7 Carlotta
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CARLOTTA
Me giro en el asiento y estudio el perfil increíblemente atractivo de Archer con atención, ahora que el antifaz ha desaparecido por completo.
Archer.
Dios, jamás en la vida habría imaginado que el hombre con el que me lié apasionadamente en la fiesta era el misterioso contacto de mi hermano.
Por lo que he oído decir a Miceli, Archer es como un fantasma y, muy probablemente, exmilitar.
Pero no sabe nada a ciencia cierta. Ni siquiera su nombre completo.
—Así que tú eres el misterioso Archer… —murmuro, pensativa—. ¿Es ese tu verdadero nombre?
—Claro —responde con evasivas.
Suelto un resoplido de incredulidad.
—No suenas muy convincente.
—Puedo ser quien tú quieras que sea, Carlotta —afirma con suavidad mientras se incorpora a la autopista.
—¿De qué conoces a mi hermano?
—Conozco a todos tus hermanos.
Es tan evasivo que me cruzo de brazos.
—¿Adónde vamos exactamente?
—Al norte del estado.
La frustración me invade. Responde a mis preguntas, pero, al mismo tiempo, no me da ninguna información nueva. Durante los siguientes diez minutos, se concentra en conducir y yo me muerdo el labio inferior hasta que empieza a sangrar. Mierda.
Siento cómo se distancia, cómo se cierra en banda conmigo. Y eso es lo último que quiero, porque me siento muy atraída por él. Lo nuestro era pura pasión, pero ahora está tan fresco como una lechuga. Y sé perfectamente por qué.
Es porque soy la hermana pequeña de Miceli Rossi.
—¿Por qué importa que sea la hermana de Miceli?
—pregunto, optando por la franqueza y poniendo las cartas sobre la mesa.
Porque el hombre sentado a mi lado no se parece en nada al que conocí en la fiesta de máscaras.
Mi apasionado desconocido es ahora un vago recuerdo.
En su lugar hay un hombre que ni siquiera me habla, y mucho menos me mira.
Durante un largo momento no dice nada. Se limita a darle vueltas a mi pregunta. Luego me lanza una rápida mirada de reojo y dice:
—Importa, y mucho.
—¿Pero por qué? —insisto, sin dejarle que se escape tan fácilmente.
—Es una línea que no quiero cruzar.
—¿No crees que ya hemos cruzado esa línea?
—No la más importante. No.
Frunzo el ceño. Básicamente, me está diciendo que se arrepiente de lo que hicimos y que ahora no me tocará ni con un palo.
Muchas gracias, Miceli. ¡Dios, vaya corta-rollos!
¿Por qué todo el mundo le tiene tanto miedo al temible Miceli Rossi?
Es decir, sí, es enorme e intimidante, pero Archer no se queda corto.
Él también tiene un factor de intimidación oscuro que juega a su favor.
Por no mencionar que mide más de metro ochenta y es puro músculo.
Supongo que es de complexión más delgada que mi hermano, pero aun así, muy atlético.
—¿Le tienes miedo a mi hermano? —pregunto, cruzándome de brazos y yendo directa al grano.
—No le tengo miedo a nadie —dice sin dudar.
Entonces, el peor pensamiento posible se me cruza por la cabeza. Quizá, después de verme sin el antifaz, ya no se siente atraído por mí. Me llevo una mano al corazón y me entran ganas de llorar. ¿Es por eso que se muestra tan frío ahora? Simplemente, no cree que sea guapa y ya está.
De repente, me siento tan avergonzada que no quiero ni mirarlo.
Me giro hacia el otro lado, de cara a la ventanilla, y contemplo la noche y los coches que pasan.
El rechazo duele y eso lo sé mejor que nadie.
El único chico con el que he salido me rechazó y se acostó con otra mujer justo antes de que yo estuviera a punto de acostarme con él. Fue humillante.
Recuerdos dolorosos de Rendall y del fiasco que fue aquella relación —si es que se le podía llamar así— me invaden y me duele el corazón.
¿Qué me pasa? ¿Tan poco deseable soy? Parecía que Archer me deseaba, pero eso fue cuando no sabía quién era y quizá solo era emocionante porque éramos desconocidos con antifaces.
La verdad es que no tengo ni idea. Una parte de mí quiere preguntárselo. Pero ni de coña voy a someterme a más vergüenza. No, gracias. Ya he pasado suficiente bochorno por esta noche.
