20 Archer
ARCHER
Miceli aparca el Range Rover en un grupo de árboles y arbustos, ocultándolo de la carretera.
Mientras tanto, Angelo, Vin y Enzo están dando una vuelta y aparcando en la parte trasera de la propiedad.
Se acercarán sigilosamente en un ataque por la retaguardia y derribarán a cualquier guardia que encuentren.
Y la tercera parte de nuestro plan involucra a las otras cuatro familias; solo rezo para que cumplan y no nos fallen.
Como si fuera una respuesta, un desfile de vehículos de lujo pasa de repente a nuestro lado y se adentra con audacia en el camino de entrada, justo delante de la granja de Gallo, que puedo ver a través de los árboles en la distancia.
—Aquí llega la caballería —murmura Miceli.
—Creo que la caballería somos nosotros —digo, y empiezo a correr hacia el granero—. Vamos, a por mi chica.
Miceli me alcanza y me mira, pero no le presto atención ni le doy una explicación.
No hay tiempo y el poco que queda se está agotando rápidamente.
Hay muchas piezas en movimiento en este plan, todas sucediendo ahora mismo, y necesitamos ir un paso por delante de Gallo si queremos tener una oportunidad de llevarlo a cabo y rescatar a Carlotta.
—Recuérdame que retomemos esta conversación más tarde —dice, pero casi parece divertido.
Ni enfadado ni molesto en lo más mínimo, lo cual es muy tranquilizador.
Definitivamente, es una buena señal que no quiera partirme la cara por haberme acostado con su hermana.
Demonios, es más que eso. Por querer a su hermana.
Sin embargo, es hora de aparcar esos pensamientos por ahora. Ahora, toca terminar esto y salvar a Lottie.
—Claro. —Saco la pistola de la funda, y él hace lo mismo mientras nos acercamos al granero.
Gallo había dicho que Carlotta podría tener una hora o solo cuarenta y cinco minutos antes de que se abriera la trampilla.
Si contamos con lo segundo, entonces tenemos que mover el culo, porque estamos jodidamente cerca de la marca de los cuarenta y cinco minutos.
Por favor, por favor, por favor, que esté bien, pienso. Hay tantas cosas que quiero decirle, tantas cosas que todavía quiero hacer con ella. Tiene que estar bien. Me niego a aceptar la alternativa. Joder, me niego.
Rodeamos el destartalado granero y localizo una puerta trasera que da a los campos.
—Ahí —susurro y corro hacia allí. Tan silenciosamente como puedo, empujo la puerta para abrirla y entramos de golpe en el nivel inferior del granero. Moviendo mi pistola de un lado a otro, despejo el área principal y sigo avanzando.
Sé que Carlotta está en el segundo nivel en alguna parte y busco unas escaleras o una escalera de mano. Algo que me lleve hasta allí.
—No hay nadie —afirma Miceli, y yo asiento. Ni guardias, ni Gallo, ni nada. Pero eso juega a nuestro favor.
A no ser que ya sea demasiado tarde.
¿Dónde demonios está?
—¿Carlotta? —siseo, buscando un acceso al nivel superior. Al acercarnos al otro lado del oscuro granero, finalmente encuentro lo que busco—. ¡Ahí!
Corriendo a toda velocidad, salto a la escalera de mano y subo los peldaños de dos en dos, mis botas moviéndose rápido, una tras otra.
Sí, estoy siendo imprudente porque podría haber un guardia aquí arriba.
Pero el tiempo casi se ha agotado. No puedo permitirme el lujo de perderlo.
Además, Miceli está debajo de mí, con el arma apuntando hacia arriba, listo para volarle los sesos a cualquiera que pudiera aparecer de repente.
Al saltar al desván, veo a Carlotta y se me cae el alma a los pies. Joder. Está de puntillas, con una tosca cuerda alrededor del cuello, y sus ojos están desorbitados por el miedo.
—¡Date prisa! —grazna ella, su cuerpo retorciéndose, sus dedos arañando la cuerda.
Corro hacia ella, la rodeo con mis brazos y luego retrocedo para salir de la trampilla. La levanto, sujetándola con fuerza contra mí, soportando su peso para aliviar la presión sobre su cuello. Un segundo después, la trampilla se abre y me tambaleo ligeramente, balanceándome justo en el borde.
—Hostia puta —susurro, fijando mi atención en el espacio vacío entre nosotros y el suelo de abajo. La idea de que hemos llegado justo a tiempo hace que abrace a Carlotta con mucha más fuerza.
