Capítulo 22 #3
Jasper la ayudó a bajar del sepulcro y, juntos, se arrastraron bajo las ramas y salieron del escondite. Anne miró alrededor, casi a la espera de que su perseguidor estuviera merodeando por allí. Se sentía intranquila, pero mucho menos aterrorizada ahora que tenía a Jasper al lado.
—¿Dónde has estado estos días? —preguntó Anne—. Nadie parecía saber adónde habías ido. Estábamos preocupados.
—Estaba en Londres. Te lo explicaré todo más tarde. —Agarró un farol que había dejado en el suelo para poder pasar por debajo de las ramas y luego la miró—. Toma, agárrate a mí brazo. Por Dios, estás temblando. Tenemos que llevarte dentro para que entres en calor.
Cuando llegaron hasta la puerta del camposanto, él la sostuvo abierta y la dejó pasar primero. Al llegar al otro lado, la luz del farol iluminó el espacio entre los árboles donde había un banco y… una figura sentada en él.
Anne lanzó un grito. Jasper soltó un exabrupto y se dio la vuelta levantando la mano libre, listo para enfrentarse a un posible atacante.
Pero quien estaba sentado en aquel banco era Jude Dalby. Con la boca entreabierta y los ojos abiertos, pero sin ver. Tenía una flecha clavada en el cuello.
Jasper pasó la mirada de su primo al leñero donde guardaban las flechas con el ceño fruncido en una mueca pensativa o de incredulidad. Después se volvió hacia Anne.
—Entra en casa —dijo en un tono autoritario—. Dile a Toby que cierre todas las puertas con llave. Voy a buscar a la policía. —Le entregó el farol—. Quédate esto, a mí no me hará falta.
Aturdida, Anne asintió y se volvió hacia la casa. Dio varios pasos por el camino serpenteante que llevaba hasta la puerta de servicio que los doctores y ella solían usar. A su espalda, la puerta que llevaba al camposanto emitió un sonido metálico cuando se cerró detrás de Jasper.
Anne vaciló y se dio la vuelta, movida por la confusión y una curiosidad morbosa. Pensaba que el señor Dalby era un asesino, sin embargo, ahora lo habían asesinado a él.
Mientras deshacía sus pasos de regreso al banco, se dio cuenta de que este estaba medio oculto detrás de los árboles y el leñero. Rodeó el enorme tronco de uno de los árboles y volvió a mirar, para asegurarse de que el señor Dalby seguía allí. Era algo demasiado horrible para ser cierto.
Alzó el farol de Jasper y se obligó a mirar a Jude Dalby. Aquel hombre que había arruinado la vida de muchas mujeres ahora había perdido la suya.
Pero ¿quién lo habría matado? ¿Quizá alguna de las mujeres a las que había traicionado? ¿Un padre, un hermano o… un tío enfurecidos?
¿O habría sido alguno de los miembros de la familia Fitzjohn? Los únicos que quedaban, que ella supiera, eran Katherine y Jasper. Aunque también podría haber sido un familiar de su difunta esposa. ¿Tal vez su hermano, el señor Palling?
O el desconocido que iba disfrazado del rey Carlos. Aquel fantasma que la había perseguido por el cementerio. No, un fantasma no; quienquiera que fuera, sabía su nombre.
Anne iluminó al señor Dalby con el farol.
Iba vestido con ropa de caballero; ni manta ni barba ni peluca.
Se acercó un poco más y le observó el rostro.
No había restos de pegamento. Sin embargo, al mirarlo tan de cerca, sí que notó algo: tenía los labios azules.
Además de eso, sus ojos estaban muy abiertos, pero vacíos, y las pupilas, bastante dilatadas.
Armándose de coraje, se acercó a su boca entreabierta y le olió el aliento.
Alcohol, eso no era ninguna sorpresa, pero había algo más. Algo muy desagradable.
Alzó el farol y buscó por el suelo alrededor del banco. Ahí estaba, unos metros más allá entre la hierba, la prueba de que el señor Dalby se había sentido indispuesto.
Miró al hombre una última vez, en busca de…
no sabía exactamente de qué. ¿Tal vez señales de que se había producido un forcejeo?
Entonces se percató de que algo blanco le sobresalía del puño apretado.
Anne se agachó y lo sacó de un tirón. Aún no tenía la mano rígida, lo cual quería decir que no llevaba mucho tiempo muerto.
Se trataba de una cuartilla doblada por la mitad. Anne la abrió y la acercó a la luz del farol.
Encuéntrate conmigo en el banco que está cerca de la puerta del camposanto a las diez de la noche. Tengo algo que quieres recuperar.
R. S.
Anne soltó un gemido de sorpresa. R. S. ¿Era aquella la caligrafía de Rosa Stark?
¿Había quedado en verse a solas con el señor Dalby?
Se quedó asombrada; casi le resultaba imposible de creer.
Aunque era cierto que la muchacha había llegado a Painswick Court con la esperanza de que el señor Dalby y ella tuvieran una segunda oportunidad, no tardó en renunciar a aquella idea. ¿Acaso había cambiado de opinión?
Entonces le vino a la mente otra idea. Quizá Rosa hubiera encontrado el nuevo testamento y se lo hubiera ofrecido al señor Dalby para ganarse su simpatía. O, peor aún, ¿sería posible que hubiera decidido hacerle pagar por sus mentiras de la peor manera posible?
Anne volvió a mirar a Jude Dalby, aquel hombre apuesto, vanidoso y ladino, que ahora tenía una flecha clavada en el cuello, y entonces le pareció que aquella última opción seguramente fuera la correcta.
Pero ¿de vedad habría sido Rosa capaz de matarlo?
¿Acaso había disparado un arco alguna vez?
Era posible, supuso Anne, pero le costaba imaginarlo.
Y luego estaba el hecho de que el señor Dalby tuviera las pupilas dilatadas, los labios azules y hubiera estado vomitando.
¿Querría eso decir que había sido envenenado?
Tenía muy poca sangre en la herida del cuello.
Alguien podría haberlo atraído hasta allí para matarlo y dejado esta nota que, sin duda, señalaba a Rosa como culpable.
Pensando en el hijo y en el tío de la muchacha y con el corazón desbocado, se guardó la nota dentro del guante.
Volvió a pensar en la figura que la había perseguido antes. Si no había sido el señor Dalby, ¿entonces quién?
De repente alguien la agarró por detrás, rodeándola de forma agresiva con el brazo y, antes de que ella pudiera gritar, le presionó una suerte de esponja contra la nariz y la boca.
Le vino a la mente la expresión latina spongia somnifera, que se refería a esponjas empapadas de opio.
Trató de contener el aliento y apartarse, pero fue en vano.
Los pulmones le ardían e inhaló con fuerza contra aquella porosa esponja una y otra vez, desesperada por respirar aire puro.
Enseguida se le nubló la vista y notó que se sumía en la oscuridad… Y después de eso ya no vio nada.