CAPÍTULO 15 #2
Las sombras de las palmeras trazaban trazos oscuros sobre las carreteras mientras ciclistas, corredores y personas en ropa de playa seguían con su día.
Lara frunció el ceño. —¿No vamos a su oficina?
—A su despacho en casa —aclaró Darryl—. Como te he dicho, es un favor.
Probablemente no era así como lo veía Brandon.
Giraron hacia una calle moderna en Mountain Creek, flanqueada por jardines bien cuidados y casas de aspecto caro.
El coche se detuvo frente a una casa situada en una esquina, rodeada de jardines con hierbas ornamentales y helechos exuberantes. Su moderno exterior blanco relucía bajo el sol declinante, resaltando los ángulos, el enlucido limpio y los ventanales de gran tamaño.
Antes de que el chófer pudiera moverse, Darryl ya había bajado del coche y abría la puerta para Lara y Bella. Le tendió la mano para ayudar a Lara a bajar.
Ella se la tomó. —¿Cómo lo enfocamos?
Lara y Darryl habían formado equipo con frecuencia durante sus años en la Academia para los ejercicios de juego de roles, una de las partes más agotadoras de la formación de mediadora.
Las simulaciones estaban diseñadas para enseñar adaptabilidad: cómo integrarse en entornos sociales distintos, leer a las personas con rapidez y convertirse en la versión de uno mismo que la situación requería.
Una buena mediadora necesitaba encajar sin fisuras. Hacer que la gente se sintiera lo bastante cómoda para hablar y ganarse su confianza.
En muchos sentidos, los mediadores eran en parte negociadores, en parte actores y en parte directores, guiando a los demás en la escena sin que se dieran cuenta.
—¿Qué tal la rutina de la asistente despistada? —sugirió Darryl.
Bella resopló.
No era mala idea, pero tampoco era su favorita.
—¿La heredera recién llegada? —propuso Lara.
En cuanto las palabras le salieron de la boca, se arrepintió. Fingir ser de rancio abolengo la incomodaba, y no se le daba bien.
—Podría funcionar. —Darryl desvió la mirada antes de volver con una sonrisa burlona—. Vamos con la novia consentida.
—Ay, Dios —dijo Bella.
Le trajo recuerdos. Durante una de las fiestas benéficas de los padres de Darryl, una glamurosa socialité se había pegado a él, quejándose de la selección de champán, criticando los atuendos de otros invitados y comportándose como si Lara no existiera.
Para su siguiente evaluación de juego de roles, ella había abrazado el papel de novia consentida de la contraparte de Darryl quizás con demasiado entusiasmo.
Había interrumpido la mediación para quejarse de aburrimiento, opinar sobre la ropa de los asistentes y criticar los hipotéticos refrigerios, todo mientras Darryl intentaba negociar derechos equitativos de pesca.
Los instructores habían descrito la actuación como «alarmantemente convincente». Y lo mejor de todo: lo había descolocado, aunque él se lo había tomado con deportividad.
—O sea, que toda aquella risa en su momento era una tapadera. Te molestó —lo acusó Lara—. Y ahora te estás vengando poniéndome en el papel de la novia superficial.
—No, estuviste brillante. Fue entonces cuando me di cuenta de que, si tenía que arrebatarle a alguien el primer puesto, serías tú. —El humor se desvaneció de su rostro.
¿Habría sido eso parte de lo que le impulsó a traicionarla en su momento? ¿El miedo a que ella lo superara? Era a la vez halagador e irritante; ella lo había admirado a él y a sus habilidades. Pero todo eso pertenecía al pasado, donde tenía intención de dejarlo.
Lara intentó una maniobra de distracción. —Pero aquí no va a servir de nada.
Un destello en sus ojos le dijo que no estaba de acuerdo. —Si lo suavizamos un poco, funcionará perfectamente. Confía en mí. —Lo dijo en tono desenfadado, pero el quiebro en esas dos últimas palabras le reveló que le importaba su respuesta.
