Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 10 Archer
40%

10 Archer

cWS

ARCHER

Oh, Dios mío, ayúdame. Ese único beso inocente es todo lo que hace falta para que pierda el control.

La dulce forma en que Carlotta ha presionado sus labios contra los míos, y estoy perdido.

Todo mi autocontrol se desvanece y, mientras se aparta, la detengo, le sujeto la cara y la beso con toda mi alma.

No tengo suficiente y, como un hombre poseído, profundizo el beso, introduciendo mi lengua entre sus suaves labios. Sabe a gloria bendita. A chocolate y nubes de azúcar, y no puedo contenerme. Bebiendo de ella profundamente, saqueo su boca, empujándola hasta tumbarla en el suelo.

Cuando gime suavemente y desliza los dedos por mi pelo, cambio de postura y coloco mi rodilla entre sus piernas. Sé que no debería, pero la atraigo hacia mí, colocando su sexo contra mi muslo y la animo a moverse.

—Eso es, cariño. —Le guío las caderas, ayudándola a moverse y a encontrar el punto exacto y el ritmo que le den la mejor fricción justo donde ella quiere—. Coge lo que necesites. Frótate ese coñito dulce así.

El hecho de que sea virgen y nunca haya hecho estas cosas con otro hombre me la pone dura como una piedra.

Su inocencia es un afrodisíaco potentísimo y me alegro mucho de que el gilipollas con el que salía lo jodiera todo.

Ahora está en mis brazos, cabalgando sobre mi pierna, y voy a hacer que se sienta increíblemente bien.

Haré que se dé cuenta de que la espera ha merecido la pena.

Lleva puestos mis pantalones de chándal, que le quedan enormes, y me agacho y se los desato. Su respiración se acelera y decido que prefiero que se corra en mi boca antes que en sus bragas, frotándose contra mi muslo. Se merece más y voy a asegurarme de que lo tenga.

Aparto mi conciencia a un lado, ignorando esa vocecita que me dice que no la toque y que mantenga las manos quietas.

Que le den a esa vocecita. Este coño es mío, pienso.

Entonces me echo hacia atrás, tomándome un momento para mirarla y admirarla.

Debe de pensar que me he detenido, porque me busca con un suave sonido de decepción.

—Espera, cariño. Voy a hacer que esto sea aún mejor para ti.

Engancho los dedos en los bordes elásticos de sus bragas y, lentamente, se las bajo para dejar al descubierto su dulce y rosado coño.

Todo en Carlotta es delicioso y estoy dispuesto a apostar que sabe tan dulce como imagino.

De rodillas, me centro en esos bonitos pliegues y luego la insto a que separe más las piernas.

—Archer —sisea, tratando de apartarse.

—Quieta y ábrete a mí, cariño. Estoy a punto de lamerte hasta llevarte al orgasmo. ¿Te parece bien?

Deslizo ligeramente el pulgar sobre su clítoris y ella grita, arqueándose.

—Sí —susurra.

—Bien. —Abriéndola para mí, me inclino y recorro con la lengua su centro húmedo, lamiendo sus jugos—. Joder, qué rica estás. —Incluso mejor de lo que había imaginado.

—Oh, Dios mío —musita, con las manos hechas un puño y las caderas meciéndose contra mi cara.

La lamo rápido y luego despacio, midiendo sus reacciones, tratando de averiguar qué le gusta y qué provoca la mayor reacción.

Decidido a hacerle sentir la intensidad, rodeo lánguidamente con la lengua su clítoris, tomándome mi tiempo y succionándolo hasta que gimotea.

Entonces la atravieso con la lengua y froto ese pequeño y tenso clítoris hasta que está casi llorando.

En el momento en que deslizo un dedo en su interior, ambos gemimos.

Es una sensación increíble: tan caliente y húmeda, tan estrecha y palpitante.

Añado un segundo dedo, estirándola, haciendo que me acoja hasta los nudillos.

—¡Archer!

