Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 9 Carlotta
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9 Carlotta

CARLOTTA

Sola en la cama de Archer, me pongo boca arriba y suspiro.

Después de darle mil vueltas a todo y analizarlo hasta el último detalle, llego a una única conclusión: a Archer le gusta besarme y tocarme, pero no le gusta que sea una Rossi.

Por la razón que sea, está anteponiendo su lealtad a mis hermanos a su deseo por mí.

Es la única explicación de por qué no para de apartarse desde que descubrió mi verdadera identidad.

Y eso no es aceptable.

De alguna manera, voy a convencerlo de que me dé una oportunidad y deje a un lado lo que sea que lo frena.

No es justo ni correcto que mis hermanos dicten mi vida amorosa.

Soy una mujer adulta y hecha y derecha, y se me debería permitir acostarme con quien yo elija.

Desde luego, ellos siempre han hecho lo que les ha dado la gana en lo que respecta al sexo opuesto.

Sin embargo, una parte de mí se siente rechazada, y es una sensación horrible.

Pero de verdad creo que Archer solo duda porque nuestra familia es poderosa e intimidante.

Me niego a rendirme tan pronto porque estoy bastante segura de que le gusto.

Y este hombre me interesa a todos los niveles.

Lo único que quiero es conocerlo mejor. Así que ese es mi plan.

Durante los próximos días, voy a abrumarlo con encanto y con todo el atractivo sexual que sea capaz de reunir.

Pienso usar todas las herramientas de mi arsenal para vencer su resistencia.

A la mañana siguiente, pongo en marcha la Operación: Activar la Libido de Archer.

Decido que son los pequeños detalles los que, inevitablemente, podrían empujarlo al límite: pasar rozándolo, tocarlo ligeramente cuando surja la oportunidad, coquetear sin pudor, decirle que aprecio todo lo que hace, dejar que me pille mirándolo de arriba abajo y cualquier otra oportunidad que se me presente.

Al final del día siguiente, me doy cuenta de que es un hombre muy testarudo.

Cada vez que me acercaba o tenía la oportunidad de tocarlo, la aprovechaba.

Hubo tantos momentos en los que vi la pasión y el interés parpadear en la profundidad de sus ojos oscuros, pero luego los extinguía tan rápido que me daba vueltas la cabeza.

Para la hora de la cena, estoy más que frustrada e intento averiguar qué más puedo hacer. La situación empieza a parecer desesperada, pero ya sabía que sería un reto y no voy a rendirme.

No hay mucho en la despensa, solo algunos productos no perecederos, así que acabamos haciendo unos macarrones con queso de paquete. Encuentro una cacerola y pongo agua a hervir mientras Archer pone la mesa con cuencos y cubiertos.

—¿Con qué frecuencia vienes aquí? —pregunto, tratando de iniciar una conversación.

—Hace unos meses que no venía —responde, sacando dos botellas de agua fría de la nevera—. Me gusta alejarme de la ciudad, pero he estado muy ocupado últimamente.

—¿Ocupado con una novia? —Mantengo el tono lo más inocente posible, pero si me dice que tiene pareja, voy a montar un escándalo.

—¿Qué? No. —Frunce el ceño. Aprieto los labios, pero no comento nada más—. Para que lo sepas, si tuviera novia, no te habría besado.

—Dos veces —le recuerdo.

—Sí. Además, creo que hicimos algo más que besarnos —murmura por lo bajo.

—En la fiesta. —Le dedico una sonrisa pícara.

—Me acuerdo. —Nuestras miradas se cruzan—. Con bastante claridad.

—Creía que te gustaba.

—Sí que me gustas. —Frunce el ceño y apoya una cadera en la encimera—. ¿Por qué sigues dudando de ti misma?

—Costumbre. —La verdad es que no quiero hablar de Rendall ahora mismo. Cojo la caja de pasta y la vierto en el agua hirviendo. Tomo la cuchara y remuevo lentamente para que no se pegue a la cacerola—. ¿No beso bien?

—¿Qué?

Me encojo de hombros.

—No has intentado volver a besarme en todo el día, así que me pregunto qué he hecho mal. Aparte de ser una Rossi, claro —añado con picardía.

Un músculo se tensa en su mejilla.

—Porque estoy pensando que ese es el problema —afirmo con audacia.

—Ya te he dicho que no tengo miedo de tus hermanos. Pero, por respeto a ellos, voy a mantener las distancias contigo.

—¿Por qué?

—¿Qué quieres decir con «por qué»?

—Si yo te gusto y tú me gustas, ¿a quién le importa lo que piensen ellos?

—A mí me importa —declara con terquedad, y yo pongo una mueca.

—O sea, que si ahora mismo me ofreciera a ponerme de rodillas y a chupártela, ¿dirías que no? ¿Por mis hermanos?

—Joder, Carlotta. —Se pasa una mano por su espeso pelo oscuro y aparta la mirada. Pero no se me escapó el destello de deseo que cruzó su rostro primero—. No digas esas cosas.

