Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 12 Archer
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12 Archer

ARCHER

Me encanta darle placer a Carlotta, llevarla hasta el límite y luego verla explotar en espasmos cuando le llega el orgasmo.

A veces lo alargo todo lo posible, llevándola al borde del abismo y obligándola a esperar para hacerlo todo mucho más intenso.

Pero, fiel a mi palabra, hago que el resto de la noche gire solo en torno a ella.

Por mucho que me gustaría hundirme de nuevo en su cuerpo caliente y húmedo, sé que está dolorida y no quiero hacerle daño.

Joder, supongo que es lo menos que puedo hacer.

Por muy fuerte, independiente y descarada que sea, la pequeña de los Rossi también tiene un lado vulnerable.

Quizá porque siempre ha vivido a la sombra de sus extraordinarios hermanos o posiblemente porque posee una naturaleza dulce y amable que a veces la vuelve tímida.

Sea lo que sea, la noche entera me ha sorprendido.

Sería una buena madre, pienso, mientras jugueteo con su pelo y la observo dormir.

Oh, joder, ¿de dónde ha salido ese pensamiento? Suelto el mechón castaño y me alejo un poco más. El matrimonio y los hijos no forman parte de mi futuro. Siempre lo he sabido. Mi vida es demasiado peligrosa como para planteármelo.

¿Por qué me hace pensar cosas tan impropias de mí?

Carlotta tiene algo diferente. Me gusta, y mucho, y no me esperaba la lujuria irrefrenable que se apodera de mí cuando estoy con ella.

Y no puedo negarlo: el sexo es excepcional.

Jodidamente alucinante, y todavía estoy intentando averiguar por qué es tan bueno.

He dormido con mujeres con más experiencia que me han regalado noches memorables.

Pero, de todas ellas, es de esta pequeña fiera a mi lado de la que quiero más.

Joder. Ese es un pensamiento muy peligroso. Tú no quieres más, Archer. Has follado, has tenido tu noche con ella. Ahora podéis seguir cada uno por vuestro lado.

¿No?

Es más fácil responder que sí a esa pregunta cuando estamos en pleno apogeo frente a la chimenea durante toda la noche.

Sin embargo, cuando amanece y la luz se cuela por las cortinas, es mucho más difícil.

¿Cómo demonios se supone que no voy a volver a tocarla?

¿Que simplemente me aparte y finja que nada de esto ha pasado?

Imposible. Sobre todo mientras seguimos aquí juntos.

Sé que lo de una noche fue mi brillante idea, pero también mencioné que lo que pasa aquí, se queda aquí. Así que, mientras sigamos en la cabaña y en la misma onda, supongo que está bien seguir teniendo sexo. Porque la pura verdad es que estar dentro de ella una sola vez no ha sido suficiente.

Necesito más. Mucho más. Quiero tomarla de nuevo, en diferentes posturas y en varios lugares. Hay tanto que quiero mostrarle, enseñarle.

Me siento tan bien con ella que me devano los sesos para entender por qué.

La idea de que nunca se haya acostado con nadie más que conmigo es muy atractiva y saca a relucir mi lado posesivo incluso más de lo habitual.

Tiene que ser eso. Es la única explicación que tiene el más mínimo sentido para mí.

Carlotta emite un sonido suave y se estira como una gata satisfecha, prácticamente ronroneando. Sus bonitos ojos oscuros se abren con un aleteo y una sonrisa tímida curva su boca.

—Buenos días —digo, encantado de lo relajada y contenta que parece. Tiene la expresión de una mujer muy satisfecha, gracias a mí, y mi pecho se hincha un poco. De alguna manera, siempre consigue que me sienta orgulloso de mí mismo.

—Buenos días. —Se apoya en un codo, sujetando la manta sobre el pecho. Me siento tentado a bajarla y chupar esos preciosos pechos suyos, pero consigo contenerme—. ¿Qué haces despierto tan temprano?

—Admirándote.

—Oh, por favor, para. Por la mañana soy un desastre.

—No, estás preciosa —insisto.

