17 Carlotta
CARLOTTA
Voy dando botes en el asiento trasero de un todoterreno y no tengo ni idea de adónde nos dirigimos, pero estaría dispuesta a apostar hasta el último céntimo a que veré la jeta de Carmine Gallo muy pronto.
Aunque lo que más me preocupa es Damon. Desde que salimos de mi edificio, no he parado de dar gracias mentalmente a todos los santos del cielo por no haberle apuntado con sus armas.
Todavía puedo verlo tirado en el suelo, completamente indefenso y a su merced. Dios, me mata pensar en lo que podría haber pasado. Mi único objetivo era sacar a esos tres matones de allí antes de que decidieran hacer alguna estupidez. Antes de que decidieran matar a Damon.
Suelto un suspiro tembloroso y se me ocurre que habría hecho cualquier cosa para mantenerlo a salvo.
Incluso si eso hubiera significado ser imprudente y ponerme delante de una bala por él.
Y sí, es una locura porque ni siquiera nos conocemos desde hace mucho, pero no importa lo que Damon piense de sí mismo, yo sé que es un buen hombre.
Además, después de que me rescatara, creo que le debo una.
Conducimos durante lo que parece una eternidad, pero probablemente solo son unos veinte minutos.
Empiezo a ponerme nerviosa y sé que escapar va a ser más difícil esta vez porque Gallo estará mejor preparado.
Vale que la última vez tuve algo de ayuda gracias a Damon, pero tengo el mal presentimiento de que esta vez estoy completamente sola.
¿Y cómo no iba a estarlo? Nadie tiene ni idea de dónde estoy, ni siquiera yo. Eso va a hacer que sea extremadamente difícil que mis hermanos y Damon aparezcan para salvarme.
Así que parece que voy a tener que salvarme yo misma.
Solo tengo que ser más lista que Gallo. Y, la verdad, no creo que eso vaya a ser un gran desafío.
El hombre está tan sediento de poder que comete errores a diestro y siniestro.
En lugar de ser sutil y sigiloso, irrumpe en la ciudad con una agenda clara y obvia, provocando a mi familia y causando problemas.
Eso me hace pensar que no tiene muchas luces.
O simplemente está tan cegado por lo que quiere —poder y control sobre las familias de la mafia de Nueva York— que está metiendo la pata y siendo temerario, descarado y demasiado impulsivo para su propio bien.
Y todo eso juega a mi favor. En cuanto cometa un desliz, voy a aprovechar la situación de inmediato. Ya sea consiguiendo un arma y abriéndome paso a la fuerza o logrando liberarme y corriendo, estaré preparada para pasar a la acción.
Aprieto los puños y mantengo la atención en el paisaje que pasa por la ventanilla, buscando puntos de referencia e intentando determinar nuestra ubicación exacta.
No tengo el móvil, así que no puedo llamar a mis hermanos, pero puede que consiga comunicar mi paradero en algún momento, si escapo de Gallo.
Corrección: cuando escape de Gallo.
Sé positiva, me digo a mí misma. Mi familia no puede permitir que un loco sediento de poder como Carmine Gallo gane. Ni de coña.
Y conociendo a mis hermanos como los conozco, puedo garantizar que los días de Gallo en Nueva York están contados.
Hemos salido de la ciudad y nos hemos desviado de la autovía hace un rato.
Tras conducir por una carretera rural durante unos diez minutos más, el conductor mete el todoterreno por un camino de tierra.
Pasamos entre unos árboles altos, con los neumáticos crujiendo sobre la grava, y aparece una granja a la vista.
Es grande y de aspecto acogedor, con un porche que la rodea.
El tipo de lugar que podría aparecer en una película de sobremesa.
Salvo que sé que no es así. El mal que acecha en su interior nunca se encontraría en una de esas películas para sentirse bien protagonizadas por Candace Cameron Bure.
No, más bien en una peli de Stephen King.
Justo detrás de la casa, vislumbro un granero. Espero que paremos en el camino de la entrada, pero continuamos por detrás y nos detenemos delante del granero. No parece tan bonito como la casa de delante y empiezo a tener malas vibraciones; un hormigueo me recorre la nuca.
Las puertas del todoterreno se abren y, un segundo después, me sacan de un tirón.
Mis pies tocan el suelo con un golpe seco e intento clavar los talones, pero es inútil.
El matón grandullón me sujeta el brazo con una fuerza que me rompe los huesos y no tengo más remedio que seguir su paso rápido y decidido.
Otro de los hombres abre de golpe la puerta del granero y entramos.
Está en penumbra y el olor a heno me llena la nariz.
También hay un olor a humedad que impregna el aire y tengo la sensación de que no ha habido animales viviendo aquí desde hace mucho tiempo.
No hay herramientas colgadas en las paredes y los establos para los caballos están vacíos.
Ni un solo pollo a la vista. Aunque, la verdad, no me imagino a Carmine Gallo vestido con un mono y haciéndose el granjero.
