Suyo para liberar CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Tu postura ha quedado clara.

Rafe le colocó la venda.

La respiración de Julian se aceleró.

La disimuló enseguida.

Interesante.

Rafe se apartó y cerró la puerta de la furgoneta.

Tate subió al asiento del copiloto, sujetándose el estómago.

Niko se sentó frente a Julian, todavía sujetándose la nariz.

—Estás muerto —le dijo.

Julian sonrió bajo la venda.

—Empiezo a pensar que tu vocabulario es limitado.

Niko se movió hacia delante.

Rafe colocó una bota entre ellos.

—No.

—Me rompió la nariz.

—Intentaste secuestrarlo.

—Lo secuestramos.

—Entonces técnicamente él perdió la discusión.

Ellis salió del garaje.

Niko miró fijamente a Rafe.

Rafe le devolvió la mirada.

Niko se sentó.

La boca de Julian se curvó.

—¿Estás disfrutando de esto? —preguntó Rafe.

—Inmensamente.

—Te han secuestrado.

—Me estoy centrando en lo positivo.

—¿Qué positivo?

—Su nariz.

Tate se rio desde delante.

Niko pateó el asiento.

—Que os jodan a vosotros también.

Julian apoyó la cabeza contra la pared de la furgoneta.

—Este es el secuestro menos profesional que he vivido.

Rafe cruzó los brazos.

—¿Cuántos has vivido?

—Ninguno, lo cual debería preocuparte.

A pesar de sí mismo, Rafe casi sonrió.

Julian oyó algo en el silencio.

—¿Acabas de reírte?

—No.

—Sí lo has hecho.

—Llevas una venda.

—El oído me funciona.

—Por ahora.

Las palabras pretendían callarlo.

Lo consiguieron.

Rafe se arrepintió de ellas al instante.

Julian apretó la mandíbula y el pulso se le marcó en el cuello.

Miedo.

Miedo real.

No actuación.

Rafe apartó la mirada.

Esto era necesario, se dijo.

Lo necesario había justificado muchas cosas feas en su vida.

La imprenta era solo la primera parada.

Metieron a Julian por el muelle de carga justo después del mediodía. Había dejado de hablar durante los últimos veinte minutos del trayecto, lo cual preocupó a Rafe más que los insultos.

El silencio significaba que estaba pensando.

Julian Harlow había pasado la mayor parte de su vida pública convenciendo a la gente de que pensar no era lo suyo.

Rafe ya no se lo creía.

Lo sentaron en una pesada silla de madera atornillada al suelo de hormigón y le ataron las muñecas por separado a los reposabrazos. Luego los tobillos. Sin apretar lo bastante como para cortar la circulación.

Solo cuando todos estuvieron dentro y las puertas exteriores quedaron cerradas, Rafe le quitó la venda.

Julian parpadeó ante la luz.

Su mirada se movió de inmediato.

Puertas.

Ventanas.

Personas.

Distancias.

Estaba evaluando la habitación.

Rafe se interpuso en su línea de visión.

Julian alzó la vista.

La sangre se le había secado en una comisura de la boca. El cabello, perfecto a la salida del juzgado, le caía ahora sobre la frente. Un hombro de la chaqueta estaba rasgado.

Aun así, conseguía parecer despectivo.

—Entonces —dijo Julian—. ¿Quién de vosotros es tan estúpido como para explicarme qué queréis?

Niko dio un paso adelante.

Rafe levantó una mano.

Julian también lo notó.

Su mirada volvió a Rafe.

—Ah. Tú.

—Yo.

—Estás al mando.

—Sí.

—Eso explica por qué los demás se ponen nerviosos cada vez que te mueves.

Niko maldijo entre dientes.

La sonrisa de Julian se afiló.

Rafe se agachó a un par de metros frente a él.

—Mi nombre es irrelevante.

—No iba a preguntarlo.

—Queremos dinero.

—Esa era mi segunda opción.

—¿Cuál era la primera?

—Un admirador secreto con habilidades sociales pésimas.