Por un momento, nos miramos el uno al otro.

—Sobre lo de anoche... —empiezo.

—Por favor, no me digas que te arrepientes de lo que hemos hecho. Por favor —añade en voz baja—, porque probablemente ha sido la mejor noche de mi vida.

—No, para nada, cielo. Solo quiero saber qué piensas y cómo te gustaría que procediéramos.

—¿Procediéramos? —repite, ladeando la cabeza.

Me encojo de hombros. —Sé que dije que solo una noche, pero he pensado que mientras estemos aquí...

Mi voz se apaga y, por la mirada en sus ojos, sabe exactamente lo que estoy diciendo. O, en este caso, no diciendo.

—Para que me quede claro, ¿estás sugiriendo que continuemos lo de anoche mientras estemos en la cabaña?

Me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración. Si dice que no, no podré culparla. Pero, joder, me va a matar. —Sí.

Su boca se curva hacia arriba. Seductora, desafiante. —¿Mmm? ¿Te lo pasaste bien anoche, Archer? —bromea. Tan descarada.

Pequeña diabla. Sabe de sobra que sí. —Sí. Mucho. —Estoy a su merced y espero impaciente su decisión.

Se tumba boca arriba. —Voy a tener que pensármelo —murmura, y por su tono juguetón sé que no habla en serio.

—Diablesa —digo, y luego me arrastro hacia ella y empiezo a dejar besos donde encuentro piel desnuda. Su hombro, la clavícula, el cuello, la mejilla. Finalmente, mi boca captura la suya y nos besamos durante varios momentos muy largos y deliciosos.

Carlotta se echa hacia atrás, escudriñando mi rostro, y pasa los dedos por mi pelo. —Tú eres el que sigue queriendo ponerle un límite de tiempo a esto, no yo —me recuerda en voz baja.

Aparto la mirada, sabiendo que tiene razón, pero sabiendo también que es porque no hay otra opción. —Porque no quiero que te pase nada malo. Lo que hago es peligroso y el estilo de vida que llevo no es propicio para una relación.

—¿A qué te dedicas exactamente? —pregunta.

—Mi trabajo consiste en saber cosas. Y por la cantidad de dinero adecuada, comparto mi información.

Ella asiente lentamente. —¿Y compartes información con Miceli?

—Sí. Constantemente.

—Debe de pagarte bien —supone ella.

—Lo hace.

—Así que en realidad no sois amigos. Más bien socios.

Miceli me cae bien, sí, pero ella tiene razón. —Es más seguro así —le digo—. La gente que se acerca demasiado a mí...

Mi voz se apaga y ella frunce el ceño.

—¿Qué? —insiste.

—Tienen la manía de morirse —digo sin rodeos, y sus ojos se abren como platos—. Y, cariño, me niego a que eso te pase a ti. Por eso mantenemos esto, lo nuestro, en secreto y, sí, podemos darnos el gusto durante los próximos días. Pero eso es todo lo que puedo prometerte.

Parece que está sopesando mis palabras y luego vuelve a asentir. —¿Archer es tu apellido?

—Lo es. También es mi nombre en clave.

—Del ejército. —Sus dedos rascan suavemente el pelo de mi nuca—. ¿Y dijiste de qué rama eras?

Qué lista. —No lo dije. Pero estuve en el Ejército y luego me uní a la Fuerza Delta.

No estoy seguro de por qué estoy respondiendo a sus preguntas, pero por la razón que sea, lo hago. Quizá porque espero que la ayude a entenderme mejor. Aunque en realidad no importa. Tenemos suerte si nos quedan tres días enteros juntos.

Ese pensamiento me da una punzada en el corazón. No tiene sentido y no lo entiendo, pero mentiría si lo negara.

—No sé mucho sobre la Fuerza Delta. ¿A qué se dedica?

—Es una unidad de operaciones especiales de élite.

Mi equipo se encargaba de las cosas más secretas.

Eliminábamos objetivos de alto valor, desmantelábamos células terroristas, rescatábamos rehenes.