Como no digo nada para mantener la conversación, el resto del trayecto transcurre en un silencio absoluto. En algún momento, cierro los ojos, apoyo la cabeza en la ventanilla y entro y salgo de un sueño ligero.
No estoy segura de cuánto tiempo pasa cuando oigo el crujido de la grava bajo los neumáticos y abro los ojos. Un rápido vistazo a los números luminosos del salpicadero me dice que han pasado un par de horas y bostezo, incorporándome e inclinándome hacia delante para ver mejor por el parabrisas.
Está todo oscuro y estamos en medio de la nada. Nos rodean árboles altos y, tras recorrer un largo y sinuoso camino de entrada, aparece una pequeña cabaña.
—¿Dónde estamos? —pregunto, somnolienta. El vestido me aprieta demasiado y lo único que quiero es quitármelo y meterme en una cama cálida y cómoda.
—En mi casa. Es un lugar seguro —me asegura.
—Siento ser una molestia tan grande.
—No pasa nada.
—No pretendía arruinarte la noche.
Archer detiene el coche frente a la cabaña y me mira.
—¿Arruinarme la noche? —repite, arqueando una ceja oscura—. Cariño, has sido lo mejor de la noche.
El corazón me revolotea en el pecho y me mira tan fijamente que no puedo ni articular una frase.
—Venga, entremos —dice, y sale.
Abro la puerta y una brisa fría me levanta el pelo y la falda, helándome. Me froto los brazos desnudos mientras lo observo abrir el maletero y sacar una bolsa de lona.
—Vaya, qué preparado vienes —comento—. ¿Por qué traes una bolsa de viaje? ¿Pensabas venir aquí después de la fiesta?
Pero él niega con la cabeza. —No. Es que siempre tengo una bolsa preparada.
—¿Por qué?
—Por si necesito irme deprisa. —Me mira directamente—. ¿Por qué haces tantas preguntas?
—Soy curiosa —le digo con una sonrisa pícara.
—Claramente. —Su tono es seco, pero me regala un atisbo de sonrisa—. Venga, vamos adentro antes de que te congeles. Tengo ropa que puedo prestarte para que te quites ese vestido.
—Oh, gracias —digo efusivamente mientras lo sigo por los escalones y espero a que abra la puerta—. Me muero de ganas de quitarme esto. Por muy bonito que sea, no hay nada que me apetezca más que un chándal cómodo y una camiseta.
—Eso tiene arreglo.
Entramos y Archer enciende una luz para luego cerrar la puerta con llave.
Hay un frescor en el aire y él pone la calefacción mientras yo avanzo, mirando a mi alrededor.
Es un lugar pequeño, pero absolutamente encantador.
Una gran chimenea ocupa una de las paredes y frente a ella hay un sofá desgastado y de aspecto cómodo.
Hay una pequeña cocina americana y unas escaleras que suben a un altillo que supongo que es el dormitorio.
Parece que hace tiempo que no viene, porque me doy cuenta de que hay una fina capa de polvo en la mesa de la entrada.
—Qué bonito —digo, juntando las manos delante de mí y frotándolas enérgicamente.
—Puedo encender un fuego —me dice, al ver que tengo frío—. Te aviso de que calentará este sitio muy rápido.
—No le diré que no a una buena lumbre calentita. —Lo observo inclinarse, abrir la cremallera de la bolsa de lona y empezar a rebuscar dentro. Su culo respingón asoma por debajo de la chaqueta del traje, ofreciéndome unas vistas espectaculares, y me lamo los labios.
«Cariño, has sido lo mejor de esta noche».
Sus palabras se repiten una y otra vez en mi cabeza, haciéndome dudar si de verdad está interesado. Tiene que estarlo, ¿no? ¿Por qué si no habría dicho algo así?
Archer se reincorpora y se da la vuelta.
Por supuesto, me pilla mirándole su delicioso culo, que se convierte en su entrepierna porque ahora está de frente.
Y, madre mía, hay mucho que mirar ahí. Se me sonroja la cara y fuerzo la vista hacia arriba, encontrándome con sus ojos, que parecen aún más oscuros que antes.
Algo destella en su mirada de color café, pero no estoy segura de qué es.
¿Deseo, tal vez?
Él se aclara la garganta y me tiende una camiseta y unos pantalones de chándal.
—Gracias —mascullo, cogiéndolos.
—Ve tú primero al baño mientras yo enciendo el fuego. Puedes quedarte con la cama del altillo.
—¿Y tú dónde dormirás? —pregunto, sintiéndome mal si solo hay una cama.
—En el sofá.
