Susurros en Painswick Court Capítulo 23
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Capítulo 23

A nne se despertó, con los ojos aún cerrados, atontada, deshecha y aterida, sintiendo que la cama estaba inusitadamente dura.

Nunca había sido el colchón más cómodo del mundo, pero esto era excesivo.

Lo tocó con los dedos helados. No había sábanas, solo madera húmeda.

¿Qué narices…? ¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido?

Poco a poco empezó a recordar retazos de lo ocurrido: el camposanto, el señor Dalby… muerto, la nota, alguien que la agarraba y presionaba una esponja contra su cara. Luego de eso… nada.

Hasta ahora.

Vacilante, abrió los ojos. El mundo aún estaba a oscuras. ¿Le habían vendado los ojos? Le sobrevino una oleada de pánico. Por lo menos seguía con vida.

Mientras yacía allí, estupefacta, comenzó a darse cuenta de que ni le habían vendado los ojos ni estaba del todo a oscuras. Un débil haz de luz se filtraba desde algún punto por encima de ella e iluminaba tenuemente la estancia.

Miró en derredor y, cada vez más asustada, comprendió dónde se hallaba. En una celda de las mazmorras de Painswick Court. Sola.

«Dios mío, ayúdame, por favor».

La habían dejado inconsciente y traído hasta allí.

Ahora yacía —medio sentada, medio despatarrada— en una cama de madera podrida apoyada contra la pared.

En lo alto del techo abovedado, una rejilla de ventilación dejaba pasar la luz desde algún lugar que se encontraba por encima de las mazmorras. ¿Tal vez la cocina o la trascocina?

Anne levantó la cabeza hacia la rejilla y pidió ayuda.

—¿Hay alguien ahí? ¡Hola! ¿Me oyen? Estoy atrapada aquí abajo. ¡Auxilio, por favor!

No hubo respuesta.

¿Cuánto tiempo había pasado inconsciente?

A juzgar por aquella débil luz que entraba por la rejilla, ya no era de noche.

Eso, o alguien tenía encendida una lámpara o el fuego en la habitación de arriba.

Quizá fueran las primeras horas de la mañana.

Decidió que escucharía con atención lo que sucedía arriba y, cuando oyera algún ruido, volvería a pedir ayuda.

¿Quién le habría hecho esto y por qué motivo?

Se incorporó hasta quedar sentada por completo en la cama.

Una de sus piernas había quedado flexionada en una postura incómoda y ahora estaba entumecida.

Se movió con cautela, estirando el pie hacia el final de aquella cama destartalada y luego hacia abajo, preparándose para levantarse.

Su zapato se topó con algo, algo solido pero maleable.

¿Un cuerpo? ¿Un cuerpo tendido en el suelo?

Anne retrocedió. No estaba sola. Pero ¿quién se encontraba allí con ella? Y quienquiera que fuera, ¿estaría vivo o muerto?

—¿Quién… quién está ahí? —preguntó a través del nudo que se la había formado en la garganta.

No hubo respuesta.

Volvió a extender la pierna con un movimiento vacilante y le dio un toquecito a la persona del suelo.

Una vez más, no obtuvo ninguna respuesta.

Aquello no debería sorprenderla. Si sus gritos de auxilio hacia la rejilla de ventilación no lo habían despertado, nada podría hacerlo.

Un escalofrío la sacudió. ¿Sería posible que su atacante hubiera arrastrado el cadáver de Jude Dalby hasta allí con ella?

«No, no te pongas en lo peor, Anne», se dijo.

Quizá se trataba solo de alguien a quien habían dejado inconsciente, como a ella. «Señor, ayúdanos a ambos».

Anne se quedó allí atenta por si se oía algo arriba, mientras pensaba qué hacer. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, las sombras que la rodeaban empezaron a volverse más claras. Los barrotes de hierro, el hombre que se hallaba a sus pies…

Ernest Finch.

Se le encogió el corazón. «Por favor, no, que no esté muerto».

El médico estaba sentado en el suelo, desplomado contra la pared, con una mano encadenada a esta por medio de un grillete, las piernas extendidas al frente y la cabeza echada hacia atrás. Un líquido oscuro le caía por la sien y le había manchado la corbata.

Anne extendió una mano hacia él con cuidado y le tocó el hombro. Lo sacudió con suavidad.

—¿Doctor Finch, me oye?

No hubo respuesta.

Levantó un poco más la mano hasta alcanzar la piel desnuda de la parte alta del cuello. La sangre que tenía en la barbilla aún estaba caliente, pero tenía la piel muy fría. Demasiado fría. Presionándole el cuello con más fuerza, le tomó el pulso. ¡Sí! La sangre todavía circulaba por su cuerpo.

—¿Doctor Finch? Ernest, soy yo, Anne. Tienes que despertarte.

Se recordó a sí misma que debía mantener la calma.

Empleó ambas manos para deshacerle el nudo de la corbata y se la quitó.

Parte de la corbata estaba empapada de sangre, pero logró hallar una zona limpia y la presionó contra la herida de la sien.

Enrolló el resto de la tela alrededor de su cabeza y la ató para que no se cayera.

Él emitió un débil quejido, pero permaneció inconsciente.

Anne se levantó con las piernas temblando y probó a abrir la puerta de hierro de la celda. Tiró de ella y dio empujones hasta que le empezaron a doler los brazos. No sirvió de nada.

