2 Archer #2
Es un cabrón avaricioso, una amenaza para la organización de aquí, que últimamente funciona bastante bien.
No quiero que vaya agitando alianzas y creando nuevos enemigos.
Por primera vez en muchísimo tiempo —joder, en la historia—, las cinco potencias de esta ciudad han encontrado una paz que siempre pareció escapárseles.
Hay que encargarse de Gallo y espero que Rossi lo haga. Si no, me encargaré yo mismo.
Mientras tanto, tengo que pensar en un disfraz para la fiesta de máscaras.
No es mi especialidad, de eso no hay duda.
Soy un tipo sencillo y prefiero mi camiseta y mis pantalones cargo.
La comodidad es una prioridad, pero supongo que puedo aguantarme y ponerme un traje y una máscara incómoda durante una o dos horas.
Hay un traje negro en el fondo de mi armario en alguna parte.
La última vez que me lo puse fue en el funeral de Caitlin hace casi cinco años.
La imagen de su ataúd color crema decorado con diminutas rosas rosas hace que se me revuelva el estómago.
Hay días en los que parece que murió ayer y otras veces parece que ha pasado una eternidad.
Pero la única constante, lo único que nunca cambia, es el pesado sentimiento de culpa.
Porque si yo hubiera estado aquí, si hubiera estado en casa para protegerla, Caitlin seguiría viva.
Vale, ya basta, me reprendo. Tienes que dejarlo ir.
Ojalá pudiera. De verdad que ojalá pudiera dejar de culparme, pero no puedo.
Apartándome de las brillantes luces de la noche de la ciudad, vuelvo a mi escritorio y me dejo caer.
El asiento chirría mientras lo acerco al escritorio y a mi portátil.
Abro rápidamente una página web y busco una máscara.
Aparecen cientos y cientos de opciones y, sinceramente, me importan tres cojones.
Solo necesito algo para cubrirme la cara y no llamar la atención.
Mi plan es mantenerme en la sombra, como se me da bien, y vigilar a la familia Rossi desde lejos.
Por supuesto, me pondré en contacto con Miceli, le haré saber que estoy allí y él depositará una suma de dinero ridícula en mi cuenta bancaria.
Es así de agradecido y es una de las razones por las que le mantengo al día de lo que ocurre.
Dejo de desplazarme cuando una máscara de esqueleto me llama la atención.
Primero, me gusta que solo cubra la mitad inferior de mi cara, sin ocultar mis ojos.
Y, segundo, es la puta hostia. Espeluznante, también.
Pulso «comprar» y elijo la opción de entrega al día siguiente.
El baile benéfico de máscaras es este fin de semana, así que tengo que preparar este disfraz cuanto antes. Aunque supongo que ya lo tengo.
No ha sido tan difícil, pienso, recostándome y entrelazando los dedos.
¿Y ahora qué?
La pregunta me ronda la cabeza y supongo que podría matar el tiempo con una cerveza, una pizza y el último drama de Netflix.
Me rugen las tripas, recordándome que aún no he cenado.
Sin embargo, me invaden unas ganas terribles de salir de mi apartamento, así que decido tomarme esa cerveza y algo de comer en el pub de la esquina que suelo frecuentar.
Después de enfundar mi Glock 19 en la espalda, me pongo una chaqueta, cierro la puerta con llave y salgo.
Nunca salgo de casa sin mi arma oculta en alguna parte del cuerpo.
El ejército me enseñó bien y, sin un arma, me siento desnudo.
Vivo en un apartamento tipo loft en un antiguo almacén a orillas del río Hudson, no muy lejos de Greenwich Village. Sin embargo, mi barrio es más tranquilo que el Village, y me mola el rollo industrial de mi casa y estar tan cerca de los muelles.
Cuando te dedicas a lo que yo me dedico y me he dedicado, es importante mantener un perfil bajo.
No me gusta llamar la atención ni destacar.
Prefiero mil veces ser un fantasma, una sombra difícil de rastrear, que no sea fácil de encontrar o identificar.
Porque, aunque tengo muchos buenos contactos, también tengo enemigos a patadas.
Gente que quiere usurpar mi poder y mi control, el mío y el de otros.
Capullos como Carmine Gallo a los que hay que mantener a raya y de los que hay que ocuparse.
Necesitan entender la jerarquía de esta ciudad y aceptar que están en lo más bajo del escalafón.
El paseo hasta Flannigan’s es corto y rápido, apenas a una manzana de mi casa. Me gusta porque, aunque a veces se llena, nunca está demasiado abarrotado ni es muy ruidoso. El servicio es amable, pero sin pasarse, y la comida está buena.
Como de costumbre, me acerco sigilosamente a la barra y me siento en el último taburete, en la esquina. Me permite vigilar a los demás clientes y todas las salidas. ¿Qué le voy a hacer? Las viejas costumbres nunca se pierden. Jimmy, el camarero habitual de entre semana, se acerca y me saluda.
—Buenas, ¿qué le pongo? ¿Lo de siempre? —pregunta, y yo asiento.
Aunque no me gusta intimar demasiado con nadie, soy un cliente habitual, así que es difícil evitarlo.
Pero Jimmy nunca hace demasiadas preguntas y no es un cotilla, por lo que no me importa.
La otra camarera, Missy, suele trabajar en el turno de mañana y, aunque he mantenido las distancias y he respondido a sus preguntas con respuestas frías y vagas, me ha hecho saber en más de una ocasión que le gustaría conocerme mejor.
Mucho mejor. Por supuesto, tuve que darle calabazas y cortar eso de raíz, pero la mujer es persistente.
Así que, últimamente, he evitado venir cuando está ella trabajando. Es más fácil.
En la gran televisión retransmiten un partido de baloncesto, pero no le presto atención.
Nunca me han interesado demasiado los deportes, a menos que se trate de algún tipo de tiro o de artes marciales.
Eso sí que capta mi atención porque disfruto de ambas cosas.
¿Pero unos tíos corriendo y lanzando pelotas? No tanto.
Jimmy abre una botella de Heineken y me la desliza por la barra.
Pido el bangers and mash, que me encanta.
Es un plato irlandés que consiste en salchichas irlandesas gigantes con puré de patatas casero y se sirve con alubias estofadas y salsa de carne.
Suena un poco asqueroso, pero sabe a gloria bendita.
Después de echar un vistazo a la clientela y no detectar ninguna amenaza, le doy un sorbo a la cerveza y me permito relajarme.
Bueno, todo lo que puedo relajarme. Siempre estoy listo para entrar en acción en cualquier momento, y puedo dar las gracias por ello a mis años en los equipos de operaciones encubiertas.
Las misiones peligrosas llenas de enemigos me inculcaron esa predisposición innata y esa vigilancia constante.
A veces, pienso que es algo bueno. Otras veces, pienso que es una maldición.
Pero así soy yo: un antiguo agente de operaciones especiales que antepuso su carrera a su mujer.
Y por culpa de esa decisión, que me atormentará hasta el día de mi muerte, ella está muerta y nunca volverá.