Capítulo 20 #2
Una vez terminado el trabajo, la señorita Fitzjohn se retiró a su habitación.
En cuanto la puerta se cerró tras ella, Anne notó que le rugía el estómago.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no había probado bocado desde la hora del desayuno.
Bajó a la cocina en busca de algo que ella y Rosa pudieran cenar a aquellas horas.
Allí encontró a la cocinera, revolviendo entre cajones y alacenas.
—¡Ah, señorita Loveday! Ha desaparecido mi mejor cuchillo. Kezia y yo estamos buscándolo. No se lo habrá llevado usted arriba por casualidad, ¿no? A lo mejor para cortar unas vendas o algo por el estilo. No se me ocurre dónde ha podido ir a parar…
—Me temo que no. De todos modos, buscaré, y también le preguntaré a la señorita Stark si ha visto un cuchillo fuera de su lugar correspondiente.
—Gracias, señorita. Si lo encuentran, tengan cuidado. Parece que lo haya afilado un demonio.
A la mañana siguiente, Katherine le pidió a Buxton que llamara al hombre de la funeraria, el cual llegó para tomar las medidas del cuerpo y traer una mortaja de lana. Después se marchó a hablar con el carpintero para darle las instrucciones necesarias para fabricar el ataúd.
La noticia de la muerte de lady Celia se extendió por el pueblo como un incendio por un campo de heno. El coadjutor, el señor Strong, vino a rezar y discutir los pormenores del funeral con la señorita Fitzjohn.
Ayudada de sus nuevas muletas, Charlotte Newland llegó esa tarde a ver a Anne, muy preocupada por cómo se encontraba. Su joven amiga le aseguró que estaba bien y que volvería a Yew Cottage en cuanto la señorita Fitzjohn ya no la necesitara.
Esta también le había pedido a Rosa que se quedara unos días más para arreglar los vestidos de luto que había llevado cuando falleció su padre, hacía ya más de tres años, y también para ayudarla a escoger otros nuevos de la tienda de la modista local.
Las mujeres colaboraron para elaborar una corona funeraria negra para la puerta principal y algunos pequeños recuerdos para las personas que asistieran al velatorio o al funeral.
La señorita Fitzjohn decidió que no quería hacer nada demasiado elaborado ni joyas de luto hechas con cabello; en vez de eso, optaron por sencillos ramitos de romero —que simbolizaban el recuerdo de alguien— atados con un lazo negro.
Katherine le regaló a Rosa el chal de seda de su madre, el que esta última había planchado con tanto esmero, y a Anne, el libro de sermones que solían leer juntas.
—Gracias.
Anne abrió el libro y se sorprendió al hallar dentro una nota con el nombre de Katherine escrito en el anverso. Se la entregó.
—¿Sabía que esto estaba aquí?
—No. —Katherine frunció el ceño—. Es la letra de mamá.
La abrió y leyó con rapidez las primeras líneas; luego se la devolvió a Anne.
—¿Me la leería usted, por favor? Si no, voy a creer que me lo estoy imaginando.
—Claro, como desee.
Y entonces Anne leyó:
K:
Me arrepiento de la tensión y la distancia que se ha establecido entre nosotras.
Siento haber interceptado tus cartas y haber roto ese jarroncito que me hiciste hace unos años.
Fue un accidente, pero volver a verlo me ha hecho darme cuenta de que tendría que habértelo contado, en vez de deshacerme de él para ocultar mi torpeza.
Sé que he sido dura contigo a lo largo de todos estos años, pero, por favor, tienes que creerme cuando te digo que solo quería mantenerte a salvo. Quizá te sobreprotegí, sobre todo después de casi perderte por culpa de la escarlatina. ¡Ay, cuánto le agradecí a Dios que te recuperaras!
Los elogios no son mi fuerte, pero no quiero que dudes nunca de mi amor. Tu padre y yo prácticamente habíamos perdido la esperanza de tener hijos cuando tú llegaste a nuestras vidas. El día en que naciste, hicimos que todas las campanas del condado tañeran una melodía llena de alegría.
Todavía hoy me regocija tenerte conmigo, mi queridísima hija.
CF.
