Susurros en Painswick Court Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Quería hablar contigo a solas —le confesó él mientras paseaban por el camposanto—. La tía Celia ha sido muy generosa conmigo en su testamento, mucho más de lo que esperaba. Gracias a la herencia y al dinero de la venta de mi nombramiento, parece que al final sí que voy a poder casarme por amor.

—Ah. —Anne sintió una punzada de incomodidad en la boca del estómago—. Me… me alegro.

—No temas. Sabes que te tengo en muy alta estima, pero soy consciente de que otro hombre se ha ganado tu corazón.

Anne sintió que le ardían las mejillas.

—Bueno…, es posible.

—Te deseo lo mejor, Anne, de verdad que sí. Yo también espero poder encontrar el amor algún día.

—Antes dijiste que, además de a tu tía y a mí, echabas de menos a Rosa Stark —dijo ella tras un momento de reflexión—. Quizá podrías ir a visitarla uno de estos días.

Él la miró alzando las cejas.

—Confieso que es un pensamiento que se me ha pasado por la cabeza… ¿Crees que sería buena idea?

—Sí que lo creo.

«Dios Santo», pensó Anne. ¿Acaso estaba ejerciendo de casamentera? ¡Se estaba convirtiendo en Nancy!

—Pero no mañana —añadió—. Katherine y yo vamos a ir a verla. ¿Te ha contado tu prima… algo sobre Rosa?

—¿A mí? Nada. Ha estado demasiado ocupada dedicándole sonrisas de enamorada a Albert.

Anne soltó una carcajada.

—Como debe ser.

—Estoy de acuerdo. En mi opinión, es algo que debería haber ocurrido hace mucho tiempo. Me alegro por ambos.

—Yo también.

* * *

Al día siguiente, Katherine y Anne fueron juntas a Valley View Lodge.

—Estoy nerviosa —admitió Katherine.

—¿Por qué? ¿Qué tiene planeado?

Katherine le lanzó una mirada de preocupación.

—¿A qué se refiere? ¿Por qué lo pregunta?

—Bueno, sé que al doctor Finch no le agradaba la idea de que el señor Dalby pudiera enterarse de la existencia del niño e intentara interferir de algún modo en su vida. Y no precisamente a la manera tradicional, casándose con Rosa.

—¡Por Dios, Anne! No albergo ningún plan diabólico, se lo aseguro. Solo quiero conocer al niño y… darles a todos una noticia. Una buena noticia, espero.

En la casa fueron recibidas por una sorprendida señora Tufley.

—¡Válgame Dios! Buenos días, señorita Fitzjohn, señorita Loveday. Pasen, por favor. Iré a decirle al doctor que han venido.

—Gracias.

El ama de llaves las condujo hasta una pequeña estancia muy soleada.

—Pasen y siéntense aquí, en la sala de estar. Los señores están en el jardín de atrás.

Las dos mujeres tomaron asiento. Un momento después, el doctor Finch entró en la habitación.

—Menuda sorpresa más agradable.

—A la señorita Fitzjohn le gustaría conocer a Robbie, si es posible —dijo Anne.

—Eh... Sí, sí. O sea…, dejen que le pregunte a Ro…

Rosa entró en la sala cuando él aún no había terminado de pronunciar su nombre. Llevaba en los brazos a su querido hijito de pelo rubio, mejillas sonrosadas y ojos azules —aunque parecían casi verdes a la luz del sol.

—¡Anda, señorita Fitzjohn! ¡Anne! Adelante, bienvenidas. Este de aquí es Robbie.

Katherine tragó saliva.

—¿Podría sostenerlo en brazos un momento? —preguntó.

—Por supuesto. —Rosa se lo entregó—. Siempre hay peligro, téngalo en cuenta. Aunque lo acabo de cambiar hace unos minutos, así que quizá tenga usted suerte.

Katherine no le prestó atención a la advertencia; no parecía preocuparle en absoluto lo que pudiera pasarle a su vestido negro de seda. Sostuvo al niño en el hueco de uno de sus brazos, inclinado de manera que pudiera verle la cara por completo.

Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras lo miraba.

—Dios mío, tiene los ojos de Jude. —Se mordió el labio y esbozó una sonrisa trémula—. Aunque por lo demás se parece a usted. —Se lo devolvió a Rosa con mucho cuidado y añadió—: Tengo que darle una noticia que espero que le agrade.

—¿A mí?

Todos tomaron asiento. La señorita Fitzjohn sacó un pañuelo del ridículo y se limpió con delicadeza los ojos y la nariz. Después, comenzó a hablar.

—¿Se acuerda del testamento que trajo usted de Gloucester, el que mamá le había pedido a su abogado que cambiara?

—Sí. ¿Qué fue de él? —preguntó Rosa—. Creí que su madre lo había escondido bajo la almohada, pero cuando fui a cambiar las sábanas el día después de que falleciera, ya no estaba ahí.

Katherine asintió.

—Porque lo tenía yo. Cuando el doctor Marsland los sacó a todos de la habitación para que yo pudiera despedirme de mamá en privado, me incliné para darle un beso en la mejilla y, al apoyar la mano en la cama para sostenerme, noté que algo sobresalía por debajo de la almohada.

»Me lo llevé a mi cuarto para examinarlo más adelante, y descubrí que mamá había añadido un anexo de su puño y letra. Y, aunque esta versión modificada no se firmó delante de testigos antes de que mamá muriera, tengo intención de cumplir su voluntad.

