Suyo para liberar CAPÍTULO 4 #4
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CAPÍTULO 4 #4

La tensión se alivió.

—Gracias.

La ducha duró diez minutos.

Rafe se quedó en el pasillo oyendo correr el agua, tratando de no pensar en lo absurda que se había vuelto su vida.

Cuando Julian salió, llevaba los mismos pantalones y camisa, pero se había quitado la mugre y la sangre seca. Tenía el pelo todavía húmedo.

Rafe le entregó el periódico.

Julian miró la fecha.

—Esto es hoy.

—Sí.

—Quince de septiembre.

—Sí.

—Así que han pasado menos de veinticuatro horas.

Rafe asintió.

Julian miró la fecha un segundo más.

—Parece más tiempo.

Rafe lo entendía.

Tomaron la fotografía contra una pared lisa en la planta baja.

Julian insistió en sentarse erguido.

—No ocultes los moretones —dijo Ellis.

Julian miró a Rafe.

—¿Eso fue intencional?

—No.

—Entonces asegúrate de que el mensaje diga que esto lo hizo Niko.

Niko maldijo desde el otro lado de la habitación.

Julian sonrió.

La cámara hizo clic.

También grabaron un vídeo corto.

Ellis explicó lo que Julian debía decir.

Julian ignoró la mitad.

Miró directamente a la lente.

—Mi nombre es Julian Alexander Harlow. Es martes, quince de septiembre. Estoy vivo.

Rafe observaba desde detrás de la cámara.

Julian continuó.

—Mis secuestradores exigieron diez millones de dólares. Victor Harlow se negó.

Ellis se removió.

Esa línea no había sido aprobada.

Julian siguió adelante.

—Ahora están exigiendo treinta millones. Papá, si estás viendo esto, por una vez en tu vida, intenta preocuparte más por mí que por ganar.

El silencio llenó la habitación.

La compostura de Julian casi se quebró al final.

Casi.

Luego miró hacia Ellis.

—¿Bien?

Nadie respondió durante un segundo.

Rafe bajó la cámara.

—Sí.

Julian devolvió el periódico.

—¿Cuándo sale?

—En una hora.

Julian asintió.

Entonces le flaquearon las rodillas.

Se agarró a la mesa.

Rafe se movió por instinto.

Julian levantó una mano.

—Estoy bien.

—No has comido.

—Lo sé.

Rafe retrocedió.

—Desayuno.

Julian lo miró.

—Por favor.

La palabra salió con naturalidad esta vez.

Sin negociación.

Sin actuación.

Rafe sintió su peso de todos modos.

Preparó huevos.

Julian los criticó.

—Están secos.

—Te los estás comiendo.

—Me muero de hambre.

—Entonces son comestibles.

—Eso no es lo mismo.

Rafe se sentó frente a él.

Ellis se había llevado el material audiovisual a la otra habitación. Niko y Tate habían ido a revisar los vehículos. Beck trabajaba en el otro extremo de la mesa con los auriculares puestos.

Durante unos minutos, la cocina casi pareció normal.

Julian comió.

Rafe bebió café.

Entonces Julian dejó el tenedor.

—Si Victor sigue negándose, ¿qué pasa?

A Rafe se le fue el apetito.

—Ya me lo preguntaste.

—No respondiste.

—Sigo sin tenerla.

Julian asintió despacio.

—¿Puedo preguntarlo de otra forma?

Rafe esperó.

—¿Quieres matarme?

La pregunta fue tan queda que Beck probablemente no pudo oírla desde el otro extremo de la mesa.

Rafe respondió con honestidad.

—No.

Julian le escrutó el rostro.

—¿Lo harías?

Rafe bajó la mirada hacia su café.

—No lo sé.

—Eso significa que sí.

—No. Significa que no lo sé.

—¿Cómo puedes no saberlo?

—Porque hicimos planes cuando eras solo una idea.

La expresión de Julian cambió.

Rafe continuó.

—Una moneda de cambio. El hijo de Victor. Una fotografía en una pared.

—¿Y ahora?

Rafe lo miró.

—Ahora eres irritante.