De la nada se me ocurre que no quiero que me llame por el mismo nombre que todos los demás. Lo que estamos haciendo... los lugares a los que estamos llegando... es demasiado íntimo para que use mi apodo.

—Damon —le digo—. Llámame Damon.

Lleva la mano a mi cabeza, enreda los dedos en mi pelo y tira con fuerza, y levanta la vista, clavando sus ojos en los míos.

—Damon —dice con voz ronca.

Al oírla decir mi nombre de esa manera, casi me corro.

Obligándome a mantener el control, tratando de ignorar la palpitante erección en mis pantalones, me concentro en ella y en llevarla al orgasmo.

Mis labios envuelven de nuevo su clítoris y succiono con fuerza, usando la lengua para provocarla y estimularla.

Carlotta llega al orgasmo con un grito, arqueándose contra mi boca, y sigo acariciándola con la lengua y metiendo suavemente los dedos en su centro resbaladizo, ayudándola a bajar de ese clímax.

Sus manos caen al suelo y gime un suave: —Oh... Dios... mío.

Subo por su cuerpo, me apoyo en los codos y la beso con fuerza, haciéndole probar su propia dulzura.

—¿Ves qué rica estás? —le digo, lamiendo la comisura de sus labios.

—Eso ha sido... intenso —murmura.

La miro a sus ojos marrones, tan llenos de confianza, y de repente me odio a mí mismo. Soy un gilipollas y debería haber mantenido mis manos —y mi lengua— quietas. La tentación era demasiado fuerte, sin embargo, y no he podido resistirme.

—Lo siento —digo, sintiéndome como la mayor mierda del mundo—. Quiero su inocencia, la anhelo a un nivel primitivo, pero no me corresponde a mí tomarla.

Frunce el ceño.

—¿Lo sientes? ¿Por qué? ¿Por ser el primer hombre que me come el coño?

Con un profundo suspiro, me quito de encima de ella a regañadientes y me quedo mirando al techo.

—No debería haberte tocado.

—¡Oh, Dios mío! ¿En serio? —Se incorpora, mirándome como la mujer feroz que es—. Deja de jugar conmigo a este juego de dar una de cal y otra de arena. Es confuso y no entiendo cómo puedes desearme en un momento... cómo puedes hacer lo que acabas de hacer... y luego apartarme al segundo siguiente.

—No podemos involucrarnos más —insisto con terquedad—.

De alguna manera, tengo que encontrar la forma de estar cerca de ella y no dejar que esta poderosa química entre nosotros explote en algo que no pueda manejar.

Siempre he estado tan centrado, he sido tan fuerte, pero Carlotta tiene el poder de hacer añicos todo eso con un solo beso.

—¿Por qué? —me desafía, entrecerrando los ojos.

Qué cosita más temperamental. Mis pensamientos se dirigen al instante a Caitlin y al modo tan épico en que le fallé. No es algo de lo que quiera hablar, así que simplemente me encojo de hombros y digo:

—Yo no tengo relaciones.

Parece la excusa más fácil que puedo darle porque sé que no es lo que quiere oír.

La protegeré, pero eso es todo. No puede ocurrir nada más entre nosotros en el plano sexual.

Por mucho que mi polla esté suplicando por la oportunidad de hundirse en su dulce coño, tengo que pensar con la cabeza que toca.

—No me mientas, Damon. Admite que no me deseas. No de verdad. —Antes de que pueda decir una palabra más, se levanta y sale corriendo por la puerta principal, cerrándola de un portazo tras de sí.

¡Maldita sea! No lleva pantalones ni zapatos, solo un par de calcetines.

Joder, por mi culpa, ni siquiera lleva bragas.

Y hace demasiado frío ahí fuera. Apretando los dientes, cojo mi abrigo y salgo corriendo tras ella.

Pero no ha ido muy lejos, solo hasta el borde del porche, y veo cómo le tiemblan los hombros.

