Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 8 Archer
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8 Archer

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ARCHER

El fuego crepita con fuerza, desprendiendo calor, y no tarda en caldearse la habitación principal.

No puedo dejar de pensar en cuando le he bajado la cremallera del vestido a Carlotta y en lo suave que sentí su piel contra mis nudillos.

La tentación de hacer algo más casi ha sido mi perdición.

Pero me he contenido y no le he arrancado el vestido como deseaba desesperadamente.

Es la hermana pequeña de Miceli, me recuerdo con severidad.

Joder, ese hombre me arrancaría las pelotas y me las haría tragar por hacer la mitad de las cosas que se me han pasado por la cabeza.

Cosas sucias que la harían gritar de placer y que acabarían con los dos corriéndonos con una fuerza brutal.

¡No! Olvídalo.

Joder, estoy empezando a sudar del calor que hace ya aquí dentro.

Tiro la chaqueta del traje, me arranco la corbata, me desabrocho las mangas y me las subo, dejando al descubierto las flechas cruzadas que llevo tatuadas en el antebrazo izquierdo.

Todo mi equipo de operaciones fantasma se hizo el mismo tatuaje.

De ahí salieron nuestros apodos: estaban Flecha, Arco, Pluma, Perno, Perforador y yo, Archer.

El nombre de nuestro equipo era Sagitario y nos especializábamos en matar al enemigo en silencio.

Como si fuéramos un arco y una flecha, nos deslizábamos en la noche, encontrábamos a nuestro objetivo y lo abatíamos rápidamente.

Aquellos días parecen tan lejanos… Echo de menos a esos tíos. Pero, después de que nos separamos, conocieron a mujeres, formaron familias y empezaron a vivir de verdad. Mientras que yo, por otro lado, me quedé en la sombra.

—Hace mucho calor.

Levanto la vista y veo al objeto de mi lujurioso deseo entrar de nuevo en el salón.

Coloca con cuidado su vestido sobre una silla y ahora lleva mi camiseta y mis pantalones de chándal.

Y, joder, apenas aparenta veinte años. El maquillaje ha desaparecido, se lo ha quitado todo, y tiene la cara tan lavada y desprende una juventud tan hermosa que hace que se me oprima el pecho y se me contraiga la entrepierna a la vez.

—¿Demasiado calor? —pregunto, forzándome a centrar mi atención en el fuego que ahora arde con furia. Igual que mis hormonas descontroladas—. Puedo quitar un leño.

—No, se está de maravilla. Solo me sorprende lo rápido que se ha calentado.

Se acerca y trago saliva. Mi cuerpo ya está reaccionando a ella, deseándola, y esto no es bueno.

Pero es absolutamente deslumbrante y yo no soy más que un hombre.

Uno que no ha follado en un tiempo. Es una situación explosiva; siento que yo soy el fuego y ella, yesca seca y ardiente.

Y, maldita sea, quiero encenderla de todas las formas posibles.

Aprieto la mandíbula, rechinando los dientes, e intento ignorar el creciente bulto en mis pantalones. —Seguro que estás cansada —digo a la fuerza—. La cama está arriba, en el altillo. Así que… buenas noches.

Sé que es una evasiva, pero no estoy seguro de cuánto más puedo aguantar.

Así que, sí, por favor, sube ahí para que yo pueda desaparecer en el baño y hacerme una paja.

Pero, en lugar de dirigirse al altillo, se acerca más a mí.

Su dulce aroma a caramelo se infiltra en mis sentidos y cierro las manos en puños.

—Archer —dice en voz baja, con timidez—, no me importa que te acuestes conmigo.

¿Qué? Mis ojos se clavan en los suyos y ahora está justo delante de mí, su mirada recorriendo mi cuerpo como una caricia, y es casi más de lo que puedo soportar.

Recuerdo el sabor de sus labios, la avidez con que me devolvió el beso cuando la tuve sobre la mesa de la sala de conferencias.

Lo bien que sentó restregarme contra sus bragas mojadas y luego hundir los dedos en su coño caliente y resbaladizo.

A punto de sobrecalentarme, mando todo el sentido común a la mierda, la agarro de la muñeca y tiro de ella contra mi cuerpo duro y desesperado.

Mi boca se estrella contra la suya, necesitada y exigente, y fuerzo mi lengua más allá de sus labios.

Está tan ansiosa… Su lengua se encuentra y se bate en duelo con la mía, y ella se pone de puntillas, devolviéndome los besos con la misma intensidad que recibe.

Por supuesto, su excitación me pone aún más a mil y la hago retroceder hacia el sofá.

