Capítulo 21 #2
Si quienquiera que hubiera subido doblaba la esquina y los descubría, ¿cómo podrían justificar que se encontraban allí, al final de aquel pasillo, y pasada la puerta del aseo?
La única habitación que se hallaba cerca de ellos, además del vestidor del señor Dalby, era aquel pequeño cortejador que Anne consideraba su rinconcito privado.
Mejor eso que ser sorprendida en los aposentos privados del señor Dalby, decidió.
Llevó al doctor Finch dentro de la pequeña estancia y se situaron detrás de la puerta derecha, entornada, mientras que la izquierda seguía abierta por completo. Exactamente como Jasper le había explicado que hacía cuando quería esconderse de niño.
Con lo que Anne no contaba era con la envergadura del médico. Una cosa era esconderse ella allí y otra muy distinta intentarlo con dos adultos.
Las pisadas doblaron la esquina del pasillo.
Tratando de quedar escondido tras la puerta, el doctor Finch se acercó más a ella, presionándola contra la pared. Los dos se hallaban a muy poca distancia, la nariz de ella contra el mentón del doctor.
Gracias a la luz que entraba por la ventana, Anne pudo ver que él se llevaba un dedo a los labios. De todos modos, ella no habría sido capaz de hablar aunque lo hubiera intentado; le daba la impresión de que el corazón se le iba a salir por la boca.
El doctor Finch colocó las manos en la cintura de Anne para estabilizarlos a ambos, cosa que ella agradeció, ya que de pronto notaba que le temblaban las rodillas. Tenía las manos apoyadas en el pecho del doctor, atrapadas entre sus cuerpos.
Entonces él bajó la cabeza para susurrarle al oído.
—Shhh.
La cercanía del doctor Finch la hizo sentirse protegida, no incómoda. Su cuerpo alto y robusto, su calidez y su olor a vainilla la envolvieron.
Las pisadas se acercaron más…, y parecieron detenerse justo a la entrada del rincón de lectura.
Anne contuvo el aliento y rezó, mientras ambos permanecían allí, apretados el uno con el otro con los corazones latiendo a toda velocidad. Las manos de él se aferraron con más fuerza a su cintura.
Pasó un minuto, y otro, y al fin los pasos se dieron la vuelta por donde habían venido.
El doctor Finch y Anne exhalaron un suspiro trémulo y aguardaron un momento más. Por fin, él le tomó la mano con cierta vacilación y la condujo fuera de aquella estancia.
Todo estaba en silencio.
Respecto a la persona que había estado allí, ¿habría entrado en su dormitorio o habría vuelto abajo? Anne no tenía ni idea.
El doctor Finch la llevó de regreso a su cuarto.
—No vuelva a entrar en la habitación del señor Dalby, ¿de acuerdo? —le susurró—. No podré conciliar el sueño a no ser que me lo prometa.
—Se lo prometo.
—¿La veré abajo para la cena?
—Sí. De lo contrario, levantaría sospechas. Vaya usted delante; yo bajaré dentro de un minuto.
Anne regresó a su cuarto el tiempo justo para arreglarse el pelo y concederle a su corazón un momento para serenarse.
* * *
La cena resultó más agradable de lo que Anne se habría imaginado jamás, con ambos médicos dando lo mejor de sí para hacer fluir la conversación, compartiendo recuerdos y anécdotas sobre lady Celia y hablando de otros hechos interesantes acaecidos en Painswick.
Katherine llevaba uno de sus vestidos de luto recién arreglados, un collar de azabache y el cabello peinado por Rosa, quien ahora se encontraba velando el cuerpo de lady Celia mientras los demás cenaban.
Los ojos del doctor Marsland, notó Anne, no se apartaron de Katherine durante toda la cena.
«Pobre señorita Lotty», pensó.
El señor Dalby llevaba una tira negra en el brazo y se mostró bastante apagado, aunque cordial.
No le prestó atención a Anne, por lo que, al menos, tampoco volvió a acusarla de nada.
La propia Anne llegó a plantearse si no sería posible que hubiera malinterpretado lo que le oyó decir en la sala de billar.
¿Habría sacado conclusiones equivocadas?
Observó a aquel hombre apuesto y se acordó de lo que lady Celia le había contado sobre él y sus padres. También recordó a la mujer explicando que hubo un tiempo en que Jude era afectuoso, divertido y encantador.
El señor Dalby se percató y le devolvió la mirada, desafiante.
