Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 6 Archer
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6 Archer

ARCHER

El agua fluye suavemente en la fuente a mi lado y yo bajo la mirada hacia las dos copas de champán que sostengo y frunzo el ceño. Joder, qué pringado soy. Las dejo en una mesita cercana con demasiada fuerza y el cristal tintinea.

Molesto, me doy la vuelta y miro de nuevo hacia la fiesta. ¿Sigue ahí dentro? ¿Quizá en la pista de baile con una nueva pareja? Está claro que venir hasta aquí para encontrarse conmigo no era una prioridad para ella. Desde luego, yo he llegado puntualmente y más ansioso que un puto colegial.

Qué patético.

¿Está con otro?

Una extraña oleada de posesividad me inunda y no estoy acostumbrado a sentirme así. De hecho, no me gusta nada. Me invade el impulso de volver a entrar como una exhalación y buscarla, y doy un paso hacia la puerta cuando un sonido capta mi atención. Casi como un forcejeo.

—¡No! ¡Por favor! —grita una mujer.

Me giro bruscamente, entrecierro los ojos para ver a través de los árboles y distingo un destello rojo y blanco.

Sin lugar a dudas, sé que es mi Reina de Corazones...

y tengo el mal presentimiento de que está en apuros.

Echo a correr, me arranco el antifaz y lo tiro mientras corro hacia la parte trasera de la finca.

Tras abrir de un empujón la puerta trasera, salgo al callejón justo a tiempo de ver cómo meten bruscamente al objeto de mi deseo en un todoterreno negro.

Conmocionado, me tomo un momento para evaluar la situación mientras el coche arranca y huye en la noche. En una fracción de segundo, tomo la decisión de ir tras ellos. Aunque no sé quién es ni en qué lío puede estar metida, voy a averiguarlo.

No le he dejado el coche al aparcacoches porque no me fío de nadie y no me gusta esperar, sobre todo si necesito una huida rápida.

Como ahora. Por lo tanto, mi Dodge Challenger negro está aparcado muy cerca; cruzo la calle corriendo, me meto dentro y lo enciendo.

El motor ruge y meto la marcha. El humo sale de los neumáticos mientras giro el volante bruscamente y piso el acelerador a fondo.

Allá vamos.

No pienso permitir que se me escapen y doblo la esquina al final del callejón.

El tráfico es lo bastante denso como para ralentizar al otro coche, pero no tanto como para que nos quedemos parados.

Después de un minuto conduciendo como un maníaco, demasiado rápido, zigzagueando entre los otros coches, veo el todoterreno.

Me coloco detrás de otro coche, manteniéndome cerca, pero no de forma obvia. Los barrios parecen empeorar a medida que nos adentramos en la ciudad. En algún momento, algo sale despedido por la ventanilla del todoterreno y creo que podría ser el pequeño bolso que llevaba mi chica.

No hace falta ser un genio para darse cuenta de que esos cabrones han tirado su móvil y su documentación. Y eso no presagia nada bueno.

La sangre empieza a bombearme con más fuerza y la ira me recorre. Sé que está en apuros, pero ¿por qué? Todo mi ser se pone en modo protector y me niego a que le pase nada malo.

Mierda, ojalá supiera su nombre, ojalá supiera su historia.

La idea de que ya estuviera fuera esperándome hace que mi corazón se dispare.

Después de todo, no me ha dado plantón. No, mi pequeña morena ya estaba ahí fuera, junto a la fuente, esperando, ansiosa por verme de nuevo.

Pero entonces un par de gilipollas se la han llevado a rastras y han arruinado todos mis planes.

La pregunta es ¿por qué? ¿Qué está pasando?

Decidido a llegar al fondo del asunto, acelero, asegurándome de no perder mi presa.

Tras conducir un poco más, el todoterreno se detiene junto al bordillo en un barrio de mierda.

Paso de largo y doblo la esquina al final de la manzana.

Una vez que estoy fuera de su vista, aparco el coche, me estiro y abro la guantera.

Meto la mano y saco mi Glock 19. Nunca salgo de casa sin ella, y menos mal.

Salgo, cierro el coche con llave y troto de vuelta a la esquina de la manzana, usando las casas y los arbustos para cubrirme.

Mi atención se centra en cómo escoltan a mi chica a la fuerza por un sendero y la meten directamente en una casa destartalada.

Ya no lleva el antifaz y es aún más guapa de lo que imaginaba.

No se me escapa que deja caer su antifaz rojo en la acera.

Qué lista es. Está dejando una pista, una miga de pan, una petición de ayuda.

No sé quién es, pero sé que está en apuros y estoy a punto de tumbar a unos matones y rescatarla. Porque, oye, es lo que se me da bien: acabar con los malos.

