4 Archer
ARCHER
Al hacer girar a mi Reina de Corazones por la pista de baile, no puedo apartar la mirada de sus preciosos ojos color moca. Hay tanto misterio en esas profundidades de chocolate y, en lugar de hacernos un millón de preguntas, permanecemos en silencio, atrapados en el momento y deleitándonos.
Hay algo en ella que me intriga como ninguna otra mujer lo ha hecho en mucho tiempo.
Joder, puede que nunca, si soy sincero. Por supuesto, me atraen su sonrisa amable y sus bonitos ojos, pero lleva un antifaz.
Ni siquiera puedo verle la cara por completo, pero ¿a quién quiero engañar?
Sé que es preciosa debajo de ese antifaz y huele al postre más dulce.
Como una especie de flor espolvoreada de azúcar.
Y la forma en que el vestido le realza los pechos llenos y se le ciñe con fuerza para acentuarle su diminuta cintura está haciendo que mi cuerpo reaccione.
Me regaño mentalmente para que mantenga la compostura y no parezca un baboso que restriega su erección contra ella.
No es que no haya visto nunca a una mujer guapa o que no haya estado cerca de una.
Pero, bueno, ha pasado tiempo desde que me he permitido un capricho y esta encantadora mujer está haciendo que desee cosas.
Cosas sexuales. Sin embargo, por mi experiencia, cuanto más guapa es una mujer, más problemas da después.
Así que, sí, que esta belleza tenga toda mi atención ahora mismo no significa que no vaya a resultar ser un grano en el culo.
Es una de las razones por las que no le estoy dando conversación.
Solo quiero disfrutar del momento en que somos extraños y no sabemos nada el uno del otro.
Me gusta el misterio. La atracción también es innegable, ardiente como el infierno, y en cuanto termina la canción, la cojo de la mano y la saco de la pista de baile haciéndola girar.
Privacidad. Necesito llevármela a algún sitio donde no nos molesten porque me muero por saber si sus suaves labios rosados saben tan dulces como huele.
Estoy dispuesto a apostar que sí. Guiándola lejos de la multitud, me dirijo por un pasillo tranquilo que sale del salón de baile principal y abro la primera puerta que veo.
Vacía. Parece una especie de sala de reuniones porque hay una mesa larga y unas diez sillas a su alrededor.
Tras cerrar la puerta, me vuelvo hacia mi dama de corazones rojos y la atraigo de nuevo a mis brazos.
Esta vez no hay música. Solo el estruendo de nuestros corazones mientras le trazo el labio inferior con el pulgar.
—Eres increíblemente guapa —susurro.
—Llevo un antifaz. —Su tono es seco, pero también un poco incrédulo.
¿Cómo puede no creerme? Tiene que saber lo jodidamente despampanante que es, ¿no? A menos que...
Bueno, si no lo sabe, entonces esta mujer es un hallazgo excepcional. Ni una pizca de ego. Eso me hace pensar que alguien la ha herido, la ha hecho sentir indigna, y quizá su autoestima se ha resentido y ha recibido algún que otro golpe.
Quiero saber quién la ha herido para poder machacarlo. Y lo haría sin pensármelo dos veces. Porque esta reina nunca debería dudar de sí misma. Es jodidamente magnífica.
Sus labios se entreabren ligeramente y puedo ver el pulso latiéndole con fuerza en el hueco de la garganta.
Sus pechos suben y bajan más rápido mientras acorto la distancia entre nosotros, bajo la cara y atrapo su boca en un beso.
Con un suave suspiro, se inclina más hacia mí, y desearía poder sentir mejor su cuerpo contra el mío.
Pero todas esas faldas largas, voluminosas y malditas están en medio.
Al principio, el beso es lento y suave. Una presentación.
Pero en el momento en que ella abre la boca en señal de invitación y gime pidiendo más, se lo doy sin dudarlo.
Mi lengua se desliza en su boca y toma el control.
Explorándolo todo. Cada recoveco y esquina, cada lugar blando.
Profundizo el beso y nuestras bocas se funden.
Sus manos se envuelven en mi nuca y sus uñas rozan ligeramente la piel de allí.
Emite una especie de suave ronroneo y es increíblemente sexy.
Estamos tan absortos el uno en el otro que me olvido de los antifaces.
No estorban demasiado, pero no creo que ninguno de los dos esté preparado para quitárselos todavía.
Hay algo en permanecer anónimos, en no saber nuestros nombres, en ver solo una parte de nuestros rostros, en seguir siendo dos desconocidos que se sienten atraídos el uno por el otro y se están liando que resulta excitante a más no poder.
La lujuria me alimenta y la cojo por su pequeña cintura, la levanto y la siento sobre el tablero de madera de la mesa.
Es liso, de un bonito color cerezo pulido, y avanzo entre sus piernas, sin dejar de besarla.
Nuestras bocas se han vuelto más frenéticas: besos profundos, húmedos y necesitados que me tienen excitado y con un dolor sordo.