No puedo pensar con claridad cuando se trata de esta mujer.

Al menos mi cerebro no puede y deja que mi polla tome el control.

Grave error, pero estoy perdido, sumido en las sensaciones.

Es una locura y, antes de que pueda comprender lo que está sucediendo, la tengo tumbada en el sofá y me coloco sobre ella, besando su dulce boca como si mi vida dependiera de ello.

Besando a mi Reina de Corazones hasta hacerla perder el puto sentido.

Profundizando el beso, siento cómo envuelve sus piernas alrededor de mi cintura, atrayéndome justo donde me quiere. Lenta y seductoramente, frota su centro ardiente contra mi polla dura y gimo en su boca.

—Me estás volviendo loco —gruño, embistiendo contra su coño necesitado, incapaz de olvidar lo húmeda que se puso antes por mí. Tan estrecha, tan empapada, tan receptiva.

—No estaba segura de gustarte —murmura, moviendo las caderas con más fuerza y respirando más deprisa.

Levanto la cabeza para poder mirarla, para mirarla directamente a sus bonitos ojos marrones. Y odio la duda que veo en ellos. —¿Estás de broma? —digo con voz ronca—. He querido follarte desde el momento en que te puse los ojos encima en la mesa de los postres.

Parpadea, con la boca ligeramente abierta, como si no estuviera muy segura de haberme oído bien. —¿En serio?

—Cariño, te deseo tanto que duele —admito.

—Pues cógeme —dice, arqueándose bajo mi cuerpo, ofreciéndose a mí.

La realidad de nuestra situación detiene el descenso de mi mano, que se dirigía a uno de sus deliciosos pechos.

Se me ha confiado su cuidado y protección, no que me aproveche de ella.

Es como si alguien acabara de echarme un cubo de agua helada por encima y me obligo a retroceder.

A refrenar mi lujuria y a controlarme. Todo en mí se rebela, pero sé que no tengo elección.

Carlotta Rossi no es mía para cogerla y, aunque nada me gustaría más que disfrutar de su dulce cuerpo, no puedo.

—Joder —siseo y me aparto. No estoy seguro de dónde viene esta repentina crisis de conciencia. O tal vez sea solo la incómoda idea de que Miceli me mate. Me aparto de ella, me levanto y me paso una mano frustrada por el pelo.

—¿Archer?

Cierro los ojos con fuerza y hago lo único que puedo: rechazarla. —Vete a la cama, Carlotta.

La oigo incorporarse, pero no me atrevo a darme la vuelta con la erección descomunal que gasto.

—¿He... he hecho algo mal? —pregunta, con la voz cargada de duda.

Odio lo tímida que suena ahora y me regaño mentalmente. —Tengo que enviarle un mensaje a tu hermano. Sube al desván. Ahora —espeto con mucha más dureza de la que pretendía.

La oigo levantarse de un salto del sofá y la veo subir las escaleras por el rabillo del ojo.

Luchando contra mi lujuria y mi lealtad, me doy la vuelta y entro furioso en el baño, cerrando la puerta de un portazo detrás de mí.

Me quito la ropa de un tirón, abro la ducha, me meto bajo el agua y me agarro la polla dura.

Sí, habría sido mucho mejor encontrar alivio dentro del cuerpo suave y dispuesto de Carlotta, pero eso sería cruzar una línea que todavía no estoy dispuesto a cruzar.

Siendo realista, no puedo decir que no lo haré con el tiempo.

Nunca digas nunca, ¿verdad? Ahora mismo, sin embargo, voy a mantener las distancias, aliviar este dolor y luego hacerle saber a Miceli que estamos a salvo.

Bueno, no estoy seguro de lo a salvo que está Carlotta de mis pensamientos impuros, pero, por el momento, nadie va a hacerle daño. Me aseguraré de ello. No mientras yo esté aquí.

De pie bajo el chorro de agua, bombeo mi miembro de acero hasta que estallo, disparando espesos chorros de semen contra la pared de azulejos.

Gimiendo durante mi liberación, dejo caer la cabeza contra el frío azulejo y me pregunto cuánto tiempo más podré evitar follarme a Carlotta. Es demasiado tentadora.

Claro, esta noche he sido un caballero. Bueno, todo lo caballero que puedo ser. Me he contenido para no coger lo que ella me ofrecía libremente. Pero si lo vuelve a hacer, no voy a ser capaz de decir que no.

Y aquí está el problema. No tengo relaciones después de lo que pasó con Caitlin.

Así que, ¿en qué lugar nos deja eso a Carlotta y a mí?

Nos deja en el territorio de los líos de una noche.

