Susurros en Painswick Court Capítulo 28
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Capítulo 28

A l cabo de unas semanas, Anne recibió una carta de la señorita Lotty recordándole que su habitación en Yew Cottage estaba preparada y esperando para cuando quisiera regresar.

También añadió que la echaba de menos, igual que otros habitantes de Painswick, en particular uno de ellos.

A Anne no le costó adivinar a quién se refería.

Fueran cuales fuesen las razones de Lotty para pedirle que regresara, Anne se sentía lista para hacerlo, así que respondió a su carta aceptando la invitación.

Una semana después, volvió a Yew Cottage.

Su padre la llevó en su carruaje, la ayudó con el equipaje y se quedó a tomar el té.

Él y Lotty charlaron sobre los viejos tiempos y sobre la madre de Anne.

Escuchar todas aquellas historias sobre mamá de los labios de dos personas que la habían querido tanto le produjo una felicidad indescriptible.

Al final, su padre le dio las gracias a la señorita Lotty su hospitalidad para con él y con su hija y se marchó.

Anne acababa de despedirlo en la puerta cuando vio que el doctor Finch estaba atravesando deprisa el cementerio con su maletín en la mano, camino de alguna visita importante.

Al verla, se detuvo y la saludó con la mano.

Ella le devolvió el gesto, y se sorprendió gratamente al ver que él cambiaba de rumbo.

Se acercó a ella con rapidez, tanto que estuvo a punto de chocarse con un carro que pasaba.

Anne contuvo el aliento, sin saber qué esperar de aquel encuentro. Él parecía tan entusiasmado que llegó a pensar que podría levantarla en brazos y darle vueltas en el aire.

En vez de eso, dijo:

—Ah, bien, ya ha vuelto. —Hizo una pausa para recobrar el aliento—.

Soy consciente de que acababa de regresar, por eso odio pedirle esto, pero ¿le importaría echarme una mano en el hospicio?

Ya le había hablado de la señorita Cox y su madre, ¿verdad?

Las he ayudado en varias ocasiones, y la señorita Cox acaba de informarme de que han llegado dos familias nuevas con niños que necesitan atención médica.

Uno tiene cortes y moratones, otro, paperas y es posible que disentería.

Entiendo que todo eso suena horrible, pero…

—En absoluto.

—¡Bien! Ah, y ¿se acuerda del señor Hinton, el trabajador del molino que perdió el brazo el año pasado? Lo he vuelto a visitar hoy y resulta que el muñón le pica muchísimo. Quizá podríamos ver si en ese maletín suyo hay algo que lo pueda aliviar.

Para sorpresa de la propia Anne, se le saltaron las lágrimas, igual que la última vez que él le había pedido que lo ayudara con sus pacientes.

El hombre hizo una mueca de consternación.

—Lo siento mucho, no quería hacerla llorar otra vez. Solo pensaba que, ahora que ha vuelto…

—Estoy bien.

—Pero… está llorando.

—Ya lo sé. Supongo que es porque… me alegra estar aquí. —Sorbió por la nariz y se puso recta—. Y por supuesto que quiero ayudarle.

La puerta principal se abrió y, sin hacer preguntas y con un brillo sagaz en los ojos, la señorita Lotty le entregó su maletín.

—Ya te avisé de que había alguien que te echaba de menos.

* * *

Anne pasó los siguientes meses felizmente ocupada ayudando al doctor Finch, echando una mano en la enfermería del hospicio, disfrutando de la compañía de la señorita Lotty y la señorita Birt y visitando a Rosa, la señora Baylis y Katherine Fitzjohn para ponerse al día de todo lo que había sucedido en su ausencia.

Uno de estos sucesos era la creciente amistad entre Jasper Paine y Rosa Stark.

Anne sospechaba que los momentos que Jasper pasaba con la joven y su hijo se debían menos a su voluntad de compensar los errores de su difunto primo y más a un interés real por su parte.

A fin de cuentas, Rosa era una muchacha dulce y encantadora.

Ella también parecía muy interesada en el amable y honrado Jasper Paine.

El tiempo diría qué sucedía con ellos, pero Anne les deseaba lo mejor.

Al cabo de un tiempo, llegó la noticia de que Richard Marsland había sido condenado por asesinato, pero le habían conmutado la pena de muerte por la de ejercer de por vida como médico en un navío que se encargaba del transporte de presos.

La señorita Lotty, la señorita Birt e incluso Anne coincidían en que aquello era un castigo adecuado y se alegraban de que no lo fueran a ahorcar, pero tampoco pudiera regresar a Painswick.