Apoyo las palmas de las manos en la superficie de la mesa, sin fiarme de tocarlas a ella, y la devoro. Pero la necesidad de tocarla se vuelve abrumadora rápidamente y muevo las manos a sus muslos. Agarrando con los dedos las faldas de raso, las subo lentamente para revelar sus esbeltas piernas.
Su piel es tan suave, como el terciopelo, y curvo las manos alrededor de sus muslos, las deslizo hacia arriba y le agarro el culo, atrayéndola hacia el borde de la mesa.
Un paso adelante y mi polla dolorida se encuentra con sus bragas de raso y, joder, qué bien.
Qué jodidamente bien. Ella mueve las caderas y yo me froto contra ella, sujetándola con fuerza, creando una fricción que nos hace jadear a los dos por más.
No estoy seguro de adónde va a parar esto exactamente, y no es que lleve un condón en el bolsillo de la chaqueta.
Normalmente no me lío a besos con completas desconocidas, pero, joder, siento que esta mujer es más que una simple desconocida.
Hay algo en ella que me resulta casi familiar.
Estoy seguro de que son gilipolleces y solo mis hormonas hablando, pero qué más da.
Voy a restregarme contra ella hasta que no pueda más.
Hasta que esté a punto de correrme. Porque la alternativa es dejarla marchar y todavía no estoy preparado para eso.
Sin embargo, que no pueda deslizar mi polla dolorida dentro de ella no significa que no pueda darle más placer.
Le suelto el culo respingón y rodeo sus muslos con mis manos, separándolos más.
Luego, deslizo una mano entre sus piernas y le toco el centro de las bragas.
Un pequeño jadeo se le escapa y se tensa brevemente, pero luego se relaja.
Le paso un dedo por su rajita cubierta de raso. Joder, está empapada.
Una pura satisfacción masculina hace que se me hinche un poco el pecho y aparto la tela empapada y toco sus pliegues mojados, sin dejar de acariciarla.
Sus respiraciones son ahora entrecortadas y rápidas y, cuando hundo un dedo en su coño mojado, sus músculos internos se contraen y sus caderas empiezan a moverse contra mi mano.
—¿Te gusta? —pregunto con voz ronca, y ella emite un sonido incoherente cuando añado otro dedo y los muevo como unas tijeras—. Joder, estás apretada, preciosa. Muy apretada y muy húmeda.
Empiezo a besarle un lado del cuello y ella echa la cabeza hacia atrás con un gemidito. Es tan receptiva que me está encantando. Intenta juntar las piernas, pero se las abro con la rodilla, forzándolas a separarse más.
—No es momento de ser tímida ahora, mi bella enmascarada. Coge lo que necesites. Cabalga mi mano hasta que te corras —la animo.
Nuestras miradas se conectan y sus caderas empiezan a moverse más rápido mientras meto y saco los dedos.
—Oh, Dios —resuella, clavándome las uñas en los brazos. Se aferra a mí como si le fuera la vida en ello.
Hundo los dedos un poco más, luego unto el pulgar en sus jugos y rodeo su clítoris. Con la cantidad justa de presión, se quiebra en mis brazos y un suave grito brota de esos bonitos labios rojos.
Con los dedos todavía dentro de su resbaladizo canal, siento sus músculos contraerse y la beso con fuerza.
Unos golpes repentinos en la puerta nos sobresaltan a ambos y nos separamos de un respingo.
La neblina roja de la lujuria se disipa rápidamente mientras me enderezo, bajándole el vestido con una mano y lamiéndome los dedos para limpiarlos.
Ella salta de la mesa justo cuando la puerta se abre y aparece un hombre con una máscara de diablo. —Vaya, lo siento —dice—. No me había dado cuenta de que había alguien aquí.
Sale a toda prisa, arrastrando a una mujer enmascarada que no para de reír, y yo dejo escapar un suspiro antes de volverme hacia mi Reina de Corazones.
De repente, estoy desesperado por saber su nombre.
Me inunda el ansia por saberlo todo sobre ella, pero también tengo que hacer lo que he venido a hacer: reunirme con mi posible nuevo cliente y vigilar a la familia Rossi.
Hasta ahora, he estado un poco distraído.
—Tengo un par de cosas que hacer —le digo, echando un vistazo al reloj. Joder, ¿cómo ha pasado ya una hora? Reticente a dejarla marchar, le cojo la mano—. No te irás pronto, ¿verdad?
—No —susurra.
—Bien. Nos vemos fuera, en la fuente, dentro de media hora, ¿vale?
Ella asiente. —Vale.
Le doy un beso en los nudillos.
—¿Cómo te llamas? —pregunta en voz baja, ladeando la cabeza. Unos grandes rizos oscuros le caen sobre el hombro y una nueva oleada de necesidad me recorre.
—Te lo diré en la fuente —prometo, reprimiendo mi deseo.
Aunque no quiero, le suelto la mano, me doy la vuelta y me alejo de la distracción más hermosa con la que he tenido la suerte de encontrarme.
