Suyo para Siempre (Capos de la Mafia 5) 3 Carlotta
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3 Carlotta

CARLOTTA

Mis cuñadas han convencido a todos mis hermanos para que se vistan de etiqueta —no es que haya hecho falta insistir mucho, porque son unos calzonazos— y las chicas se han pasado las dos últimas horas maquillándose, peinándose y eligiendo accesorios las unas a las otras.

Me han prestado muchísima atención y me parece adorable que estén tan empeñadas en encontrarme un hombre esta noche.

Y tampoco voy a fingir que me da igual, porque llevo todo el día con un nudo de nervios en el estómago.

No sé por qué exactamente, pero tengo el extraño presentimiento de que podría conocer a alguien especial.

Por supuesto, no quiero hacerme demasiadas ilusiones y que luego todo se venga abajo si no conozco a nadie y vuelvo a casa sola.

Sin embargo, estoy muy esperanzada y tengo un buen presentimiento como no lo había tenido en muchísimo tiempo.

Ni siquiera recuerdo la última vez que me hizo tanta ilusión salir.

Quizá sea porque voy a ponerme un vestido grande y precioso o porque voy a poder esconderme detrás de un antifaz y la velada que se avecina tiene un gran elemento de misterio. Sea lo que sea, estoy lista.

Aunque Miceli y Enzo ya han asistido a esta fiesta benéfica de máscaras en años anteriores, el resto de nosotros no, así que debería ser una noche divertida.

—Vaya —murmura Hannah, dando un paso atrás y mirándome de arriba abajo. Acaba de ajustarme un lazo rojo del vestido—. Estás deslumbrante, Lottie.

Un rubor de agradecimiento me calienta la cara. —Tú también —digo—. Todas lo estáis. No me explico cómo mis hermanos se las apañaron para pescar a las mujeres más guapas de Nueva York.

Alessia ladea la cabeza y sonríe. —¿Tienen suerte, a que sí?

Todas las chicas asienten con una sonrisa y vuelven a centrarse en mí.

—Y tú estás más que increíble —afirma Alessia—. Creo que todos los ojos masculinos van a estar puestos en la Reina de Corazones esta noche.

—Gracias, pero no voy a hacerme ilusiones —les digo—. Bueno, quizá solo un poquito.

—Vas a ser un éxito —predice Gabriella, y Blake asiente animosamente, lanzándome un guiño.

Eso espero.

Una vez que hemos terminado de arreglarnos, salimos todas al salón y los hombres silban y expresan su admiración.

—Qué guapa estás, Lottie —dice Angelo, y el resto de mis hermanos asienten.

—No te separes de nosotros —ordena Miceli, mirándome con el ceño fruncido.

—¿Por qué? —pregunto.

—Porque me da que voy a tener que espantar a los tíos a palos para mantenerlos alejados de ti.

—Ella no quiere mantenerlos alejados —le informa Alessia a su marido, pero él solo gruñe en respuesta.

Mis hermanos pueden ser extremadamente sobreprotectores, pero supongo que eso es bueno. Esta noche, sin embargo, pueden relajarse. ¿Y si no lo hacen? Bueno, pues entonces supongo que tendré que escabullirme para poder flirtear un poco.

—Estaré bien —les aseguro, pero no se me escapan las miradas de preocupación que intercambian.

Alzando mis voluminosas faldas, sigo a Miceli y Alessia hasta su Range Rover.

Cada uno conduce su coche, pero como yo voy de sujetavelas, tengo que acoplarme con alguien.

Mis faldas son demasiado grandes para meterlas en algunos de los coches más pequeños, así que me parece que lo mejor es subirme al todoterreno para poder extenderlas en el asiento trasero.

Durante el trayecto, Miceli nos cuenta a Alessia y a mí una llamada que ha recibido de su misterioso amigo, Archer.

Le advirtió a mi hermano sobre Carmine Gallo, un empresario despiadado que no hace mucho puso a Angelo y a Blake en una cosa llamada la Lista de la Muerte.

Al final le dieron la vuelta a la tortilla y Blake hizo que todos los cazarrecompensas y asesinos de la ciudad fueran tras Gallo.

Por lo visto, le guarda un rencor enorme y quiere usurpar la posición de poder de mi familia en la mesa de las Cinco Familias.

Yo no me involucro demasiado en los asuntos de la mafia.

Ese es el terreno de Miceli. Pero las cosas han cambiado en el último año y ahora me animan a asistir a las reuniones de la alianza, que está formada por las cinco familias mafiosas más poderosas de la ciudad: los Rossi, los Bianchi, los DeLuca, los Caparelli y los Milano.

Hubo un tiempo en que todos teníamos una relación muy tensa.

Había muchos conflictos y rivalidades, sobre todo entre ciertos miembros.

Pero ya se han eliminado todas las manzanas podridas.

Nuestras familias han llegado a la conclusión de que es más beneficioso trabajar juntas que las unas contra las otras.

Además, nadie quiere a Gallo en la mesa.

Pero me da la sensación de que no se va a rendir fácilmente.