Julian casi esbozó una sonrisa.

Rafe no.

—Y ahora eres una persona.

La sonrisa desapareció.

Julian se recostó.

—Deberías haberlo pensado antes.

—Sí.

Reconocerlo no dejaba lugar a réplica.

Julian se quedó mirando el plato.

—¿Sabes cuál es la peor parte?

—¿Cuál?

—Entiendo por qué lo odias.

Rafe no dijo nada.

Julian alzó la vista.

—Eso no significa que perdone esto.

—No te estoy pidiendo que lo hagas.

—Bien.

—Yo tampoco lo perdonaría.

Julian se rio por lo bajo.

—Se te da fatal esto de los rehenes.

—Por lo visto.

—Sigues dándome la razón.

—De vez en cuando la tienes.

—Precedente peligroso.

Volvieron a quedarse en silencio.

Un teléfono sonó en la otra habitación.

Ellis contestó.

Rafe oyó que bajaba la voz.

Un minuto después entró en la cocina con el móvil desechable en la mano.

—Se está difundiendo.

Julian se quedó inmóvil.

—¿Cuánto?

—Rápido.

Ellis miró a Rafe.

—Tres sitios de entretenimiento. Dos publicaciones financieras se han hecho eco. Las redes sociales van aún más rápido.

Julian apretó el tenedor con fuerza.

—¿Y Victor?

—Ya hay prensa a las puertas de Harlow Meridian.

Julian bajó la mirada.

Rafe vio cómo se sucedían varias emociones en su rostro.

Alivio.

Miedo.

Satisfacción.

Algo parecido al dolor.

Ellis continuó.

—Su oficina ha emitido un comunicado.

Julian alzó la vista.

—¿Qué dice?

Ellis vaciló.

—Léelo.

—Julian.

—Léelo.

Ellis desbloqueó el teléfono.

—Victor Harlow y Harlow Meridian colaboran plenamente con las autoridades. El Sr. Harlow no alentará la actividad delictiva haciendo públicas las negociaciones privadas. La familia pide que se respete su intimidad y confía en que Julian regrese sano y salvo.

Julian lo miró fijamente.

Luego se echó a reír.

Rafe odió aquel sonido.

—Familia.

Ellis bajó el teléfono.

Julian se puso de pie.

—Disculpadme.

Se dirigió hacia las escaleras.

Rafe lo siguió a varios pasos de distancia.

Julian se giró.

—Quiero estar solo.

Rafe se detuvo.

—Te acompañaré arriba.

—Sé dónde está la habitación.

—Sigues siendo un rehén.

Julian cerró los ojos un instante.

—Por supuesto.

Rafe lo acompañó.

En la puerta, Julian entró sin rechistar.

Rafe esperó.

Julian se quedó de cara a la ventana.

—Treinta millones.

—Enviaremos la demanda revisada.

—Se negará.

—Quizás.

Julian se giró.

—Deja de decir quizás.

Rafe guardó silencio.

A Julian le brillaban los ojos.

—Se negará porque ahora esto es una competición. El mundo entero está mirando. Puede ser el hombre que no se doblega ante los criminales.

—Julian.

—Te di el plan equivocado.

—Nos diste el único plan que lo presiona.

—No. Le di un escenario donde lucirse.

Rafe entró en la habitación.

Julian retrocedió.

Rafe se detuvo de inmediato.

—No voy a acercarme más.

Julian se pasó una mano por la cara.

—No quiero morir por él.

—No vas a morir hoy.

—Deja de ofrecerme solo el hoy.

Rafe apretó la mandíbula.

—No puedo darte más.

—Sí puedes.

—No.

—Sí.

Julian lo miró con una franqueza que no dejaba a Rafe dónde esconderse.

—Tú puedes decidir.

Rafe no dijo nada.

—No necesitas a Victor para decidir qué pasa conmigo.

—Esa decisión afecta a todos los involucrados.

—Me da igual.

—Lo sé.

—A mí me importo yo.

—Y deberías.

Julian soltó una risa temblorosa.

—Al fin estamos de acuerdo en algo.

Se sentó en el borde de la cama.

