Susurros en Painswick Court Capítulo 21
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Capítulo 21

A l día siguiente, Katherine le pidió a Anne que sacara de paseo a Louie .

Era evidente que la señora Fitzjohn lo había adoptado, pues había movido la pequeña cestita llena de mantas del perro a su habitación y se dedicaba a mimarlo, pero decía que no le parecía apropiado salir de paseo con él al estar tan reciente la muerte de su madre.

Tampoco se sentía preparada para enfrentarse a la curiosidad de la gente cuando la herida estaba aún reciente.

Anne aceptó y salió con el perro mientras Rosa y Katherine examinaban los viejos vestidos de luto de crepé y bombasí de esta.

El paseo duró más de lo esperado, ya que todos los vecinos, desde el boticario, el señor Greaves, hasta la encargada de la estafeta se pararon a hablar con Anne para hacerle preguntas sobre el fallecimiento de lady Celia y darle el pésame.

Cuando por fin regresó a Painswick Court, llevó a Louie abajo para darle comida y agua. El estado de la cocina era atípico: utensilios esparcidos por las mesas y encimeras y la cocinera y las criadas corriendo de un lado para otro.

—Estamos limpiando y haciendo inventario de todo —explicó la señora Pratt—. Seguimos buscando ese cuchillo. Han pasado varios días y aún no lo hemos encontrado.

—Lo busqué arriba, pero no hallé rastro de él, lo siento.

—No es culpa suya, señorita Anne, y tampoco es que sea lo más importante en estos momentos. —La anciana la miró con ojos vidriosos—. Me apena tanto la muerte de lady Celia… Ojalá hubiera subido a verla antes, aunque solo fuera para decirle que aquí abajo todos estábamos rezando por ella.

—Estoy convencida de que ya lo sabía y les estaba muy agradecida —dijo Anne para reconfortarla. Ella mejor que nadie entendía lo que eran los remordimientos.

Jane estaba echando una mano en la cocina. Se ofreció a subir a Louie cuando este terminara de comer, y Anne se lo agradeció.

De camino arriba, Anne se detuvo al pie de la escalera principal.

Llegaban voces amortiguadas desde la sala de billar, cuya puerta estaba cerrada.

Aquella puerta siempre había estado abierta en el tiempo que llevaba viviendo allí y eso la hizo preguntarse qué estaría ocurriendo.

Se acercó aguzando el oído y distinguió la voz del señor Dalby.

Pero ¿con quién hablaba? Cuando Anne salió de casa, Rosa estaba en la habitación con la señorita Fitzjohn, así que, con suerte, no habría podido acorralarla allí dentro.

Anne apoyó el oído contra la puerta.

—Deja de preocuparte. Está escondido en un lugar seguro.

La única voz que alcanzaba a oír era la suya. ¿Estaría hablando consigo mismo? No, lo más probable era que quienquiera que estuviera con él se encontrara en el extremo opuesto de la habitación, mientras que el señor Dalby se hallaba cerca de la puerta.

—Quería quedármelo por lo menos hasta que concluya la investigación. Quizá hasta que la entierren. Por si acaso hiciera falta que apareciera en la habitación de alguien…

A Anne se le puso la piel de gallina al escuchar aquello. ¿Qué era eso que tenía escondido y que tal vez tuviera que aparecer en la habitación de alguien?

Tenía una sospecha de lo que era y en qué habitación terminaría; solo de pensarlo se le revolvió el estómago. Después, esa sospecha empezó a crecer hasta convertirse en una terrorífica certeza.

No solo quería, sino que necesitaba saber con quién estaba hablando el señor Dalby. ¿Y si salía al jardín y miraba por la ventana? No, la verían pegada al cristal. Sería mejor que se escondiera por allí cerca y aguardara a ver quién salía de la habitación.

Anne recorrió el pasillo hacia la biblioteca con la intención de ocultarse tras la puerta de la misma. Al llegar allí, oyó gritos y a gente que corría.

Jane subió las escaleras corriendo.

—¡Ah, ahí está! La señora Pratt me ha mandado a buscarla. Kezia se ha hecho un corte con muy mal aspecto.

—¡Ay! —Anne vaciló, indecisa entre si quedarse allí para ver quién salía de la sala de billar o ir a auxiliar a la muchacha. Un instante después, sus pies ya la dirigían hacia las escaleras—. Vamos.

Anne bajó deprisa, con la criada siguiéndola de cerca.

Encontró a la hija de Joe Webb sentada en un taburete con la mano envuelta en un paño de cocina.

Había bastante sangre, pero después de que lavara la herida y ejerciera presión sobre esta con otro paño limpio durante un rato, dejó de sangrar.

Entonces Anne comprobó, aliviada, que el corte no era tan grave como todos se temían.

—Gracias por atenderla —comentó la señora Pratt—. Mira que cortarse con un cuchillo, la pobre.

—Se recuperará. No creo que le vayan a hacer falta puntos de sutura, pero tendrá que dejar de fregar platos durante dos o tres días para que la herida pueda cerrarse y sanar.

—Por supuesto.

—Volveré dentro de unos minutos con un linimento que mi padre jura que nunca falla.

De camino a su habitación, donde había dejado el maletín con sus medicinas, se detuvo en la sala de billar, pero encontró la puerta abierta y la estancia vacía.