Sin embargo, todo eso está fuera de mi alcance, y dejaré que se encarguen mis hermanos. O eso creo en ese momento.

Cuando llegamos al lujoso hotel donde se celebra el evento, me quedo con la boca abierta ante la larga fila de coches caros que esperan en la cola del aparcacoches. —Oh, vaya —murmuro, apretando la nariz contra el cristal—. No sabía que fuera un acontecimiento tan importante.

—Todo el que es alguien en esta ciudad asiste al baile de máscaras —me informa Miceli—. Me importa una mierda hacer la pelota o codearme con esta gente, pero a mi mujer le gusta vestirse de gala. —Sonríe a Alessia—. Además, es por una buena causa.

—Una causa muy noble —reitera Alessia—. La prevención del maltrato infantil. Y haremos todo lo que podamos para ayudar. Además, sí, me encanta ponerme un vestido de gala. No me puedo creer que no hayas venido todavía, Lottie.

Me encojo de hombros. —No. Esta noche será mi primera vez.

No puedo negar la emoción que me recorre el cuerpo.

Todos los que bajan de los coches van vestidos de punta en blanco y me encanta ver todos los disfraces.

Una vez que nos acercamos a la entrada, me coloco el antifaz sobre la cara y me ato las cintas en la nuca.

Algunos parecen ir disfrazados de personajes o seguir una temática. Como yo, más o menos.

Esta noche, voy vestida de Reina de Corazones.

Un poco irónico, lo sé, pero cuando vi el vestido y el antifaz a juego, no pude resistirme.

Este pequeño giro al personaje de Alicia en el país de las maravillas me da un aspecto mucho más glamuroso que el de esa reina bajita, regordeta y antipática que gritaba «¡Que le corten la cabeza! ».

Mi versión es mucho más llamativa. El vestido carmesí y blanco tiene un escote corazón, mangas de encaje transparente y una falda voluminosa cubierta de corazones de raso rojo.

Mi antifaz de encaje rojo va perfectamente a juego y está decorado con corazoncitos rojos.

También llevo un cetro como atrezo y nunca me he sentido tan majestuosa.

Esperemos que mi Príncipe Azul esté en el edificio.

Con ese pensamiento rondándome la cabeza, Miceli por fin para frente al edificio. Me abren la puerta y una mano me ayuda a salir.

—Gracias —le murmuro al aparcacoches, mientras salgo y ahueco la falda. Compruebo que el antifaz está bien sujeto y luego alzo la vista hacia el resplandeciente vestíbulo. Debe de haber un par de cientos de personas pululando por allí y hay seguridad por todas partes.

Por fin ha llegado el momento; respiro hondo y sigo a mi hermano mayor y a mi cuñada por la escalinata y a través de las puertas dobles doradas.

Miceli nos acompaña hasta el salón de baile, cruzando entre la multitud, y le entrega nuestra invitación a una de las personas enmascaradas que están de pie junto a la enorme puerta, que va del suelo al techo.

Con un gesto de asentimiento, el hombre nos permite entrar, deseándonos una velada encantada, que resulta ser la temática.

Al entrar en el gran salón de baile, contengo el aliento, sin esperar que estuviera decorado de una forma tan elaborada y hermosa.

Tres enormes lámparas de araña cuelgan del alto techo, repletas de cristales, y proporcionan un ambiente tenue que se asemeja a una luna llena y brillante.

Una pared entera está repleta de comida y apenas me da tiempo a parpadear antes de que un camarero que pasa me entregue una copa de champán.

Doy un sorbo y las burbujas me hacen cosquillas en la nariz.

Debe de haber una máquina de humo escondida en alguna parte porque parece que una niebla cubre el suelo y se arremolina alrededor del bajo de mi vestido. Una banda toca jazz y miro hacia la pista de baile, que está abarrotada de parejas enmascaradas.

Al otro lado, veo a los invitados pujando por varios artículos en una subasta silenciosa y Miceli coge la mano de Alessia, tirando de ella en esa dirección.

—Hora de gastar algo de dinero por una buena causa —dice, pero yo no me muevo, todavía absorta en el increíble ambiente—. Lottie, ¿vienes?

—En un momento. Voy a echar un vistazo a la comida. —Más concretamente, a los postres. Una bandeja de petit fours me ha llamado la atención y me acerco a donde una docena de bandejas están llenas de los pastelitos glaseados.

Elijo uno rojo y blanco y le doy un bocado.

Mmm, delicioso. Mientras ese pensamiento me cruza la mente y mastico el dulce, mis ojos se posan en un hombre alto que está no muy lejos, con el hombro apoyado en la pared y los brazos cruzados con desenfado, observándome.

Lleva un traje negro, camisa y corbata negras, y un antifaz de esqueleto que solo le cubre la parte inferior de la cara. Es espeluznante y sexi a la vez.

Tragando el pastelito, finjo no darme cuenta. Sin embargo, siento el peso de su mirada y no puedo evitar mirar hacia él. Cuando me encuentro con sus ojos oscuros, no aparta la vista. Si acaso, su intensa mirada color café parece volverse más insistente.

