11 Carlotta
CARLOTTA
He tomado una decisión y ya no hay marcha atrás. Deseo a Damon más que a nada y ahora sé que él también me desea a mí. Y si eso significa solo una noche, que así sea. Estoy lista.
Me levanta en brazos y yo le rodeo la cintura con las piernas.
Una vez que volvemos a entrar en la cabaña, cierra la puerta de una patada, echa el cerrojo y me lleva de vuelta a la chimenea.
Con una mano, coge la manta, la sacude y la extiende en el suelo.
Luego se agacha despacio, me tumba con delicadeza y captura mi boca en un beso lento y sensual que envía deliciosas descargas por todo mi cuerpo.
Me encanta cómo puede ser tan exigente en un momento y al siguiente bajar el ritmo, moviéndose tan despacio, con tanta provocación, que me dan ganas de llorar.
Nuestras lenguas se exploran y él recorre la comisura de mis labios con la suya antes de empezar a besarme el cuello.
Se está tomando su tiempo, es increíblemente meticuloso y yo estoy a punto de derretirme y convertirme en un charco en el suelo.
En el momento en que lame y luego succiona suavemente el punto justo debajo de mi oreja, gimo. No sé por qué, pero, madre mía, ese punto hace que pierda un poco la cabeza.
—¿Es ese tu punto débil, cariño? —pregunta con voz ronca. Pero antes de que pueda responder, su mano se desliza entre mis piernas y pierdo toda capacidad para formar una frase coherente. Sus dedos empiezan a acariciarme y me arqueo contra su mano, necesitando más.
Como si pudiera leerme la mente, desliza un dedo, y luego dos, dentro de mí y los mete y los saca. El calor y la fricción empiezan a aumentar y, cuando su pulgar me toca el clítoris, frotando y encontrando la presión justa, todo mi cuerpo se tensa y explota de la forma más maravillosa.
Grito y él me besa con fuerza mientras me sube la camiseta y me la quita, tirándola a un lado.
El fuego crepita y todo está muy caliente: las llamas, mi cuerpo, su contacto.
El resplandor de la lumbre ilumina mi cuerpo, recordándome que ahora estoy completamente desnuda.
Él retrocede y su mirada recorre lentamente mi desnudez, empapándose de cada una de mis curvas.
—Eres jodidamente preciosa —dice, deslizando las manos por mis costados y sobre mis caderas—. Voy a besarte cada una de las curvas de tu cuerpo. A darte tanto placer... a hacerte gritar...
Siento que mis entrañas se licúan y necesito sentir su piel contra la mía.
Alargo la mano hacia su camisa, se la subo con manos temblorosas y él me ayuda, pasándosela por la cabeza.
Luego se tumba sobre mí, cubriéndome con su pesado cuerpo, y lame la curva de mi pecho.
Al cabo de un minuto, se desliza hacia el otro, enroscando la lengua alrededor del pezón erecto.
Cuando lo introduce en su boca, me alegro de estar ya tumbada o me habría caído al suelo al flaquearme las rodillas.
Sienta tan rematadamente bien que tiemblo como un flan.
Sus labios, su boca y su lengua son una auténtica maravilla y cada terminación nerviosa de mi cuerpo responde a sus toques, a sus caricias.
Me estoy perdiendo en una neblina sensual.
Llego hasta el bulto enorme y durísimo que abulta en sus pantalones cargo y le paso la mano por encima.
Cuando lo aprieto ligeramente, gime, empujando las caderas hacia delante y llenando mi mano con su polla, que es mucho más grande de lo que había imaginado.
Oh, vaya. Mordiéndome el labio inferior, enrosco las piernas a su alrededor, engancho un pie en su pantorrilla e intento atraerlo más cerca. Justo donde lo necesito, rozándome, girando mis caderas.
—Por favor —murmuro, sin siquiera reconocer mi propia voz. Suena tan desesperada y ronca, goteando necesidad. Igual que mi centro.
