5 Carlotta
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CARLOTTA
Cinco minutos antes...
Se me da vueltas la cabeza y no es por el champán. No sé muy bien cómo explicar lo que ha pasado hace casi media hora y todavía estoy un poco en shock, y vibrando, por el completo desconocido que me ha provocado un orgasmo.
¿Pero qué demonios me pasa? Nunca antes había hecho nada tan imprudente...
ni tan excitante. Un pequeño escalofrío de emoción me recorre mientras salgo al patio trasero.
Toda la zona está rodeada de árboles, flores y plantas.
En el centro de todo está la fuente. Hay guirnaldas de luces por todas partes y parece que acabo de entrar en un mágico mundo de hadas.
Sé que llego cinco minutos antes, pero no puedo evitarlo.
Nunca he estado tan emocionada por ver a alguien y me muero de ganas por desenmascarar a mi hombre esqueleto y descubrir su verdadera identidad.
Antes he tenido la sensación de que algo increíble iba a pasar esta noche y, hasta ahora, la velada ha superado mis expectativas de todas las formas posibles.
Imaginando los ojos castaños oscuros de aquel guapo desconocido, tan expresivos y misteriosos, me acerco y me quedo mirando el agua que cae en el estanque.
Llena el aire con un suave murmullo. Es relajante, casi hipnótico, y suspiro suavemente mientras una brisa me roza la cara, agitando ligeramente mis faldas.
No hay nadie aquí fuera, ya que el baile de máscaras está en pleno apogeo.
Además, hace un poco de frío y me froto los brazos, perdida en mis pensamientos.
Todavía no me puedo creer lo desinhibida que he sido, cómo he permitido que un completo desconocido me besara y me tocara de una forma tan íntima.
Ese ha sido mi primer orgasmo oficial provocado por un hombre y ha sido jodidamente bueno.
No me puedo creer lo que me he estado perdiendo todos estos años.
Ha sido mucho mejor que los que me he dado a mí misma, eso desde luego.
Aunque salí con Rendall unos meses, nunca le dejé tocarme así.
Nos besábamos, claro, pero aparte de algunos besos y tocamientos superficiales, lo mantuve a distancia.
Nunca me metió una mano en las bragas ni me comió el coño hasta llevarme al más dulce de los olvidos como mi hombre enmascarado.
Podría haberlo intentado, pero nunca le di la oportunidad.
Creo que, en el fondo, sabía que no era trigo limpio y que me engañaría.
Así que siempre estuve recelosa, con la guardia alta, y nunca me permití confiar plenamente en él.
Por lo tanto, por supuesto, tampoco tuve demasiada intimidad con él.
Y menos mal. Aunque me hirió los sentimientos, no quedé devastada ni destrozada por su infidelidad. Tristemente, me lo esperaba. Había algo en él que me daba mala espina y no me permitía acercarme demasiado.
Mi subconsciente debió de saber que era un capullo infiel antes que mi mente consciente.
Sea como fuere, lo superé más fácilmente de lo que quizá debería haberlo hecho. Pero como fue una experiencia tan mala, me retiré del mundo de las citas y no me he permitido involucrarme demasiado con nadie más desde entonces.
Después de nuestro tórrido encuentro en la sala de conferencias, desde luego que quiero involucrarme más con mi hombre enmascarado.
Insisto, no se parece en nada a mí hacer algo así.
Pero quizá sea algo bueno y exactamente lo que necesito en mi vida.
Arriesgarme, jugármela y conocer a alguien...
Necesito mandar la prudencia a paseo y tirarme a la piscina.
Se acabó el reprimirme y se acabó el miedo.
Prometiéndome a mí misma aprovechar esta oportunidad, agarrarla sin dudarlo, aparto cualquier duda persistente y decido correr el mayor riesgo de mi vida.
Voy a abrirme a un hombre sin tener en cuenta las posibles repercusiones. Con suerte, él corresponderá y esto será el comienzo de algo maravilloso.
