Susurros en Painswick Court Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—El doctor Marsland opina que murió por causas naturales —dijo la señorita Newland con una mueca de incomodidad—. Un fallo cardíaco, o algo parecido. Y el forense y el jurado coinciden con él.

—Lo sé.

—El doctor Marsland sabe mucho, Anne. Lo conozco desde hace años.

Úrsula asintió con la cabeza.

—Todos lo conocemos.

—Ya lo sé. Quizá… quizá me equivocaba

Pero, en el fondo, Anne no creía estar equivocada.

—Querida, si de verdad piensas que alguien le hizo daño a lady Celia, ¿crees que es buena idea regresar a ese lugar?

No, no lo era. Entonces, ¿por qué lo hacía? Anne buscó la respuesta en su corazón y la halló enseguida. Lo hacía por la misma razón por la que había acudido a Painswick Court en primera instancia pese a sus recelos: porque alguien se lo había pedido, porque podía ayudar a alguien que la necesitaba.

Cuando terminaron de comer, Anne insistió en llevar los platos a la cocina, y después ambas mujeres la acompañaron hasta la puerta. Lotty ya solo necesitaba una muleta para recorrer distancias cortas como aquella.

Antes de que se marchara, la señorita Lotty volvió a abrazarla.

—Me preocupa mucho lo que te pueda pasar allí. No puedo evitar sentirme responsable.

—No me va a pasar nada, de verdad.

Pero ¿era eso cierto? ¿Estaría a salvo en Painswick Court o era posible que quienquiera que hubiera puesto fin a la vida de lady Celia decidiera hacer lo propio con la de Anne?

* * *

Tras dejar Yew Cottage, Anne cruzó la calle Nueva y entró en el camposanto justo cuando comenzaba a anochecer. Siguió uno de los senderos que lo atravesaba en diagonal y luego rodeó la enorme iglesia hacia la puerta en el muro que conducía a Painswick Court.

La oscuridad se volvió más intensa y la envolvió, ya que los tejos bloqueaban la luz de la luna y proyectaban sombras por el sendero.

Cuando estaba doblando la esquina de la iglesia, Anne oyó algo.

Pero ¿qué había sido? ¿Un sonido metálico?

Las palabras que había pronunciado Úrsula Birt hacía tiempo resonaron en su cabeza: «Hay más de una persona que ha oído el ruido metálico de las armaduras de los caballeros fantasmales del rey preparándose para la batalla».

Se dijo que la imaginación le estaba jugando una mala pasada. Aquel sonido podía ser cualquier cosa: el herrero trabajando, la cadena del candado de una puerta, alguien a quien se le había escurrido una olla de las manos…

A pesar de estos intentos por tranquilizarse, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza y empezó a sentirse observada. Miró a un lado y a otro; después hacia atrás. Nada.

«Eres una chiquilla ridícula».

Volvió a girarse hacia la puerta que llevaba a Painswick Court y titubeó.

Una silueta se recortaba contra la madera clara de la puerta. Anne parpadeó varias veces, pero la figura no desapareció.

Y entonces, comenzó a moverse.

—¿Quién es? —preguntó Anne—. ¿Quién anda ahí?

Se oyó otro ruido metálico cuando la puerta se cerró detrás de quienquiera… o lo que fuera que estuviera ahí.

La figura se adelantó hacia ella, y Anne dio un paso atrás.

¿Qué podía hacer? A estas horas, la iglesia estaría vacía y las tiendas cerradas. ¿Debería regresar corriendo a casa de la señorita Lotty? ¿O dirigirse a una de las casas que se encontraban más cerca y confiar en que le abrirían la puerta antes de que fuera demasiado tarde?

Otro paso atrás. Otra zancada del desconocido hacia ella.

Cuando la figura emergió de entre las sombras, quedó iluminada por la débil luz de la luna.

Anne lanzó un grito ahogado al verlo. Era igual que en las pinturas que había visto de él: el perlo largo y rizado, la barba, el jubón, la capa, la gorguera blanca que brillaba en la oscuridad más que el resto de él…

Casi tan brillante como el destello que emitió un objeto fino y metálico que sostenía en la mano enguantada.

Un cuchillo. ¿El cuchillo desaparecido?

Anne se quedó paralizada. Aquello no era un fantasma ni un producto de su imaginación.

Se dio la vuelta enseguida y echó a correr a toda velocidad por el sendero por el que había venido. La sorpresa le concedió unos metros de ventaja, pero al cabo de dos segundos, las pisadas de su perseguidor empezaron a oírse más cerca.

A ese ritmo, jamás lograría salir de aquel enorme laberinto de lápidas, tumbas y árboles; mucho menos llegaría a Yew Cottage.

« Yew significa tejo…».

Tendría que tratar de deshacerse de él y confiar en que no conociera el camposanto tan bien como ella.

Anne esquivó varias lápidas y atravesó la pequeña abertura del arco que formaban las ramas de los árboles. Al otro lado, se escondió detrás de un sepulcro muy grande y aguardó hasta que su perseguidor pasó de largo. Entonces, Anne salió corriendo en dirección contraria.

Tenía que salir de aquel lugar solitario y llegar hasta una casa donde pudiera pedir ayuda.

Sin embargo, al cabo de un instante el desconocido volvía a pisarle los talones. Estaba cada vez más próximo.

Entonces se oyó un golpe, algo que se caía y un gruñido. Su perseguidor debía de haberse tropezado con una de losas bajas de granito que señalaban muchas de las tumbas.