—Me estoy tomando mi tiempo contigo —dice, bajando por mi cuerpo y dejando besos por todas partes.
Dios, estoy tan acalorada que lo único que puedo hacer es retorcerme, girar y gemir.
Deslizo los dedos por su pelo y él me separa más las piernas y, antes de que pueda decir nada, su boca se aferra a mi coño de nuevo.
Lamiéndome hasta llevarme a un auténtico frenesí.
Estoy tan sensible que no sé cuánto más de esta dulce tortura podré soportar.
—Por favor... no puedo... —Me retuerzo y siento cómo una intensa presión vuelve a crecer. Joder, este hombre sabe cómo provocar orgasmos.
Tras otra lamida, se aparta, se levanta y dice:
—Espera, cariño.
Mi visión es borrosa mientras lo observo alejarse, con un andar un poco desigual, y luego agacharse para rebuscar en su bolsa de lona.
Dios, ese culo suyo es una obra de arte y quiero morderlo.
Cuando se da la vuelta, veo el preservativo en su mano y mi corazón empieza a latir al doble de velocidad.
Este es el momento: estoy tumbada en el suelo frente a un fuego crepitante, desnuda y reluciente, y estoy a punto de tener sexo.
Con ojos codiciosos, lo veo quitarse los pantalones cargo y los calzoncillos tipo bóxer negros, y contengo la respiración.
El cuerpo de Damon es aún más increíble de lo que jamás hubiera imaginado. Literalmente perfecto en todos los sentidos: desde su rostro cincelado hasta sus anchos hombros, esos abdominales perfectamente marcados y esa monstruosa polla erecta. Se me hace la boca agua.
Lo deseo desesperadamente y está a punto de ser todo mío.
Por una preciosa noche, me recuerda una vocecita. Así que disfrútala mientras puedas.
Sí, pienso disfrutar cada increíble segundo.
Levanto los brazos, buscándolo, y él se arrodilla, me coge las manos y me besa los nudillos. Luego me suelta, rasga el envoltorio y desenrolla el preservativo a lo largo de su miembro. No puedo evitar fijarme en su punta goteando y en la ligera mueca de su cara. Creo que le duele tanto como a mí.
Se apoya sobre los codos, acomodándose entre mis piernas, y me besa profundamente.
El primer contacto de su polla de acero contra mi coño empapado y suelto un gemido suave y necesitado.
Me ha dejado al borde de un orgasmo y necesito liberarme tanto como él.
Me arqueo, intentando meterlo en mi cuerpo, y lo siento empujar hacia delante.
Mi cuerpo se estira y, por un momento, me entra el pánico, sin saber si podré acogerlo. Pero él se retira de inmediato y vuelve a entrar, esta vez más profundo. Una punzada aguda me hace jadear.
—Puedes, cariño. Tú relájate —me engatusa.
Mis piernas se abren más y su dedo encuentra mi clítoris. Su tacto descontrola mis sentidos y mi cuerpo responde, estirándose, acogiéndolo por completo. Una vez que ha entrado del todo, le clavo las uñas en los hombros, intentando acostumbrarme a él.
—¿Ves qué bien me acoges? —Sale casi por completo y vuelve a entrar, mientras sus dedos obran su increíble magia.
Oh, Dios mío. No sé cuánto más de esto podré soportar. La sensación de escozor ha desaparecido y ahora cada terminación nerviosa hormiguea, palpita, baila como si estuviera concursando en el mismísimo «¡Mira quién baila!» y marcándose un chachachá. O, en este caso, el mambo horizontal.
Se mueve con lentitud y delicadeza, embistiéndome con largas y profundas embestidas que me están llevando al límite a toda velocidad.
Aguanto todo lo que puedo, pero no soy rival para su experiencia, para la destreza que tiene sobre mí.
Está tocando mi cuerpo como un maldito violín y me encanta cada segundo.
Un instante después, mi orgasmo me golpea con fuerza.