Un interés inequívoco parpadea en sus fascinantes ojos y no puedo apartar la mirada. Es como si fueran dos agujeros negros que me absorbieran, y no hay nada que pueda hacer salvo sucumbir a su gravedad.

Me muerdo el labio inferior y, de alguna manera, consigo apartar la atención y dar un sorbo de champán, esperando que me refresque.

Me tiembla un poco la mano y no puedo creer lo mucho que me está afectando esa sola mirada.

Bajo la falda, me froto los muslos, incapaz de ignorar el calor húmedo que se está acumulando allí.

¿Quién demonios es este tío?, me pregunto. ¿Y por qué me afecta de esta manera?

Diciéndome a mí misma que me relaje y mantenga la calma, vuelvo a mirar y ya no está. ¿Qué? La confusión y la decepción me invaden y me doy la vuelta, dispuesta a registrar el salón de baile, cuando me doy cuenta de que alguien se ha puesto a mi lado, rozándome el brazo con el suyo.

—¿Qué tal están los petit fours? —pregunta una voz profunda, y miro para ver a mi misterioso hombre esqueleto a mi lado.

¡Joder! ¿Cómo se ha movido tan rápido? El corazón me late como un tren de mercancías desbocado y le miro a sus turbulentos ojos oscuros. Tiene toda la mitad inferior de la cara cubierta por el antifaz, así que no tengo ni idea de si está sonriendo o no.

—Deliciosos —digo. Mi antifaz no me tapa la boca como el suyo, así que le dedico mi sonrisa más deslumbrante.

—Me fiaré de tu palabra. —Alarga la mano y coge uno, se levanta la parte inferior del antifaz y se lo mete entero en la boca rápidamente. Cuando deja escapar un pequeño gemido de aprobación, siento un hormigueo en las entrañas.

¿Cómo puede ser que, llevando un antifaz que le cubre media cara, sea el hombre más atractivo que he conocido?

Quizá sea porque ha conseguido captar mi atención como nadie.

Nunca. Podría ser su altura —más de un metro ochenta— o la forma en que el traje se ajusta a su cuerpo esbelto y atlético.

Como si estuviera hecho a medida para lucir cada músculo que se esconde debajo.

O podría ser su magnética presencia. Sea quien sea, es un hombre que no puede ser ignorado.

Antes de que pueda decir nada más, Hannah aparece a mi otro lado y me da un golpecito en el hombro.

—¿Has visto a Vin? —pregunta—. Me dijo que…

Deja de hablar bruscamente cuando se da cuenta del tío bueno del esqueleto que está a mi lado.

—Oh, lo siento. ¿Interrumpo algo? —Me dedica una sonrisa pícara.

—De hecho, estaba a punto de preguntarle a la encantadora Reina de Corazones si le gustaría bailar conmigo —dice él, y mi corazón da un vuelco en el pecho.

—Oh —murmuro, un poco nerviosa, y Hannah me da un empujoncito, cogiendo mi cetro para sujetármelo mientras bailo—. Me encantaría.

Me ofrece el brazo y se lo cojo, guiándome lejos de Hannah, que me coge la copa. Asiente como una loca y me levanta el pulgar. Oh, Dios, qué vergüenza. Espero que no se dé cuenta.

Una vez que llegamos a la abarrotada y pulida pista de baile de madera, me atrae hacia sus fuertes brazos y me sumerge en el mar de bailarines. Levanto la vista, apenas atreviéndome a respirar, y me encuentro con sus ojos de un marrón oscuro.

Siempre me ha costado mirar a los hombres a los ojos más de un par de segundos.

Pero, por alguna razón, mirar a los ojos de este hombre es más fácil.

No tengo ni idea de por qué, pero ahora mismo, nuestras miradas están fijas la una en la otra y no me siento incómoda.

De hecho, no hay nada que me gustaría más que hundirme en sus profundidades, tan hondas y misteriosas.

—Eres la mujer más guapa de la fiesta —me dice en voz baja, y yo prácticamente me desmayo. Menos mal que me sujetan sus fuertes brazos.

—Gracias. No sales mucho, ¿verdad? —bromeo.

Una sonora carcajada le brota de la garganta y me encanta cómo se le arrugan los ojos en las comisuras.

—De vez en cuando —dice, y yo le sonrío.

Me muero por saber más de él, pero estoy tan atrapada en el momento, en la sensación de encontrarme entre un par de brazos fuertes y masculinos, que se me traba la lengua y me siento muy intimidada.

Además, huele tan ridículamente bien que lo único que puedo hacer es aspirar su aroma ligeramente especiado y deleitarme con él.

Mientras seguimos mirándonos a los ojos, el resto del mundo parece desvanecerse.

Me descubro acercándome más con cada vuelta que damos por la pista de baile.

Quizá me lo estoy imaginando, pero creo que él me estrecha más contra sí y, aunque mi voluminosa falda nos separa, aún puedo sentir el contacto de nuestros cuerpos.

Ninguno de los dos dice una palabra más y, por primera vez en mi vida, sé lo que es perderse en la mirada de alguien.