—No deja usted de mirarme, señorita Loveday. ¿Acaso le ofende mi apariencia?
—No, solo estaba recordando cosas que lady Celia me contó sobre usted.
—Todas ellas infames, supongo. —Alzó su vaso de vino y tomó un trago largo.
—No todas. Me dijo que le tenía muchísimo cariño y que, cuando usted era niño, tenían una relación muy cercana. Que era como el hijo que nunca tuvo.
Ahora fue él quien se quedó mirando a Anne.
—¿De verdad dijo eso?
—Palabra por palabra.
Quizá se tratara de una ilusión óptica provocada por la luz de las velas, pero le pareció que los ojos del señor Dalby se ponían vidriosos.
Cuando la cena hubo terminado, el doctor Finch fue el primero en marcharse. Le dio las gracias a la señorita Fitzjohn y les deseó a los demás caballeros buenas noches. Anne lo acompañó a la salida.
—¿Cuándo se marcha de aquí? —preguntó él en voz baja.
—Mañana, después de la capilla ardiente.
—No se olvide de cerrar su puerta con llave esta noche.
—Lo haré.
—¿Y me promete que tendrá cuidado y se mantendrá alejada de… cierta habitación?
—Sí.
Él exhaló un suspiro.
—Me quedaré más tranquilo cuando usted haya regresado a casa de la señorita Lotty y Rosa se encuentre en Valley View. Por el momento, hasta luego, señorita Loveday.
—Buenas noches.
Unos minutos más tarde, después de darle las gracias a la señorita Fitzjohn por la cena y prometer volver pronto de visita, el doctor Marsland también se fue.
Una vez se marcharon los invitados, Katherine y Jude se trasladaron a la sala de estar para tomar el café. Anne se despidió y bajó a la cocina para ver cómo se encontraba la mano de Kezia.
Por fortuna, la herida de la chica parecía estar curándose bien, y ella estaba animada. Sin embargo, todavía no habían dado con el cuchillo desaparecido.
Cuando Anne regresó arriba, oyó a la señorita Fitzjohn sollozando en la sala de estar.
—¿A qué viene tanta tragedia? —preguntó Jude—. Deseabas que se muriera. Ahora puedes hacer lo que te plazca, ser dueña de tu propia vida, de tu fortuna. Hablando de eso, ¿cuánto va a tardar en leerse el testamento?
—¡No quería que muriera! —replicó Katherine—. Teníamos nuestras desavenencias, pero nunca habría deseado tal cosa. La quería y ella me quería a mí.
—Pues tenía un modo muy extraño de demostrarlo.
—Tenía buenas intenciones. Quería protegerme.
—Bueno, ahora ya no está aquí para «protegerte» ni prohibirte nada. Puedes casarte con quien quieras. Con alguien a quien lleves mucho tiempo… deseando —su voz adquirió ese tono grave y seductor que había empleado con la doncella, y probablemente también con Fanny.
—¿Casarme con quien quiera? —repitió Katherine con aire soñador—. Menuda idea… ¿Será posible? He esperado tanto tiempo…
—Lo sé, cielo, lo sé. Ahora ya podemos casarnos. Sé que me amas desde que éramos niños…
«¿Casarse con él?». Anne se acordó de que lady Celia le había suplicado que advirtiera a Katherine de que no debía tener nada con aquel hombre. ¿Debería interrumpirlos?
Entonces la joven notó un movimiento en la periferia de su campo visual.
Al mirar hacia allí, se sobresaltó al ver a una figura en la penumbra.
El doctor Marsland. Pensó que ya se había marchado.
¿Habría regresado a por algo que se había olvidado o estaría espiando, igual que ella?
El médico se dio la vuelta y salió con sigilo por la puerta de servicio, creyendo que así pasaría desapercibido.
En la sala de estar, Katherine soltó una carcajada burlona.
—¿Piensas que quiero casarme contigo? Cuando era una chiquilla, me encapriché de ti, lo admito.
Igual que el resto de chicas. Pero, con tu comportamiento a lo largo de los años, conseguiste que esos sentimientos desaparecieran hace mucho.
No me casaría contigo bajo ninguna circunstancia.
Y en cuanto al testamento, tendrás que esperar, igual que los demás.
No te mereces ningún trato de favor; ya no.
Él chasqueó la lengua.
—Vaya, vaya, al gato le han crecido las garras.
—En efecto, y no va a tener reparos en usarlas.