Una vez que desaparecen de mi vista, cruzo a toda prisa los jardines vecinos y me dirijo al patio trasero. Voy a entrar por la puerta de atrás. Pero primero, me acerco sigilosamente a una ventana de aspecto mugriento y miro a través del cristal sucio.

Veo al trío atravesar el salón y desaparecer en otra habitación al otro lado de la casa.

Un plan empieza a formarse en mi cabeza mientras avanzo agachado hacia la parte trasera de la casa.

Aunque solo he visto a dos matones, eso no significa que no haya otro elemento ahí dentro al que tenga que neutralizar.

Con la guardia alta y la pistola en la mano, subo al desvencijado porche trasero y me dirijo sigilosamente a la puerta de atrás. Intento girar el pomo y, sorprendentemente, se abre. Mmm. No estoy seguro de si eso es bueno o malo, pero la empujo y me deslizo dentro.

Las voces llegan desde la habitación de la izquierda y avanzo sigilosamente, escuchando la conversación, captando fragmentos. Cuando estoy justo delante de la puerta, puedo oír con más claridad y, por un instante, aturdido, me quedo paralizado.

—Más te vale que tiembles, Carlotta, porque tengo planes para ti. Planes que no te van a gustar, pero que son necesarios para darle una lección a tu familia.

¿Carlotta? ¿Como en Carlotta Rossi?

Oh, joder... Estoy jodido por un montón de razones distintas.

—Mi familia no te ha hecho nada —dice, esforzándose por sonar valiente.

Me atrevo a mirar dentro de la habitación, a través de la puerta entreabierta, y veo a Carlotta sentada en una silla, con las muñecas atadas con bridas a los reposabrazos.

El puto de Carmine Gallo está de pie frente a ella, soltando sus amenazas, y los dos matones permanecen a un lado, ambos armados.

—No tienes ni idea de lo que dices —afirma Gallo con frialdad—.

Ellos son la razón por la que no me han invitado a unirme a las otras familias de la mafia, son la razón por la que me incluyeron en la Lista de Muerte y me persiguieron cazarrecompensas enloquecidos, y son la razón por la que mi mansión ardió hasta los cimientos. Me vengaré.

Dios, qué puto llorica. Estoy deseando hacerle daño.

—Voy a destruir a tu familia... empezando por ti —brama Gallo.

Se acabó. Ya he tenido bastante. Moviéndome más rápido de lo que esos dos matones con algo de sobrepeso son capaces de reaccionar, entro barriendo en la habitación, agachado y veloz, y le disparo una bala a cada esbirro. Caen antes de saber siquiera qué coño les ha alcanzado.

Mientras tanto, Gallo se tira al suelo para cubrirse y se arrastra a toda velocidad, desapareciendo en una habitación contigua. Tengo la fugaz oportunidad de dispararle en el culo, pero en lugar de eso me vuelvo hacia Carlotta.

—¿Estás bien? —pregunto, examinándola rápidamente. No parece herida y el alivio me inunda.

Me mira fijamente, boquiabierta, y parpadea.

—Tú… eres el de la fiesta —termina con voz débil, porque todavía no tiene ni idea de quién soy.

Asiento y entonces decido que debería ir a por Gallo.

—Espera un momento, cielo.

Irrumpo en la habitación contigua, esperando que sea un baño, y me doy cuenta de que es exactamente eso.

Solo que conecta con otra habitación y Gallo debe de haber huido por ella y escapado.

Aun así, me aseguro y lo sigo. La puerta trasera ahora está abierta de par en par, lo que confirma mi sospecha.

Da igual. Se lo haré saber a Miceli y alguien se encargará de Gallo muy pronto. Ese gilipollas acaba de firmar su propia sentencia de muerte al cruzarse de nuevo con la familia Rossi.

Una vez que hago un barrido más exhaustivo y me aseguro de que de verdad se ha ido, vuelvo con Carlotta. Me guardo la pistola en la parte trasera de la cinturilla del pantalón y saco el Ka-Bar que llevo metido en una funda en la bota.

—Quédate quieta —murmuro y corto las bridas, liberando sus delicadas muñecas. Me está mirando como si yo fuera un actor famoso y ella estuviera deslumbrada. Casi puedo ver los corazoncitos flotando en sus ojos mientras le ofrezco la mano.

—Tenemos que irnos —digo, y ella inmediatamente pone su pequeña mano en la mía. El hecho de que confíe en mí hace que saque un poco de pecho.

—¿Quién eres? —susurra.

Pero no respondo, simplemente tiro de ella para sacarla de la casa por la puerta principal.