Tate tosió para disimular una risa.

Rafe le lanzó una mirada.

Tate clavó la vista en el suelo.

Julian se recostó todo lo que la silla le permitía.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—Vas a tener que ser más específico cuando llames a Victor.

Rafe lo estudió.

La mayoría de los rehenes exigían que los liberaran.

Julian quería criticar la negociación.

—Estás muy tranquilo.

—No, no lo estoy.

La confesión sorprendió a Rafe.

Julian continuó antes de que pudiera responder.

—Estoy furioso, aterrorizado e incómodo. Por suerte, ninguna de esas cosas me obliga a volverme estúpido.

Rafe sintió que algo cambiaba en la imagen que tenía de él.

No simpatía.

Todavía no.

Interés.

—¿Crees que tu padre pagará?

Julian se rio.

Sin rastro de humor.

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto daño crea que mi muerte causaría al apellido Harlow.

Nadie habló.

Julian recorrió la habitación con la mirada.

—Me investigasteis, ¿verdad?

Niko se cruzó de brazos.

—Lo suficiente para saber que papi te limpia la mierda.

—Entonces deberíais haberlo investigado mejor a él.

Ellis se acercó.

—¿Qué significa eso?

Julian lo miró.

—Significa que Victor Harlow pagará a abogados, policías, periodistas, testigos, políticos y a cualquier contratista militar privado que le ofrezca el mejor paquete. Pagaros a vosotros es diferente.

Rafe se levantó.

—¿Por qué?

—Porque entonces vosotros ganáis.

Niko se rio.

—Los ricos sois todos iguales.

—No —Julian giró la cabeza hacia él—. Los ricos son personas con más opciones. Mi padre resulta ser un cabrón vengativo con recursos suficientes para usar todas y cada una de ellas.

El rostro de Niko se tensó.

Rafe se interpuso entre ellos antes de que la tensión escalara.

Julian alzó la vista hacia él.

Desde esa distancia, Rafe podía ver unas pecas tenues en su nariz que las fotografías de vigilancia habían borrado.

Un detalle ridículo en el que fijarse.

Retrocedió un paso.

Niko lo notó.

Por lo visto, hoy todos estaban muy atentos.

—Llámalo —dijo Julian.

Rafe frunció el ceño.

—Pareces impaciente.

—Disfrutaría oyendo su reacción.

—No crees que le importe.

La sonrisa de Julian se esfumó.

—No he dicho eso.

No.

No lo había dicho.

Rafe se dirigió hacia la mesa donde Beck había preparado el teléfono desechable.

A su espalda, Julian habló.

—Deberías pedir menos de lo que tenías pensado.

Niko soltó una carcajada.

Rafe se giró.

Julian se encogió de hombros como pudo, a pesar de las ataduras.

—Si la cifra lo ofende, gastará el doble negándose a dárosla.

Ellis miró a Rafe.

—Eso —murmuró— me lo creo.

Niko señaló a Julian.

—Nos está tomando el pelo.

—Es posible.

—Estoy intentando sobrevivir —dijo Julian—. Deberíais buscar dónde coinciden mis intereses con los vuestros.

Rafe lo miró fijamente.

—Quizá deberías haberte dedicado al negocio familiar.

—Mi padre dice que me falta disciplina.

—¿Ah, sí?

—Dice muchas cosas.

Un moretón empezaba a formarse en la mandíbula de Julian por el forcejeo en el garaje.

Rafe apretó los labios.

Niko se dio cuenta de que lo miraba.

—Eso no fui yo.

—Todavía no —dijo Julian.

La expresión de Niko se ensombreció.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa que tienes la regulación emocional de un niño pequeño, y tarde o temprano acabarás pegándole a alguien.

Niko cruzó la habitación antes de que Rafe pudiera detenerlo.

Su puño impactó en la boca de Julian.

La silla se tambaleó hacia atrás.

La cabeza de Julian giró bruscamente hacia un lado.

Tate maldijo.

Rafe atrapó la silla antes de que se volcara.

