CAPÍTULO 8
C uando Lara salió de su dormitorio y vio a Rhys junto a la ventana, mirando el mar, se le secó la boca.
Llevaba un esmoquin negro (¡cómo no iba a ser negro!) con pajarita azul.
El hecho de que Theo hubiera conseguido encontrar algo que le sentara tan perfectamente a Rhys rozaba el milagro.
La tela oscura no hacía sino acentuar su contraste, una fuerza indómita contenida de algún modo dentro de sus límites.
Rhys la miró y se quedó inmóvil.
La mirada le recorrió el vestido sin decir palabra. Sus rasgos se tensaron, la contención fue tirante en vez de ceder, y sus ojos se oscurecieron.
Entonces se movió.
Dos zancadas y estaba frente a ella, tan cerca que Lara podía sentir el calor que irradiaba, con las motas doradas de sus ojos centellando.
—Acabas de complicar bastante la noche —dijo, con las palabras rozándole la oreja.
Ella tragó saliva.
Theo carraspeó; Lara ni siquiera se había dado cuenta de que estaba en la habitación.
—¿Nos vamos? —preguntó.
No podían llegar en el mismo vehículo, así que Valerie había tomado prestado un coche para que Rhys llevara a Lara, Bella y Theo.
Valerie alquiló una limusina.
—Es importante saber hacer una entrada —dijo—. Cuanto más te rodees de riqueza, menos se preguntará la gente quién eres.
Ella llegaría más tarde.
* * *
El interior de Queensland nunca decepcionaba.
La carretera serpenteaba desde la costa, estrechándose y enroscándose a través de densas franjas de monte bajo donde los eucaliptos altos se inclinaban sobre el asfalto y filtraban los últimos restos de luz.
El aire se enfriaba a medida que dejaban atrás el olor a sal, cargándose de tierra húmeda y verdor.
De vez en cuando los árboles se abrían y dejaban entrever las tierras del interior, con colinas ondulantes que se difuminaban en la penumbra y el cielo surcado por las últimas franjas de oro y violeta, mientras el sol se hundía tras las montañas.
Rhys tomaba las curvas con soltura; el todoterreno de lujo abrazaba las estrechas carreteras de Queensland mientras ascendían, pasando ante verjas de granjas dispersas y largos caminos de acceso que insinuaban propiedades apartadas de la vista.
De cuando en cuando aparecía alguna casa, moderna, extensa, encaramada para aprovechar las vistas, antes de desvanecerse de nuevo tras setos y vegetación tupida.
Cuando tomaron el camino privado que conducía hacia una de las propiedades más grandes enclavadas en las colinas al otro lado de Palmwoods, la luz se había reducido a un suave resplandor crepuscular que hacía que todo pareciera un poco más alejado del mundo de abajo.
Rhys detuvo el coche por completo y dejó salir a Theo. Este se internó entre los árboles y desapareció rápidamente entre sus sombras.
Poco después, la casa apareció ante ellos.
Una fachada de piedra texturada anclaba la estructura, rodeada de plantas tropicales y una altísima palmera, mientras que los marcos oscuros de las ventanas trazaban líneas modernas sobre el exterior.
La entrada se abría hacia una amplia explanada que describía una curva alrededor de un elemento central: una fuente coronada por la figura esculpida de una doncella vertiendo agua.
Sedanes relucientes, todoterrenos pulidos y algún que otro deportivo de lujo formaban una lenta procesión a lo largo del camino. Aparcacoches con uniformes impecables se movían entre los vehículos, abriendo puertas, intercambiando llaves y dirigiendo el flujo.
Uno de ellos se adelantó cuando Rhys se acercó, levantando la mano en señal de que redujera la marcha. —Buenas noches —dijo—. Bienvenidos.
Se acercó al lado del conductor y abrió la puerta a Rhys antes de tender la mano para recibir las llaves. Una vez que Rhys se las entregó, el aparcacoches le dio a cambio un tique.
Otro empleado estaba en el lado del copiloto y abrió la puerta a Lara con un educado gesto de cabeza.
Lara echó un vistazo a los invitados que tenían delante. Todo el mundo iba de punta en blanco, las mujeres resplandecían con collares y pendientes, y se alegró de llevar su propio elegante conjunto.
Rhys extendió el brazo y Lara deslizó la mano por él mientras Bella trotaba a su lado.
Las escaleras ascendían hacia una puerta pivotante iluminada, fácilmente una cabeza más alta que Rhys y el doble de ancha, que derramaba una luz cálida sobre la entrada. Max estaba a un lado, con la mirada yendo y viniendo entre la puerta y el interior mientras se ajustaba la pajarita.
—Hola, Max —lo llamó Lara.
La sonrisa que él le dedicó era puro alivio. —¡Por fin llegáis!
Él también llevaba esmoquin, con la pajarita de un amarillo pálido.
Bella atraía miradas curiosas a su paso, aunque los invitados eran demasiado refinados como para quedarse mirando abiertamente.
—Estás preciosa —dijo Max.
—Eso se queda corto —masculló Rhys.
—Vamos a buscar a Aimee —dijo Max, saludando a algunos invitados de camino con una sonrisa afable mientras los conducía hacia el interior.
