Susurros en Painswick Court Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Si no han sido ustedes, dígame ¿a quién conocemos que tenga buena puntería con el arco?

—Pues al coronel Paine y la señorita Fitzjohn, claro. Pero imagino que no estará insinuando que…

—Solamente estoy tratando de aplicar la lógica para entender qué ha ocurrido.

—Entonces, ¿por qué no se centra en que al señor Dalby lo envenenaron antes de dispararle esa flecha?

Él la miró a través de los barrotes con el ceño fruncido.

—¡Qué absurdo! ¿De dónde ha sacado esa conclusión?

—Tuve ocasión de estudiar el cadáver —contestó Anne, con la voz de su padre resonándole en la mente, como si le susurrara las palabras que ella recordaba haberle oído emplear con el forense en otra ocasión—.

Pupilas dilatadas, labios azules, restos de vómito y poca sangre en el orificio de entrada de la flecha.

—¿Por qué iba a molestarse el asesino en envenenarlo si pensaba matarlo de un disparo?

—Quizá para incapacitarlo. Resultaría mucho más fácil dispararle así que en movimiento.

—Está aportando usted detalles muy concretos, como si supiera por propia experiencia que esa estrategia daría resultado.

—¡En absoluto! Ni siquiera sé disparar un arco.

—Tampoco yo. Sin embargo, usted ha disparado alguna vez. La señorita Fitzjohn mencionó algo sobre una lección de tiro.

—Difícilmente se podría considerar una lección. Disparé el arco del coronel una vez, y con muy poco acierto.

—Pues ya ha disparado más veces que yo. Jamás he tenido un arco en las manos.

—No creo que al asesino le hiciera falta disparar. Creo que envenenó al señor Dalby y luego le clavó la flecha en el cuello para que pareciera que había muerto de eso.

El médico la miró boquiabierto y luego soltó una risita burlona.

—Una vez más, un hombre civilizado y racional como yo ha de preguntarse cómo es posible que una joven dama, en apariencia inocente, conciba un plan tan diabólico. Y me figuro que también tendrá una teoría sobre el tipo de veneno empleado, ¿no es así?

—Bueno, no. Eso no lo sé.

—Yo… yo sí. —Era la voz de Ernest Finch, aunque muy débil.

Anne se dio la vuelta de inmediato y se arrodilló a su lado.

—¿Cómo se encuentra?

—Como si me hubieran dado un golpe en la sien.

—Miró al doctor Marsland con el ceño fruncido—.

Pasaba por delante de su casa cuando me encontré con un padre muy preocupado por su hijo, que necesitaba ayuda.

Entré en su sala de operaciones, doctor, para poder examinar al chiquillo.

El padre temía que se tratara de fiebre glandular, pero solamente eran paperas.

Lo mandé a casa después de ponerle una cataplasma.

En cualquier caso, mientras estaba allí noté algo extraño.

Había ramas de tejo en la basura y semillas machacadas en el mortero.

El doctor Marsland resopló.

—Leí un artículo en el que se explicaba que los nativos americanos lo usan para tratar el reumatismo y la artritis, y se me ocurrió probar su eficacia con el viejo Toddy Glover.

—Es venenoso.

—Si se toma por vía oral y en cantidad suficiente, sí.

—¿Y cuál fue la cantidad suficiente para el señor Dalby?

El médico veterano apretó la mandíbula.

—Vine a buscarlo para preguntarle por eso y para asegurarme de que la señorita Loveday estaba bien. Acababa de llegar a la puerta de servicio cuando de repente alguien me golpeó por la espalda. Ahora sabemos que fue usted.

El rostro del doctor Marsland se ensombreció, luego exhaló un largo suspiro.

—¿Por qué no podías dejarlo estar, Ernest? Tú y la señorita Loveday. Si lo hubierais hecho, tal vez os hubiera permitido salir con vida de aquí, pero ahora no me queda otra opción.

—Por supuesto que tiene opciones —intervino Anne—. Siempre tenemos opciones. Nadie puede obligarle a actuar con vileza. Puede elegir hacer lo correcto ahora y pedir perdón por sus actos pasados.

—Teniendo en cuenta mis actos más recientes, su discurso llega un poco tarde, señorita Loveday, pero le agradezco que se preocupe por mi alma inmortal.

—Supongo que fue usted quien envenenó a lady Celia, ¿verdad? —preguntó el doctor Finch.

—No. No de manera… directa.

—¿Por qué hace todo esto? —preguntó Anne—. Lady Celia, el señor Dalby y ahora nosotros…

El doctor Marsland se detuvo y alzó la vista como si sus palabras lo hubieran dejado asombrado.

—Nosotros…—repitió—. Una expresión adorable.

Sin embargo, yo no he tenido un «nosotros».

Lady Celia se encargó de ello. Puso fin a nuestro cortejo y le prohibió a su hija aceptar mi propuesta de matrimonio; le desaconsejó que se juntara conmigo, ni siquiera como médico.

Y cuando apareció el doctor Finch, insistió en que fuera él quien atendiera a su hija.

El señor Dalby me convenció de que, si su madre ya no estaba aquí para obstaculizar nuestra relación, Katherine y yo podríamos estar juntos al fin.

