Capítulo 20 #3
Se colocó la manta y la revista bajo el brazo, agarró el candil con la mano que le quedaba libre y emprendió el camino de regreso a su solitaria vigilia.
Mientras recorría el oscuro corredor, oyó algo —¿una tos, quizá?— más adelante, procedente de la habitación. El corazón le dio un salto. No podía ser. Lady Celia no se habría «desvelado» durante su velatorio, eso era evidente.
Pisadas.
Allí dentro no debería haber nadie; no a estas horas. ¿Habría bajado a relevarla alguno de los miembros de la familia? ¿O tal vez alguno de los sirvientes? Pensaba que todos se habían acostado hacía ya horas.
El resonar de los zapatos de Anne sobre el suelo de tablas de madera debió de anunciar su llegada.
No quería sorprender a nadie. Desde el interior de la habitación llegó el crujido de algo al abrirse, seguido de un chasquido, como un cajón o una puerta que se cierra.
¿La puerta de un armario? No recordaba haber visto ninguno allí dentro, aunque tampoco conocía demasiado bien aquella estancia, y menos ahora que la mayor parte del mobiliario y las ventanas habían sido cubiertos con paños negros.
Seguramente se tratara de Rosa que venía a relevarla, se dijo. Lo único que esperaba era que no fuera el señor Dalby.
Al traspasar el umbral, una corriente fría pasó por delante de ella, haciendo que el fuego de su candil titilara y perdiera fuerza.
¿Es que alguien había abierto una ventana? Miró en derredor por la habitación iluminada por candelabros.
No había nadie.
Un escalofrío le trepó por la espalda. La habitación solo tenía una salida y, aun así, ella estaba convencida de haber oído a alguien allí dentro. Hizo un esfuerzo por ahuyentar el pensamiento de que podría tratarse de espíritus.
La habitación seguía igual que antes. El ataúd estaba en su sitio.
Anne levantó las telas negras que tapaban las ventanas para asegurarse de que seguían cerradas y luego se sentó en un sillón, envolviéndose con la manta para resguardarse de aquel frío que no la abandonaba.
De pronto se acordó de cuando Jasper le enseñó las celdas que se encontraban bajo aquella habitación, y del brillo inquietante de su mirada al recordar el tiempo que había estado encerrado ahí abajo sin que nadie oyera sus gritos de auxilio.
Ahora, nadie tenía ni idea de dónde se encontraba.
No sería posible que volviera a estar encerrado allí otra vez, ¿verdad?
«Por supuesto que no». Estaba pecando de fantasiosa.
Se imaginó a Jasper atrapado y olvidado en una celda fría y oscura.
Volvió a sentir un escalofrío, igual que cuando le enseñó aquel lugar.
¿Debería bajar a comprobarlo para quedarse tranquila?
¿Tenía acaso el coraje necesario para bajar sola a las mazmorras?
Lo dudaba mucho. Sobre todo ahora, en mitad de la noche, cuando debía estar velando a lady Celia. Quizá por la mañana…
Con todo, la idea de que Jasper pudiera estar allí atrapado no la abandonaba. Decidió volver a agarrar el candil y recorrió la casa hasta llegar a las escaleras de la cocina.
Todo estaba en silencio mientras descendía despacio por ellas, con la luz del candil proyectando sombras macabras en las paredes.
Con la respiración entrecortada, giró hacia la vieja puerta de madera reforzada con hierro forjado.
Cuando estaba a punto de agarrar el pomo, oyó algo.
Sintiendo que se le paraba el corazón, se detuvo antes de llegar a tocarlo. ¿Quién o qué se hallaba ahí dentro?
La puerta comenzó a abrirse con un quejido. Anne chilló y se apartó de un salto. Recibió un grito ahogado como respuesta desde el otro lado de la puerta.
Entonces, Katherine Fitzjohn traspuso el umbral de la puerta, farol en mano.
—¡Ay! —Anne Loveday se llevó la mano al pecho—. ¡Qué susto me ha dado!
—¡Ha sido mutuo! ¿Qué hace usted merodeando por aquí abajo? Pensaba que estaba velando a mamá.
—Así es, pero no podía dejar de pensar en Jasper. Me contó que una vez se quedó encerrado en las mazmorras, y como nadie lo ha visto, se me ocurrió bajar a asegurarme de que no estaba aquí. Sin duda pensará que soy boba por plantearme algo semejante.
Los ojos de Katherine relucieron a la luz del farol.
—En absoluto, porque yo he pensado lo mismo. Acabo de inspeccionar las celdas para quedarme tranquila. Jasper no está ahí, aunque la acompañaré si quiere comprobarlo con sus propios ojos…
Anne suspiró aliviada.
—No, la creo. Ya me vuelvo arriba. Siento mucho haber abandonado la vigilia.
—No pasa nada.
—Rosa vendrá pronto a relevarme. No tiene sentido que las dos nos quedemos despiertas hasta entonces.
—La preocupación por Jasper no me dejaba dormir —dijo Katherine—. ¿Por qué no me quedo yo con mamá hasta que baje Rosa? De todos modos, no voy a poder dormir, y usted parece exhausta.
—¿Está segura? Debo admitir que la idea de una cama calentita suena maravillosa.
—Vaya, Anne. Nos vemos mañana.
—Se lo agradezco mucho. Buenas noches.
Anne se marchó a su habitación, pero tardó mucho en quedarse dormida, pues no dejaba de recordar los sonidos que había oído antes.