Eso ha estado demasiado cerca para mi gusto.
—Oh, Dios mío —murmura Carlotta, con la voz cargada de emoción.
—Aguanta, cariño. Te bajaremos en un minuto —le aseguro.
—Damon —solloza, con los brazos alrededor de mí, agarrándose con mucha fuerza. Todavía tiene miedo de caerse, pero no mientras yo esté aquí. Ni de coña.
—Te tengo, Lottie, y no voy a soltarte. Te lo prometo, cielo.
Miceli aparece y yo inclino la barbilla hacia abajo. —Tengo un cuchillo en la bota —le digo, y él se agacha rápidamente para desenvainarlo. Es de dotación militar, afilado como una cuchilla, y hará el trabajo en un abrir y cerrar de ojos.
Poniéndose de pie de nuevo, Miceli se pone a trabajar rápidamente, usando la hoja para cortar la cuerda. Siento los dedos de Carlotta clavándose en mis hombros. Pobrecita, se está aferrando con todas sus fuerzas.
—Date prisa —le susurro.
—Ya casi está —afirma Miceli, trabajando tan rápido como puede.
Varios estallidos fuertes atraviesan el aire justo fuera del granero e intercambio una mirada preocupada con Miceli. No hay duda de ello: eran disparos. Y eso solo puede significar que Vin, Enzo y Angelo se han topado con problemas o con mala compañía.
Un instante después, la cuerda se rompe y Carlotta queda libre. Dejo que se deslice por mi cuerpo y la abrazo con fuerza. —Estaba tan preocupado por ti —susurro, pasándole las manos por la cabeza y la espalda—. ¿Estás bien?
—Sí —murmura ella contra mi pecho antes de apartarse—. Por favor, ayúdame a quitarme esta cosa del cuello. Por favor.
Su voz suena rasposa porque la cuerda estaba muy apretada y siento que me hierve la sangre. Cómo se atreve Gallo a colgar a la mujer que amo de su delicado cuello.
El pensamiento cruza mi mente y, un segundo después, me doy cuenta de su importancia.
Amor.
Amo a Carlotta Rossi.
Supe que la amaba después de que se la llevaran, pero me sorprende la facilidad con la que ha surgido el pensamiento.
Joder. Soy un hombre que está colado hasta las trancas.
Pero antes de que pueda pensar demasiado en lo que eso significa, quiero quitarle esa puta cuerda del cuello. Juntos le quitamos la horrible soga y la dejamos caer sobre el suelo cubierto de heno. No me gustaría nada más que quemar esa maldita cosa, pero no tenemos tiempo para eso.
—Creía que iba a morir —dice, con sus ojos oscuros brillantes por las lágrimas contenidas. Por su cara enrojecida sé que ya ha estado llorando, y se me hincha el corazón.
—Eso ni hablar, cariño. —La acerco y presiono mis labios contra los suyos.
Pero antes de que la cosa se ponga demasiado ardiente, alguien se aclara la garganta y nos separamos a regañadientes.
Miceli nos observa de cerca y yo le paso un brazo a Carlotta por la cintura, dejando claro que es mía, le guste a él o no.
Espero que consigamos su aprobación y la de toda su familia. Pero lo primero es lo primero.
—No hay tiempo para eso —interrumpe Miceli, con una ligera contracción en los labios mientras intenta no sonreír—. Tenemos un plan que seguir y un capullo que eliminar. Además, eso eran disparos y puede que necesiten refuerzos.
—Entendido —digo, con voz firme, serena y llena de determinación.
Ahora mismo, mi parte del plan, y mi primera prioridad, consiste en escoltar a Carlotta de vuelta al Range Rover y asegurarme de que llega sana y salva.
Mientras tanto, Miceli se unirá a sus hermanos y se enfrentará a Gallo, junto con los otros miembros de las Cinco Familias.
Bajamos por la escalera de mano, dejando atrás ese horrible desván, y ahora es el momento de separarnos y cumplir el plan.
—Ve al coche —dice Miceli, corriendo hacia la parte delantera del granero.
—Hasta ahora —le digo y él asiente.
—¡Ten cuidado! —grita Carlotta.
Cojo la mano de Carlotta y tiro de ella, de vuelta a la salida trasera por la que Miceli y yo entramos. —Vamos por aquí, cariño —le digo, guiándola por el granero lo más rápido posible.