Si no, bueno, significará otro desengaño amoroso para mí.
Sé positiva, me digo, sacudiéndome las dudas perpetuas que siempre parecen acosarme.
Ya casi es la hora y siento un cosquilleo en el estómago por los nervios y la emoción. O quizá son las últimas ondas del increíble orgasmo que me ha provocado.
Estoy tan ensimismada en mis pensamientos que no me doy cuenta de las dos grandes sombras que aparecen desde el extremo del jardín.
No hasta que están prácticamente sobre mí.
Sin previo aviso, dos hombres enmascarados aparecen a cada lado y me dan un susto de muerte.
Me digo a mí misma que me relaje —al fin y al cabo, esto es un baile de máscaras— y decido rodear la fuente.
Sin embargo, antes de que pueda hacerlo, unas manos firmes me agarran de los codos y me giran hacia la zona trasera, donde una verja conduce al callejón. Conmocionada, intento liberarme e intento gritar, pero mis gritos son ahogados cuando una mano grande y carnosa me tapa la boca.
—Estese quieta o le haré daño —amenaza el hombre con la máscara de bufón, con voz baja y aterradora.
El otro hombre lleva una máscara de fantasma y tira de mí, con un agarre brutal. Forcejeo, intentando zafarme, haciendo cualquier cosa para liberarme de sus férreos agarres, pero es inútil.
El miedo me golpea mientras me llevan a toda prisa por el patio, lejos del hotel y de la multitud de invitados, y directamente a un todoterreno con los cristales tintados de negro que nos esperaba.
Con el corazón en un puño, me resisto con más fuerza e intento pedir ayuda a gritos, pero son demasiado fuertes y rápidos.
Mientras uno de los hombres abre la puerta trasera, intento zafarme y grito:
—¡No! ¡Por favor!
Antes de darme cuenta, me lanzan al asiento trasero y los cerrojos se cierran. Abro los ojos de par en par mientras me incorporo y hago todo lo posible por no entrar en pánico. ¿Quiénes son estos hombres? ¿Qué está pasando? ¿Por qué me quieren a mí?
No tengo ni idea de qué demonios está pasando ni de por qué me han secuestrado.
Y tengo la sensación de que no van a responder a ninguna de mis preguntas.
Aun así, intento conseguir algunas respuestas.
También me consuela el hecho de que tengo el móvil guardado en mi bolso de mano.
Meto una mano en mi pequeño bolso rojo y negro, agarro el móvil con los dedos y lo saco lentamente.
—¿Adónde vamos? —pregunto. Mi atención se desvía hacia la pantalla y busco el nombre de Miceli.
Estoy en un todoterreno negro —le escribo—. Dos hombres me han sacado a rastras de la fiesta. No tengo ni idea de adónde me llevan... Tengo miedo.
Mi dedo pulsa «enviar» y vuelvo a meter el móvil discretamente en el bolso. Aunque estoy asustada, también estoy enfadada. Estos gilipollas me acaban de obligar a irme de la fiesta antes de que pudiera reunirme con mi hombre misterioso en el que no puedo dejar de pensar.
—¿Adónde? —exijo, desatándome el antifaz y escondiéndolo entre los pliegues de mi voluminosa falda. Jester echa un vistazo por encima del hombro y me fulmina con la mirada.
—Cállate —espeta—. Ya te enterarás.
Cierro la boca de golpe y dirijo la atención a la ventanilla, observando el paisaje que pasa, intentando hacerme una idea de mi ubicación y, lo que es más importante, de mi destino. Con suerte, podré enviarle otro mensaje a Miceli.
Hablando de eso, mi móvil vibra y la cabeza de Jester se gira bruscamente.
—¿Qué ha sido eso?
Oh, mierda. Dios, debe de tener un oído supersónico o algo.