Otra noticia más alegre fue la de que Katherine y el señor Palling se habían prometido con bastante discreción y pensaban casarse pasado un periodo razonable de luto por lady Celia.

Pero la mejor noticia de todas fue que Anne recibió una carta en la que su hermana, llena de alegría, le anunciaba que el señor Norton y ella esperaban su primer hijo. Respondió felicitándola y de inmediato comenzó a rezar a diario para que el embarazo llegara a buen puerto.

El señor Finch y ella pasaban mucho tiempo juntos, trabajando, charlando, riendo y comiendo, bien fuera en Yew Cottage o en Valley View Lodge.

Cuando Anne veía con qué cariño trataba el joven doctor a sus pacientes, cómo les leía cuentos a los niños y acunaba a su sobrino nieto, se enternecía.

Y cuando la tomaba de la mano o le besaba la mejilla…

su corazón se derretía del todo. Empezaba a creer que un futuro con el doctor Finch era posible.

No estaba segura, pero estaba dispuesta a confiar en lo que Dios le deparara para el resto de sus días, soltera o casada.

Un día, cuando ya habían pasado cerca de tres meses desde su regreso a Painswick, Ernest le pidió que se reuniera con él a mediodía en el camposanto. No la citó en concreto bajo el tejo, pero fue allí hacia donde ella se dirigió.

Él ya la estaba esperando.

Hincó la rondilla ante ella y le agarró las manos.

—Te quiero, Anne Loveday. ¿Quieres casarte conmigo y unir tu vida y tu vocación a las mías, para que así podamos ayudar a los demás y amarnos durante los días de vida que Dios nos otorgue, confiando en que Él nos guiará y nos ayudará a superar todo lo que nos depare el futuro?

Anne vaciló durante un instante, al pensar: «Fanny tenía razón».

Incluso Nancy, a su manera, tenía razón cuando le dijo que existe más de un camino hacia la felicidad.

En su obstinación, se había resignado a llevar una vida altruista pero solitaria.

Se equivocaba. Ella no podría convertirse en médico, pero se casaría con uno y compartiría su vida y su vocación, sus éxitos y sus fracasos.

Eso era lo que quería, lo que necesitaba.

Y Dios, el médico de médicos, siempre lo había sabido.

La sensación de libertad la envolvió como una brisa fresca que hizo crujir las hojas de los tejos y llenó el aire de esperanza.

Por fin era capaz de verse a sí misma como la veía Dios, como la veía Ernest Finch: una mujer encantadora y capaz.

Y se sentía preparada y dispuesta a unir su vida y su futuro a los de aquel hombre.

—Sí, quiero. Con todo mi corazón.

* * *

Un hermoso día de primavera, casi un año después de que se conocieran, Anne (con e) Loveday se casó con el doctor Ernest Finch en la iglesia de santa María, en Painswick. Rosa y Jasper fueron los testigos.

Después de la misa, familiares y amigos se reunieron para celebrar un pícnic en el cementerio en lugar del típico desayuno nupcial. Las anfitrionas fueron Charlotte Newland, Úrsula Birt y Katherine Fitzjohn-Palling.

La hermana de Anne, encinta, y su marido asistieron como invitados, igual que su padre, su madrastra y sus medio hermanas.

Anne y Ernest se sentaron en una mesita bajo las ramas entrelazadas del tejo, con el agudo canto de cortejo de los reyezuelos sonando sobre ellos y los recuerdos de la madre y los abuelos de Anne muy cerca.

La señorita Lotty se movía con alegría de un lado para otro, pasando platos de comida y rellenando vasos, mientras las felicitaciones para los recién casados fluían al mismo ritmo que la sidra y la limonada.

El pequeño Robbie caminaba con torpeza pero feliz y con los brazos abiertos hacia Rosa y Jasper, y las medio hermanas de Anne colmaban a Louie de caricias y golosinas.

Albert Palling paseó a Matty encima de sus hombros y, después, cuando la chiquilla volvió a hacerse una herida en la rodilla, el doctor Finch —el marido de Anne— se encargó de curarla.

Mirando alrededor llena de satisfacción, se dio cuenta de que aquella era su gente. Y Painswick, su hogar.

Anne se inclinó hacia Ernest, y este la recibió con un beso largo y dulce. Justo allí, al abrigo de un tejo, con todas sus leyendas y simbolismo alrededor de la muerte, el renacimiento y la vida eterna.

Cuando se separaron, los asistentes los ovacionaron. Anne sonrió y le dio las gracias a Dios por aquel día tan perfecto. Todos sus seres queridos, los que aún vivían, juntos y felices en un mismo lugar y un futuro desconocido pero radiante abriéndose ante ellos.