Joder. La he hecho llorar. El trocito de corazón que me queda se me encoge dolorosamente. —Carlotta, lo siento —digo en voz baja. Acercándome por detrás de ella, le pongo el abrigo sobre los hombros—. Por favor, no llores, cariño. No puedo soportarlo.

Sorbe por la nariz y luego se pasa una mano por la cara mientras se gira para mirarme. —¿Es que no te entiendo? En un segundo pareces desearme y al siguiente no… ¿por mis hermanos? Eso es una jodida estupidez.

—Es más que eso —le digo—. No quiero entrar en detalles, pero necesito que entiendas que esto tiene que ver conmigo y con mis problemas. Tú eres perfecta, cariño. Yo soy el capullo jodido que no es digno de tu virginidad.

Se acerca más el abrigo, envolviéndose en él, y se estremece. —No estoy de acuerdo. Mi virginidad es un regalo y puedo dársela a quien yo elija. Y te elijo a ti, Damon.

Joder. ¿Y qué cojones se supone que debo responder a eso? Es tan malditamente sincera y la deseo más que a nada. Y rechazarla… bueno, sería cruel y un golpe devastador para su ego.

Antes de que pueda comentar nada, levanta una mano.

—Perdona si estoy siendo demasiado directa, pero siento algo contigo, y pensaba que tú también lo sentías.

Está claro que no. Es que tengo una suerte malísima con los hombres.

Mi único novio —y uso el término con reservas, ya que solo duramos tres meses— me puso los cuernos.

Él no me deseaba, así que supongo que no me sorprende que tú tampoco.

—Carlotta…

—No, está bien. ¿Pero puedo hacerte una pregunta?

—La que sea.

—¿Tan poco deseable soy? ¿Tan imposible de querer? ¿Qué me pasa para que siga siendo virgen a los veinticinco años?

—No te pasa absolutamente nada —afirmo con rotundidad.

Ella resopla con incredulidad.

—La verdad es que te deseo muchísimo. Más de lo que debería —admito.

—No te creo.

—Cariño, te he comido y te he follado con los dedos hasta hacerte correr dos veces en las últimas veinticuatro horas y hay mucho más que quiero hacerte.

Me está costando todo mi autocontrol no arrancarte la ropa ahora mismo.

—Doy un paso hacia ella, le agarro los bordes del abrigo con los dedos y tiro de ella para acercarla, directamente a mis brazos—.

Por favor, no dudes de ti misma porque eres la mujer más increíble que he conocido jamás.

Ella inclina la cabeza hacia atrás para mirarme, con los ojos llenos de incredulidad e inocencia. —¿Entonces por qué no me deseas?

—Sí que te deseo —digo entre dientes, atrayéndola aún más y presionando un beso duro en su frente—. Simplemente, no soy el hombre que necesitas.

—Sí que te necesito, Damon. Te quiero a ti y te elijo a ti. Incluso si eso significa solo una noche.

Me aparto y le estudio el rostro. ¿Lo dice en serio? Porque si es capaz de compartir una noche de felicidad y no esperar más, ¿cómo demonios puedo decirle que no a eso? Joder, estoy en una pendiente resbaladiza y noto que me estoy deslizando.

Voy a ceder. Es inevitable.

—No quiero que dudes de ti misma porque te deseo con locura. Más de lo que he deseado a nadie jamás —susurro—. Pero necesito que entiendas y estés de acuerdo en que lo que pase aquí, se queda aquí. Cuando volvamos a casa, cada uno seguirá su camino.

—Con recuerdos increíbles.

—Sí. Pero necesito que estés segura, Carlotta.

Se pone de puntillas y presiona sus labios contra los míos. —Estoy segura, Damon —me dice en voz baja.

Esa última confirmación, susurrada contra mi boca, lanza al viento mis últimas reservas. Me agacho, la cojo en brazos y me doy la vuelta para volver a entrar en la cabaña. Esta noche será una noche que ninguno de los dos olvidará jamás.

Me aseguraré de ello.