Rafe permaneció junto a la puerta.

Julian se miró las manos.

—He pasado toda mi vida haciendo lo que quería porque pensaba que las consecuencias eran para quienes no podían permitírselas.

Rafe escuchó.

—Estaba equivocado.

Sin sarcasmo.

Sin excusas.

Solo la frase.

Julian tragó saliva.

—He hecho daño a gente.

Rafe no lo interrumpió.

—Lo sé.

Julian alzó la mirada.

—No te estoy pidiendo que me digas que en el fondo soy bueno.

A Rafe se le cerró la garganta.

—Te pido que lo peor que he hecho no sea la razón por la que merezco morir.

Rafe apartó la mirada.

Nada de lo que dijera haría la situación menos obscena.

Julian se levantó lentamente.

—Querías que dijera por favor.

Rafe recordó la noche anterior.

—Julian.

—No.

Se acercó, pero se detuvo a varios pasos.

—Lo digo porque lo siento así, no porque me lo hayas pedido.

La voz se le quebró una vez.

Se recompuso.

—Por favor, no me mates.

Rafe había imaginado a Victor Harlow suplicando.

Había imaginado transferencias de dinero.

El poder cambiando de manos.

Un hombre que había arruinado familias obligado por fin a entender la impotencia.

Nunca había imaginado encontrarse en un viejo dormitorio mientras el hijo de Victor le pedía la vida.

El orgullo de Julian no desaparecía cuando tenía miedo.

Eso hacía la súplica aún peor.

—No quiero que esto sea mi final —susurró Julian.

Rafe sintió una opresión en el pecho.

—Tengo cosas que debería arreglar.

Owen.

Evan.

Quizás más.

—Hay gente a la que le debo disculpas.

Rafe guardó silencio.

Julian soltó una risa débil y se secó rápido bajo un ojo.

—Dios, esto es humillante.

—No.

—Lo es.

—No.

Julian lo miró.

Rafe se acercó despacio, dándole tiempo a objetar.

Julian no lo hizo.

Rafe se detuvo a un brazo de distancia.

—No voy a prometerte algo que quizás no pueda controlar.

El rostro de Julian se descompuso.

—Pero te escuché.

—Eso no es suficiente.

—Lo sé.

—Entonces haz que lo sea.

Rafe cerró los ojos un segundo.

Pensó en el último año de su padre.

La casa vaciándose habitación por habitación.

Muebles vendidos.

Su madre ocultando facturas.

La carta de Victor.

El desarrollo tiene un precio.

Había creído que Julian era parte de ese precio.

Una forma de hacer que Victor comprendiera.

Pero Julian estaba frente a él, magullado, asustado y vivo.

No era un logotipo corporativo.

No era el balance de Victor.

No era la fotografía clavada en la pared de la imprenta.

Era un hombre.

—No dejaré que Niko te haga daño —dijo Rafe.

El rostro de Julian se endureció, frustrado.

—Eso no es lo que pregunté.

—Lo sé.

—Pregunté por ti.

Rafe lo miró.

Ahí estaba la verdadera pregunta.

No si Niko podría perder el control.

Sino si el propio Rafe sería capaz de convertirse en el verdugo de Julian.

Rafe abrió la boca.

Sonaron pasos en el pasillo.

Ellis apareció en la puerta.

Su expresión era grave.

—Victor ha respondido a la nueva demanda.

Julian se quedó completamente inmóvil.

Rafe se volvió.

—¿Y?

Ellis miró a Julian antes de responder.

—Se ha negado.

Nadie habló.

El rostro de Julian quedó vacío.

Ellis continuó.

—Dice que no transferirá dinero a criminales bajo ninguna circunstancia.

Una ira fría se extendió por el cuerpo de Rafe.

—Treinta millones no significan nada para él.

—Lo sé.

—¿No hizo una contraoferta?

—No.

Julian se rio.

Un sonido pequeño, quebrado.

—Por supuesto que no.

Rafe lo miró.

Julian se sentó lentamente en la cama.

Las manos le colgaban inertes entre las rodillas.

—Está bien.

Rafe frunció el ceño.

—¿Está bien?