—Vamos, he aparcado aquí abajo —le digo. Una vez que llegamos a mi Challenger, le quito el seguro y le abro la puerta del copiloto—. Sube y llamemos a tu hermano.

Después de que ella se mete dentro, cierro la puerta y doy la vuelta. Ya en el asiento del conductor, saco el móvil. Ella se estira y me pone una mano en el brazo.

—¿Quién eres? —pregunta de nuevo.

—Archer —le digo. El reconocimiento brilla en sus ojos, aunque nos acabamos de conocer esta noche. Debe de haber oído mi nombre antes, probablemente de boca de Miceli.

—Ah —resuella.

Mientras ella asimila mi revelación, busco el número de Miceli y le doy a llamar, asegurándome de poner el manos libres para que Carlotta también pueda oír la conversación.

—Rossi —responde al instante.

—Acabo de rescatar a su hermana de las garras de Gallo —digo y procedo a contarle la historia de lo que ha pasado. Bueno, la parte de su secuestro en la fiesta de máscaras, no la de cómo le he provocado un orgasmo con los dedos.

Miceli está cabreadísimo, tal y como sabía que estaría, y Carlotta le asegura que está bien.

—Gallo ha dicho que va a destruir a nuestra familia, Miceli —le dice Carlotta, inclinándose hacia delante, retorciéndose las manos en las faldas—. No estoy segura de lo que me habría hecho en realidad...

—Iba a matarte —la interrumpo, siendo directo, necesitando que ambos comprendan la gravedad de la situación—. No te engañes pensando lo contrario ni dudes de él. He oído la ira en su voz. No se anda con hostias y sus dos hombres estaban armados. Creo que hay que llevar a Carlotta a un lugar seguro.

La miro de reojo y la expresión de su cara es completamente indescifrable.

—¿Tiene un sitio? —pregunta Miceli.

—Sí. Un lugar fuera del radar que nadie conoce.

—De acuerdo, llévela allí y yo voy a hablar con Gallo.

¿Hablar o encargarse de él?, me pregunto.

Pero no lo pregunto en voz alta. No estoy seguro de cuánto sabe Carlotta sobre lo que ha hecho su hermano mayor, hasta dónde ha llegado para proteger a la gente que quiere.

Sin embargo, tengo la sensación de que pronto llegará el momento en que le arrancarán las gafas de color de rosa. Le guste o no.

Porque no somos un grupo de hombres buenos. Miceli y sus hermanos harán lo que sea para proteger a la gente que les importa y da igual cuántos cadáveres aparezcan para conseguirlo. Y yo soy el tipo que les ayudará a encargarse del asunto.

De hecho, mataré a quien sea necesario si el pago o la motivación son los adecuados. Perdí la conciencia hace mucho tiempo.

Después de tantos años en equipos de operaciones encubiertas realizando misiones secretas y letales, apretar el gatillo y neutralizar objetivos ya no me afecta. Supongo que le hago un favor al mundo eliminando a la escoria, a los cabrones y a los malos.

—¿Tengo yo algo que decir en todo esto? —pregunta Carlotta.

—No —respondemos Miceli y yo al mismo tiempo.

Ella suelta un bufido de frustración y luego nos recuerda fríamente que no tiene ropa y que lleva un vestido de gala.

—Yo tengo cosas —digo con voz ronca. Aunque mi mente sucia ya se está imaginando qué turgentes encantos se podrían esconder bajo ese vestido y deseando que pudiera estar simplemente desnuda.

—Ya, pero quiero mis cosas —insiste.

—Lottie, por favor, vete con Archer. Te mantendrá a salvo y fuera del radar mientras yo me ocupo de Gallo. Solo será por un par de días. Tres como mucho. ¿Puedes hacer eso por mí?

Carlotta suspira.

—Sí —acepta finalmente, y yo frunzo el ceño.

¿Cuál es el problema? Unos días alejada de todo conmigo no la van a matar. Además, creía que le gustaba. Bueno, supongo que sí, antes de que supiera mi identidad.

Tras asegurarle a Miceli que la mantendré sana y salva en un lugar remoto, cuelgo la llamada y arranco el coche.

Tengo una cabaña en el norte del estado de Nueva York que será perfecta para refugiarnos un tiempo.

No es nada del otro mundo, solo una vieja cabaña de caza rodeada de bosque, pero no necesita el Ritz-Carlton.

Solo un lugar tranquilo donde estar, lejos de los peligros de la ciudad de Nueva York y de Carmine Gallo.

Aprieto con fuerza el volante, giro hacia la autopista e intento no aspirar su dulce olor a caramelo. Porque ahora que sé quién es —Carlotta Rossi—, sé que está prohibida.

Solo espero que mi polla entienda que tiene que quedarse en los pantalones.