Susurros en Painswick Court Capítulo 20
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Capítulo 20

U n ruido interrumpió el descanso de Anne y esta se despertó sobresaltada.

Debía de haberse quedado dormida mientras lloraba, porque todavía llevaba puesto el vestido, pero a través del ventanuco que tenía encima se veía la noche oscura.

Durante un instante, se olvidó de que lady Celia estaba muerta y, por tanto, ya no había razón para acudir corriendo hasta ella.

Entonces volvió a oírlo. ¿El sonido del cerrojo de la puerta al moverse? Se asomó a la habitación de lady Celia y vio que alguien estaba tratando de entrar. Luego oyó a un hombre maldecir.

Anne atravesó la habitación de sir Herbert caminando de puntillas y, con mucha cautela, abrió la puerta lo justo para alcanzar a ver al señor Dalby, candil en mano, volviendo escaleras abajo con aire de derrota.

Esperó un rato y luego salió del cuarto con discreción y se asomó por encima de la barandilla. El sonido de la voz del señor Dalby subió hasta ella.

—¿Qué pasa? La puerta está cerrada con llave.

—¿De verdad? —preguntó con calma Katherine, que en ese momento quedó a la vista abajo—. Seguramente sea porque no debemos tocar nada hasta que llegue el forense.

—¿Y para qué va a venir? —inquirió el señor Dalby—. Marsland ha dicho que fue una muerte natural.

—Porque yo he insistido. Según parece, mamá estaba a punto de firmar un nuevo testamento y hay dudas sobre cuál ha sido la causa de la muerte.

—La única que tiene dudas es Anne Loveday, y ella no es médico.

Katherine levantó la vista de repente. Su mirada voló directa hacia Anne como una flecha clavándose en la diana. Ella se quedó paralizada; la habían descubierto.

Sin embargo, Katherine Fitzjohn continuó hablando como si no la hubiera visto.

—Hablando de eso, le he pedido a la señorita Loveday que se quede aquí, por si el forense tiene que hacerle alguna pregunta.

—¿Y por qué querría quedarse? Si de verdad alguien aceleró la muerte de tía Celia, está claro que la enfermera que se encargaba de darle las medicinas, y sabe Dios qué otras cosas, es la principal sospechosa en este asunto.

—¿Insinúas que Anne Loveday tiene un móvil de más peso que, pongamos, tú?

—Kat… —Su tono de voz llevaba implícita una advertencia—.

Si vas a ir por ahí acusando a la gente sin ton ni son, no te olvides de nuestro amado primo Jasper, el cual, hasta donde yo sé, se encuentra en mi misma situación en lo que se refiere a la herencia.

Y ahora que lo van a expulsar del Ejército sin devolverle el pago del nombramiento, estará tan desesperado como yo por conseguir algo de dinero.

—¿De verdad no sabes dónde está? —preguntó Katherine.

—No tengo ni idea.

—Espero que no le haya pasado nada.

* * *

Poco después, a pesar de que era ya muy tarde, el forense llegó de Stroud acompañado por el doctor Marsland y el oficial de policía a cargo de aquel condado.

Después de hablar con la señorita Fitzjohn y ver el cuerpo, el hombre dictó la orden de convocar a doce cabezas de familia para que sirvieran como jurado forense, y el oficial de policía salió a cumplir su mandato.

Unas horas más tarde, varios hombres de todo el condado fueron llegando a Painswick Court, algunos a pie, otros a caballo y unos pocos en carruaje.

Una vez hubieron llegado todos, los condujeron a la habitación de lady Celia para que vieran el cuerpo.

El forense le pidió al doctor Marsland que los acompañara y les diera su opinión.

Como no conocía al doctor Finch, que había vuelto a casa para cuidar de Robbie, a él no lo mandó llamar.

Anne se quedó esperando en la sala de estar con la señorita Fitzjohn y Rosa.

Se vio tentada a subir al vestidor, consciente de que desde allí seguro que podría escuchar lo que se hablaba en la habitación de la señora, pero no quiso arriesgarse a la que la descubrieran.

Se preguntó, inquieta, si el señor Dalby les hablaría de sus sospechas respecto a ella o, por el contrario, apoyaría las conclusiones del doctor Marsland.

Para distraerse de estas preocupaciones, trató de leer un poco, aunque no sabía por qué había decidido escoger un libro de enfermería cuando su paciente acababa de morir. Tal vez para ver qué aconsejaba y descubrir si habría podido hacer algo más por ella.

Créame, querido lector, si existe un bálsamo de Galaad, algo que pueda aliviar la herida que causa en la mente la pérdida de un pariente o un amigo muy amado, es la idea de que hemos cumplido con nuestro deber y hemos hecho todo aquello que estaba en nuestra mano.

Dichosa es aquella mente que no sufre remordimientos.

Anne cerró el libro. Lo que decía no se correspondía con cómo se sentía ella. Poco después, los hombres del jurado se marcharon, y el forense, acompañado del doctor Marsland, se detuvo un momento en la sala de estar para hablar con la señorita Fitzjohn.

—Vamos a llevar a cabo una investigación en el Falcon Inn, pero será una mera formalidad, ya que el doctor Marsland está seguro de que su madre ha muerto por causas naturales.