»El veneno fue idea suya, pero no sabía cómo hacerlo.

Cuando la sopa y la digitalina fallaron, vino a pedirme que le proporcionara algo más eficaz.

Quería que pareciera una muerte natural, que el veneno fuera indetectable, que no le causara demasiado daño a lady Celia y que actuara deprisa.

Necesitaba que muriera antes de poder revisar el testamento o, por lo menos, antes de poder firmarlo.

En cualquier caso, cuanto antes muriera, antes recibiría él su parte de la herencia, y estaba desesperado por conseguir algo de dinero.

»En un primer momento, me negué. Le dije que era médico, que mi oficio es curar, no hacer daño.

No en vano, hice un juramento hipocrático.

Pero me fue convenciendo poco a poco. Era consciente de la absoluta y eterna devoción que siento por su prima y del tormento que he sufrido al ser apartado de ella.

Así que, al final, acepté ayudarlo; pero me negué a administrar yo mismo el veneno.

Me preocupaba que me traicionara y negara su implicación en el asunto.

De modo que preparé el veneno y él subió a la habitación de su tía y se lo administró.

Lo puso en el té o se lo vertió directamente en la garganta, eso no lo se.

Opio con cicuta, que ha sido empleada durante siglos para acabar con la vida de las personas de forma rápida e indolora.

Me consolé al pensar que, de todos modos, lady Celia era mayor y estaba enferma, y tarde o temprano moriría.

Anne hizo un ademán con los brazos.

—Eso no es excusa. ¡Todos vamos a morir tarde o temprano!

—Es triste, pero cierto. Y en su caso, inminente.

—Eso explica la muerte de lady Celia —dijo Ernest—. Pero ¿qué hay del señor Dalby?

—La suya no formaba parte del plan original.

Él mismo se lo buscó. Unas noches después de la muerte de lady Celia, Katherine me pidió que me quedara a cenar; ustedes dos también acudieron.

Acepté de muy buen grado, con la ingenua esperanza de un futuro junto a ella.

Al marcharme, me olvidé el maletín, así que di media vuelta y entré por la puerta de servicio, como de costumbre.

Pensé que encontraría a Katherine sola y podría ofrecerle un hombro en el que llorar, demostrarle cuánto la estimo y que la apoyaría en estos tiempos difíciles.

»En vez de eso, encontré a Dalby cortejando a mi Katherine, en un intento por convencerla para que se casara con él.

Ella siempre ha tenido debilidad por Dalby —igual que su madre—, y él trató de sacar partido de ello para hacerse con su dinero.

A las mujeres les cuesta resistirse a sus encantos, como ciertas parientes de ustedes dos descubrieron de la forma más dolorosa.

Dalby poseía un extraño talento para manipular a las mujeres y tenía por costumbre usar a la gente para su propio beneficio.

»Y esa víbora traicionera me usó a mí también.

Se aprovechó de mi desesperación, de que estoy enfermo de amor, para arreglar sus finanzas.

Me quedé pasmado. Aquello me hizo sentir traicionado y furioso.

Había puesto en peligro mi oficio, mi reputación y mi libertad para liberar a Katherine y que pudiera estar conmigo.

Desde luego, no para que se juntara con un crápula como él.

Entonces me fui de allí y comencé a planear mi venganza.

—Debería haberse quedado un rato más —dijo Anne—. Habría oído a la señorita Fitzjohn rechazarlo de manera tajante.

—¿De verdad? Entonces quizá todavía haya esperanza para nosotros.

Soltando una carcajada de incredulidad, Anne sacudió la cabeza.

—¿Cómo lo envenenó? —preguntó Ernest, que tal vez intentara que el hombre siguiera hablando para así retrasar lo que quiera que tuviera planeado para acabar con ellos.

Marsland levantó un hombro en un gesto despreocupado.

—Fue bastante sencillo. Ese hombre siempre tenía una copa en la mano. Le dejé una nota para asegurarme de atraerlo fuera de la casa. Lo de la flecha en el cuello se me ocurrió después, para distraer de los posibles signos de envenenamiento.

«Entonces Rosa no escribió la nota», comprendió Anne, aliviada, y también satisfecha por habérsela llevado.

El doctor Marsland se volvió hacia su joven socio, que lo miraba con ojos llenos de repugnancia.

—Me sentí reconfortado cuando Ernest comenzó a demostrar interés por usted, señorita Loveday, ya que durante un momento pareció que a Katherine le llamaba la atención.

O, por lo menos, disfrutaba de tenerlo cerca.

Me enfurecía que prefiriera que la visitara él y no yo, que fuera él quien tocara la nívea piel de su cuello, quien la mirara a esos intensos ojos marrones, quien escuchara los latidos de su corazón…

Durante un tiempo, pensé que íbamos a tener que dejar de ser socios.

—Miró al médico más joven con semblante arrepentido—.

Y ahora, supongo que de todas maneras tendremos que ponerle punto final a nuestra relación, por decirlo de alguna manera.

Es una lástima. Admiraba mucho a tu padre, Ernest.

—Déjenos libres, Marsland —pidió el doctor Finch—. No podemos demostrar nada. Será nuestra palabra contra la suya.

—Es posible, pero sois dos y no puedo correr ese riesgo.