrededor de su cuello abotargado.
—¿Qué cree que va a hacer con eso? —se burla, acercándose más.
—Lo que haga falta —le digo, levantando la barbilla con valentía y alzando la soga frente a mí. Todavía estoy debatiendo cuál es la mejor manera de atacar y defenderme con ella cuando él se ríe, tira la pala a un lado y me dirige la mirada más cargada de odio que he visto nunca.
—¿Sabía algo sobre mi hijo? —pregunta, acercándose más.
—¿Qué? No —respondo, sorprendida por su pregunta. No sabía quién era ese hombre hasta que él me lo dijo antes.
—Le parecía usted muy guapa —resopla Gallo, entrecerrando los ojos—. Pero no le hizo ni caso.
Me quedo con la boca ligeramente abierta, completamente sorprendida por lo que está diciendo. No recuerdo haber conocido a nadie llamado Maximo.
—Me dijo: «Carlotta Rossi es muy guapa, pero ni siquiera se ha fijado en mí» —continúa, acercándose.
No sé qué decir sin enfurecerlo más, así que mantengo la boca cerrada y doy un paso atrás... y me doy cuenta de que estoy demasiado cerca de la trampilla.
—Lo siento, pero no recuerdo haberlo conocido —digo, decidiendo que probablemente es mejor hacerle hablar—. Pero estoy segura de que era encantador.
Intento reunir toda la confianza que puedo para decir esa frase, pero sabiendo que Maximo era el hijo de Gallo, no estoy segura de creérmelo. Probablemente era un capullo, igual que Carmine. ¿Cómo es el dicho? De tal palo, tal astilla. Y la manzana nunca cae lejos del árbol, ¿verdad?
—No finja que le importa —sisea—. Es una mentirosa, como el resto de su familia.
Maximo cometió el error de caer en su traicionero engaño y su perversa belleza, pero todo es una fachada.
Intentó hablar con usted, pero se lo quitó de encima, ni siquiera le concedió la cortesía de una conversación educada.
Dios, ¿de qué está hablando? Me devano los sesos, intentando recordar dónde estábamos y quién era él, pero no consigo visualizarlo por más que me esfuerzo.
Sinceramente, no he salido mucho últimamente.
Excepto por la fiesta de máscaras, he estado bastante antisocial desde que todo se fue al traste con Rendall.
Lo que significa que la última vez que estuve en un evento en el que podría haber conocido a Maximo...
bueno, tuvo que ser en la celebración del aniversario de la Bodega Rossi.
Fue hace meses y mi familia había organizado una fiesta por todo lo alto para celebrar los cincuenta años del negocio.
Mis padres vinieron de visita desde Sicilia y montamos un fiestón en The Plaza e invitamos prácticamente a toda la ciudad.
Entonces lo recuerdo con exactitud. El hombre que intentó hablar conmigo, pero yo estaba demasiado preocupada por Rendall como para prestarle atención.
—La fiesta del aniversario —murmuro, y todo encaja en mi memoria. Gallo asiente.
—Din, din, din. Por fin se acuerda.
Apenas, la verdad. Estaba tan colgada de Rendall en ese momento que solo tenía ojos para él.
Estúpido, pero cierto. Estaba totalmente pillada por ese capullo, así que cuando un hombre con gafas y un ligero sobrepeso intentó hablar conmigo, solo le escuchaba a medias porque toda mi atención estaba centrada en el hombre que más tarde me pondría los cuernos.
Quizá debería haberle prestado más atención a Maximo.
Era callado y un poco torpe, la verdad, así que cuando la poca conversación que tuvimos se esfumó, nos despedimos y no volví a verlo.
Nunca volví a pensar en él... hasta ahora.
—Apenas me dijo nada —digo—, y no tenía ni idea de que estuviera interesado.
—Eso es porque es usted una zorra egocéntrica —gruñe y se abalanza sobre mí.
Esquivo la trampilla y me lanzo a un lado, deslizándome por el suelo cubierto de heno.
Pero Gallo intenta agarrarme y consigue aferrar un puñado de mi pelo.
Grito cuando me tira hacia atrás y luego me rodea el cuello con los dedos y empieza a apretar.
Oh, Dios mío. He perdido la cuerda, he tenido que soltarla para poder agarrar las muñecas de Gallo, y la presión en mi garganta aumenta.
Gallo me mira desde arriba, sonriendo como un payaso demente mientras sus dedos carnosos se clavan en la delicada piel de mi cuello.
Intento con todas mis fuerzas apartarlo, pero no puedo.
Es más fuerte que yo e, incluso usando toda mi fuerza, no es suficiente.
No puedo morir. No cuando me quedan tantas cosas por hacer y no cuando todavía tengo que decirle a Damon lo más importante que le diré a un hombre en mi vida: te quiero.
Una explosión de fuerza me invade y entonces oigo a Damon gritar mi nombre.
¡Carlotta!
Oigo sus botas golpear contra el suelo de abajo, cada vez más cerca, pero no puedo responder porque Gallo me está ahogando. Así que, en lugar de eso, reúno hasta la última gota de fuerza que tengo y subo la rodilla de un tirón, dándole justo en los huevos.
Con un grito de dolor, Gallo afloja su agarre lo suficiente como para que pueda retorcerme hacia un lado y volver a darle una patada en la entrepierna.