—De acuerdo —dijo ella, buscando un tono juguetón—. Pero si sale mal, te echo la culpa a ti.
—No saldrá mal.
Él le tomó la mano, y ella se la dejó tomar mientras caminaban juntos hacia la puerta principal.
Bella los siguió. —Me gustaría que quedara constancia oficial de que no estoy de acuerdo con esta estrategia. Dicho esto, debería resultar muy entretenido.
Desde algún lugar del interior de la casa llegó un estallido de ladridos después de que Darryl llamara al timbre. Le siguieron unos siseos apresurados y el sonido de garras repiqueteando sobre suelos de madera.
Un minuto después, la puerta se abrió y un hombre de unos cincuenta años les sonrió.
Era delgado de hombros y extremidades, pero el principio de una barriga cervecera tiraba de una camiseta desteñida.
La parte superior de su cabeza había sucumbido a la calvicie, mientras que el pelo entrecano resistía con obstinación a los lados.
Llevaba pantalón largo y zapatillas de casa, y tenía más pinta de padre de familia pillado a mitad de su momento de relax vespertino que de perito judicial vinculado a un caso multimillonario.
—¿Darryl Caldwell? —preguntó.
Darryl le estrechó la mano. —Señor Brandon, encantado de conocerle.
—Llámame Arthur, tío.
A su lado, Lara se preparó mentalmente tarareando «Rich Girl» entre dientes. Enderezó los hombros, levantó la barbilla y dejó que su mirada se deslizara con desdén por la propiedad.
—Esta es Lara —dijo Darryl—. Luego llevo a mi chica a cenar.
Lara le dirigió a Arthur un breve gesto de asentimiento, maldiciendo internamente a Darryl por la palabra chica .
Bella, por desgracia, carecía del mismo autocontrol y soltó una pequeña nube de humo.
La mirada de Arthur se desplazó hacia ella. —Vaya, qué cosa tan exótica…
—Prometiste que esto no llevaría mucho tiempo —interrumpió Lara, añadiendo un mohín y rezando en silencio para que Bella no reaccionara.
Por suerte, había cortado a Arthur antes de que pudiera decir algo que incendiara el ambiente, como mascota .
—Pasad, pasad. —Arthur se hizo a un lado.
Una ola de aire acondicionado fresco envolvió a Lara al entrar.
El salón de planta abierta tenía suelo de madera pulida y paredes claras.
Sofás color crema rodeaban una mesa de madera baja, con plantas en macetas que suavizaban el espacio.
Una elegante barra exterior se hallaba bajo lámparas colgantes y ventiladores de techo.
Lara lo observó todo con una ceja levantada.
La casa era cara.
O Arthur Brandon cobraba honorarios de consultoría asombrosos, o los sobornos implicados en suprimir informes de contaminación eran incluso mayores de lo que ella había imaginado.
Arthur los condujo pasando junto a una decoración minimalista, cuadros abstractos de gran formato y estanterías con un puñado de libros.
Su despacho en casa lucía un enorme escritorio pulido hasta quedar como un espejo, con una gran pantalla en el centro. En una esquina de la habitación había cuatro sillones color crema dispuestos en torno a una mesa de centro baja con revistas apiladas encima.
La habitación olía a humo de cigarrillo y ambientador caro.
Bella saltó a uno de los sillones antes de que nadie pudiera impedírselo y se acurrucó como si el sitio le perteneciera.
Arthur señaló los sillones y luego se dirigió hacia un carrito de bebidas colocado junto a las estanterías.
—¿Os ofrezco algo de beber? —preguntó, con el tono satisfecho de quien tiene por fin ocasión de usar esa frase.
Lara negó con la cabeza.
Darryl, en cambio, le dedicó una sonrisa desenvuelta. —Un whisky Starward sería estupendo, pero solo si me acompañas.
—Por supuesto, tío.
El alcohol soltaba las lenguas.
Arthur sirvió dos whiskies. Le tendió uno a Darryl antes de dejarse caer en el sillón frente a ellos.
—Bien —dijo—, ¿en qué puedo ayudaros?