Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 15 Carlotta
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15 Carlotta

CARLOTTA

Empiezo a marchar hacia la puerta principal, pero Damon me coge del brazo y me hace girar para que me encare con él.

«Tus hermanos han puesto tu cuidado en mis manos y no voy a ponerlo en peligro por unos cuantos polvos más».

Quizá tenga razón, pero, vaya, eso sí que me ha dolido.

Por mucho que nos hayamos conocido esta última semana, esa frase me hace dudar de si estamos remotamente en la misma onda.

O en el mismo planeta. A pesar de que acordamos que lo que pasa en el norte se queda en el norte, mi tonto corazón esperaba un resultado diferente.

—Carlotta, espera —dice—. Necesito que entiendas que tu seguridad es la máxima preocupación para mí y para tu familia. Gallo sigue ahí fuera y tienen que llevarte a un lugar seguro.

—Lo entiendo, pero no soy la única a la que quiere. Dijo que va a destruir a toda la familia Rossi; eso nos incluye a mí, a mis hermanos, a sus mujeres y a sus hijos, ¿no? Y, aun así, ¿por qué soy la única a la que meten en un avión y envían a Sicilia?

—Tus hermanos pueden proteger a sus mujeres y a sus hijos. Tú no tienes eso.

Su recordatorio me chirría como las uñas en una pizarra. Básicamente, me está diciendo que no estará conmigo cuando volvamos a la ciudad y, aunque ya lo sé, de repente estoy furiosa. Con él, con mis hermanos, con Gallo y con la situación.

—Pues vámonos —siseo, dándome la vuelta de nuevo.

Estoy que echo chispas y sé que no es justo.

Todo el mundo solo intenta protegerme, pero no puedo evitarlo.

Todo este asunto no hace más que recalcar que estoy sola, que soy vulnerable y que es hora de volver corriendo con mis padres porque no tengo un marido o un novio que me proteja.

Porque está claro que esta familia piensa que todas las mujeres necesitan ser protegidas por un hombre o, de lo contrario, son unas indefensas. Presa fácil. Grr.

Conteniendo mi frustración, lucho mentalmente con el arma de doble filo que es mi feminidad mientras Damon recoge sus cosas y las mete en su bolsa de deporte, preparándose para nuestra partida. Como yo no tengo nada, salvo el vestido, me quedo sentada, macerando mi enfado.

Ser una mujer en la familia Rossi no es fácil, sobre todo cuando tengo a cuatro hermanos sobreprotectores respirándome en la nuca todo el tiempo.

Agradezco su preocupación, pero, al mismo tiempo, tienen que entender que pueden confiar en que tome mis propias decisiones.

Porque creo que eso es lo que más me molesta: que no tengo ni voz ni voto en lo que está pasando.

Y eso es frustrante por encima de cualquier otra cosa.

Cuando Damon está listo, salimos y cierra la puerta con llave.

No puedo fingir que no voy a echar de menos esta pequeña cabaña y el tiempo que hemos pasado aquí.

Ha sido realmente mágico. Pero la fría y dura realidad acaba de darme de bruces y ahora toca decir adiós a todo lo que me ha hecho tan feliz esta última semana.

Y, por desgracia para mí, no estoy preparada para hacerlo.

Me meto en el Challenger mientras él echa la bolsa de deporte en el maletero y suspiro profundamente.

Una parte de mí está furiosa porque mis hermanos me obliguen a esconderme en Sicilia con mis padres, una parte más grande está agradecida porque sé que tienen buena intención y una parte aún mayor de mí está enfadada con Damon por seguir sus órdenes e ignorar lo que yo quiero y necesito.

Puede que me esté portando como una niñata o puede que sea una mujer que intenta reafirmar su independencia. Sea como sea, me apetece discutir y desahogar mis frustraciones, y la única persona con la que puedo pelearme es Damon.

En cuanto se acomoda en el asiento del conductor y arranca el coche, me vuelvo hacia él. Espero que esté preparado, porque tengo mucho que decir. Y probablemente no le vaya a gustar nada de ello.

—Te das cuenta de que te estás portando como el perrito faldero de Miceli, ¿verdad? —le digo.

Se le tensa un músculo de la mandíbula, pero se abstiene de hacer comentarios.

—Aunque les guste pensar que lo saben todo, mis hermanos no son mis jefes.

—Vas a ir a Sicilia —afirma con voz rotunda—. Nada de lo que digas va a cambiar eso.

—¿Y si me niego?

—Carlotta, los matones de Gallo ya te pillaron una vez. Tu familia no quiere que eso vuelva a ocurrir, lo que significa que mi trabajo es meter tu culo en el jet que está esperando para llevarte a un lugar seguro. Ahora deja de ser una niñata o, te lo juro por Dios...

Su voz se apaga en esa amenaza y me enderezo. —¿O qué? ¿Qué crees que harías?