—Solo intento entender qué pintan mis hermanos en esto. Porque, Archer, soy una mujer de veinticinco años que puede tomar sus propias decisiones. Sobre todo cuando se trata de mis parejas sexuales. O de la falta de ellas —no puedo evitar añadir en voz baja.

Su cabeza se vuelve bruscamente.

—¿Qué quieres decir con «falta de ellas»? ¿Una mala racha?

—Más bien el desierto del Sáhara —admito.

Se cruza de brazos sobre el pecho, estudiándome de cerca.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

Trago saliva para calmar los nervios y suelto:

—Oh, unos veinticinco años.

Ladea la cabeza como si no estuviera muy seguro de haberme oído bien; su boca se abre y luego se cierra. Supongo que se ha quedado sin palabras, y siento cómo se me sonrojan las mejillas de la vergüenza.

—Humillante, lo sé —digo, concentrándome en los macarrones y removiéndolos con demasiada fuerza.

—¿Carlotta?

Le lanzo una mirada, sintiéndome de repente tímida.

—¿Mmm?

—¿Me estás diciendo que eres virgen?

—Dios, no me hagas decirlo. —Pongo los ojos en blanco y dejo la cuchara con un tintineo—. Sí, vale. Los hombres me evitan como a la peste. Bueno, excepto uno, pero apenas se le podía llamar relación y al final acabó por romperme el corazón.

Apago el fuego, llevo la olla al fregadero y echo los macarrones en un colador.

—¿Qué pasó? —pregunta él en voz baja.

Sacudo el colador, viendo cómo sube el vapor, y luego me doy la vuelta y los vuelvo a echar en la olla. —El queso, por favor.

Archer abre el sobre, se pone a mi lado y espolvorea el queso sobre los macarrones calientes. Deja el sobre vacío en la encimera y está tan cerca que puedo oírlo respirar. Puedo sentir el calor de su cuerpo, que prácticamente está tocando el mío.

—¿Qué pasó, cariño? —pregunta de nuevo con voz queda.

Remuevo el polvo naranja y los macarrones y dejo escapar un suave suspiro.

—Hubo un chico, Rendall, y salimos durante unos meses.

Sin embargo, yo siempre me contenía, no conseguía confiar plenamente en él.

Algo no me cuadraba. Pero pensé que quizá eran tonterías mías.

Justo cuando decido que voy a acostarme con él, descubro que me está engañando.

—Rendall era un maldito idiota.

—Y que lo digas.

—Un capullo integral.

—Rompí con él y ahí se acabó todo. El desierto del Sáhara —enfatizo, negando con la cabeza con tristeza.

Archer coge la olla y divide los macarrones con queso en los dos cuencos que hay en la mesa.

Nos sentamos, cojo una cucharada y me la como.

No es la comida más apetitosa, pero tengo hambre y estoy agradecida de que haya algo que comer.

Siento que Archer me observa y finalmente levanto la vista hacia él.

—¿Qué? —pregunto suavemente.

—Me alegro de que no te acostaras con ese idiota.

—Rendall.

—Sí, como se llame. No te merecía. Y tenía un nombre estúpido.

No puedo evitar sonreír. Es un nombre estúpido.

Él traga y bebe un sorbo de agua. —No pasa nada por esperar, ¿sabes?

Enarco una ceja y suelto un bufido poco femenino. —¡Tengo veinticinco años! A estas alturas, empiezo a preguntarme qué me pasa.

—Absolutamente nada —afirma con rotundidad—. Eres guapa, atrevida, inteligente… Cuando sea el momento adecuado, pasará.

—Para ti es fácil decirlo. ¿Con cuántas mujeres te has acostado?

Se atraganta con la comida. —Yo no soy como tú.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Yo no busco una relación ni un futuro con nadie —explica, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Mis encuentros se limitan más o menos a una sola noche.

—Quizá eso es todo lo que yo quiero también —digo con terquedad.

Noto que no me cree. Y puede que no sea exactamente la verdad.

Cuando veo lo felices que son mis hermanos con sus mujeres, cómo resplandecen, me entran ganas de tener lo mismo.

Además, no hay nada más dulce que mis sobrinos y sobrinas.

Puede que no esté preparada para tener un bebé mañana, pero quizá algún día sí lo esté. Y estaría bien que el padre se quedara.

—Te mereces a alguien que te quiera para siempre, que se case contigo y te dé hijos. No a alguien como yo.

—Para que lo sepas, Archer, no pienso quedarme embarazada la primera vez que tenga sexo. Quiero que sea un encuentro tórrido e inolvidable con un hombre que sepa exactamente lo que hace. Alguien que pueda enseñarme cosas y darme placer. No convertirme en madre al instante.

Traga saliva con dificultad y yo doy un bocado a la comida, observándolo atentamente. Un rubor le sube por el cuello y se aclara la garganta. —Hace calor aquí.