Se da la vuelta por completo y centra la mirada en el bolso de mano que tengo escondido bajo el vestido. —La zorra tiene un móvil —gruñe, y luego se estira por encima del asiento y me arranca el bolso de mano de un tirón. El horror me inunda cuando baja la ventanilla y lo tira a la calle.
Se me encoge el corazón. Mierda, mierda, mierda.
Me pregunto qué me habrá escrito Miceli y ahora estoy empezando a entrar en pánico.
No estoy acostumbrada al peligro ni a ningún tipo de emoción.
Mis hermanos y sus parejas son los que viven el amor y la aventura, no yo.
Mi vida es aburrida, predecible y, desde luego, nada romántica en ningún sentido.
Pero es innegable que ahora mismo estoy en un grave aprieto. Cuanto más lo pienso, más miedo me entra. No tengo ni idea de lo que está pasando y nadie que pudiera salvarme tiene la menor idea de adónde me llevan estos matones, ni siquiera yo.
Entonces, ¿cómo va a venir nadie a rescatarme?, me pregunto con cierta desesperación.
No van a venir, afirma una vocecita.
Inspiro hondo y me obligo a calmarme, a afrontar la situación de cara y a pensar con lógica. Vale, una cosa queda clara rápidamente: voy a tener que rescatarme a mí misma. De un modo u otro, voy a tener que sacar fuerzas de flaqueza y ser lista. No hay tiempo para hacerse la damisela en apuros.
Sacando a relucir mi lado más duro, presto mucha atención a mi entorno y me doy cuenta de que nos dirigimos a una mala zona de la ciudad.
No hay mucha gente en las calles y los que veo parecen drogadictos y vagabundos.
Tengo la sensación de que tienen sus propios problemas y no puedo contar con que den un paso al frente para ayudarme a luchar contra mis secuestradores.
De todas formas, probablemente estén demasiado colocados para ayudarme.
Casi mejor, Lottie, me digo a mí misma. Puedo con esto. De alguna manera.
Aunque intento mantener la calma, el pulso me late tan fuerte y rápido que estoy sudando la gota gorda.
¿Cómo es posible que las cosas hayan dado un giro tan drástico en tan poco tiempo?
Hace un segundo estaba besando a mi guapísimo hombre enmascarado y ahora un par de matones me están llevando a saber dónde.
Quizá lo peor es que nunca descubriré quién era ni lo volveré a ver.
Como estos idiotas me han sacado de allí a rastras, nunca encontraré a mi misterioso desconocido y él va a pensar que le he dado plantón al no presentarme en la fuente para nuestra cita.
Eso duele mucho más de lo que probablemente debería.
Concéntrate, me regaño.
No es momento de pensar en lo que podría haber sido. Es momento de dar la cara y escapar. Ya tendré tiempo de compadecerme de mí misma más tarde.
Finalmente, el todoterreno se detiene frente a una casa en ruinas. Después de aparcar junto a la acera, Jester y Ghost se bajan, se acercan y me abren la puerta.
—Fuera —espeta Jester, y lo fulmino con la mirada mientras me deslizo fuera del coche.
Me agarra de la parte superior del brazo, me gira hacia la casa ruinosa y empieza a arrastrarme por el irregular camino de entrada.
Está hecho de hormigón roto con malas hierbas que brotan por las grietas, un auténtico peligro de tropiezos.
A mitad de camino hacia la casa, dejo caer con indiferencia mi antifaz, todavía escondido entre mis voluminosas faldas, y elevo una plegaria silenciosa.
Si mis hermanos consiguen averiguar de algún modo dónde estoy, quizá vean mi antifaz tirado en la acera. Probablemente sea una posibilidad remota, pero siempre existe. Y ahora mismo, necesito que la suerte esté de mi lado y mantenerme positiva.
La casa es oscura y de aspecto sucio, con varias ventanas tapiadas.
