Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 14 Archer
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Después de nuestro paseo por el bosque, o quizá debería decir nuestro revolcón por el bosque, Carlotta y yo volvemos a la cabaña.

Me dice que va a ducharse y todo tipo de pensamientos e imágenes lascivas me llenan la cabeza.

No puedo dejar de pensar en la gran ducha rústica, con el agua cayendo sobre su cuerpo desnudo.

Sé que nuestro tiempo se está agotando y quiero aprovecharlo al máximo.

Como la bestia insaciable que soy, me quito la ropa, me aseguro de coger un condón esta vez y entro tranquilamente en el cuarto de baño. Ella me mira, sus ojos se abren como platos y después sonríe para darme la bienvenida.

—¿Te importa que me una a ti? —pregunto con voz ronca mientras me acerco.

—Esperaba que lo hicieras —dice ella, recorriendo mi cuerpo con la mirada. Ya estoy medio empalmado y es imposible ocultarlo.

Tomo a Carlotta en mis brazos y, durante los siguientes cuarenta minutos, me encuentro perdido en ella, perdido en un paraíso que nunca antes había conocido.

Por eso parece que nunca tengo suficiente de ella.

Hay algo tan increíble que sucede cuando estamos juntos, en el momento en que nuestros cuerpos se unen, y es más allá de lo indescriptible.

Diferente a todo lo que he experimentado antes.

Lo único que sé es que llena mis espacios vacíos y ya no me siento tan destrozado ni tan solo.

Cuando el agua empieza a salir fría, la cierro, cojo una toalla y la envuelvo con ella. Luego la llevo en brazos al dormitorio del desván y la tumbo en la cama. Me estiro a su lado, nos besamos, nos tocamos y exploramos nuestros cuerpos a fondo. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Después de pasar la mayor parte del día en la cama, estoy muerto de hambre.

Decidimos bajar a la cocina y preparar un plato fácil y reconfortante.

Nuestras opciones son limitadas, pero encuentro una pizza congelada grande y nunca nada me ha sabido tan bien.

La devoramos y hablamos mientras comemos.

Nunca me he abierto tanto con una mujer, pero confío en Carlotta.

Incluso le hablo de mi tío, con quien viví después de que mis padres murieran.

—Mi tío Bill era un exmilitar y estoy agradecido de que me acogiera cuando no tenía adónde ir, pero no era un hombre cariñoso. Me dio de comer, me procuró un techo y se aseguró de que fuera al colegio, y poco más.

—Todos los niños necesitan saber que se les quiere —dice Carlotta—, con palabras y gestos. Mi familia es muy cariñosa. Siempre nos estamos abrazando y gastando bromas. No me la imagino de otra manera.

—Mi tío no tenía hermanos y mi tía no podía tener hijos, así que, para ser sincero, no creo que supiera qué hacer conmigo. Llegué a su casa después de que la tía Sue ya hubiera muerto y la mitad del tiempo creo que le hubiera gustado entregarme a un orfanato o algo así.

—Qué horror.

—No era una mala persona. Simplemente... me ignoraba.

Y a veces eso es lo peor que se le puede hacer a un niño. Joder, a cualquiera. Hacer que alguien se sienta invisible y como si no importara es una sensación terrible.

—Lo siento mucho, Damon —dice, posando una mano sobre la mía.

—No podía hacer gran cosa al respecto —digo, encogiéndome de hombros—. Probablemente por eso soy tan solitario. No necesito mucho en lo que respecta a la gente y las relaciones.

Me aprieta ligeramente la mano. —Necesitas más de lo que crees y eres digno de amor y cariño.

Siento una opresión en el pecho —o quizá sea mi corazón, normalmente frío y vacío— y sus palabras me golpean con fuerza, a un nivel visceral.

¿Tiene razón? ¿Soy digno de ello? Durante tanto tiempo me he cerrado a los demás, diciéndome siempre que no necesito a nadie, que la vida es más sencilla cuando estoy solo.

El recuerdo de Caitlin me golpea como un puñetazo en el estómago y dejo caer mi porción de pizza, con el apetito hecho polvo.

Aún puedo ver su cuerpo tendido en el suelo del dormitorio, su sangre empapando la alfombra beis. Unas manchas carmesí que nunca saldrían y una imagen espantosa que quedaría grabada en mi mente para siempre.

—¿Qué pasa? —pregunta en voz baja, percatándose de mi pesadumbre.

El impulso de contárselo me obliga a hablar. Nunca le he confiado a nadie la muerte de Caitlin, y no he hablado de ello desde que llegó la policía aquel día, hace ya cinco años.

—Tuve una novia una vez —le digo a Carlotta en voz baja, y ella se inclina hacia delante, escuchando atentamente—. Se llamaba Caitlin.

Dejo escapar un suspiro, deseando siempre que la situación hubiera podido terminar de otra manera.

Que hubiera tenido las narices de romper con ella cuando sabía que las cosas no funcionaban.

Pero supongo que, en el fondo, siempre supe que no teníamos futuro juntos.

Nuestra relación era algo del aquí y ahora, nada que yo viera como permanente y que llevara al matrimonio y a los hijos.

Pero en lugar de enfrentarme a ella como un hombre y poner fin a las cosas, simplemente huía a la siguiente operación.