Con un grito, me dejo llevar por la ola de placer que inunda mi cuerpo, con escalofríos que recorren cada una de mis extremidades y terminan en las yemas de los dedos de las manos y los pies, y en los folículos pilosos.
Dios santo, esto es mejor de lo que jamás imaginé, pero sé por qué.
Es por Damon. No me cabe duda de que el que se haya tomado su tiempo y haya sido tan cuidadoso conmigo es la razón por la que ahora mismo me estremezco con un orgasmo de cuerpo entero.
¿Habría hecho eso Rendall? Ni de coña. Lo único que hacía era darme besos desganados y meterme mano de vez en cuando. No tenía la pasión de Damon. Nunca me sentí bien ni a gusto, y estoy tan agradecida de no haber cedido y haberme acostado con él solo para perder la virginidad.
Sobre mí, Damon eleva más mis caderas y empieza a embestir más fuerte, más rápido, en busca de su propio orgasmo.
Le llega rápido y levanto la vista. Nuestras miradas se conectan y él me mira a los ojos, al alma, mientras sus caderas siguen bombeando y se vacía por completo.
Todo su cuerpo se tensa y luego se estremece.
Después, se inclina y me besa. Es un beso profundo y lento, y aún puedo sentirlo palpitar dentro de mí.
No quiero que este momento acabe nunca. Nunca me he sentido tan conectada a otra persona. Es casi… mágico.
Durante un largo rato, ninguno de los dos se mueve.
Pero entonces él se retira lentamente y, tras otro beso suave, se levanta.
Lo observo alejarse, incapaz de apartar la mirada de su culo prieto.
Tira el preservativo y luego coge un paño de cocina.
Se arrodilla y me limpia con delicadeza la sangre de los muslos.
Trago saliva, incómoda porque no estoy acostumbrada, pero agradecida.
Hace una bola con el paño, lo tira a un lado, coge unos cojines, se vuelve a tumbar y me atrae a sus brazos.
—¿Estás bien? —susurra, pasándome una mano por la cabeza y el pelo. Enrosca los dedos en un mechón, jugando con él, y suspiro suavemente.
Asiento con la cabeza, con la mejilla apoyada en su firme pecho. —Sí. Ha sido…
—Increíble —termina él, estrechándome en sus brazos.
Me alegro de no ser la única que lo piensa.
Estar en sus brazos es tan cómodo, tan sumamente perfecto, que mis párpados se cierran.
Sigue jugando con mi pelo y me arrulla hasta dormirme.
La sensación de sus brazos cálidos y fuertes a mi alrededor, abrazándome, me hace saber que estoy a salvo y, antes de darme cuenta, me quedo dormida mientras el fuego crepita a nuestro lado.
Mis sueños están llenos de Damon. Solo veo sus ojos oscuros e intensos y su olor ligeramente especiado me invade.
Todavía puedo saborear sus besos y, en mis sueños, me arqueo ante sus caricias.
Nunca pensé que encontraría a alguien como él.
Me sosiega a todos los niveles y, aunque sé que nos hemos precipitado, dejó claro que solo puede prometerme una noche gloriosa.
Aunque, técnicamente, dijo que lo que pasara aquí, se quedaba aquí.
Como en Las Vegas. Así que estoy pensando que, si tenemos un par de noches más, lo lógico es disfrutar de nuestra mutua compañía.
No hay nada de malo en eso, ¿verdad? Sobre todo cuando la atracción entre nosotros es peligrosa, incontrolablemente combustible y arde sin control.
Pase lo que pase, me niego a arrepentirme de haberme acostado con Damon y, dure lo que dure esto, voy a deleitarme en todos y cada uno de los momentos.
No sé cuánto tiempo duermo, pero en algún momento mis ojos se abren y ya no estoy en los brazos de Damon. Debe de ser mitad de la noche. Miro a mi lado y veo a Damon tumbado, con la vista fija en el fuego.
—¿Por qué estás despierto? —pregunto, frotándome los ojos y acercándome.
