13 Carlotta
CARLOTTA
Mientras me miro en el espejo lavándome los dientes, llego a varias conclusiones.
La primera es que parezco más feliz que nunca.
Como una mujer a la que han follado de maravilla, y eso, al ser la primera vez que me pasa, lo hace deliciosamente excitante.
Tengo las mejillas sonrosadas y un cosquilleo agradable me recorre la piel.
Como una corriente que hace que me hormiguee todo el cuerpo.
Todavía siento una punzada entre las piernas, pero no es desagradable.
Es solo un recordatorio sexi de lo grande que es Damon y de lo que puede hacer con esa polla mágica que tiene.
Me alegro de haber esperado por él; su experiencia hizo que la noche de ayer fuera inolvidable en todos los sentidos.
La segunda, que me hace feliz que esté empezando a abrirse a mí.
Si tuviera que adivinar, diría que probablemente rara vez, o nunca, se sincera con nadie.
Quizá, al hablar de su pasado, pueda encontrar algún tipo de sanación.
Dijo que está roto y haré todo lo que pueda para ayudarlo a sentirse completo de nuevo.
Piense lo que piense de sí mismo, sé que es un buen hombre.
Un protector hasta la médula que defenderá a la gente a la que quiere.
Y la tercera, que voy a disfrutar de cada momento que pasemos aquí arriba, aislados juntos en esta cabaña.
Él insiste en que no podemos volver a vernos cuando regresemos a la ciudad, pero yo no estoy para nada de acuerdo con esa idea.
De hecho, mi plan es hacerle ver poco a poco lo bien que estamos juntos.
Porque si lo de anoche sirve de indicio, no veo cómo podría marcharse sin más.
Me llega el delicioso aroma a café recién hecho y estoy lista para mi dosis de cafeína. Después de ponerme de nuevo el pantalón de chándal y la camiseta de Damon y de recogerme el pelo en un moño despeinado, salgo del baño y me dirijo a la isla donde está sentado.
Saco el taburete que hay a su lado, me siento y cojo la taza humeante que me espera. La levanto, soplo un poco y doy un sorbo. —Gracias —digo. Estoy acostumbrada al café dulce y de sabores, pero, sorprendentemente, me doy cuenta de que este café solo no me disgusta.
—De nada.
Lo miro de reojo y el corazón se me acelera.
Está empezando a afectarme, y eso me asusta.
Sobre todo porque no quiere nada a largo plazo.
Pero ¿cómo no va a afectarme? Su barba de unos días es ahora más espesa, casi una barba corta, y todavía recuerdo cómo me rozaba los muslos por la cara interna.
Sus largos dedos rodean la taza; se la lleva a la boca y bebe.
Esa misma boca que se aferró a mi coño una y otra vez anoche y me hizo gritar.
Me estoy poniendo cachonda y necesito refrescarme ya.
—¿Qué tal ese paseo? —sugiero.
Me mira y sonríe con suficiencia, como si pudiera oír mis pensamientos lascivos.
—¿Estás lista?
Asiento. —Sí. ¿Puedo llevarme el café?
Me lanza una mirada extraña. —Claro. Puedes hacer lo que quieras.
Supongo que ha sido una pregunta tonta, pero estoy tan acostumbrada a pedir permiso antes de hacer algo… No sé muy bien por qué. Quizá porque soy la pequeña y estoy acostumbrada a que me manden. O quizá porque es de buena educación.
—Asegúrate de abrigarte bien —me dice, y se termina el café—. Va a hacer frío ahí fuera.
Lo sigo hasta el armario y saca una chaqueta y una bufanda para mí. Me abrigo y lo observo mientras se pone su cazadora de cuero.
—¿Y tú? —le pregunto, dándole un codazo con el hombro.
—No necesito más capas. Ya me das suficiente calor tú.
Un agradable sonrojo me caldea las mejillas mientras salimos.
Me alegra saber que le afecto tanto como él a mí.
Bajamos los escalones y contemplo el cielo perfecto sobre nosotros.