—Sí, la mencionaste. ¿Qué pasó? —pregunta en voz baja.

Nuestros dedos se entrelazan y bajo la mirada, necesitando su contacto más de lo que ella se imagina. —Bueno, aprendí que era un novio terrible.

—¿Por qué dices eso?

—Siempre puse mi trabajo en primer lugar, algo que tenía que hacer cuando era un agente de operaciones especiales.

Teníamos que irnos de misión de un momento a otro.

Así eran las cosas, para eso me había alistado.

Pero, en retrospectiva, me doy cuenta de que usaba mi trabajo como una excusa, como una muleta.

Ella espera pacientemente mientras ordeno mis pensamientos, intentando encontrar la mejor manera de compartir mi historia. La mejor manera de que sepa lo gilipollas que fui.

—Nos fuimos a vivir juntos y, después de unos meses, sentí que me distanciaba.

Quizá perdí el interés o quizá fue porque estaba muy centrado en el trabajo.

Pero sabía que debía romper con ella. Sin embargo, no lo hice, porque no quería lidiar con su disgusto y con el drama de que se mudara y probablemente me odiara.

Así que, en lugar de afrontar nuestra relación fallida, me escapaba a las misiones y descargaba mi ira y frustración con el enemigo.

Dios, cómo me gustaría tomarme una cerveza. Tener que enfrentarme a mis fracasos pasados sobrio es un poco abrumador. ¿Y compartirlos con Carlotta? No es lo más fácil que he hecho en mi vida. De hecho, es jodidamente brutal y me hace sentir como la peor escoria.

—Así que estaba fuera en una operación y, durante todo el tiempo, no dejé de pensar en cómo iba a romper con ella cuando volviera.

Estaba decidido a hacerlo esta vez. A veces las cosas no funcionan, así es la vida, ¿no?

Sencillamente, no quería seguir fingiendo.

Quizá ambos sabíamos que se había acabado.

No lo sé. Normalmente, de camino a casa, solía llamarla para avisarla, pero esta vez no me molesté.

El teléfono sonó cuando ya casi estaba en casa y vi su nombre, pero…

no contesté. Supuse que la vería en un par de minutos, ¿no?

Cuando entré en el camino de entrada, aparqué y me quedé sentado un minuto, preparándome para enfrentarme a ella y decirle que se había acabado.

Se me revuelven las tripas al recordarlo.

—¿Cómo se lo tomó?

—Nunca llegó a escuchar mi rollo. A mitad del camino de entrada, me di cuenta de que la puerta principal estaba entreabierta.

Dejé caer mi bolsa de lona, cogí mi Glock y entré.

El sitio era un desastre, como si alguien lo hubiera destrozado.

Faltaban cosas, otras estaban rotas, y supe que nos habían robado.

Recuerdo que la llamé por su nombre, avanzando por la casa, pero no contestó.

Hago una pausa y respiro hondo para tranquilizarme. Carlotta sigue sujetando mi mano y eso me da fuerzas para continuar.

—Intuía que algo iba mal y, cuando entré en el dormitorio, la vi. Tumbada en el suelo en un charco de sangre, con un par de heridas de bala en el pecho. Tenía el móvil aferrado en la mano. Había intentado llamarme y yo no le había hecho caso.

—Oh, Dios mío.

—Llegué demasiado tarde. Ya se había ido, los ladrones ya se habían ido y no había nada que pudiera hacer, salvo llamar a la policía.

Al final, atraparon a los cabrones responsables y fueron a la cárcel por su asesinato.

Dejé el ejército poco después porque mi concentración estaba completamente dispersa.

Me culpé a mí mismo por lo que pasó. No estuve allí y sé que podría haberlo evitado.

Habría detenido a esos cabrones y Caitlin seguiría viva.

—No es culpa tuya —dice Carlotta en voz baja—. ¿Y si no hubieras podido detenerlos? Podrías haber salido herido o algo peor.

—Los habría detenido de un puto balazo en la cabeza. Te lo aseguro —afirmo con voz sombría, y no se me escapa el escalofrío que recorre su cuerpo.

—Quizá, pero no tienes ni idea de lo que podría haber pasado. Fue algo horrible lo que ocurrió, pero no puedes culparte.

—Pero lo hago. Cada día durante los últimos cinco años. Y me odio por no haber estado allí para protegerla y, aún más, por querer romper con ella.

—Oh, Damon, siento muchísimo que tuvieras que pasar por eso. Pero, por favor, créeme cuando te digo que no fue culpa tuya. Fue una tragedia, sin más, y no tuvo nada que ver con que quisieras terminar la relación.

—Nunca la quise —admito con voz baja y torturada—.

Ella decía las palabras con tanta libertad y yo ni siquiera era capaz de pronunciarlas.

Me dijo que las diría cuando estuviera preparado, pero no fui capaz de darle lo que ella quería o merecía.

Nunca se las dije. No creo que sea capaz de una emoción tan profunda. Con nadie.

Nuestras miradas se encuentran y ella niega con la cabeza.

—Querías a tus padres, ¿verdad? —pregunta.

—Supongo. Fue hace tanto tiempo y apenas los recuerdo. Simplemente he aceptado que estoy roto, Carlotta. Nada puede arreglarme.