—No creo nada —dice con voz sombría, volviéndose para mirarme—. Digo que si sigues portándote como una niñata, te trataré como tal.

—¿Y qué significa eso exactamente? —presiono. Intento sonar quejumbrosa, pero la voz me empieza a salir ronca.

—Significa que te voy a azotar el culo y te voy a arrastrar hasta ese avión.

Contengo el aliento y sé que se supone que sus palabras no deben excitarme, pero lo hacen. Su palma en mi trasero no es para nada una amenaza. Me gustaría que estuviera ahí.

—No te tengo miedo, Damon. Y tu amenaza... bueno, creo que está teniendo el efecto contrario al que pretendes.

Se limita a gruñir y vuelve a centrar su atención en la carretera.

Pero no pienso dejar que se salga con la suya tan fácilmente. —¿Porque qué pasa si quiero que me azotes? ¿Qué pasa si la idea de tu mano en mi culo me está poniendo húmeda y...?

—Joder, Carlotta. Basta ya. —Su voz suena forzada y no se me escapa cómo se remueve en el asiento. Está tan incómodo como yo. Deseándolo tanto como yo.

—¿Pero de verdad basta, Damon? —insisto—. Porque no importa cuántas veces te hayas corrido dentro de mí, sigo anhelando más. Sigo queriendo sentir el placer que solo tú puedes darme.

—Acordamos que, una vez que volviéramos a la ciudad, tú y yo seguiríamos caminos separados —me recuerda, pero no suena tan convencido como antes. Probablemente, porque es una idea terrible.

—Sé lo que has dicho, pero no es lo que quiero. Creo que nos debemos el uno al otro explorar esto que tenemos entre manos más a fondo. ¿No crees?

Pero él niega con la cabeza. Menudo cabezota. —No —dice entre dientes—. Es imposible. Tú te vas y ya te he dicho que yo no puedo hacer eso.

—¿Por qué? ¿Por lo que pasó con Caitlin? Esto es totalmente diferente...

—No quiero una relación contigo, Carlotta. —Siento que el corazón se me hace pedazos en el pecho al oír sus crueles palabras; entonces, su voz se suaviza. Pero ya es demasiado tarde—. No puedo. Lo siento. Creía que lo había dejado claro.

Durante un largo momento no digo nada. Entonces se me ocurre el pensamiento más absurdo. —Me he dejado el vestido en la cabaña.

—Puedo enviártelo —se ofrece.

—No te molestes —replico con tristeza—. No quiero que nada me recuerde a esa noche. Ni a ti.

Por el rabillo del ojo, creo ver cómo se estremece. Pero quizá sea solo mi imaginación. Después de todo, me había imaginado que querría intentar salir juntos una vez volviéramos a casa. Está claro que me equivocaba de lleno y eso duele más de lo que puedo expresar.

Quizá toda esta semana no ha sido más que una distracción para él.

Para mí ha significado mucho más, pero eso es porque me permití ser vulnerable.

Menudo error. Apartándome de él, encojo las piernas y me quedo mirando por la ventanilla durante el resto del trayecto a casa.

No hay nada más que decir y el corazón se me rompe en mil pedazos por lo que podría haber sido.

Cuando llegamos a la ciudad, le doy la dirección de mi piso en el Village y casi parece sorprendido. —¿Qué? —le pregunto mientras para junto al bordillo.

—Nada —dice—. Es que no me había dado cuenta de lo cerca que estás de mi casa.

«¿Qué conveniente sería eso si estuviéramos saliendo?». Quiero preguntarle dónde vive exactamente, pero ¿qué sentido tiene? Salgo del coche, cierro la puerta y él me sigue hasta el edificio. Suspiro, abro la puerta principal y luego continúo hasta mi piso.

—No esperes nada lujoso —le advierto, abriendo mi puerta—. No soy ni de lejos tan extravagante como el resto de mi familia.

—Yo tampoco vivo en la Milla de los Multimillonarios —murmura mientras entramos y echa un vistazo a su alrededor.

—Es todo lo que necesito. Y es acogedor.

Él asiente, entrando en el salón para inspeccionarlo.

—Voy a hacer la maleta.

—Hazlo rápido, ¿vale?

—Vaya. No puedes esperar a librarte de mí —afirmo con un tono apagado.

—No tiene nada que ver con librarme de ti —dice—. Este sitio no es seguro y cuanto antes nos vayamos, mejor.

—Sí, sí —refunfuño y me dirijo a mi dormitorio. Toda mi vida me han mandado y, me atrevería a decir, me han dado por sentada. Una parte de mí quiere mantenerse firme y luchar. Luchar para quedarme aquí, en mi casa, y luchar para quedarme con Damon.

Quizás debería volver a llamarlo Archer. Podría ayudarme a poner distancia entre nosotros. Aunque también duele considerarlo.