—Yo puedo dormir en el s…
—No pasa nada. —Le lanzo una mirada dubitativa. Tiene unas piernas ridículamente largas que le van a colgar por el borde—. De verdad, no me importa.
—Solo si estás seguro —insisto.
—Lo estoy. Ahora ve a asearte. Es tarde.
Tiene razón y estoy agotada. Dándome la vuelta, me dirijo a lo que supongo que es el baño y entro. Como el resto de la cabaña, es pequeño, nada elaborado, hasta que veo la ducha.
—Oh, vaya. —Me acerco para echarle un vistazo. No tiene puerta, es completamente abierta, con una pared de piedra lisa y una gran alcachofa de ducha tipo cascada en lo alto—. Qué elegante.
Estoy demasiado cansada para usarla ahora, pero sin duda la probaré mañana.
En este momento, solo quiero cambiarme. Después de quitarme los tacones de una patada, me llevo las manos a la espalda e intento bajarme la cremallera.
No me va muy bien. Tras forcejear durante unos minutos, suelto una leve maldición.
No voy a poder quitarme este vestido sin ayuda.
Haciendo acopio de valor, abro la puerta del baño y miro hacia fuera para ver a Archer inclinado de nuevo, encendiendo la leña. Joder, qué espectáculo es ese culo suyo.
—Eh, ¿Archer?
Su cabeza se gira de golpe. —¿Sí?
—¿Puedes, eh, ayudarme?
Se levanta inmediatamente, se sacude las manos en los pantalones del traje y se acerca. —Claro. ¿Qué necesitas? Debería haber un cepillo de dientes nuevo en el armario.
—En realidad, necesito que me bajes la cremallera.
Sus ojos recorren mi cuerpo con avidez y el calor parece encenderse en sus oscuras profundidades. A menos que sea solo mi imaginación hiperactiva, parece muy, muy interesado.
—Ah, claro. —Asiente con la cabeza y me hace un gesto para que me dé la vuelta.
Me giro, ofreciéndole mi espalda, y él agarra la cremallera y tira lentamente de ella hacia abajo.
Y algo se enciende dentro de mí. Sus nudillos cálidos y ligeramente ásperos me rozan la piel, como una ligera caricia que recorre mi espalda.
Un escalofrío me recorre el cuerpo y aprieto los ojos con fuerza, juntando los muslos.
Dios santo, este hombre tiene el poder de destrozarme. Todo tipo de pensamientos perversos empiezan a llenar mi cabeza. Como cómo sería tener a Archer como mi primer amante.
—Ya está. —Su voz suena más ronca de lo habitual y un latido lento y constante hace que mi coño palpite.
Tragando saliva, me vuelvo a girar, sujetándome el vestido contra el pecho para que no se abra y le ofrezca un espectáculo. Aunque estoy ligeramente tentada de dejar que se deslice un poco. Quizá dejarle echar un vistazo.
—Gracias —murmuro. Él asiente secamente, se da la vuelta y se va. Con un suave suspiro, me apoyo en el borde de la encimera.
Mis pensamientos se arremolinan mientras encuentro el cepillo de dientes nuevo junto con un poco de pasta. Archer es el hombre más delicioso que he visto en mi vida y estoy debatiendo qué hacer con esta situación.
Después de lavarme los dientes, encuentro un gel facial y me quito todo el maquillaje.
Se me ocurre tardíamente lo diferente que debo de parecer, porque esta noche me he esmerado con ojos ahumados, purpurina y labios rojos.
Ahora, me miro al espejo y siento que acabo de tirar la mayor parte de mi confianza por el desagüe.
¿Y si Archer ya no me encuentra atractiva?
Además, parezco mucho más joven con la cara limpia y fresca.
Oh, bueno. No hay mucho que pueda hacer al respecto.
Pero una cosa se ha arraigado firmemente en mi mente: estoy atrapada en esta cabaña durante los próximos días con el hombre más bueno que he conocido, que me provoca algo más que unas pocas mariposas. Más bien un millón.
Siento que es el momento adecuado para animar un poco las cosas. Y, sinceramente, ¿qué tengo que perder? ¿Aparte de mi virginidad? Mi vida ha sido aburrida y predecible durante tanto tiempo, y Archer me excita de una forma que Rendall nunca lo hizo.
Por supuesto, puede que no esté interesado. Eso sería trágico y sin duda destrozaría mi ego. Pero es un riesgo que estoy dispuesta a correr. Haciendo acopio de todo mi valor, tomo una decisión: voy a seducir a Archer.