Eso funciona. Finalmente me suelta y yo retrocedo rápidamente a gatas.
Mi atención se desvía hacia el borde del altillo, por donde aparece Damon, y el alivio me inunda.
Poniéndome en pie, doy un paso hacia él cuando Gallo aparece de repente.
Sin previo aviso, se lanza sobre mí y todo parece empezar a moverse a cámara lenta, como si mi vida estuviera a punto de pasar ante mis ojos.
Damon grita mi nombre. Los pies de Gallo se enredan con la cuerda en el suelo y sus brazos empiezan a dar molinetes, perdida ya la compostura y el control.
Me aparto de un salto antes de que pueda agarrarme y observo con horror cómo su propio impulso lo lanza más allá de mí, directo al vacío.
Con un grito ahogado, me tapo la boca con la mano mientras cae por la trampilla.
Su breve grito de sorpresa llena el aire antes de que se oiga un golpe sordo y espantoso abajo.
Todavía en shock, siento que Damon me levanta en sus brazos y me abraza con fuerza.
—Lottie, cariño, ¿estás bien? —Se echa hacia atrás, me ahueca la cara con sus manos callosas y me escruta la mirada.
Durante un momento de asombro, no puedo hablar. Todo ha pasado tan deprisa. Pero entonces encuentro la voz. —¿Es... está muerto? —pregunto, aferrándome a sus antebrazos.
—No te muevas —dice y, a regañadientes, me suelta. Luego se acerca al agujero del suelo y mira hacia abajo. Su expresión permanece indescifrable, pero cuando levanta la vista y clava sus ojos en los míos, lo sé.
—Está muerto —confirma Damon.
—Oh, Dios mío. —Aunque ese hombre me odiaba y casi me estrangula —dos veces—, no soy capaz de alegrarme de que se haya ido. Si acaso, me siento mal por él. Creo que después de perder a su hijo, cayó en una espiral de dolor inconsolable que lo llevó a la venganza.
Una venganza que murió tratando de conseguir.
Sin embargo, me siento aliviada al saber que por fin estoy a salvo. Mi familia y yo no tendremos que volver a preocuparnos por Carmine Gallo nunca más. Se ha acabado.
—Ven aquí, cariño.
Doy un paso vacilante hacia Damon y me coge antes de que me fallen las piernas.
Me sujeta y me acuna contra su pecho firme, dándome nuevas fuerzas.
Después de un minuto absorbiendo su energía cálida y vibrante, me aparto y alzo la vista hacia sus hermosos ojos oscuros, que se arremolinan con tanta emoción.
—No pensé que tendría esta oportunidad —digo en voz baja, y se me quiebra la voz—. Pero ahora que está aquí, no voy a reprimirme. Te quiero, Damon. Creo que me medio enamoré de ti la primera noche que nos conocimos.
—Oh, cariño, fui yo el que se enamoró de ti. Y con todas las de la ley. Y ahora no hay vuelta atrás, porque estoy loco por ti, Carlotta Rossi.
La alegría más pura que he conocido recorre mi cuerpo y entonces los labios de Damon se estrellan contra los míos. El beso que intercambiamos está lleno de tanta emoción y, más aún, contiene la promesa de un futuro juntos.
El golpeteo de pies en el piso de abajo llama mi atención y nos separamos, todavía abrazados, mientras miramos por el borde del altillo.
Abajo, puedo ver a mis hermanos, así como a algunos miembros de las otras familias de la mafia.
La atención de todos está centrada en el cuerpo de Gallo.
Un rápido vistazo me dice todo lo que necesito saber: murió por tener el cuello roto.
—No mires, cariño —susurra Damon, apartándome suavemente la cara de la horrible imagen. Hundo el rostro en su pecho, aspirando profundamente su aroma especiado, y entonces escucho una voz familiar. Ambos nos giramos para ver a Angelo, que acaba de asomarse por el borde del altillo.
—Vaya, vaya, vaya —dice arrastrando las palabras, con una sonrisita asomando en sus labios—. ¿Qué tenemos aquí?
De repente tímida, al darme cuenta de que vamos a tener que contarles a mis hermanos lo nuestro, hundo la cara más profundamente en el calor de Damon.
—Quiero a tu hermana —anuncia Damon lo bastante alto como para que todos lo oigan. Toda la atención se dirige hacia nosotros desde abajo, y siento que la cara se me sonroja de felicidad.
—Y yo te quiero a ti —digo. Con los brazos todavía rodeándonos, miro de un hermano a otro, observando cómo cada uno procesa lo que acabamos de revelar.
No sé muy bien qué esperar, pero nadie parece demasiado sorprendido y a todos se les dibuja una sonrisa en el rostro. Me inunda el alivio y me dejo caer contra Damon. Todo lo que siempre he querido está aquí mismo, en mis brazos, y puedo sentir la aprobación de mis hermanos.
De repente, mi mundo vuelve a estar en su sitio.
—Ya era hora, chicos —se queja Damon—. Pero lo hemos solucionado nosotros. ¿A que sí, cariño?
Asiento con la cabeza y entonces él vuelve a bajar su boca, atrapando mis labios en un beso tan lleno de promesas, tan lleno de amor. Y no me cabe la menor duda de que tenemos un futuro juntos.