Rosa y su tío intercambiaron una mirada de inquietud.

—Mamá quería dejar algo de dinero en un fideicomiso para su hijo.

Con eso esperaba poder asegurarle un futuro y una educación, así como una modesta asignación anual para usted.

Espero que no lo rechace por… bueno, por lo que sería un resentimiento justificado hacia nuestra familia en general y hacia Jude en particular.

—No, le estoy muy agradecida. Y, por el bien de Robbie, quiero hacer un esfuerzo por perdonar y pasar página.

Katherine se perdió en los recuerdos durante in instante.

—Qué ironía… —comenzó a decir, con la voz rota a causa de las lágrimas que volvían a anidar en sus ojos—. Jude estaba tan preocupado por si mamá lo había borrado del testamento, tan decidido a encontrarlo y destruirlo para evitar que lo desheredara…

Katherine negó con la cabeza.

—¿E iba a hacerlo? —preguntó Anne.

—No, al final no lo hizo. Creo que no quería convertirse en otra figura paterna que lo abandonaba.

A pesar de todos sus fallos, mamá lo quería muchísimo.

Y yo también. —Katherine miró a Rosa a los ojos—.

No siempre fue un hombre malo, Rosa. Por favor, recuérdelo.

El padre de este corderito no siempre fue malo —dijo con la voz llena de emoción—.

De niño era… ¿Cómo lo expresó mamá, Anne?

—Dijo que era como el hijo que nunca tuvo. Afectuoso, divertido y encantador.

—Sí. —Katherine asintió, pronunciando aquella palabra como un suspiro—. Y con una madre y un tío abuelo que lo quieren tanto…, confío en que Robbie será todas esas cosas y mucho más.

—Espero que así sea, con la ayuda del Señor —declaró Rosa.

—Yo también lo espero. Lo espero de todo corazón.

* * *

Cuando Anne regresó a Yew Cottage, se encontró con una carta de su padre en la que este decía que por supuesto que iría a recogerla, y le ofreció una fecha mucho más temprana de lo que Anne esperaba.

Incluso añadió que la echaba de menos y que estaba deseando volver a verla, lo cual fue todo un bálsamo para ella después de haberse marchado de su casa sintiendo que no la querían allí.

Al día siguiente, mientras Anne hacía el equipaje, el doctor Finch volvió a acudir de visita a Yew Cottage.

—Señorita Loveday —le dijo—, me preguntaba si conoce a la señora Cox y su hija.

—No, no lo creo, aunque sí he oído hablar de ellas.

—Son unas mujeres del pueblo que, aunque legas, se dedican a la inoculación de viruela bovina como forma de prevenir la viruela en humanos. El propio doctor Jenner les enseñó y animó a hacerlo, e incluso les proporciona pus de las pústulas de las vacas para que puedan llevarlo a cabo.

—Ah, sí.

El padre de Anne había vacunado de la viruela a todos sus hijos mediante ese método.

El procedimiento consistía en abrir la piel con un escalpelo e introducir materia extraída de una vejiga de viruela bovina, lo cual era mucho menos peligroso que introducir el virus de la viruela común.

A pesar de ello, aún había muchos médicos que se resistían al cambio, y gente pobre que no se podía permitir llevar a sus hijos a un médico caro ni a veces tampoco a un cirujano.

Por ese motivo, muchos voluntarios se habían sumado a la causa de la vacunación.

—La señorita Eliza va a tomar el relevo de su madre y ha mencionado que le vendría bien un poco de ayuda con los nuevos alumnos de la escuela privada masculina, así como las del colegio de beneficencia para niñas.

—¿Sí?

Él asintió.

—Gracias a los esfuerzos de las Cox, Painswick apenas se ha visto afectado por la viruela desde hace más de veinte años.

—¡Eso es estupendo!

El doctor volvió a asentir.

—¿Tal vez querría acompañarme a echarles una mano? También tenía pensado visitar a ese trabajador del molino del que nos habló Joe Webb, el que perdió un brazo el año pasado, y ver si hay algo que podamos hacer para ayudarlo.

«Podamos». Para su sorpresa, a Anne se le llenaron los ojos de lágrimas al oírlo hablar en plural.

El doctor, por su parte, abrió los ojos en un gesto de consternación.

—Lo siento mucho, no pretendía angustiarla. Por supuesto que no tiene ninguna obligación de acompañarme. Es solo que se me ocurrió que, ahora que ya no la necesitan en Painswick Court…

—No es lo que se está imaginando, no estoy angustiada. Ese es exactamente el tipo de asuntos en los que me encantaría involucrarme, y sé que me harían sentir muy satisfecha.

—Entonces, ¿por qué llora?

—Porque no puedo hacerlo. Mi padre va a venir a buscarme de un momento a otro. Me marcho hoy mismo.

—¡Ah! No sabía que pensaba irse tan pronto.

—Tampoco yo, pero mi padre respondió enseguida a mi carta diciendo que se moría de ganas de verme.

—Eso es una gran noticia. Muy… buena.

—Sí, muy buena.

Aun así, las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas.

—Volverá pronto, ¿verdad? Dígame que sí.

—Eso… eso espero.

Al médico le subió y bajó la nuez con notoriedad cuando tragó saliva.

—Bueno… Adiós por el momento, Anne Loveday.

Ella asintió, pero no fue capaz de responder con palabras.