Durante un terrible segundo, Julian no se movió.

Luego escupió sangre al suelo.

Niko respiraba con dificultad.

—Te dije que te callaras.

Julian volvió a girar la cara hacia él, lentamente.

Tenía el labio partido.

Los ojos le lloraban por el impacto.

Aun así, sonrió.

—¿Eso es todo lo que tienes?

Niko levantó la mano de nuevo.

Rafe lo estampó contra la pared.

El movimiento fue tan rápido que los demás se quedaron en silencio.

El antebrazo de Rafe presionaba contra el pecho de Niko.

—Dije que nadie improvisa.

—Él se lo buscó.

—Está atado a una puta silla.

—No deja de abrir la boca.

—Pues desarrolla autocontrol.

Niko forcejeó.

Rafe apretó más fuerte.

—¿Tenemos un problema?

Las fosas nasales de Niko se ensancharon.

—No.

—Dilo bien.

—No hay problema, jefe.

Rafe lo soltó.

Niko se alisó la camisa y se alejó varios pasos.

Rafe se dio la vuelta.

Julian lo observaba.

Sin gratitud.

Eso habría sido más fácil.

En cambio, su mirada era calculadora.

—¿Vas a disculparte en su nombre?

Rafe se agachó e inspeccionó el corte en el labio de Julian sin tocarlo.

—No.

—Bien.

—¿Por qué?

—Las disculpas sin consecuencias son decorativas.

Rafe lo miró.

Por una vez, Julian no sonreía.

Rafe se enderezó.

—Tate. Botiquín de primeros auxilios.

—No lo necesito.

—Estás sangrando.

—Ya me he dado cuenta.

Tate trajo el botiquín de todos modos.

Cuando Rafe se acercó con la gasa, Julian apartó la cara.

—Puedo hacerlo yo.

—Tienes las manos atadas.

—Suelta una.

—No.

—Entonces sangraré en tu suelo.

—No es mi suelo.

Julian miró alrededor.

—Eso explica la decoración.

Rafe empapó la gasa.

—Quédate quieto.

La mirada de Julian se afiló.

—Pídelo.

Rafe se detuvo.

La palabra cayó con un peso inesperado.

Julian estaba secuestrado, atado, rodeado de hombres armados. Le quedaban muy pocas opciones.

Rafe entendió lo que le estaba pidiendo.

—¿Puedo limpiarte el labio?

Julian le estudió el rostro.

—Sí.

Rafe aplicó la gasa con cuidado sobre el corte.

Julian se estremeció, pero no se apartó.

De cerca, olía levemente a alguna colonia cara bajo el sudor y el polvo de hormigón. Sus ojos no se apartaron de los de Rafe, como si desviar la mirada fuera ceder.

Niko bufó con disgusto desde el otro lado de la habitación.

—¿Le traemos una puta almohada también?

Rafe no apartó la mirada de Julian.

—Otro comentario y pasas el resto del día fuera.

Niko murmuró algo.

Los ojos de Julian brillaron con diversión.

Rafe terminó de limpiar la sangre y se alejó.

—No te cae muy bien —dijo Julian.

—Es útil.

—Eso no es lo que pregunté.

—Haces demasiadas preguntas.

—Estoy atado a un mueble. Las opciones de entretenimiento son limitadas.

Rafe tiró la gasa a la basura.

Niko se acercó a la mesa y cogió uno de los informes impresos.

—¿Quieres entretenimiento?

Rafe giró la cabeza hacia él de golpe.

Niko hojeó la página con una sonrisa cruel.

—Por lo visto, nuestro príncipe lleva una vida muy activa.

Julian se quedó inmóvil.

Rafe supo qué informe sostenía.

—Niko.

—¿Qué? —Niko levantó la vista—. Es bastante público. Clubes. Hombres. Hoteles. Media ciudad parece saber lo que le gusta.

El rostro de Julian quedó inexpresivo.

Eso molestó a Rafe.

Niko se acercó más.

—Hablas con bastante confianza para alguien que...

—Basta.

Niko lo ignoró.