Capítulo 27
E ra difícil mantener una conversación seria con el ruido de la carretera y las sacudidas del carruaje de su padre, pero, en cuanto llegaron a Churchdown, este insistió en que tomaran el té a solas en el estudio y se pusieran al día antes de que su «querida prole» la acaparara.
Sin embargo, antes de que pudieran cumplir con su propósito, la pequeña Matty los recibió en la puerta, se abrazó a las rodillas de Anne y le pidió que le leyera un cuento.
Luego apareció Nancy, tan encantadora como siempre, con la bebé Emma en brazos y un delantal manchado cubriéndole la abultada barriga, y agarró a Matty de la mano.
Tras darle la bienvenida, los dejó solos en el estudio, entornó la puerta y se llevó a Matty a otra habitación.
Padre e hija pasaron un rato allí sentados charlando.
Anne le habló de lady Celia y cómo aquella susceptible mujer había pasado de ser una persona a la que le guardaba rencor a alguien por quien sentía un gran cariño; también le explicó lo mal que se sentía por haber perdido a otra paciente, sobre todo después de haberle fallado ya a mamá.
—¿A qué te refieres con lo de tu madre? —preguntó él, confuso.
—Ya sabes que llevo años sintiéndome culpable por su muerte.
—¿De verdad? Cuánto lo lamento. Pero también me sorprende, porque yo me culpaba a mí mismo y daba por hecho que tú te sentirías igual.
¿Alguien que en apariencia se dedica a curar a la gente y no es capaz de curar a su propia esposa?
Y encima aquel día os abandoné… No creo que se te olvidara hacer nada de lo que te encomendé, pues sé que eres muy diligente, pero ¿cómo pude dejarte cargar con el peso de cuidarla en sus últimas horas?
—Sacudió la cabeza—. No fue culpa tuya. El único culpable soy yo.
—Quizá ninguno tengamos la culpa —dijo Anne invadida por una oleada de alivio—. Le describí los tratamientos que empleamos con mamá a un médico al que conocí en Painswick y…
—Supongo que no sería Marsland, ¿no?
—No, un hombre joven. Me dijo que no podríamos haber hecho nada más por ella, ni siquiera hoy en día.
—Es un alivio oír eso. Y este joven médico, ¿es amigo tuyo?
Como una urraca que ha localizado un objeto resplandeciente, la madrastra de Anne apareció en la entrada del estudio con los ojos brillantes de emoción y hablando con mucho entusiasmo.
—¿Un médico joven, has dicho? ¿Y cómo de bien os conocéis? Espero que esté soltero.
Anne rio.
—¡Eres una romántica sin remedio, Nancy! Pero agradezco tu cariño y tu preocupación.
Nancy Loveday se quedó inmóvil al oír aquello; quizá las primeras palabras amables que a su hijastra le había dirigido en mucho tiempo. A Anne le sorprendió, y también le apenó, ver lágrimas en los ojos de su madrastra.
—Supongo que sí que lo soy —respondió Nancy con una sonrisa a pesar de las lágrimas—. Y viniendo de ti, mi niña, es todo un halago.
La pequeña Emma comenzó a agitarse. Nancy palmeó el hombro de Anne con torpeza y salió para atender a la niña.
La joven experimentó un torbellino de emociones que la hizo sentirse mareada. Le parecía que era casi desleal con su querida madre al lamentarse por haberse esforzado tanto en mantener las distancias con la nueva esposa de su padre.
Después de que Nancy se marchara, su padre le dirigió una mirada llena de empatía y compasión.
—Sabes que a tu madre no le habría parecido mal que Nancy y tú os hicierais amigas, ¿verdad? Para ella lo más importante siempre fue que su familia fuera feliz y que sus hijas recibieran amor, encontraran su vocación y su lugar en el mundo.
Anne respiró hondo y luego exhaló un largo suspiro.
—Gracias, papá —contestó con un asentimiento de cabeza—. Creo que los he encontrado.