Muchas misiones encubiertas en las que trabajábamos directamente con la CIA. Misiones de acción directa, también.

—¿Qué son esas?

—Incursiones, sabotajes, ese tipo de cosas —le explico. Nadie me ha preguntado nunca por mi época en la Delta y nunca pensé en contárselo a nadie. Pero algo en Carlotta hace que quiera hablar, abrir esa parte de mí que clausuré hace años después de dejar las operaciones especiales.

—¿Te gustaba?

Pienso detenidamente en su pregunta antes de responder.

—Sí y no. El entrenamiento era de primera categoría y me enseñó todo lo que necesitaba saber para acabar con el enemigo.

Mi equipo era el mejor. Hice muy buenos contactos y los he mantenido.

Es una de las razones por las que puedo conseguir información tan rápida y fácilmente.

Y nada me daba mayor satisfacción que eliminar a otro de los malos.

—Estoy escuchando un «pero» por ahí —dice en voz baja.

—Pero me pasó factura. Algunos días, todavía me la sigue pasando.

—¿Cómo? ¿Te refieres a pesadillas? ¿O a remordimientos?

—Ninguna de las dos cosas —le digo, intentando encontrar la mejor manera de explicar lo que quiero decir—. No me arrepiento de nada de lo que he hecho o he tenido que hacer para proteger a otros. Y no pierdo el sueño por los malvados a los que he matado.

—Entonces, ¿a qué te refieres con que te pasó factura?

—Por lo que he hecho y por lo que he pasado, me es imposible tener una relación normal.

—Ella frunce el ceño y noto que no me cree—.

Estoy roto, Carlotta. De una forma tan significativa que nunca podré volver a sentirme completo.

Acepto quién soy y lo que he hecho, pero no espero que nadie se conforme con los pedazos que quedan de mí.

—Creo que a veces dos personas rotas pueden unirse y ayudarse mutuamente. Pueden llenar los agujeros y los espacios vacíos. Pueden ofrecer sus pedazos y, de alguna manera, completarse el uno al otro.

—Quizá en las películas y en los libros. Pero en la vida real, eso no pasa. No hay un «y vivieron felices para siempre» para alguien como yo.

—Quizá necesites tener un poco de fe, Damon Archer.

Estoy harto de hablar de cosas tan serias y de perder el tiempo. Nunca podré arreglarme y no importa lo que Carlotta crea. Conozco la triste verdad y nada puede reparar de verdad mi alma. He visto y he hecho demasiado.

—Soy un hombre sin fe, Lottie. —Mantengo un tono ligero y le doy una palmada en el culo—. Y ahora, ¿qué tal un café? ¿Quizá un paseo por el bosque esta mañana?

Me levanto y camino hacia la pequeña cocina, cogiendo mis pantalones de pijama por el camino. Siento sus ojos en mi trasero y miro por encima del hombro.

—¿Ves algo que te guste, cariño? —pregunto.

—Sí —ronronea ella, levantándose también. Pero mantiene la manta envuelta alrededor de su cuerpo desnudo. Veo atisbos de piel aquí y allá, pero desde luego no lo suficiente.

—¿Por qué no dejas esa manta aquí fuera? —sugiero, poniéndome los pantalones mientras ella se dirige al baño.

Suelta una risa grave y gutural. —Ah, te encantaría, ¿a que sí?

—Puedes apostar tu dulce y mordible culo a que sí —gruño.

—¿Mordible? —Enarca una ceja—. No te atreverías.

—¿Eso crees? —la desafío.

En el momento en que rodeo la isla y empiezo a caminar hacia ella, chilla, corre al baño y cierra la puerta.

—Más te vale correr —murmuro por lo bajo, con la polla endureciéndose al pensar en todas las cosas que aún nos quedan por hacer.

Espero que esté preparada porque no pienso malgastar ni un solo minuto en los próximos días. Pienso aprovechar al máximo ese cuerpo delicioso que tiene y asegurarme de que esté satisfecha de todas las maneras posibles.