Entro en mi habitación, miro a mi alrededor, me fijo en mi cama y suspiro profundamente. Esa cama podría haber visto mucha acción, pienso con tristeza. En fin. Estoy acostumbrada a dormir sola, así que será una vuelta a la normalidad. O, quizá, debería decir vuelta a la no-normalidad sexual.

Abro el armario y saco la maleta, debatiendo qué debería llevarme para el viaje cuando oigo un ruido detrás de mí. Echo un vistazo por encima del hombro y veo a Damon de pie en el umbral.

—Date prisa, Carlotta —me dice, y frunzo el ceño.

—¿Por qué? ¿A qué viene tanta pri...?

El resto de la frase se me atasca en la garganta cuando oigo un fuerte estruendo en la otra habitación.

Suena como si alguien acabara de echar la puerta abajo con un ariete.

Doy un respingo y el estómago se me encoge de forma nauseabunda, como si cayera por la primera bajada gigantesca de una montaña rusa, mientras Damon saca su pistola.

—¡Cierra la puerta! —sisea, corriendo de vuelta hacia el salón.

Ojalá pudiera decir que soy obediente, pero no lo soy. En lugar de eso, corro tras él, pero solo porque temo por él y quiero ayudar. Me niego a ser la mujer indefensa que corre a esconderse en el armario, esperando que los malos no la encuentren.

De eso nada. Esa no soy yo. Mientras corro tras Damon, cojo del armario la raqueta que uso cuando Angelo y yo jugamos al raquetbol todas las semanas, y me preparo para machacar a unos cuantos gilipollas.

Porque no pienso rendirme sin luchar. Si algo he aprendido de mis hermanos es a no mostrar nunca miedo ni a retroceder ante una amenaza, ya sea en los negocios o en mi vida personal.

Tampoco soy estúpida. Sé que probablemente soy más pequeña que la mayoría de los hombres y que no llevo pistola. Aprieto con más fuerza el mango de la raqueta, me detengo en seco en el arco que da al salón y me quedo paralizada momentáneamente.

Tres hombres están peleando con Damon y de ninguna manera es una pelea justa.

Lo está haciendo genial, lanzando puñetazos y patadas, pero ¿dónde demonios está su pistola?

Doy un paso adelante, mi mirada recorre el suelo y entonces la veo.

Está cerca del sofá, parte de ella oculta debajo; se le debe de haber caído de las manos de un golpe.

Mientras Damon se defiende de los matones, corro hacia el sofá. Justo cuando me agacho para coger la pistola, alguien se acerca por detrás y me clava algo en la espalda.

—No te muevas —gruñe una voz profunda.

El terror me inunda porque sé que debe de ser el cañón de una pistola. Levanto las manos en el aire automáticamente mientras Damon suelta un grito de dolor.

Oh, Dios mío.

Miro por encima del hombro y lo veo caer al suelo.

Su cuerpo se contrae y me doy cuenta de que uno de los matones lo ha derribado con una pistola eléctrica.

El pánico amenaza con consumirme y solo puedo pensar en su seguridad.

Si le disparan mientras está inmovilizado, nunca me lo perdonaré. Nunca lo superaré.

—¡Parad! —grito—. ¡Dejadlo en paz!

Todos los ojos se vuelven hacia mí y trago saliva.

—Es a mí a quien queréis, no a él. No lo toquéis y me iré con vosotros. Pero si le ponéis una mano encima, lucharé y gritaré y tendréis que matarme a tiros primero.

Agito la raqueta delante de mí para dar más énfasis, porque no estoy de broma. Mi instinto me dice que la vida de Damon está en juego y que necesito protegerlo.

—¿Por qué estáis ahí parados mirando como pasmarotes? Vámonos, idiotas. Llevadme con Carmine Gallo como los matoncitos buenos que sois —me burlo.

Una mano fuerte me rodea la parte superior del brazo, apretándolo con fuerza. —Habéis oído a la zorra —gruñe—. Cuanto antes la llevemos a Gallo, antes nos pagarán.

—¿Y qué hay de él? —pregunta el grandullón, dándole un empujón con la bota a Damon. De la nariz del matón gotea sangre y me alegro de que Damon haya conseguido darle un buen golpe antes de que la pistola eléctrica lo derribara.

—Dejadlo. No es nuestro problema —responde el otro hombre; luego me arranca la raqueta de las manos y la lanza al otro lado de la habitación—. Pero dadle otra descarga.

Mientras el hombre de Gallo me saca a rastras del apartamento, veo cómo el grandullón aturde a Damon de nuevo y luego le da una fuerte patada en el costado, y se me encoge el corazón.

Pero, por lo menos, los he convencido de que lo dejen en paz.

Va a estar bien —me digo a mí misma—. Tiene que estarlo.

¿Pero yo? Bueno, tengo mis dudas. Gallo está empeñado en vengarse y parece que está decidido a acabar conmigo primero.

Pero puedes apostar a que pienso cantarle las cuarenta antes de que lo haga. Y venderé cara mi piel.