Susurros en Painswick Court Capítulo 22
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Capítulo 22

E l día en que se abría al público la capilla ardiente, Anne se levantó temprano tras haber dormido poco.

Se lavó, se vistió y se dirigió hacia el aseo.

Entonces oyó voces en el corredor secundario, y por un momento temió que Rosa estuviera discutiendo otra vez con el señor Dalby.

Sin embargo, cuando echó un vistazo desde detrás de la esquina, se encontró a Jane, la criada, sosteniendo un cubo de basura con cara de preocupación.

El señor Dalby la fulminaba con la mirada.

—No voy a repetir la pregunta: ¿qué hacías en mi habitación? ¿Estabas rebuscando entre mis cosas?

—No, señor, solo le he hecho la cama y he vaciado el cubo de basura.

—Ha desaparecido una cosa.

—¿El qué, señor? Si me lo dice, le puedo ayudar a buscarla.

Él dudó un momento.

—Da igual. ¿Estás segura de veras de que no te has llevado nada más que la basura?

—Sí, señor. —Jane levantó el cubo de basura que llevaba en las manos—. Tome, puede revisarlo si quiere.

—¿Quién más entra a limpiar aquí?

—Nadie, señor.

El señor Dalby sacudió la cabeza, soltó una maldición entre dientes y regresó a su dormitorio por la puerta del vestidor.

Unos minutos más tarde, Anne acababa de regresar del aseo y estaba haciendo la cama cuando la puerta de sir Herbert se abrió de repente y el señor Dalby atravesó la habitación para llegar hasta el cuartito de Anne.

—¿Ha vuelto a meterse en mi habitación? —inquirió él mientras se apoyaba una mano en la cadera.

A Anne se le aceleró el corazón.

—¿Por qué iba a entrar yo ahí?

—Miente. Creo que ha estado en mi dormitorio en al menos dos ocasiones. Primero, hace unos días, para echarme en el agua algo que me produjo un horrible malestar. La señorita enfermera y su maletín lleno de truquitos. —Señaló el maletín de Anne con un ademán.

—No hice tal cosa —declaró Anne.

«Pero Rosa sí».

—Se creerá que no vi cómo sonreía con suficiencia cuando estaba… indispuesto. Y luego volvió a entrar en algún momento del día de ayer y se llevó algo que me pertenece.

—¿Y qué se supone que me llevé? —Anne levantó el mentón.

Él abrió la boca, se detuvo, y finalmente dijo:

—Algo de carácter… personal.

—Sea lo que fuere, yo no lo he tocado. ¿Por qué me importaría nada de lo que tenga usted en su cuarto?

Él la observó con ojos centelleantes.

—Créame que le importaría, señorita Loveday. Es más, le importaría mucho.

Anne le señaló la puerta.

—Váyase, por favor, señor Dalby. No me gusta que irrumpa en mi habitación, igual que a usted no le gustaría que yo lo hiciera en la suya.

Durante un instante, los ojos verdes del señor Dalby se clavaron en los suyos, evaluándola. Luego él se dio la vuelta y se marchó.

Anne exhaló un largo suspiro y se arrellanó en la cama, contando las horas que faltaban hasta que pudiera abandonar Painswick Court para siempre.

* * *

Anne bajó a la capilla ardiente a echar una mano con los preparativos para los asistentes. Querían asegurarse de estar en condiciones de recibir a la mucha gente del pueblo y otros invitados que no tardarían mucho en aparecer.

Albert Palling llegó a Painswick Court con una cesta llena de rosas y claveles colocados alrededor de unas ramas de tejo.

—¡Qué bonita! —exclamó Anne—. Pase, por favor. Estoy segura de que la señorita Fitzjohn deseará verle.

—No es necesario, no quiero llamar la atención. Solo coloque la cesta con el resto de las flores, si hace el favor.

—Por supuesto. Gracias, señor Palling.

Cuando todo estuvo listo abajo, Anne subió para ayudar a Jane a ventilar y limpiar la habitación de lady Celia y también la suya.

Entretanto, Rosa aprovechó un momento de tranquilidad para reunirse en privado con la señorita Fitzjohn e informarle oficialmente de su marcha.

Anne no estaba segura de cuánto le había revelado la doncella a Katherine, si le habría hablado de su historia con el señor Dalby y del niño.

En cualquier caso, se alegraba de que Rosa fuera a regresar a Valley View Lodge, y estaba convencida de que Robbie y el doctor Finch compartían dicho sentimiento.

Por último, durante la larga tarde y noche en la que la capilla ardiente permaneció abierta, Anne ayudó a guiar a los visitantes para asegurarse de que no se producían atascos, habló con vecinos y viejos amigos y se acordó de días similares a aquel en los que había tenido que despedirse de su propia madre y de sus abuelos.

Rezó por Katherine Fitzjohn, y también por Jasper, allá donde estuviera.

* * *

Una vez que la última de las visitas hubo abandonado Painswick Court, Anne subió a su cuarto a guardar las pocas cosas que aún tenía fuera, cerró el maletín y la maleta y bajó las escaleras con la esperanza de poder marcharse sin llamar demasiado la atención.

En lugar de eso, se encontró con el señor Dalby en el vestíbulo.

—Me pregunto qué llevará usted ahí —dijo él bajando la mirada hasta su equipaje.

—Nada suyo.

—Quizá debería echar un vistazo, para asegurarme.

Anne dejó la maleta y el maletín sobre la mesa del vestíbulo y los señaló con un ademán.

—Revíselo todo si quiere. No quiero ser víctima de más calumnias.