Está claramente abandonada, quizá incluso sea una narcocasa, y entrecierro los ojos en la penumbra, mientras se me van acostumbrando lentamente.
Entramos y un olor a humedad flota en el aire; arrugo la nariz.
También percibo el desagradable hedor de algo que lleva tiempo en descomposición.
Probablemente un ratón o una rata perdidos en las paredes o bajo las tablas inclinadas del suelo.
Los matones me llevan a una habitación lateral en la primera planta y Ghost me empuja para sentarme en una silla de madera.
Jester me ata las manos a los brazos de la silla con bridas de plástico e intento que el pánico no me consuma.
Obligándome a mantener la calma y el control, lista para aprovechar cualquier oportunidad de escapar que pudiera presentarse, me concentro en sosegar y ralentizar mi respiración.
—Le haré saber a Gallo que estamos aquí —dice Ghostface y se va.
Se me cae el alma a los pies. Debería haber sabido que Carmine Gallo estaba detrás de esto, pero no até cabos.
Miceli y mis hermanos nos habían advertido a todos sobre Gallo, y después de los tratos de Angelo y Blake con ese hombre y de que su mansión se incendiara, debería haber estado más alerta. Haber sido más cuidadosa.
Pero no, estaba demasiado consumida por la lujuria por un hombre del que ni siquiera sé el nombre y al que nunca volveré a ver.
Qué estúpida, Lottie, me regaño, tirando de las bridas. Tenía tantas ganas de enamorarme que no estaba prestando suficiente atención a mi entorno. Aunque, para ser justos, no esperaba que me secuestraran en el hotel cuando había tanta gente alrededor.
Pero no fuera, me recuerdo. Por un brevísimo instante, me pregunto si el desconocido enmascarado era parte de mi secuestro.
¿Me atrajo a propósito al exterior y me alejó del resto de los invitados?
Supongo que es una posibilidad, pero en la que no quiero pensar demasiado.
Porque, por un momento, me permití volver a confiar en un hombre, y si él es la razón de mi situación actual, no creo que pueda volver a confiar en nadie nunca más.
—Vaya, vaya, vaya, si es Carlotta Rossi —dice Gallo, entrando en la habitación. Tiene un aire tan malditamente engreído que me dan ganas de darle un puñetazo.
—¿Está loco? ¡No puede secuestrarme sin más! —exclamo.
—¿En serio? Pues creo que acabo de hacerlo —afirma con arrogancia.
Se me acerca, me coge de la barbilla y me la levanta bruscamente, obligándome a mirarle la cara carnosa, desfigurada por la ira.
Apretando los dientes, le devuelvo la mirada con todo el desafío que soy capaz de reunir, pero un miedo gélido me recorre las venas.
Tiene una mirada de loco, con los ojos desorbitados, que me provoca un escalofrío.
—Será mejor que tiemble, Carlotta, porque tengo planes para usted. Planes que no le gustarán, pero son cosas que hay que hacer para darle una lección a su familia.
—Mi familia no le ha hecho nada —le digo.
—Qué ingenua. No tiene ni idea de lo que está diciendo.
Ellos son la razón por la que no me han invitado a unirme a las otras familias de la mafia, son la razón por la que me pusieron en la lista de objetivos y me persiguieron cazarrecompensas enloquecidos, y son la razón por la que mi mansión se quemó hasta los cimientos. Me vengaré —escupe con rabia.
Me retuerzo en la silla y él me gira la cara bruscamente hacia un lado.
—Voy a destruir a su familia... empezando por usted.
Oh, Dios mío. Hago todo lo posible por no mostrar miedo, pero cada vez es más difícil. Miceli sabe que estoy en apuros, pero ¿cómo va a encontrarme? Ese capullo tiró mi móvil por la ventanilla del coche.
Gallo está trastornado. Tengo que escapar rápido y sé que el tiempo es oro.
Pero ¿cómo?
Estás sola, Lottie. Es hora de que te las apañes.