Capítulo 23 #3
—Entonces deje libre a la señorita Loveday. La única razón por la que se involucró en todo esto es porque nosotros le pedimos que viniera a Painswick Court.
El doctor Marsland asintió.
—La señorita Lotty me lo sugirió antes de lo que lo hicieras tú.
Traté de disuadirla, pero entonces tú lo mencionaste delante de ellas dos.
Al principio me irritaba, pero en estos últimos días me he dado cuenta de que es una bendición tener a alguien a quien poder echar la culpa si el forense llegara a sospechar que la muerte de lady Celia no se debió a causas naturales.
Sobre todo, si ese alguien tenía una cuenta pendiente con la pobre anciana. Alguien que no soy yo, quiero decir.
El doctor Marsland se enderezó, como si asumiera un nuevo papel, una nueva identidad. Anne se preguntó fugazmente si acaso no habría sido él la persona a la que vio disfrazada del rey Carlos.
—El oficial y el forense no tardarán en llegar. —El doctor hizo un gesto hacia la celda—. Veamos… Había aprehendido al culpable, pero entonces la señorita Loveday trató de escapar y no me quedó más remedio.
Sacó una pistola del bolsillo y le apuntó.
Anne sintió que un acceso de terror le recorría hasta el último centímetro del cuerpo.
—¡No! —gritó Ernest, saltando para colocarse delante de ella. Sin embargo, la cadena lo retuvo.
El rostro del hombre mayor se ensombreció.
—Lo siento mucho por la señorita Lotty, pero la verdad es que no puedo hacer otra cosa.
»Y en cuanto al doctor Finch… Veamos… —Volvió a tocarse el mentón—. El pobre idiota enamorado se dejó engañar por ella, que juraba ser inocente, vino corriendo a rescatarla y se cayó por las escaleras.
Ernest soltó una risa burlona.
—Nadie le va a creer.
—Yo pienso que sí. Llevo muchos años siendo el respetado médico del pueblo. ¿Quién va a poner en duda mi palabra?
—Yo —contestó alguien en voz alta y clara.
Todos se dieron la vuelta. El doctor Marsland se guardó deprisa la pistola en el bolsillo, tal vez al pensar que se trataba del oficial de policía.
Una figura apreció en el umbral de la vieja puerta de las mazmorras, arco en mano. Tensaba la cuerda y tenía una flecha preparada para ser disparada.
El asombro sacudió a Anne.
El rey Carlos I. Reconocía su melena rizada, el bigote, la barba terminada en punta y la capa. Y la cara de…
Katherine Fitzjohn.
—Acabo de ver el cadáver de Jude —dijo mirando con furia al doctor Marsland—. ¿Usó una flecha para culpar a Jasper o a mí?
—A ti no, querida mía; por supuesto que no a ti. Si accedes a casarte conmigo, me aseguraré de que no recaiga ni la más mínima sombra de sospecha sobre ti, mi bella azucena blanca.
—No me hable así. No soy suya y nunca lo he sido.
—Eso no es verdad. Hubo un tiempo en que te gustaba que te hablara de ese modo.
—Eso fue hace mucho. Al principio sus atenciones me hicieron sentirme halagada porque era un hombre mayor, inteligente y muy respetado; pero mi interés duró poco.
—Porque tu madre interfirió.
Katherine asintió, aunque sin dejar de apuntarle con el arco.
—Interfirió, sí, pero con el tiempo me di cuenta de que tenía razón. Usted y yo no habríamos encajado. Ni entonces ni mucho menos ahora.
Él frunció el ceño como si acabara de reparar en el disfraz que ella llevaba puesto.
—¿Qué haces así vestida? Es impropio de una dama de tu alcurnia.
—Tengo mis motivos.
El doctor Marsland señaló el arco con un ademán.
—Baja eso antes de que hieras a alguien, Katherine.
—No se preocupe, siempre acierto en el blanco. Y ahora mismo le estoy apuntando al corazón.
El semblante del médico se entristeció.
—Mi corazón ya lo tenías, y lo has pisoteado.
Se llevó la mano al bolsillo y volvió a sacar la pistola. ¡Zas! La flecha impactó directa en su mano, haciéndolo soltar el arma.
—¡Maldita sea! —El doctor se agarró la mano herida con la buena; la sangre se le filtraba entre los dedos.
Katherine extrajo otra flecha de la aljaba que llevaba colgada a la altura de la cadera y dijo:
—Esa es por Jude. Aunque fuera un sinvergüenza, era mi primo.
El doctor Marsland maldijo entre dientes.
Katherine colocó otra flecha.
—Y esta —continuó, impasible— es por mamá.
¡Zas! La flecha cruzó la habitación y se clavó en su objetivo. El doctor Marsland se agarró el hombro y cayó al suelo.
—Tenía razón: no quiero su corazón para nada. Si hubiera tenido intención de matarlo, ya estaría muerto. No me voy a rebajar a su nivel, pero esto debería bastar para dejarlo fuera de juego hasta que llegue la policía.
Katherine recogió la pistola que había caído al suelo. Luego agarró el viejo juego de llaves que estaba colgado en la pared y abrió la celda y los grilletes del doctor Finch.
Después de que Ernest vendara las heridas del viejo doctor, lo arrastraron dentro de la celda entre los tres y lo encerraron bajo llave mientras esperaban a las autoridades.
En cuanto el hombre estuvo encerrado, el doctor Finch agarró a Anne de las manos.
—¿Se encuentra bien?
—Lo estaré, seguro —respondió ella con voz entrecortada, todavía aturdida.
—Vengan conmigo —los apremió Katherine—. Subamos a casa y dejemos a este criminal en el lugar al que pertenece.