Hace sol, no hay ni una nube en toda esa belleza azul, pero desde luego hace frío.
Uno de esos días frescos de finales de otoño en los que las hojas crujen bajo tus pies y la mente se te llena de ideas de chocolate caliente.
Las fiestas se acercan a toda velocidad y me pregunto con quién piensa pasarlas Damon, ya que no tiene familia.
La idea de que esté solo me inquieta. Mucho.
Tanto que decido sacar el tema.
Damon nos aleja de la cabaña, hacia el bosque. —Por aquí —dice, señalando un sendero.
—No me puedo creer lo rápido que ha pasado este año. Antes de que te des cuenta será Navidad.
Se limita a asentir.
—¿Algún plan para las fiestas este año? —pregunto, mirándolo de perfil. Inspiro hondo, admirándolo. Es demasiado guapo, por su propio bien.
—La verdad es que no —responde—. La Navidad es como cualquier otro día, ¿sabes?
Se me oprime el pecho. Pero no lo es. Debería pasarse con los amigos y la familia, intercambiando regalos, comiendo juntos, creando recuerdos. Damon Archer no tiene eso y se me rompe un poco el corazón por él.
Me mira. —Apuesto a que los Rossi os reunís todos para celebrarlo, ¿eh?
—Sí. Vamos todos a Sicilia para estar con mamá y papá. Es un lugar mágico en las fiestas; está todo decorado y hay muchísimas tradiciones que todo el mundo sigue.
—¿Cómo cuáles? —pregunta, pareciendo interesado.
—Bueno, fuera de las iglesias, montan belenes vivientes y encienden hogueras para mantener calentito al niño Jesús. Y hay procesiones. Una muy grande es la de Santa Lucía en Siracusa, y las calles se llenan de velas y flores de Pascua. Diciembre en Sicilia es increíble.
—Suena bien —dice con voz más baja y pensativa.
—Lo es. Pero mientras esté con mi familia, no me importa dónde estemos. —Dudo un instante y luego suelto—: Sabes que siempre serás bienvenido si quieres venir.
Durante un largo momento, no dice nada y empiezo a sentirme tonta por habérselo ofrecido. Pero entonces me coge la mano, entrelaza sus dedos con los míos y dice: —Gracias. Es una oferta muy amable.
Cierro los ojos con fuerza e intento ignorar cómo estoy reaccionando a él… a su contacto… a sus palabras. Me gusta mucho más de lo que debería y siento que me estoy adentrando en un territorio muy peligroso.
Se supone que esto es solo un rollo, me recuerdo a mí misma con severidad.
Bueno, si eso es todo, ¿entonces qué coño hacemos de excursión? Deberíamos estar en la cama. Estoy lista para el segundo asalto y tengo que hacérselo saber, por si se está conteniendo porque cree que podría hacerme daño.
Dejo de andar en seco, tiro de él para acercármelo y alzo la vista hacia sus ojos, que me miran sorprendidos. Sin querer perder ni un segundo más, le agarro la chupa de cuero y me pongo de puntillas. —Pega tu boca a la mía, Damon —le ordeno con voz ronca.
El calor estalla entre nosotros y no tengo que pedírselo dos veces. Su boca se estrella contra la mía en un beso abrasador y lleno de necesidad. Me levanta del suelo y enrosco las piernas alrededor de su cintura. Nos devoramos y muevo las caderas contra las suyas para que sepa que lo deseo. Ahora.
La pasión nos consume. Me empuja contra un árbol cercano, desliza una mano por debajo de mis bragas y yo me froto contra él sin pudor.
—Joder, cariño. Estás empapada.
Mis dedos se aferran a su chupa y seguro que mis uñas están dejando marcas de media luna en el cuero. Me acaricia, desatando un frenesí absoluto, y gimo cuando desliza los dedos dentro de mi núcleo empapado. Estoy lubricada y dolorida, deseando el orgasmo que solo él puede darme.