Anne levantó la vista y advirtió que Katherine la observaba con atención.
—¿Qué piensa?
—Pienso que es una carta maravillosa.
Las lágrimas iluminaron los grandes ojos marrones de Katherine, y una sonrisa trémula le estiró los labios hacia arriba.
—Yo también lo creo.
Al doblar la nota, Anne se dio cuenta de que había algo más escrito en la parte de atrás.
—Mire, una posdata.
Casi podía escuchar el tono irónico de lady Celia mientras pronunciaba aquellas palabras:
Deshazte de esta carta en cuanto la leas, para que nadie la encuentre y crea que me he vuelto sensiblera en mis últimos años.
Anne contuvo la risa, pero, cuando Katherine se echó a reír, se sumó a ella.
—Muy propio de mamá ser quien ríe la última.
* * *
Con ayuda de los sirvientes, apartaron los muebles de la antigua sala de audiencias, que mucho tiempo atrás se remodeló para convertirse en un gran salón para las visitas más formales.
Colocaron una mesa baja en una posición prominente, donde luego se pondría el ataúd para el velatorio, y la envolvieron con telas negras, a juego con las cortinas con las que cubrieron las paredes y las ventanas.
Cuando todo estuvo listo, el encargado de la funeraria y sus ayudantes trajeron el ataúd. Lo subieron por las escaleras y colocaron, con mucho cuidado, el cuerpo de lady Celia en su interior, todo mientras la señorita Fitzjohn los observaba, llorando y agarrada a la mano de la señorita Loveday.
—Me habría gustado que Jasper estuviera aquí —susurró Katherine, con la voz ronca a causa de las lágrimas.
Anne le apretó más fuerte la mano.
—A mí también.
¿Dónde se encontraría?
Entonces, los trabajadores de la funeraria, ayudados por el joven y fornido Toby, trasladaron el ataúd que contenía los restos mortales de la dama fallecida escaleras abajo y por los diferentes corredores hasta llegar a la antigua sala de audiencias.
Allí, lo colocaron sobre la mesita baja, y lo rodearon de candelabros y azucenas que desprendían un aroma maravilloso.
Anne, Rosa y Katherine decidieron turnarse para velarla mientras su cuerpo aún estuviera en Painswick Court.
En las primeras horas de esa primera noche, las tres se sentaron juntas allí durante un rato y conversaron en voz baja, pero, después de que Rosa y luego Katherine se fueran a la cama, Anne se quedó sola para el turno de noche.
Era ella quien se había ofrecido. Como enfermera, se había acostumbrado a tener horarios atípicos y dormir poco.
Aun así, no le gustaba verse a solas en aquella habitación enlutada en la que el aire se había vuelto empalagoso a causa del perfume de las azucenas.
La sala de audiencias se encontraba apartada del resto de la casa, en el ala más antigua, y parecía estar siempre fría a pesar de que era verano. Tal vez esa fuera una de las razones por las que la habían escogido para el velatorio, porque allí el cuerpo se conservaría mejor.
Decidida a sobrellevar la situación de la mejor manera posible, Anne pasó un rato leyendo a la luz de las velas. Una vez más, el libro elegido fue La abadía de Northanger .
En cierto momento las propias cortinas de su cama parecieron agitarse.
En otra ocasión, el pomo de la puerta dio la impresión de moverse como si alguien intentara entrar.
Por la galería parecía resonar un murmullo cavernoso, y en más de una ocasión, unos gemidos remotos le helaron la sangre en las venas.
Anne sintió un escalofrío. Dejó el libro y se abrazó a sí misma, frotándose los brazos. Debería haberse puesto un chal. Se levantó y decidió acercarse a la biblioteca, donde recordaba haber visto una manta de punto en el reposabrazos de uno de los sofás.
Después de encender el candil con la ayuda de uno de los candelabros, se dirigió hacia allí.
Caminó despacio, pues no tenía ninguna prisa por regresar a aquella sala y el silencio que imperaba en ella.
Incluso se tomó unos minutos para escoger una revista de entre los números recientes que había encima de la mesa de la biblioteca.
Quizá sería mejor evitar leer sobre abadías embrujadas y presuntos asesinatos en una noche como esta.