Cuanto antes la meta sana y salva en el todoterreno, mejor me sentiré. Porque ahora mismo tengo la extraña sensación de que estamos caminando por un campo de minas y que, en cualquier segundo, podríamos toparnos con una bomba oculta y volar por los aires.
Quizá solo sea paranoia, pero mi instinto me grita que tenga cuidado. Y esta vez, voy a hacerle caso.
Una vez que llegamos a la puerta, me aseguro de que Carlotta esté a salvo detrás de mí, luego la abro con cuidado y me asomo.
No hay moros en la costa, así que lo que sea que estuviera pasando antes ya ha terminado.
Lo más probable es que los hermanos Rossi se hayan encargado de algunos guardias y ahora todo el mundo esté dentro de la casa, discutiendo el futuro de Gallo.
O su inminente muerte.
—Vamos —siseo y tiro de ella hacia fuera.
Todavía cogidos de la mano, nos apresuramos por el borde del granero y, justo cuando estamos a punto de llegar al final del edificio, Carmine Gallo aparece corriendo por la esquina.
Con los ojos desorbitados, un reguero de sangre corriéndole por un lado de la cara y agitando una pistola.
Mierda.
Me detengo en seco, empujando a Carlotta detrás de mí por si a Gallo le da por disparar. Acabo de rescatar a mi chica de una muerte segura, así que no voy a permitir que este maníaco le dispare.
Cuando ve a Carlotta, Gallo se enfurece. —¡Deberías estar muerta! —grita.
Se acabó. Estoy oficialmente harto de este capullo. Levanto mi pistola, a punto de disparar, cuando oigo movimiento. Mirando por encima del hombro, veo a dos guardias acercarse por detrás.
—No os mováis —gruñe uno de ellos, y me quedo helado.
Detrás de mí, Carlotta emite un suave gemido y sus dedos se clavan en mi brazo. —Damon —dice en voz baja.
Oigo el temblor en su voz y me giro para ver que uno de los matones tiene el cañón de su pistola presionado contra la espalda de ella.
—Tira el arma —ordena, apartándola de mí de un tirón.
Apretando la mandíbula y sin muchas opciones, lanzo mi pistola a un lado y cierro las manos en puños.
Maldita sea. ¿Dónde demonios están Miceli y los demás?
¿Por qué está Gallo aquí fuera con sus hombres?
Decidido a proteger a Carlotta, me encuentro con sus ojos preocupados y le dedico una leve inclinación de cabeza, espero que tranquilizadora.
Me niego a permitir que le pase nada malo más.
No cuando acaba de escapar por los pelos de ser ahorcada.
—Volved al granero —espeta Gallo.
Aprieto los dientes, sin querer regresar al granero de la muerte. Pero, a estas alturas, no parece que tengamos elección. Sin embargo, tal vez pueda llegar a un acuerdo mientras caminamos.
—¿Por qué no la deja ir? —sugiero—. Y luego puede ir a hablar de negocios con los hombres que le esperan dentro de su casa.
—¡No están aquí para hablar de negocios! —bufa—. ¡Me quieren muerto! Pero son ellos los que van a morir. Todos vosotros, por lo que le hicisteis a mi hijo... a mi familia.
No tengo ni idea de a qué se refiere, pero Carlotta no duda en responder.
—Lo que le pasó a Maximo fue una tragedia —dice con voz suave—, pero nadie quería hacerle daño. No a propósito. Mi familia le habría ayudado si hubiera podido, se lo prometo.
—Guárdese sus promesas para alguien a quien le importen —espeta Gallo—. La cruda realidad es que mi hijo está muerto y es por culpa de su familia. Nada lo traerá de vuelta, pero me vengaré.
Así que, al parecer, Gallo culpa a los Rossi de la muerte de su hijo. No conozco los detalles, pero de repente las cosas empiezan a tener más sentido.
—Creía que quería un sitio en la mesa —digo con cuidado, tratando de no agitar más al hombre. Justo estamos entrando de nuevo en el granero y él se pasa una mano por la mejilla, extendiendo la sangre.
—Lo único que quiero es acabar con la familia Rossi —masculla—, y no pararé hasta que estén todos a dos metros bajo tierra. Empezando por ti.
Dirige su odiosa mirada hacia Carlotta, fulminándola con una expresión llena de ira. Y antes de que pueda darme cuenta, levanta la pistola y dispara.
Y yo hago lo único que puedo hacer.
Me lanzo delante de mi chica.