Se levanta bruscamente y va hacia la chimenea, se agacha y empieza a juguetear con un leño. Reprimiendo una sonrisa, termino mi cena y espero haber dejado claro que no busco un para siempre por el momento. Solo un ahora mismo al rojo vivo.

Un momento después regresa, termina su cena y luego recojo los platos. Caemos en una rutina silenciosa en la que yo los lavo y él los seca y los guarda.

Después de cerrar el grifo del agua, me seco las manos y digo: —Me apetece algo dulce. ¿Hay algo de postre?

—Deja que mire.

Archer va a la despensa y hace un inventario rápido. —¿Qué tal unos s’mores? —sugiere.

—Uy, nunca he probado los s’mores —exclamo.

Se da la vuelta, sosteniendo una bolsa de nubes de azúcar. —¿En serio?

—Tampoco he ido nunca de acampada. Soy más bien una chica de ciudad, supongo.

—¿Quieres probarlos?

Asiento con la cabeza con entusiasmo. —Me encantaría.

Me lanza la bolsa de nubes y luego coge una caja de galletas y un poco de chocolate. —Podemos prepararlos aquí dentro, ya que el fuego ya está encendido.

—Me parece bien.

Coge un par de palos largos de un cajón y lo sigo hasta la chimenea, donde nos sentamos en el suelo. Él lo coloca todo sobre el hogar y me explica cómo hacer los s’mores perfectos. Está tan adorablemente serio que no puedo evitar soltar una risita.

—Pareces un profesional —bromeo—. No es ninguna ciencia.

—Oh, no tienes ni idea, señorita Rossi. Si no lo haces bien, acabarás con un desastre o se te caerá todo al fuego. Así que presta mucha atención y haz lo que yo haga.

No puedo evitar sonreír ante su encanto juvenil. No lo muestra muy a menudo, pero me encanta verlo. Después de guiarme sobre cómo montar el s’more perfecto, los sostenemos sobre el fuego.

—Sostenlo un poco más alto —me dice, alcanzando mi codo y levantándolo. Su cálido contacto me produce un cosquilleo que me recorre el brazo.

No pasa mucho tiempo antes de que el chocolate y la nube se derritan juntos y la galleta se tueste justo en su punto. Archer comprueba el suyo y luego me hace un gesto para que retire el mío del fuego.

—Ya está —me dice—. Va a estar muy caliente, así que ten cuidado. Deja que se enfríe.

Soplo ligeramente mi pegajosa delicia. Los sacamos con cuidado del palo y entonces le doy un bocado a una esquina. —Oh, qué bueno —murmuro—. Entonces, ¿quién te enseñó a hacer unos s’mores tan increíbles?

—Mi padre. —Una sonrisa triste asoma a la comisura de sus labios.

—¿Estáis muy unidos?

—Lo estábamos. Murió hace mucho tiempo.

—Oh, lo siento mucho.

—Gracias. Mis padres fallecieron cuando yo solo tenía diez años. Un accidente de coche.

—Oh, no. Qué horror. —No puedo imaginar perder a mi madre y a mi padre a la vez y siendo tan joven. Quiero a mis padres y a mis hermanos más que a nada en el mundo y algo así sería devastador—. ¿Tienes hermanos?

—No.

Me remuevo en el suelo, estudiándolo con atención, y se me ocurre que Archer es un hombre solitario. Un hombre que ha estado solo durante muchísimo tiempo. Con razón no cree que necesite o quiera una relación.

—¿Qué pasó después de que murieran tus padres? ¿Adónde fuiste?

—Me fui a vivir con mi tío. No era muy amable ni cariñoso. En cuanto cumplí los dieciocho, me alisté. Me faltó tiempo para irme de allí. Las operaciones especiales se convirtieron en mi vida.

Tengo la clara sensación de que no comparte mucho de sí mismo con los demás, y el corazón se me encoge de ternura. Acercándome más, decido ser atrevida. Alargo la mano y la poso sobre su mejilla sin afeitar.

—Gracias por compartir eso conmigo. —Sin pensar, me inclino y deposito un suave y casto beso en sus labios. Cuando me estoy apartando, él gruñe, me detiene y estrella su boca contra la mía.

El calor me inunda, lanzándose como una flecha hacia el sur, e intento seguirle el ritmo mientras me devora.

Besar a Archer hace que me derrita por completo, más que la nube de azúcar que acabo de tostar.

Desde que descubrí mi verdadera identidad, ha intentado mantener las distancias.

Pero ahora que está cediendo, voy a animarlo.

Porque una cosa tengo muy clara: Archer no se parece a ningún hombre que haya conocido y me está haciendo sentir cosas como nunca antes había experimentado.

Quiero explorar lo que sea que esté pasando con él y ver hasta dónde podría llegar esto.

Si es solo una noche, que así sea. Pero si existe la posibilidad de tener más, estoy dispuesta a arriesgarme y lanzarme de cabeza.