—Dios, Damon..., por favor... —gimo, mientras sus dedos embisten y estimulan mi clítoris al mismo tiempo.
—¿Qué necesitas, cariño?
Va a hacer que lo diga, que se lo diga, y esta vez no siento ni pizca de vergüenza o duda. Le bajo la mano, le rodeo la polla dura con los dedos y se la aprieto. —Quiero tu polla hasta el fondo de mi coño. Ahora —exijo.
Mi respuesta, rápida y traviesa, debe de sorprenderlo, porque sus dedos dejan de moverse y sonríe contra mis labios.
—Esa es mi chica. No te cortes nunca a la hora de decirme lo que quieres.
—¿Y tú qué quieres? —replico, apretándosela con más firmeza.
—Joder, nena, lo quiero todo —dice con voz áspera, arrancándome los pantalones de chándal y las bragas.
Le doy tirones a los pantalones, forcejeando para bajárselos lo más rápido posible porque estoy salivando por este hombre. Caliente, desesperada y llena de un deseo lascivo. —Yo también quiero eso.
Me ayuda a bajárselos y su gloriosa polla queda libre. Me levanta más, su punta ingurgitada me roza la entrada, me agarro a sus hombros con fuerza y me dejo caer mientras él embiste hacia arriba.
Ambos soltamos un gemido ahogado y aprieto las piernas alrededor de su cintura, con la espalda apoyada contra la áspera corteza. Pero la chupa la protege, así que me elevo y vuelvo a hundirme, tragándomelo hasta la empuñadura.
—Te necesito —le susurro contra los labios—. Duro y rápido. Por favor...
—Pues eso tendrás —me asegura—. Agárrate, cariño.
Me agarra las caderas, clavándome los dedos en los costados, y empieza a embestir hacia arriba.
Esta vez no se contiene y yo me quedo sin aliento.
Quizá sea demasiado, pero, ¡oh, Dios mío!
, la sensación es increíble. Un poco salvaje y sin restricciones, sus poderosas caderas bombean, estirándome al máximo, haciéndome sentir cada centímetro.
Es brusco y pura fuerza bruta, y me encanta. Incluso mejor que la noche anterior.
—Sí, oh, Dios, sí —grito, atrayéndolo hacia mí con cada dura embestida. Siento que voy a estallar en un rayo de luz.
No tengo ni idea de cómo se las arregla para sostenerme en vilo, colocar nuestros cuerpos en el ángulo perfecto y seguir embistiéndome, pero me da igual.
Está claro que tiene múltiples talentos, porque también consigue encontrar mi punto dulce y darle una y otra vez.
Grito, apretando los brazos a su alrededor, aferrándome a su cuerpo grande y fuerte como si me fuera la vida en ello.
Mi coño se contrae con fuerza, ordeñándolo, y echo la cabeza hacia atrás mientras el orgasmo me golpea con la fuerza de un huracán.
Sí, el huracán Archer acaba de aterrizar y grito su nombre a las ramas casi desnudas de los árboles que se alzan sobre nosotros.
Siento el momento en que su control se quiebra y es delicioso. Maldice, gime contra mi cuello y muerde la suave piel de esa zona, calmándola inmediatamente con la lengua mientras todo su cuerpo se estremece y estalla.
Pero entonces noto una sensación diferente. Se me ocurre tardíamente que acaba de explotar dentro de mí... sin protección. Cierro los ojos con fuerza y nos mecemos el uno contra el otro mientras me llena, corriéndose con fuerza. Chorros húmedos, calientes y palpitantes.
La idea de quedarme embarazada se vuelve de repente muy real. Y si solo nos hemos prometido unos días, ¿entonces qué demonios estamos haciendo?
Eso es lo que dice mi lado lógico. Pero mi coño está llorando y apretándolo con fuerza, y está jodidamente feliz. Supongo que siempre ha sido una zorra ilógica.
Bueno, lo hecho, hecho está. Levanta la cabeza y nuestras miradas se encuentran; ambos somos conscientes de las posibles consecuencias de lo que acabamos de hacer.