El señor Dalby abrió la maleta y revolvió entre sus objectos personales. Anne estaba demasiado enfadada como para sentir vergüenza al verlo toquetear sus medias y enaguas. Cuando acabó con eso, inspeccionó también los frascos y compartimentos de su maletín de medicinas.

—¡Bah! —exclamó mientras volvía a cerrar las maletas—. ¿A dónde va?

—Vuelvo a casa de la señorita Newland. Mi paciente ha fallecido, y ahora que la investigación y el velatorio han terminado, ya no hago falta aquí.

—No estoy de acuerdo. —Katherine Fitzjohn apareció en la puerta de la biblioteca—. De repente no me encuentro demasiado bien. Sin duda es por la conmoción y la tristeza de estos últimos días. —Le lanzó una mirada significativa a su primo—. Voy a sufrir uno de mis episodios de debilidad.

—Un episodio de debilidad, mis narices —se mofó el señor Dalby—. No le haga caso, señorita Loveday. Katherine es más fuerte que cualquiera de nosotros.

—Qué amable por tu parte. —Katherine se volvió hacia Anne—. Aun así, me sentiría mejor, más segura, si se quedara unos días más con nosotros. Por lo menos hasta que Jasper regrese de donde quiera que haya ido. Cada vez estoy más preocupada por él.

Anne vaciló un momento.

—Es obvio que el señor Dalby no desea que me quede.

—Soy yo quien decide, no él. Y, de verdad, me gustaría que usted se quedara.

La súplica —y quizá también el miedo— que brillaba en sus grandes ojos resultaba muy convincente.

—Supongo que… me puedo quedar uno o dos días más, si hago falta.

—Estupendo. Entonces, asunto resuelto.

—Pero tendré que ir a avisar a la señorita Newland —añadió Anne—. Me está esperando.

—Enseguida anochecerá. Mandaré a Toby para que le entregue su mensaje.

—Prefiero ir en persona y explicárselo, para dejarle claro que no tiene motivos para preocuparse. No tardaré. Estaré de vuelta dentro de una hora o dos.

La señorita Fitzjohn volvió a desafiar al señor Dalby con la mirada.

—De acuerdo. Creo que podremos mantenernos con vida hasta entonces, ¿verdad, mi queridísimo primo? A no ser que tengas algo que objetar…

—Ni mucho menos. De hecho, me parece buena idea que la tengamos vigilada.

—¿Qué quieres decir?

El señor Dalby sostuvo la mirada de Katherine durante un momento; luego se encogió de hombros.

—Nada de nada. Haz lo que quieras, a mí me da igual. —Se arregló las mangas de la camisa y se dio la vuelta—. Ahora, con permiso, tengo que… ocuparme de algo.

* * *

Anne dejó el equipaje en el vestíbulo y puso rumbo a Yew Cottage. Cada pequeño ruido que oía la asustaba, y por eso recorrió deprisa el camposanto hasta encontrarse con la agradable visión de aquella acogedora morada iluminada en su interior por la luz de las velas.

La señorita Lotty la recibió con un abrazo vehemente.

—Ay, Anne, ¡cuánto he sufrido pensando en ti! He rezado por ti.

—Gracias.

Apenas había traspasado el umbral cuando Úrsula Birt llamó a la puerta un instante y entró sin esperar respuesta.

—La he visto llegar, señorita Loveday, y he venido a ver cómo se encuentra.

—Pues… bastante bien. Gracias por su preocupación, señorita Birt.

—Pasa y siéntate, Anne —dijo Lotty—. Y come algo.

—De acuerdo, aunque le he prometido a la señorita Fitzjohn que regresaría dentro de una hora o dos. Me ha pedido que me quede unos días más allí.

—¿Y eso por qué?

Anne pensó un momento antes de responder.

—Dice que no se encuentra bien, pero me pregunto si…

¿Era posible que Katherine se sintiera incómoda al quedarse en Painswick Court con el señor Dalby ahora que ya no estaban allí ni su madre ni Jasper ni Rosa, y pronto tampoco Anne? Desde luego, esa era la impresión que le daba.

Las tres mujeres disfrutaron de una comida sencilla compuesta por pan, jamón, queso y fruta; acompañada de una conversación agradable que ayudó a calmar el atribulado corazón de Anne.

—Te lo digo una vez más, Anne: lamento muchísimo lo que ha ocurrido con lady Celia —afirmó la señorita Lotty a la vez que bajaba la mirada—. Que haya fallecido mientras tú estabas allí ha tenido que ser muy duro, no me cabe duda.

—Gracias. Sí que lo ha sido.

—Y conociéndote, mi dulce y diligente muchacha, estoy segura de que te sientes, aunque sea en parte, responsable por lo ocurrido. Después de que tu querida madre… —La señorita Lotty le acarició la mano—. Sin embargo debes recordar que es Dios quien decide cuándo se acaban nuestras vidas.

—A no ser que haya un asesino suelto —intervino la señorita Birt mientras mordisqueaba un trozo de jamón—. Entones Dios no es el único responsable.

—Úrsula, por favor. Eso son habladurías.

—Espero que no hagan caso de los rumores —dijo Anne—. No le di más medicina de la que le correspondía.

—Por supuesto, Anne, ya lo sabemos.

—A ese rumor no le concedimos ninguna credibilidad —coincidió la señorita Birt—. Sin embargo, he oído lo que dicen algunos de los hombres que formaron parte del jurado, y parece que es posible que alguien la haya asesinado.

—Es algo que se me ha pasado por la cabeza, sí.