—He echado otro leño al fuego —dice—. Y no quería despertarte al volver a abrazarte.
Me estiro sobre su cuerpo. —Siempre puedes despertarme…, con abrazos, con besos o como te parezca.
Enarca una ceja. —¿Ah, sí?
—Desde luego. —Trazo perezosamente un dedo alrededor de su pezón plano y luego deslizo la mano por la ligera capa de vello de su pecho.
Es tan masculino y sexi a más no poder en todos los sentidos posibles.
Cuando pienso en las cosas que hicimos, en las cosas que todavía quiero hacer con él, se me hace la boca agua—. La noche aún no ha terminado, ¿sabes?
Recorre mi columna con los dedos en una caricia ligera como una pluma. —¿No estás dolorida?
—Un poco —admito—, pero se me ocurren algunas cosas que todavía podemos hacer. Que yo puedo hacer por ti.
El calor se enciende en sus ojos. —No tienes que hacer nada, Carlotta. Quiero que esta noche sea para ti.
—Pero…
—Sin peros, cariño. Si te sientes juguetona —y estás dispuesta—, voy a ocuparme de ti.
—¿Pero y tú?
—Yo estoy bien por ahora.
Vaya, eso sí que es inesperado. Estaba insinuando una mamada y no me imagino a muchos hombres diciendo lo que acaba de decir Damon. Dios, es un caballero además de un amante consumado. ¿Cómo voy a ser capaz de alejarme de este hombre?
—Así que, dime. ¿Hay algo que necesites…, algo que quieras? —pregunta, con la voz ronca. Una vez más, empieza a juguetear con mi pelo y dejo escapar un suave suspiro.
Asiento, lanzándole mi mirada más seductora.
—¿El qué?
Oh, Dios, va a hacer que lo diga. —A ti —murmuro, esperando salirme con la mía con esa simple respuesta. Pero, por supuesto, no la acepta sin más.
—No, cariño, necesito que lo digas. Dime exactamente lo que quiere mi niñita traviesa. Y entonces te lo daré.
Hay una cosa que he disfrutado especialmente, pero ¿cómo le digo que quiero sexo oral? Dios, qué vergüenza.
—Lottie, dímelo —ordena.
Dejo escapar un suspiro y parpadeo. —Quiero… —Pero las palabras se me atascan en la garganta.
—¿Qué quieres, cariño? —Desliza la mano por mi culo, lo agarra y lo aprieta.
—Eh…, quiero tu boca sobre mí —logro decir.
—¿Dónde exactamente te gustaría que pusiera la boca? —Como no respondo de inmediato, me da un beso en el pelo—. ¿Aquí?
Niego con la cabeza.
—¿Aquí? —Sus labios me rozan el hombro desnudo.
Me aclaro la garganta. —Más abajo —le digo, y él me dedica una sonrisa pícara.
—¿Qué tal aquí? —Sus dedos me recorren el vientre y rodean el ombligo. Hunde el índice y siento una descarga eléctrica que me atraviesa directa hasta el coño.
—Te estás acercando.
—Dímelo, Carlotta. —Su mano se desliza más abajo, entre mis muslos, y gimo.
—Casi —murmuro. Cuando no la sube para tocar mi centro húmedo, sé que está esperando a que le diga exactamente dónde. Lo único que puedo hacer es rendirme—. Quiero tu boca en mi coño, chupándome hasta llevarme a un orgasmo como has hecho antes.
—¿Y mis dedos? —pregunta.
—Esos también puedes usarlos.
Él se ríe entre dientes. —Así me gusta, mi niña buena.
Entonces me aparta de su pecho y me tumba bocarriba. Lo observo mientras se desliza por mi cuerpo, que ya tiembla de anticipación. Sus ojos se encuentran con los míos y esboza una sonrisa. Luego desliza las manos bajo mi culo, levantándome las caderas del suelo, y hunde la cabeza entre mis piernas.
Y se da un festín y otro y otro. Hasta que grito su nombre y suplico clemencia.