Pero no se retira, se queda hundido en mi interior, y entonces captura mi boca en un beso lento y profundo que hace que se me encojan los dedos de los pies.
Sin ninguna duda, sé que me estoy enamorando de él.
Y me estoy enamorando tan fuerte y tan rápido que da miedo.
Durante un largo rato, nos abrazamos y seguimos besándonos como si nos fuera la vida en ello.
Después de lo que parece una eternidad, me levanta lentamente, retirándose, y me vuelve a poner de pie.
—No hemos usado nada —susurro.
—Lo sé, no tengo excusa. Lo siento. Si pasara algo...
—Ya lo solucionaríamos —lo interrumpo, agachándome para coger las bragas y ponérmelas. Tengo la entrepierna caliente, pegajosa y húmeda, pero intento ignorarlo. Sin embargo, es un poco difícil ignorar su semen goteando de mi cuerpo, pero hago todo lo posible por actuar con naturalidad.
Cuando volvemos a estar completamente vestidos, me atrae hacia él y me besa con fuerza.
—No debería habértelo hecho a pelo, nunca lo hago. Quiero que sepas que estoy limpio y que no he tenido sexo sin protección desde Caitlin.
—¿Caitlin? —frunzo el ceño.
—Mi exnovia. Salimos hace cinco años.
—Ah —o sea, ¿qué coño se supone que debo decir a eso? Acabamos de tener un sexo ridículamente increíble sin condón y ahora me está diciendo el nombre de su exnovia cuando yo podría estar embarazada.
Se me cae la cara de la decepción.
—¿Carlotta?
—¿Mmm?
—Mírame, cariño.
Como no me muevo, me pone un par de dedos bajo la barbilla, levantándola y obligándome a mirarlo a los ojos.
—Si pasa algo, no te abandonaré.
Asiento, agradecida, pero al mismo tiempo, consumiéndome de celos por una chica con la que se acostó hace cinco años. Es una tontería y no tiene ningún sentido. Sobre todo porque no nos hemos prometido nada. Bueno, nada más que unos gloriosos días de follar.
Sin embargo, siento que quiero más —necesito más— de él. Y eso me está llevando a un terreno muy peligroso.
—Hoy en día hay muchas opciones —digo de forma distraída, aunque sé que nunca sería capaz de abortar. ¿Acabar con la vida de un bebé inocente? Ni hablar. La culpa me perseguiría para siempre. Además, la idea de un hijo que sea mitad yo y mitad él...
Me muerdo el labio inferior; la idea me gusta mucho más de lo que debería.
Damon no dice nada y echamos a andar de nuevo.
Cada paso me recuerda lo que acabamos de hacer.
Estoy dolorida y tengo las bragas empapadas.
Salir de esta sin quedarme preñada sería un milagro, porque ese hombre me acaba de follar con tanta fuerza que me tiemblan las piernas y todavía tengo la vista nublada.
Mentalmente, calculo a toda prisa en qué punto de mi ciclo estoy y si un embarazo es siquiera una posibilidad real.
Joder. La respuesta es que sí. Un sí rotundo.
Sinceramente, no creo que pudiéramos haber elegido un momento mejor para hacerlo, porque debería estar ovulando ahora mismo.
Mordiéndome la uña, me doy cuenta de que cinco minutos de empotramiento contra un árbol podrían haber cambiado el rumbo de mi vida por completo.
Y, aun así, no me arrepiento ni de un solo instante. De hecho, si tener un hijo suyo significa mantener a Damon en mi vida, me parece bien. Porque me he dado cuenta de que es un hombre herido y no hay nada que desee más que ayudarlo.
Sé mejor que nadie que, a veces, la familia puede ayudar de la forma más milagrosa. Te da un hogar y un lugar al que siempre puedes retirarte para reponerte a salvo cuando el mundo se vuelve demasiado hostil. No te juzga y te quiere con locura.
Quizá eso sea exactamente lo que Damon necesita. Una buena familia que lo acoja.