Anne siguió corriendo. Oyó cómo el desconocido se levantaba más rápido de lo que a ella le habría gustado.

No le iba a dar tiempo a alcanzar Yew Cottage ni Painswick Court.

En vez de eso, decidió dirigirse hacia su antiguo escondite, confiando en que aquel hombre no lo conociera o no se le ocurriera buscarla allí.

Cuando llegó, se puso a cuatro patas para evitar que el sonido de las ramas al rozar su cuerpo la delatara. Una vez que dejó atrás las ramas más bajas y espinosas, se subió encima del sepulcro que se encontraba allí dentro para que no se pudiera ver su falda y así quedar oculta por completo.

Las ramas más bajas, desnudas y secas por la falta de sol, la arañaron y otras se le clavaron en el cuello.

Contuvo el impulso de lanzar un grito de dolor y trató de recuperar el aliento, respirando con calma y sin hacer ruido, a pesar de que, tan agotada como estaba, su cuerpo se moría por inhalar una gran bocanada de aire.

Pensó en qué hacer. Si aquel hombre la encontraba y trataba de entrar en su escondite, tendría que agacharse. Cuando lo hiciera, Anne le daría una patada en la cara con todas sus fuerzas e intentaría arrastrarse fuera de allí antes de que él pudiera agarrarla. O apuñalarla con aquel cuchillo…

Tenía una sospecha de quién podía ser aquel hombre. Quizá se equivocara y fuera algún malvado al que no conocía de nada. Un demente que solo estaba de paso por allí. Un desconocido decidido a aterrorizar —o algo peor— a quienquiera que se cruzara en su camino.

Las pisadas aceleradas bajaron el ritmo y pasaron por delante de su escondite. Aquel hombre estaba tan cerca que la joven podía oírlo respirar. ¿Podría oírla él a ella también? El hombre se detuvo, quizá para mirar en todas direcciones, atento a cualquier sonido. Anne contuvo el aliento.

—Aaanne…. —dijo una voz ronca y fantasmal.

A ella se le encogió el estómago. Quienquiera o lo que fuera sabía cómo se llamaba.

Luego las pisadas siguieron alejándose.

Anne soltó lentamente el aire que estaba conteniendo y luego comenzó a respirar, asustada, mientras aguzaba el oído por si los pasos volvían a acercarse.

Durante varios segundos, puede que, hasta un minuto, solamente oyó silencio.

¿Se había marchado? ¿Se había rendido? ¿O solo se encontraba en otra zona del cementerio?

Anne no sabía cuánto tiempo debería permanecer escondida o si sería más inteligente escapar de allí antes de que regresara.

El problema era que se sentía desorientada a causa del miedo y la oscuridad, y tampoco estaba segura de en qué dirección se había marchado él ni tenía idea de dónde podría hallarse ahora.

Rezó en silencio diciendo: «Ay, Dios mío, ayúdame, por favor».

Transcurrió otro minuto, y entonces empezó a pensar que el peligro había pasado.

De repente, la luz se abrió paso entre el follaje, las ramas crujieron y alguien irrumpió en su santuario y se puso de pie frente a ella.

Anne chilló y le lanzó una patada con todas sus fuerzas.

—¿Anne? ¡Anne, para! Soy yo, Jasper. ¿Qué estás haciendo?

—¿Que qué estoy haciendo? ¡Qué haces tú! —Le propinó un manotazo en el brazo, y luego otro—. ¿Fuiste tú el que me persiguió por el camposanto? Casi me matas del susto.

—¿Cómo? ¿Perseguirte? No, por Dios. He venido a buscarte. Katherine dijo que deberías haber vuelto hacía ya bastante rato.

—¿Y cómo me has encontrado?

—De niña siempre te escondías en el mismo sitio. —En la penumbra, sus dientes brillaron cuando esbozó una sonrisa burlona—. Además, subí a la torre de la iglesia para mirar en derredor y vi el destello de tu falda blanca; luego me imaginé hacia dónde te dirigías.

—¿Y no viste a nadie más?

—No. Estaba oscuro y solo te buscaba a ti. ¿A quién tendría que haber visto?

—A alguien que iba vestido como el rey Carlos I.

—¿Hablas en serio?

Anne lo miró bajo aquella luz tenue. Iba sin sombrero y llevaba una levita corriente, pero podría haberse deshecho de la capa y la peluca.

—Muéstrame las manos.

—¿Qué? Mira. —Él las alzó para que las viera.

—Vacíate los bolsillos.

—Rayos, Anne, ¿qué te pasa?

—La persona que me perseguía llevaba un cuchillo.

—¿Un cuchillo? ¡Y piensas que era yo!

—Bueno…, estás aquí. ¿Qué se supone que debería pensar?

—Estás asustada, así que no te lo tendré en cuenta. ¿Se te ocurre otra persona que podría haberlo hecho?

—No lo sé, pero creo que quizá… Ay, no te va a gustar la respuesta.

—¿Quién?

—El señor Dalby.

—¿Jude? ¿Por qué piensas que podría ser él?

—Porque discutimos y me acusó de llevarme algo de su habitación.

—¿El qué?

—Eh… —Anne se humedeció los labios resecos; temía que Jasper no la creyera. Se limitó a responder—: No me lo quiso decir. Pero rebuscó entre mis pertenecías.

—¡No será verdad! —Jasper frunció el ceño y le ofreció la mano—. Ven, vamos adentro. Quiero hablar seriamente con Jude.