No habría sorprendido a Lara que los conociera a todos por su nombre de pila y supiera los nombres de sus hijos, sus aficiones y qué actividades extraescolares detestaban en secreto.
Aimee, con un vestido de lamé dorado, estaba ejerciendo de anfitriona con un pequeño grupo de acompañantes cerca del centro de la sala, aunque llamarla «sala» era como llamar a la Ópera de Sídney un escenario.
Una araña de cristal tan grande como la fuente de fuera colgaba del techo, y sus cristales tallados lanzaban arcoíris por toda la estancia. El espacio tenía fácilmente cuatro veces el tamaño del apartamento de Lara; el suelo estaba recubierto de grandes baldosas de mármol con finas vetas doradas.
Aimee debía de tener un sexto sentido, o simplemente estar aburrida, porque en el instante en que los vio, se iluminó. Al acercarse, aplaudió de alegría.
—Lara, qué alegría verte —dijo, con la mirada deslizándose hacia Rhys—. ¿Y quién es tu guapo amigo?
La mirada especulativa que le dirigió a Rhys provocó un pequeño y desagradable nudo en el estómago de Lara. Según lo acordado, Max le habría dicho a Aimee que Rhys era un conocido de Lara.
—Me llamo Rhys —dijo él, estrechándole la mano.
Entonces la atención de Aimee se fijó en Bella.
—¡Ay! ¡Mirad todos! —dijo, volviéndose hacia el grupo para incluirlos—. ¿No os dije que era magnífica?
Bella se pavoneó ante tanta atención mientras Aimee le sonreía a Max. —Siempre tienes alguna sorpresa guardada, ¿verdad, cielo?
Con cada nueva interacción con la novia de Max, Lara se daba cuenta de que la antipatía de Valerie hacia Aimee no era un prejuicio, sino perspicacia.
El grupo reunido en torno a Aimee estaba tan cuidadosamente seleccionado como la casa. A su lado había un hombre alto de cabello plateado.
—Mi padre, Richard Carlton —dijo Aimee.
Lara le estrechó la mano y percibió un roce de magia. No era suficiente para identificar la disciplina, pero tenía una calidad controlada que delataba a un mago entrenado.
Junto a él había una mujer con un largo vestido negro, el cabello recogido en un moño y un doble hilo de perlas reposando en su garganta.
—Y mi madre, Elaine Carlton.
En el momento en que Lara se encontró con su mirada, una sensación inconfundible le recorrió los sentidos: magia de bruja. La impresión de brasas contenidas aguardando un soplo de aire. Curioso.
Lara correspondió al saludo y se volvió cuando Aimee señaló con un gesto al último miembro del grupo.
—Y este es Daniel Hayes, socio comercial de mis padres. —Aimee señaló hacia Lara—. Esta es Lara.
Daniel Hayes aparentaba unos cuarenta años y tenía un atractivo rudo. Su apretón se prolongó cuando tomó la mano de Lara, y su mirada se demoró igual.
—Es un placer —dijo.
—Encantada de conocerlo. —Lara se apartó de la órbita de Rhys con cierta reluctancia, recordándose el plan. Habían acordado que tendrían más suerte haciendo preguntas por separado.
Aimee se acercó a Rhys.
—¿Y a qué te dedicas? —le oyó preguntar Lara.
Rhys debía de haber ensayado la respuesta. —Mi familia se dedica a la seguridad.
Era lo bastante vago para dejarla satisfecha sin revelar nada y, a juzgar por el gritito de interés de Aimee, lo bastante intrigante como para invitar a más preguntas.
Lara reprimió un suspiro. Iba a ser una noche muy larga.
Centró su atención en el socio comercial. Rhys podía ocuparse de Aimee.
—¿A qué se dedica usted, señor Hayes?
—Llámeme Dan, por favor. Soy agricultor y empresario; nada demasiado emocionante.
Probablemente estaba dando por hecho que Lara era una chica de ciudad. Algo que podía usar para obtener más información.
—En realidad eso suena fascinante. ¿Qué cultiva?
No necesitaba fingir interés; sentía curiosidad de verdad, y era una forma de ir llevándolo hacia temas más relevantes. Dejó que su magia rozara sus palabras mientras aprendía la cadencia de su habla.
—Macadamias —dijo Dan—. Es un juego a largo plazo.
Plantas los árboles y esperas. Tardan años en darte algo que merezca la pena.
—Se encogió de hombros ligeramente—. Una vez que están establecidos, es bastante sencillo.
Vigilas el suelo, el agua, las plagas. Llega la cosecha y se trata principalmente de saber el momento oportuno.
Tenía un aire relajado y su sonrisa era afable.
—Claro que hay algo más entre bambalinas, pero en un buen año, funciona bastante solo.
Lo estaba minimizando. La agricultura rara vez era tan sencilla, como Lara había aprendido de pequeña en la granja de sus padres.
Los rendimientos podían oscilar con el tiempo y las plagas, y ni siquiera una buena cosecha significaba nada si los precios caían o la logística fallaba.
El clima de Australia era brutal, con oscilaciones de un extremo al otro.
Y luego estaba el lado empresarial: comercializar el producto, negociar con los compradores, gestionar contratos y llevar la contabilidad al día.
—¿Decía que también es empresario? —preguntó Lara.