Aunque, por supuesto, entiendo sus razones para pedir que se sigan los cauces oficiales y así determinar que no hay duda sobre las causas del fallecimiento, o al menos dudas significativas.

Anne prestó más atención al oír aquello. ¿Tendría dudas el forense? ¿Habría notado algo que a ella se le pasó por alto?

—¿Y le parece recomendable hacer una autopsia? —preguntó Katherine.

—No lo creo. A no ser que tenga una razón concreta para creer que se ha producido un acto delictivo.

Katherine miró a Anne desde el otro lado de la habitación y dudó un momento antes de responder.

—La señorita Loveday, la enfermera de mamá, ha expresado algunas preocupaciones al respecto.

El forense asintió y se volvió hacia Anne.

—El doctor Marsland dice que usted notó que las pupilas de la fallecida estaban contraídas y que tenía la respiración y el pulso acelerados antes de morir, ¿es así?

—Sí, y el aliento le olía a opio.

—Según tengo entendido, lleva un tiempo administrándole láudano, así como digitalina para tratar la hidropesía, siguiendo los dictados del doctor Marsland. ¿Es eso correcto?

—Sí.

—Los síntomas que menciona se pueden atribuir a la hidropesía y a la medicación que tomaba la paciente. El doctor Marsland está de acuerdo con eso y, por lo que me han informado, su joven socio también coincidió con estas conclusiones tras examinar el cuerpo. ¿Correcto?

Anne asintió.

—Entonces, a no ser que tenga usted una prueba concreta o viera a alguien darle algo a la fallecida, no veo motivos para complicar más este asunto sometiendo a su señoría al espantoso procedimiento que es una autopsia y haciendo sufrir a su familia.

Anne tragó saliva a través del incómodo nudo que se le había formado en la garganta.

—No tengo pruebas. Tampoco vi a nadie darle ninguna sustancia.

—Pues ahí lo tiene. Espero que esto la tranquilice, señorita Fitzjohn.

—Así es.

—Por supuesto, siempre puede insistir en que se haga una autopsia y pagarlo de su bolsillo, pero yo no puedo justificar que el condado corra con los gastos.

—Lo entiendo.

—En ese caso, ¿deberíamos llamar ya a la funeraria?

Katherine lanzó otra mirada a Anne y después a Rosa.

—Me gustaría que el funeral de mamá se lleve a cabo lo antes posible —mencionó mientras se mordía el labio—, pero creo que podemos esperar a mañana para empezar a prepararlo todo.

El forense asintió.

—De acuerdo.

—No hay prisa ninguna —intervino el doctor Marsland en tono amable—. Tómese todo el tiempo que necesite para despedirse.

—Y para prepararla —dijo Katherine—. Antes nos pidieron que no la tocáramos. —Se volvió hacia Rosa y Anne—. ¿Me ayudarían ustedes a lavarla y vestirla con algo más favorecedor?

—Por supuesto —aceptó Anne.

—Yo también estaré encantada de ayudarla —secundó Rosa.

* * *

Las tres mujeres colaboraron para asear y vestir a lady Celia y cambiar las sábanas.

Anne se percató de que Rosa miraba bajo los almohadones y fruncía el ceño, pero la doncella no comentó nada al respecto.

En vez de eso, le arregló el pelo a la señora y luego ayudó a Katherine y Anne a ponerla recta y colocarle las extremidades en una postura más apropiada.

Cuando terminaron, las tres se quedaron mirando a lady Celia con solemnidad.

—Lo siento, señorita Fitzjohn —dijo Anne—. Lamento mucho su pérdida y siento no haber sido capaz de salvarla.

—Gracias, pero no es culpa suya. —Katherine la miró de soslayo—. Porque no fue culpa suya, ¿verdad?

—No. Es decir, yo no le he causado ningún daño, pero me habría gustado ayudarla más.

Katherine asintió.

—No es la única que se siente así. A mamá le agradaba, Anne. Es más, confiaba en usted; por eso, yo también confío en usted.

—Gracias —respondió Anne.

Se le vinieron a la cabeza la sopa de bogavante y el jarrón azul, pero trató de desterrar aquellas imágenes de su mente. No era el momento de pensar en eso.

—Su madre la quería Katherine, si me permite que la llame así —dijo Anne—. Sé que la quería.

Katherine exhaló un largo suspiro.

—Eso espero. —Miró a la doncella—. A usted también la apreciaba, Rosa. Tanto, que admito que a veces hasta he sentido celos.

—Pues no debería. Me temo que hacia el final de sus días ya no me apreciaba tanto.

—¿Cómo dice?

—¿Le importa si se lo explico en otra ocasión? —preguntó Rosa—. Es tarde y las tres estamos muy cansadas. Pero le diré que me alegra oír que su madre sentía aprecio por mí. Yo también por ella. Y ha sido un placer llegar a conocerla a usted también. —Rosa sonrió—. Y a su precioso cabello.

Guiada por un impulso, Anne agarró la mano de la doncella y, tras un momento de vacilación, también la de Katherine. Se sintió aliviada cuando esta última no trató de soltarse.

Volviendo a bajar la mirada hacia aquella figura inmóvil que tenían ante ellas, Anne dijo con reverencia:

—Adiós, lady Celia. Nunca la olvidaremos.

Los ojos de Katherine se llenaron de lágrimas.

—Incluso aunque deseáramos poder hacerlo.

* * *