O de dos noches, lo más probable… y eso es algo que no puede pasar.

Bueno, puede, pero no debería. Si me queda una pizca de decencia, debería respetar a la hermana pequeña de Miceli, ¿no?

Sin embargo, no soy un buen tipo. Nunca lo he sido y nunca lo seré. Y eso me pone en un buen aprieto.

Después de encontrar un poco de alivio, salgo de la ducha, me seco con la toalla y me pongo un pantalón de pijama de franela. Aunque prefiero dormir en bóxers o sin nada, me pongo los pantalones porque lo último que quiero es encontrarme con Carlotta y estar desnudo. Eso no acabaría bien.

Técnicamente, acabaría con nosotros probablemente teniendo sexo en el suelo. O contra la pared. O, tal vez, sobre la mesa.

—Joder —siseo y me paso una mano por el pelo mojado—. ¿Por qué demonios le dije a Miceli que podía traer a Carlotta aquí y mantenerla a salvo unos días? Porque la verdad es que conmigo no está a salvo. Para nada.

A pesar de eso, vuelvo al salón y miro hacia el desván. Está oscuro y en silencio, así que supongo que está en la cama. En mi cama. Y está dejando su olor a algodón de azúcar por todas mis sábanas. Una puta tortura.

Sí, es muy importante que me quede aquí abajo, donde no pueda tocarla, ni olerla, ni alcanzarla.

Cojo el móvil, busco el nombre de Miceli y le envío un mensaje corto para hacerle saber que hemos llegado y que estamos a salvo. No necesita saber que estoy a un segundo de seducir a su hermana pequeña.

Después de darle a enviar, dejo el teléfono en la mesita de centro y me estiro en el sofá.

Las piernas me cuelgan por el borde, pero no es demasiado incómodo.

Hace tanto calor aquí, frente a la chimenea, que ni siquiera necesito la manta que hay en el respaldo del sofá.

Además, sigo demasiado caliente por Carlotta.

Con una mano detrás de la cabeza y la otra sobre el pecho, repaso las últimas horas.

Joder, ojalá mi reina de corazones no hubiera resultado ser una Rossi.

No es que les tenga miedo ni nada por el estilo, pero Miceli, sus hermanos y yo tenemos una relación que no quiero joder.

Porque si me follara a Carlotta, todo se iría al carajo rápidamente.

Y no les culparía por cabrearse conmigo.

Sé que puedo ser un cabrón y, cuando llega el momento de ser despiadado, no tengo ningún problema en serlo. Pero, por regla general, no me gusta marear a las mujeres ni hacerles daño. La pura verdad es que intenté tener una relación una vez y acabó en algo más que un desastre. Acabó con su muerte.

Quién soy, lo que hago… es jodidamente peligroso.

Siempre lo ha sido. Así que lo mejor que puedo hacer es mantenerme bien lejos de Carlotta Rossi.

Va a ser difícil, pero es lo mejor. Cuando me lío con una mujer, tiene que entender que todo lo que puedo darle de mí es una noche.

Será un momento cojonudo, pero no me voy a quedar para nada a largo plazo.

Siempre lo dejo meridianamente claro y ciertas mujeres también disfrutan de ese tipo de relación.

Una en la que se intercambia placer y luego cada uno sigue su camino tan ricamente.

Pero Carlotta es una mujer de otra pasta. Es una dama y merece ser tratada como tal.

Con una maldición, doy un puñetazo a la almohada, me giro de lado y vuelvo a apoyar la cabeza para mirar las llamas. Ojalá las cosas pudieran ser diferentes, pero no lo son. Excepto que…

Hay una situación que podría hacerme cambiar de opinión sobre acostarme con Carlotta.

Si ella aceptara una sola noche y entendiera perfectamente las reglas y las consecuencias, entonces las cosas podrían ser diferentes.

Necesitaría que los dos estuviéramos exactamente en la misma onda y tuviéramos las mismas expectativas.

Además, tendríamos que mantenerlo en secreto.

Una noche gloriosa follándonos hasta reventar. Luego, cada uno por su lado una vez que volvamos a la ciudad.

Supongo que es posible, pero desde luego no voy a sugerirle un lío de una noche, por muy épico que sepa que sería. Sin embargo, si ella lo saca a colación y acepta mis condiciones, entonces no hay ni la más remota posibilidad de que pueda resistirme.

La pelota está en su tejado, pienso, mientras los ojos se me vuelven pesados y el crepitar del fuego me arrulla hasta dormirme.

Y la parte cabrona de mí de verdad espera que intente seducirme de nuevo.