* * *
Una semana después, cuando Anne llegó a la rectoría, su hermana la recibió con un cariñoso abrazo. Hacía años que no se mostraba así de afectuosa con ella.
—¡No sabes cuánto me alegra que estés a salvo! —exclamó Fanny—. Menudo calvario has pasado.
Su padre la había llevado a casa de Fanny, pero no podía quedarse porque tenía un paciente enfermo al que atender. Saludó a Fanny, llevó el equipaje de Anne dentro de la rectoría y luego se marchó.
—Ven a tomar unos refrigerios —dijo Fanny—. Tienes que estar muerta de sed después del trayecto hasta aquí.
—No tengo sed, gracias —contestó ella—. ¿Me has puesto en la habitación de siempre? Voy a subir mis cosas y luego…
—Ya lo harás después. Pasa y siéntate. Pedí que prepararan el té en cuanto os vi aparecer por la carretera. Aquí dentro no nos molestará nadie. Esta salita es solo para uso mío.
—Gracias, me encantaría un poco de té.
Las hermanas se acomodaron en dos sillones que se encontraban uno enfrente del otro con una mesita baja entremedias.
—¿Y dónde está el señor Norton?
—Está reunido con uno de sus feligreses en la sala parroquial.
Fanny señaló una puerta cerrada al otro lado del vestíbulo. Se trataba de un pequeño estudio donde el clérigo podía hablar con los feligreses en privado sin molestar a su mujer.
—Dedica buena parte de su tiempo a su labor de consejero espiritual. Es un hombre con mucha dedicación.
Es posible que aquel fuera el primer halago que su hermana le dedicaba a su marido desde la boda.
—Es un hombre realmente bueno, solícito y honrado —continuó Fanny en tono reflexivo y con la mirada perdida en algún punto distante—.
Me arrepiento de no haber sabido valorarlo hasta ahora.
Está muy dedicado a mí y me es fiel, algo a lo que antes no le concedía demasiada importancia.
Pero pienso compensarlo por este tiempo perdido.
La criada llegó con una bandeja de té y la colocó frente a ellas.
—Gracias, Betsy.
En cuanto la muchacha les sirvió el té y salió, su hermana retomó la conversación.
—Todavía me cuesta creer que el señor Dalby esté muerto.
—Me lo imagino.
—Después de lo que me escribiste sobre él, todas esas revelaciones acerca de su verdadera naturaleza, su codicia, las mentiras… ¿Sería una vileza decir que…, no es que me alegre, claro que no, pero tampoco me entristece?
—No, creo que es perfectamente razonable.
—Cuéntamelo todo. Lo de lady Celia, lo del doctor Marsland, cómo es estar encerrada en una celda y que te apunten con una pistola… ¡Suena espantoso!
—Lo fue… En su mayor parte.
La mente de Anne se llenó de otras imágenes menos espantosas, como cuando taponó la herida de la cabeza de Ernest Finch con su corbata o cuando luego se la lavó y vendó.
También se acordó del modo en que él había tratado de lanzarse delante de ella para protegerla y cómo le había agarrado la mano en un gesto de agradecimiento mientras ella le vendaba la herida.
Y también… de cuando la abrazó debajo de un tejo en el cementerio.
—¿Qué significa eso de «en su mayor parte»? —preguntó Fanny.
Anne alzó la vista y vio que su hermana la miraba con mucha atención, claramente intrigada.
—Podría haber sido peor, pero ambos vivimos para contarlo.
—¿Ambos?
—Ah, sí. Creo que en la carta te expliqué que la señorita Fitzjohn había venido a rescatarnos. El doctor Marsland me había encerrado en la celda junto con otro médico, un hombre más joven que llegó hace poco a Painswick y era socio suyo. Ernest Finch.
Fanny inclinó la cabeza hacia un lado con expresión de saber lo que pasaba.
—Y te gusta ese tal Ernest Finch.
—Debo confesar que… sí. Al principio no me fiaba, pero luego desarrollé una gran admiración por él.