Buxton pasó por allí, y Anne le preguntó si había venido alguien de visita.

—No que yo sepa, aunque es posible que llamaran a la puerta y les abriera Toby.

—¿Dónde está todo el mundo?

—No lo sé, señorita. El señor Dalby subió a la planta de arriba hace un momento, pero no sé dónde se halla la señorita Fitzjohn. Tal vez en su dormitorio.

—¿Y el coronel Paine? ¿Ha regresado?

—Lo siento, señorita, no lo he visto.

—No pasa nada, Buxton. No es responsabilidad suya saber dónde se encuentran los miembros de la familia en cada momento —dijo ella en un tono amable y despreocupado, pese a que el miedo le atenazaba el estómago.

Anne subió a la planta superior, con la esperanza de encontrar a la señorita Fitzjohn y a Rosa todavía juntas, como las había dejado, pero la habitación de Katherine estaba vacía. Por lo tanto, no podía descartarla como posible interlocutora del señor Dalby.

Encontró a Rosa en su cuarto, cosiendo una tira de encaje negro en uno de los vestidos de Katherine.

—¿Dónde está la señorita Fitzjohn? —preguntó Anne.

La doncella se encogió de hombros.

—Ha salido. Dijo que tenía cosas importantes que hacer y que debía marcharse, pero no sé de qué se trata.

—¿Cuándo se fue?

—Ah, pues… hará una hora, más o menos. Poco después de que usted sacara a Louie de paseo.

Eso no la ayudaba demasiado. Anne tenía curiosidad por saber qué sería ese asunto importante del que la señorita Fitzjohn tenía que ocuparse.

—Volverá para la cena —añadió Rosa—. Me ha vuelto a pedir que la peine.

Ahora que lady Celia ya no estaba allí para prohibírselo, Katherine había invitado al doctor Marsland, y también al doctor Finch y a Anne, a cenar con la familia.

A quien no había invitado era al señor Palling.

Anne se preguntaba por qué, y también se preguntó, una vez más, dónde estaría Jasper Paine.

Esperaba que no hubiera sido víctima de un accidente. O de algo aún peor.

* * *

Después de llevarle a Kezia el linimento que le había prometido, Anne regresó a su cuarto y se cambió el vestido.

Aguardó hasta que el señor Dalby bajó alrededor de una hora más tarde, seguramente para tomar un vaso de whisky antes de la cena.

Entonces salió al pasillo y se acercó a la puerta de su habitación.

Estaba a punto de entrar cuando apareció el doctor Finch.

—¿Qué está haciendo? —preguntó.

—Shhh. —Lo agarró del brazo y lo empujó al interior de la habitación con ella. Después cerró la puerta tratando de no hacer ruido—. Se lo explicaré, pero baje la voz. De todos modos, ¿qué hace usted aquí?

—Me han invitado a cenar, ¿recuerda? He subido a verlas a usted y a Rosa con la excusa de ir al aseo. Por descontado, no esperaba encontrarla, ni encontrarme yo mismo, aquí dentro.

—Hay una buena razón para ello.

—Soy todo oídos.

—Hace un rato he oído al señor Dalby hablando con alguien, no sé con quién.

Anne le resumió la parte de la conversación que había escuchado, y luego se puso a inspeccionar los cajones y armarios.

—¿Y piensa que lo que tiene escondido es… qué? —preguntó el doctor Finch.

—Un frasco de un medicamento adulterado.

O quizá directamente veneno. Lo que sea que empleara —respondió mientras continuaba con la búsqueda—.

En lugar de deshacerse de ello, lo ha escondido, y si la investigación concluye que ha habido un asesinato o si Katherine cambia de idea y solicita una autopsia, se asegurará de que el frasco aparezca en la habitación de otra persona. Es decir: en la mía.

—¡Caramba! Espero que se equivoque.

Anne abrió el cajón de la mesita de noche. Nada.

—Tengo que encontrarlo antes de que se deshaga de él o… envenene a más gente.

—Anne, no está usted pensando con claridad.

Lo que menos le conviene es tener ese frasco en su posesión, si es que existe.

Lamento decírselo, pero no tenemos ninguna certeza.

Si alguien que no sea yo la encuentra con algo así en su poder, bastará para condenarla.

Y si de verdad el señor Dalby es capaz de envenenar a su propia tía, ¿qué cree que le hará a usted si la descubre aquí o se entera de que posee usted pruebas que lo incriminan?

Venga, salgamos de aquí antes de que alguien nos descubra.

Se oyeron pasos en las escaleras.

Anne contuvo el aliento. Miró al doctor y vio que este abría mucho los ojos en un gesto de preocupación.

—Por aquí —susurró ella abriendo la puerta que conducía al vestidor del señor Dalby.

Desde allí podrían salir al pasillo lateral, cerca del aseo y del rincón de lectura de Anne. Pero ¿y si la persona que había subido se dirigía al aseo y no a uno de los dormitorios? Entonces los descubrirían al doctor Finch y a ella saliendo del vestidor del señor Dalby.

Anne abrió con cautela la puerta exterior, que emitió un crujido. Los dos se quedaron paralizados y creyeron que los iban a descubrir. Las pisadas que se oían en el corredor principal se detuvieron.