Al llegar a la puerta, miro por encima del hombro y la veo arreglándose el antifaz, que está un poco torcido—. Media hora.
—De acuerdo.
Con un firme asentimiento, salgo, aunque me duela.
Y, sí, estoy muy incómodo, así que lo primero que hago es ir directo al baño de hombres y poner mi polla bajo cierto control.
Lo último que quiero es volver a la fiesta con una erección del tamaño de Texas.
Tras evocar los pensamientos más desagradables y menos sexis posibles, mi polla se calma.
Después de lavarme las manos, me ajusto la máscara de esqueleto y salgo a buscar a Derek Travers, que me pidió ayuda.
Dependiendo de cómo lo cale y de las vibraciones que transmita, decidiré si lo acepto como cliente y lo ayudo o no.
Se me da bien calar a la gente y no me gusta perder el tiempo con gilipollas.
Con la idea de reunirme con mi abrasadora Reina de Corazones en menos de media hora, busco a Travers y acabamos teniendo una buena conversación. Es un exmilitar y va directo al grano. Un tipo sin rodeos. Repasamos los detalles de lo que necesita y acepto ayudarlo.
Vale, una cosa hecha y otra pendiente. Recorro la multitud con la mirada en busca de Miceli Rossi y lo localizo junto a su mujer cerca de la mesa de los postres donde me encontré antes con mi mujer misteriosa. También sigo buscando a mi mujer por el salón de baile, pero no la veo por ninguna parte.
Una punzada de decepción me invade, pero la aparto, me acerco y saludo a Miceli.
Me gusta contar con su favor por varias razones y mantener una relación sana y comunicativa es mutuamente beneficioso para los dos.
No comparto mucho con él en el plano personal, pero así soy yo.
Mientras que él es más un libro abierto, yo soy definitivamente el libro cerrado.
Abrirme no es algo que sepa hacer. Probablemente por eso todavía no le he revelado mi nombre a mi mujer misteriosa.
Pero se lo voy a decir en la fuente. De hecho, una parte de mí también está deseando descubrir su nombre.
Lo cual es extraño, porque normalmente no me importa.
Me he acostado con mujeres sin saber sus nombres.
Ni siquiera me he molestado en preguntar.
¿Para qué, la verdad? No tengo relaciones y siempre lo dejo perfectamente claro desde el principio.
Soy un solitario. Entregar más de una noche o dos de mí mismo a una mujer es algo sin precedentes… e imposible.
Sin embargo, por alguna razón inexplicable, estoy absolutamente fascinado por una completa desconocida.
Es surrealista y me está costando un poco asimilarlo.
Normalmente soy un tipo sensato que no suele andar con la cabeza en las nubes, suspirando por una mujer en particular.
Claro que han pasado unos meses desde la última vez que he tenido acción, así que podría ser eso.
O tal vez sea porque es la criatura más encantadora que he conocido jamás y me intriga como ninguna otra.
La atracción instantánea es una locura y no se parece a nada que haya experimentado antes, y necesito saber más sobre ella.
Miceli y yo hablamos de Carmine Gallo, que se está convirtiendo en una amenaza cada vez mayor. No paro de mirar el reloj, contando los segundos, y él se da cuenta.
—¿Lo estoy entreteniendo de algo? —pregunta Miceli.
Niego con la cabeza. —Disculpe. Es solo que estoy un poco distraído esta noche.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudar?
—No, es solo una reunión que tengo en breve. Pero gracias.
—Bueno, no deje que lo entretenga. Si se entera de algo más sobre Gallo, hágamelo saber.
—Lo haré.
Tras un rápido asentimiento a él y a Alessia, cojo dos copas de champán de un camarero que pasa y me dirijo hacia las grandes puertas traseras que dan a un patio ajardinado con una gran fuente y un montón de rincones privados para intimar.
Llego justo a tiempo y cuento con impaciencia los segundos y la distancia que nos separan. Estoy listo para desenmascararla, compartir un poco de champán y hablar bajo las estrellas. Pero cuando salgo al espacioso patio de adoquines, mi mirada se clava en la fuente.
Ella no está allí.
La decepción me inunda y miro el reloj por centésima vez. Han pasado más de treinta minutos y no está aquí.
Vale, relájate, me digo. Te estás comportando como un puto acosador. Dale un minuto a la mujer.
Lo más probable es que se haya entretenido con algún invitado de la fiesta. Aun así, estoy decepcionado, porque he venido corriendo para verla y no hay ni rastro de ella. Quizá he malinterpretado nuestra química. No sé, parecía gustarle correrse en mi mano.
¿Soy solo un tonto que ha caído bajo su hechizo? Eso solo me ha pasado una vez y no acabó bien. Soy un hombre peligroso y amarme solo puede llevar a la ruina…, como le pasó a Caitlin.
Quizá sea mejor que no vuelva a ver a mi Reina de Corazones. Por su propia seguridad.
Y, joder, por mi propia cordura, porque me tiene loco.