—¿Y él siente lo mismo?
—Creo… que sí. O al menos eso espero.
—¿Pero…? —Fanny levantó las cejas, expectante.
—Ahora mismo la situación es un poco complicada. Como el doctor Marsland está en prisión a la espera de juicio, el doctor Finch se ha hecho cargo de su consulta, pero su futuro todavía es incierto. Además, ya sabes que yo he decidido no casarme.
Fanny hizo un ademán con la mano.
—No, lo que decidiste fue no caer en las tretas de casamentera de Nancy. Aunque no todas esas tretas han sido un fracaso.
—Y yo me alegro mucho por ti y por el señor Norton.
—No seas testaruda, Anne. Nadie te va a recriminar que te eches para atrás en tu determinación de permanecer soltera.
Cuando hiciste dicha declaración, no fue más que una reacción comprensible, aunque algo exagerada, a la insistencia de Nancy por buscarte pretendientes.
Es obvio, no quiero que nadie te presione para que te cases por un motivo que no sea el amor.
Pero es que nadie, excepto Nancy, quiere eso para ti.
—He sido injusta con ella —admitió Anne—, y demasiado crítica.
Ella consideraba que me estaba ayudando.
Después de vivir en Painswick Court y ser testigo de lo complicada y tensa que era a menudo la relación de la señorita Fitzjohn con su madre y, al mismo tiempo, cuánto le dolió perderla…
—Anne sacudió la cabeza—. He tomado la resolución de ser más amable con Nancy de ahora en adelante.
No quiero arrepentirme como la señorita Fitzjohn.
—¿Hablas en serio? Estoy impresionada. Pero ya basta de hablar de nuestra madrastra. Cuéntame más sobre ese doctor Finch. ¿Qué acordasteis antes de que te marcharas? ¿Le prometiste que volverías? ¿Y él, no te propuso nada?
Anne negó.
—No era el momento adecuado para todo eso, teniendo en cuenta las tragedias que acababan de producirse.
—Supongo que no… —Su hermana hizo un mohín, pero luego enseguida añadió con urgencia—: Ahora dame todos los detalles que no incluiste en la carta.
Anne obedeció y, durante un rato, le narró cómo habían sido sus días en Painswick Court, se detuvo en particular en la noche en que la encerraron en la celda. Fanny la escuchaba con absoluta fascinación, y solo la interrumpió para pedirle que aclarara ciertas cuestiones.
Anne no tenía pensado darle detalles sobre la muerte del señor Dalby ni la investigación, la autopsia y la vista que siguieron, pero Fanny insistió en que lo quería saber todo, y Anne aceptó a regañadientes.
Al final, cuando Anne ya daba por terminada la conversación, se abrió la puerta de la sala parroquial. El señor Norton salió de allí acompañado por un hombre joven al cual palmeó el hombro y susurró unas palabras de consuelo antes de dejarlo ir.
Cuando la puerta principal se cerró tras el visitante, el cuñado de Anne se acercó y se quedó de pie en el umbral de los dominios de su esposa.
—No te preocupes, no voy a interrumpir —declaró a la vez que alzaba la mano con aire apaciguador—. Solo quería saludar a nuestra hermana. —Hizo una inclinación—. ¿Cómo estás, Anne? Lamento no haber podido recibirte a tu llegada.
Anne se puso de pie, le sonrió con cariño e hizo una reverencia.
—No pasa nada. Me alegro de veros a los dos.
—Pasa, Stephen —dijo Fanny—. Todavía queda algo de té y nos gustaría disfrutar de tu compañía, ¿no es así, Anne?
Un tanto sorprendida, miró a su hermana.
—Desde luego que sí.
Entonces volvió la vista hacia el señor Norton y se dio cuenta de que estaba tan asombrado como ella.
—Será un placer, querida —manifestó en cuanto se repuso.
Y la sonrisa llena de amor y esperanza que iluminó su rostro enterneció por completo a Anne.