¿El plan del asesino sería abandonarlos allí para siempre o pensaba regresar a matarlos?

Anne oyó algo a lo lejos. Era el sonido de la vieja puerta de madera reforzada con hierro chirriando al abrirse, seguido de unas fuertes pisadas que descendían por los escalones de piedra. Su corazón se sincronizó con aquellos pasos.

Un rayo de luz entró acompañado del recién llegado. Anne contuvo el aliento, preguntándose si se trataría de su salvador o del asesino.

La figura se acercó despacio a la celda, y el brillo del farol que sostenía la cegó. Esta entornó los ojos y trató de distinguir quién era aquella persona envuelta en un halo de luz.

Richard Marsland.

Anne exhaló un suspiro de alivio.

—¡Doctor Marsland! —exclamó—. Deprisa, abra la puerta. Las llaves están colgadas en ese gancho de ahí. Creo que el doctor Finch podría tener una conmoción cerebral.

En lugar de hacer una mueca de asombro y apresurarse a ayudarlos, el viejo doctor le hizo la siguiente pregunta:

—Supongo que ya lo sabe, ¿verdad?

—¿El qué?

El médico entreabrió los labios finos y luego volvió a cerrarlos, quizá cambiando de opinión respecto a lo que iba a decir.

—Bueno, pues que Jude Dalby ha muerto.

—Sí, lo vi ahí fuera. El coronel ha ido a buscar a la policía.

—El oficial ya ha estado y se ha vuelto a marchar. Ha ido a llamar al forense.

—¿Ya? Pero ¿qué hora es?

Él continuó hablando como si Anne no hubiera dicho nada.

—Supongo que también está al corriente de que Rosa Stark es la sobrina del doctor Finch y que el señor Dalby la sedujo antes de que ella llegara a Painswick.

—Eh… Sí, me he enterado. ¿Cómo lo…?

—Hace poco él estuvo alardeando de su conquista y, teniendo en cuenta el niño que Finch tiene a su cargo y los rumores de que una joven los visitaba a menudo, no hace falta ser un genio para deducir el resto de la historia.

Fíjese que pensaba que, con todo lo que nos contó sobre su hermana, era usted la que tenía el móvil de más peso para matarlo, y quizá también a lady Celia.

Ahora tal vez debería repensarlo. Es posible que Rosa Stark y Finch llegaran aquí con la intención de vengarse.

Si no, ¿por qué iban a mantener su parentesco en secreto?

A no ser que… ¿Llevaron a cabo el crimen entre los tres?

—Por supuesto que no.

—Entonces solo ellos dos.

—Yo no he dicho tal cosa. No creo que ninguno de los dos pudiera hacerle daño a nadie.

—Pero no puede asegurarlo, ¿verdad? No sabe quién asesinó al señor Dalby.

—No.

—Entonces debo mantenerlos a los dos aquí encerrados hasta que el oficial de policía regrese con el forense. No podemos correr el riesgo de que se escapen.

El cerebro drogado de Anne hizo un esfuerzo por procesar lo que estaba sucediendo.

—Un momento… ¿Nos ha traído a los dos hasta aquí abajo? En mi caso, usando una esponja empapada en opio como las que se emplean en las cirugías, y en el del doctor Finch, ¿cómo? ¿Dejándolo inconsciente de un golpe? ¿Y nadie lo ha visto?

—Que yo sepa, no. Los traje por la escalera de caracol que baja desde la antigua sala de audiencias.

Todos pensábamos que estaba bloqueada, pero resulta que no, la puerta solo estaba escondida detrás de los paneles del revestimiento de madera de la habitación.

Katherine lo descubrió mientras velaba a su madre.

Notó una corriente de aire y se acercó a echar un vistazo.

La tela negra con la que cubrieron la pared se había enganchado en algo, y así es como descubrió que había una puerta detrás. Luego Katherine me la enseñó a mí.

«¡Ah!», pensó Anne. La corriente que había notado la noche que se quedó despierta hasta tarde velando a lady Celia.

Esa era la habitación que se encontraba encima de las mazmorras.

La luz que entraba por la rejilla de ventilación debía de proceder de los candelabros que iluminaban el ataúd de lady Celia.

Por tanto, la persona a la que había oído aquella noche debió de ser Katherine, que desapareció por aquella escalera oculta y luego se encontró con ella en la salida.

—La puerta original para acceder a esta bodega estaba escondida detrás de un botellero —continuó explicando el médico—, pero Katherine y yo lo apartamos.

Se acercó a una vieja puerta de madera y la abrió para demostrar que lo que decía era cierto. Anne no se había fijado ni en la puerta ni en que habían movido de sitio el botellero que estaba allí el día que Jasper le enseñó las mazmorras.

El doctor Marsland volvió a aproximarse a la celda.

—Quizá debería ir a Valley View Lodge y capturar también a la señorita Stark —añadió con aire pensativo.

—No será necesario, y tampoco es responsabilidad suya hacerlo. Es la policía quien debe tomar la decisión. Y no es posible que crea de verdad que alguno de nosotros es el asesino.

Con un movimiento sutil, buscó dentro su guante, y le alivió comprobar que la nota seguía ahí.

El doctor Marsland se tocó entonces el mentón y levantó la mirada, pensativo.