Quizás este lugar pertenece a otra persona. Parece que lleva un tiempo abandonado.
―Volvemos a vernos.
Giro la cabeza bruscamente para ver a Gallo entrar pavoneándose por una puerta lateral y con la misma cara de suficiencia que recordaba. Dios, cómo odio a este tipo.
―Puede que se me escapara una vez, señorita Rossi, pero le aseguro que no volverá a ocurrir.
―Ya veremos —digo, con un matiz de desafío en la voz. Porque si cree que voy a rendirme sin más, que no voy a luchar contra él a cada paso, debe de estar olvidando que por mis venas corre sangre Rossi.
Sus ojos oscuros se entrecierran y hago todo lo posible por no escupirle. Cómo se atreve a pensar que puede atacar y destruir a mi familia. No hemos hecho nada para provocarlo.
―Subidla —ordena.
¿Subirla? Por un momento, estoy confundida porque no he visto un piso de arriba, pero mientras el matón grandullón me guía bruscamente hacia la parte trasera del granero, me fijo en un desván. Está bastante alto, a unos seis metros, y me empujan contra la escalera de mano.
―Suba —ordena el imbécil gigantesco, y yo me irrito. Odio que me den órdenes. Especialmente los hombres grandes y brutos sin modales que trabajan para un gilipollas como Carmine Gallo.
Pero tengo que ser lista y jugar bien mis cartas. Lo ideal sería darle a Gallo una falsa sensación de seguridad, hacerle creer que solo soy una mujer estúpida e inofensiva sin ninguna intención oculta. Y entonces, atacaré cuando menos se lo espere.
Suelto un suspiro, echo la cabeza hacia atrás y miro hacia la oscuridad. Mal asunto. El corazón me empieza a latir con más fuerza y me pregunto por qué quiere que suba al desván. Tengo el presentimiento de que nada bueno puede salir de esto, pero ¿qué otra opción me queda?
Cierro los ojos con fuerza un instante y luego me obligo a agarrarme a un peldaño, subir y empezar a escalar.
No tengo miedo a las alturas, pero, una vez que estoy en el segundo nivel, se me acelera el pulso al mirar el granero que hay debajo.
Tengo una vista de pájaro de toda la primera planta, y está terriblemente alto y es más que intimidante.
Me alejo del borde, echo un vistazo a mi alrededor y no veo mucho más que un suelo cubierto de heno, algunas balas de paja apiladas y grandes vigas de madera que se entrecruzan sobre mi cabeza.
¿Por qué estoy aquí arriba?, me pregunto. No tengo ni idea de lo que trama o planea, pero sé que no puede ser nada bueno.
Como si respondiera a mi pregunta, aparece Gallo, cruza el borde y me dedica una sonrisa malévola. Me advierto mentalmente de que no subestime a este hombre. Todo en mí grita que es un idiota, pero es un idiota peligroso y posiblemente trastornado, y esa es una combinación muy mala.
Aunque sé que debería estar asustada, estoy más cabreada que otra cosa. Sobre todo porque quiere arruinar a las personas que más quiero en este mundo. Y eso no puede pasar. De ninguna manera. No mientras yo esté aquí.
Me giro para encarar a mi secuestrador, me echo el pelo por encima del hombro y pongo las manos en las caderas.
—¿Qué demonios quiere de mi familia? No le hemos hecho nada.
—Me aseguro de que mi voz se mantenga firme y fuerte.
Lo último que quiero es mostrar miedo, porque eso es como echar sangre al agua para un tiburón como Gallo.
Si huele mi miedo, atacará e intentará acabar conmigo.
—¿Que no me han hecho nada? —repite. Una risa corta y áspera brota de su garganta—. Eso no es del todo cierto, señorita Rossi.
Escupe mi nombre con tanta vehemencia y odio cáustico que casi me encojo. Es como si el ácido goteara de su lengua y decido sabiamente que es hora de andarse con pies de plomo, porque está claro que alberga una enorme sed de venganza. Quizá incluso mayor de lo que imaginaba.
Pero ¿por qué? Tiene que haber algo más en esta historia aparte de los pocos detalles que ya conozco.
—La mujer de su hermano me echó encima a asesinos y cazarrecompensas.
Bueno, donde las dan, las toman, pienso, pero mantengo la boca cerrada. Si el cabrón no hubiera puesto los nombres de Angelo y Blake en la lista de objetivos, eso no habría pasado. Ella simplemente consiguió darle la vuelta a la tortilla y ahora él está enfadado.
—Luego todos cayeron sobre mi mansión y se desató una guerra que la redujo a cenizas. Apenas escapé con vida.
Reprimo las ganas de suspirar. Esta información no es nueva y me pregunto cuánto tiempo más va a lloriquear por ello. En lo que a mí respecta, si esta es su razón para querer destruir a mi familia, es una razón de mierda. Sobre todo porque fue él quien empezó.
—Lo único que quería era una oportunidad para sentarme entre los grandes de la mafia de esta ciudad. Es lo que merezco —espeta, furioso.